Antidepresivos: ¿por qué no los puedo dejar?
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3 Marzo, 2012

Salud

Antidepresivos: ¿por qué no los puedo dejar?

Somos uno de los países con más incidencia de depresión en Latinoamérica y gastamosmás de 24 mil millones de pesos anuales comprando antidepresivos. Sin embargo, hoy estos sicofármacos son objeto de una gran polémica internacional. Porque, según sus detractores, en vez de curar la depresión, la harían crónica, obligando a tomarlos toda la vida. Aquí, pacientes y siquiatras recogen este debate.

Texto: Daniela González/ Colaboración: Hernán Shepherd/ Ilustración: Vicente Marti

Su padre había muerto recién, su matrimonio había fracasado después de 26 años, su trabajo editorial se había acabado y tenía que pagar la hipoteca. Bruce Stutz, escritor norteamericano, tenía 50 años y estaba deshecho. Fue en una columna en The New York Times donde Stutz contó su historia y, con ello, aportó un valioso testimonio sobre lo que cuesta dejar los antidepresivos. Tema que en los últimos cinco años ha generado una acalorada discusión en todo el mundo. En el texto, Bruce contó de aquella época desesperada, donde podía quedarse horas sumido en un solo pensamiento, inmovilizado por la indecisión, agitado hasta agotarse, incapaz de resolver nada, frustrado, enojado, como si estuviera en un agujero negro.

Contó, además, cómo comenzó a tomar Effexor (venlafaxina), el antidepresivo que le devolvió la vida. Gracias a la serenidad recobrada, le surgieron nuevas alternativas de trabajo, comenzó a entender los motivos de su separación y, después de tres años de terapia y píldoras, se sintió más sabio y capaz. Fue entonces cuando Bruce hizo un viaje hacia el Ártico y con las 24 horas de luz que había ahí, decidió quitarse el reloj. Estaba feliz, observando el paisaje, disfrutando, hasta que se dio cuenta que sin diferenciar el día de la noche, no podía saber cuándo tomarse su siguiente antidepresivo. Sintió pánico con tal desorden y eso le hizo click. “Todo lo que podía pensar era cuán lejos estaba de mi casa, de mi píldora, de mi alivio. Pero era absurdo. ¿Por qué, después de ya haber dejado la terapia, sintiéndome bien y capaz de enfrentar las frustraciones sin pánico ni depresión estaba aún tomando antidepresivos?”. De vuelta en su casa, volvió al doctor y decidió dejarlos, reduciendo las dosis de a poco, tal como se debe hacer. Pero comenzó a tener dificultades para concentrarse y para permanecer sentado más de media hora.

Estaba nervioso, mareado, se despertaba en las noches con la almohada empapada de sudor y desorientado. Una noche se metió a internet y escribió en el buscador “retirada del Effexor”. Se encontró con muchos testimonios en foros de personas que se quejaban de los síntomas adversos tras haber dejado el medicamento: sequedad de boca, espasmos musculares, insomnio, fatiga, pesadillas, visión borrosa y ansiedad. En ese momento, Bruce se hizo las incómodas preguntas: ¿Qué me pasa que no puedo dejar los antidepresivos? ¿Tendré que tomarlos toda la vida?

La polémica

El Estudio Depresión en Latinoamérica, realizado en 2008 por la Asociación Psiquiátrica de América Latina, estableció que una de cada tres chilenas tiene o ha tenido depresión. Mucho más que las brasileñas, mexicanas, colombianas o venezolanas. Los datos señalan que 63% de las chilenas considera que los antidepresivos son eficaces. Cifras coherentes, considerando los más de 24 mil millones de pesos que se gastaron el año pasado en antidepresivos, según la consultora IMS Health. El consumo de estos medicamentos tiene un crecimiento exponencial. Entre 1992 y 2004 el uso de dosis diarias aumentó en más de 470%, como identificó una investigación publicada en la Revista Médica de Chile.

