Mundo Paula

Paula Recart

Por

Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

Directora revista Paula 1998-2007

Vivo en Estados Unidos hace 10 años. Cuando acá alguien me pregunta qué hacía antes de venirme a Washington DC digo que fui directora de una revista. Entonces, la pregunta siguiente siempre es: What magazine? Cuando contesto Paula se produce una reacción al borde de la incomodidad que tengo que aclarar rápidamente. No se llama Paula por mí, explico. Es al revés: yo me llamo Paula por la revista.

En 1970 mis padres vivían –también– en Estados Unidos y yo estaba en el útero.

Si algún chileno anunciaba visita, mi madre, nostálgica de Chile, rogaba que le llevaran números de Paula de regalo a la calle Garfield en Denver, Colorado. Decía que el olor de ese papel le traía olor a Chile. Me la imagino leyendo la revista, con el ejemplar de turno apoyado en su guata, sintiéndose retratada, interpelada, comprendida y acompañada, como muchísimas mujeres de la época.

Cuando nací, no hubo duda: me llamaría Paula.

Luego volvimos a Chile y mi primer recuerdo de una Paula es a los 7 u 8 años en el campo de una prima, donde descubrí escondidos en un librero un montón de números antiguos con temas prohibidos y fascinantes: la píldora, la infidelidad, la liberación femenina. Mientras los adultos dormían siesta, yo devoraba los inequívocos reportajes de la época de Delia Vergara.

Con esa prima tuvimos nuestra primera aventura editorial a los 10 años. Hicimos una revista propia, calcada de las secciones de Paula. Era un solo ejemplar, hecho con lápices y tijeras, entonces inventamos un modelo de negocios: el “arriendo” de la única copia disponible.

Casi veinte años después me llamó Alexandra Edwards, a quien no conocía, para invitarme al proyecto de la revista que ella dirigía y para, eventualmente, sucederla. Conocí entonces a Roberto Edwards. Ese mismo día, cerró la reunión con una invitación audaz, sabia y generosa: “Haz la revista que a ti te gustaría leer”.

Eso hicimos durante nueve años con el equipo: la revista que queríamos -o necesitábamos- que existiera a fines de los años 90 en Chile. Una revista como la que leía mi madre en Denver. Una revista como la que hacía la Delia en Santiago, pero ahora para el país del cambio de milenio.

En sintonía con el zeitgeist que surgía, pusimos temas nuevos en la mesa, en lugar de solo profundizar los que ya estaban dando vuelta. Rastreamos en breves regionales milimétricos que existían entonces en El Mercurio, unos hilitos de noticias recurrentes sobre jóvenes desaparecidas en el desierto y lo convertimos en el primer reportaje que mostraba negligencia policial en el caso de Alto Hospicio. Publicamos un reportaje en profundidad, con pruebas y testimonios, sobre casos de abuso sexual en la Iglesia Católica. Gracias al lujo de la periodicidad mensual, podíamos rehacer reportajes completos en busca del acierto y nos enfocamos en producir textos cuidadosamente editados, con fuentes precisas y datos comprobables. En otra línea, que se volvería de alguna manera un sello de la revista, entrevistamos al hombre más feo del mundo, Daniel Emilfork, un viejo actor chileno que vivía en París. El escritor español Enrique Vila-Matas, jurado del concurso de cuentos Paula en 2001, se enamoró del personaje y lo puso junto a los protagonistas de su novela El Mal de Montano. Dos años antes habíamos invitado a Bolaño como jurado del mismo concurso. Cuando lo llamé para invitarlo a Chile por primera vez, su respuesta sonó como un disparo: “He estado esperando esta llamada por 25 años”, me dijo. Con un desafiante despliegue fotográfico, en 2002 publicamos una deslenguada entrevista con la mujer controvertida del momento: la geisha chilena mostraba los lujos de su mansión en Chicureo y Paula reveló la otra cara Apec de Chile. En 2003 publicamos la historia de Lina y Paulina, dos lesbianas chilenas que se casaron en Canadá. Hicimos cientos de reportajes visuales, que celebraban las posibilidades inexploradas en Chile de contar una historia en fotos: documentales ridículos, ingeniosos o emocionantes. En esa línea visual durante varios años abrimos la revista con la campaña editorial Paula, el papel de la mujer, que se apropió de temas como la anorexia o el embarazo adolescente.

Cincuenta años después de que Roberto y la Delia fundaran Paula yo ahora repito la escena que me vio nacer: desde la calle Arizona, en Washington DC, leo –no en papel sino en la web, casi siempre en Instagram– los contenidos de Paula buscando ráfagas de un país que me hace falta.

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