Pero mientras los medicamentos descansan tranquilamente en el velador de los chilenos, en el resto del mundo la polémica sobre los antidepresivos crece como la espuma. Aunque la controversia fue conocida por la elite científica desde los inicios de la venta masiva de los antidepresivos en los 80, en los últimos cinco años se ha hecho pública gracias a la cobertura de periódicos como The New York Times, The New Yorker o The Independent y también gracias a la publicación de libros como Anatomía de una epidemia, escrito por un galardonado periodista norteamericano llamado Robert Whitaker, quien se abocó a investigar lo que para él era un misterio: ¿Por qué, mientras aumenta el consumo de sicofármacos en Estados Unidos, hay más personas con enfermedades mentales? ¿Será que el uso generalizado de los medicamentos está siendo, paradojalmente, la causa de que la enfermedad se perpetúe? “Los estudios a largo plazo no han demostrado que muchas personas se mejoren y permanezcan bien con estos fármacos. Ahora contamos con fuentes de información distintas de lo que teníamos hace 15 años y que cuentan una historia diferente”, explica el periodista al ser consultado por Paula.

A lo que se refiere es al estudio más grande de antidepresivos que se ha hecho, llamado STAR*D. “Solo 3% de los pacientes que ingresaron a este estudio se mantuvieron bien con el tratamiento durante un año. Y estos pobres resultados de largo plazo han llevado a investigadores a preguntarse: ¿son estas drogas depresógenas en el largo plazo, al menos para mucha gente?”. La gran crítica que hacen los detractores al consumo de antidepresivos es que los pacientes deben volver a tomarlos una y otra vez. Es lo que se llama cronificación. Este proceso fue explicado por Giovanni Fava, investigador y docente de la Universidad de Bolonia.

Él alude a que el uso a largo plazo del antidepresivo sobreexige el funcionamiento de las neuronas para que estas puedan comunicarse eficazmente entre sí, lo que trae como consecuencia que, cuando se interrumpe el antidepresivo, las neuronas no queden capacitadas como lo estaban antes para volver a comunicarse (ver recuadro). Por lo tanto, para funcionar, es necesario volver a tomarlos. “Los efectos que se aprecian al principio pueden no durar a largo plazo. Es como los antibióticos. Mientras más se utilizan, estos se vuelven más resistentes a las bacterias”, explica Fava, desde Italia. Paul Andrews, sicólogo canadiense de la McMaster University, estudió el tema a través de un metaanálisis de 46 estudios y concluyó que los pacientes que toman antidepresivos tendrían una mayor tasa de recaída que los que tomaban placebo: 45% versus 25%. Andrews comparte la teoría de Fava. “Creo que tomar antidepresivos induce a que la depresión se haga crónica. Personalmente, no los tomaría nunca”, explica en entrevista con Paula.

La abstinencia

Andrea (nombre cambiado) tiene 37 años, es sicóloga y en abril del año pasado comenzó una terapia motivada por una ruptura de pareja y porque estaba con mucha angustia: sentía ganas de llorar todo el día. Le recetaron escitalopram (conocido como Lexapro) y lo tomó por casi cuatro meses. “Me empecé a sentir tan bien que, un buen día, decidí dejarlos”. Todo siguió como si nada, pero tres semanas después notó que estaba irritable e hipersensible. “Si antes no le daba importancia si ami hijo se le caía un vaso de agua, ahora no tenía paciencia. Comencé a despertarme a las 3 de la mañana y me quedaba dos horas despierta. Tenía menos apetito y más ganas de llorar”.

Regresó al siquiatra, quien le explicó que debía tomar el antidepresivo al menos un año. Y Andrea volvió a tomarlo. “A las dos semanas me sentía regio”. Lo que le pasó a Andrea es que sufrió el síndrome de discontinuación. Los más críticos le llaman, incluso, síndrome de abstinencia, porque se presentan síntomas similares a una adicción luego de dejar las píldoras. Fue lo mismo que le pasó a Bruce Stutz, el escritor norteamericano, aunque él decidió aguantarse los síntomas por tres meses y logró dejarlos. El síndrome de abstinencia es importante, porque podría ser el paso previo a sufrir una recaída depresiva. Paul Andrews, el investigador canadiense, concluyó en sus investigaciones que la tasa de recaídas en personas que usan antidepresivos y los abandonan puede llegar a 45%. Así, el síndrome de abstinencia daría origen a nuevas depresiones porque el cerebro al dejar los antidepresivos no puede volver a la normalidad con tanta facilidad y se deprime nuevamente.

Sin embargo, los siquiatras chilenos consultados en este reportaje aseguran que cuando un antidepresivo se retira debidamente (bajando las dosis de a poco, en concordancia con lo que señale el médico) no hay ningún problema, pues el cerebro se adapta a este cambio paulatino. Señalan que los antidepresivos no son adictivos, pues las sustancias que producen adicción actúan en otras zonas del cerebro y desencadenan otro tipo de comportamientos, como ocultar que se está consumiendo, perder el control ante la presencia de la droga y, siempre, necesitar dosis cada vez más altas para alcanzar el estado deseado. “Con los antidepresivos eso no ocurre. No se trata de una sustancia ajena al cerebro, como sí lo es la cocaína, sino que actúa a nivel fisiológico. Es decir, hace lo que el cerebro haría de estar en condiciones normales”, dice el siquiatra experto en adicciones Lister Rossel.

Cuándo sí, y cuando no

Valeria (30, periodista) ha tomado antidepresivos por siete años. Hace unos meses intentó dejarlos, pero no pudo. “Quería ver si podía funcionar sin ellos, pero me vino una crisis de pánico. He reflexionado harto y no estoy cerrada a volver intentarlo, pero también me pregunto por qué tendría que hacerlo. ¿Qué problema hay en tomarlos toda la vida? Soy más yo cuando mi cerebro está químicamente bien. Si los necesito para estar sana, lo haré hasta cuando lo necesite”. El siquiatra del Centro Nevería, también especializado en adicciones, Gustavo Quijada, señala: “Existe el concepto de que estar bien, pero medicado, no es ser sano. El cerebro está constantemente modificándose y cuando se instala una depresión, el cerebro no está como debería estar.

Al igual que cuando hay una úlcera o una infección urinaria. Estas modificaciones que los antidepresivos harían en el cerebro, solo restituyen la forma en que el cerebro debería funcionar naturalmente”. Quijada agrega que los estudios muestran que los antidepresivos podrían, incluso, mejorar la selección de genes que influyen en el funcionamiento de las neuronas a la hora de comunicarse. Y, por lo mismo, disminuir el riesgo de volver a tener depresión. “Ahora, también hay que discutir qué es depresión, porque se ha transformado en un maletín de gásfiter donde cabe todo”, añade Lister Rossel. Como explica el médico, hoy muchos trastornos adaptativos –como la ruptura con una pareja– se tratan con antidepresivos. La pregunta, al parecer, apunta a determinar quiénes de verdad tienen que tomar estos fármacos. El mismo Fava lo reconoce: “Los antidepresivos son medicamentos que salvan vidas.

Yo los receto cuando la depresión es grave. Pero pongo en duda su uso en condiciones distintas de la depresión mayor”. Para el neurólogo Jorge González, docente de la Universidad Católica, el mensaje tendría que ser: “No presione a su doctor para que le dé pastillas. Si es que no se siente tan grave, pregúntele si existen otro tipo de medidas que se pueden tomar antes de iniciar el tratamiento farmacológico. Pero tampoco creo que sea bueno pintar a los antidepresivos como algo terrorífico. Hay gente a la que le producen cambios muy importantes en su calidad de vida. Si uno se pusiera dogmáticamente en contra de estos fármacos, podría estar negándole un bienestar a mucha gente que realmente lo necesita”.

¿Cómo funcionan los antidepresivos?

Lo primero es entender cómo se comunican las neuronas. En términos simples, estas liberan sustancias químicas llamadas neurotransmisores, que se quedan por un tiempo limitado en el espacio que hay entre una neurona y otra y, en ese lapsus, se produce la comunicación (sinapsis). Luego, la neurona que liberó los neurotransmisores los vuelve a recaptar (para una posterior sinapsis). Pero cuando una persona tiene depresión, explica Lister Rossel, siquiatra de la Clínica Las Condes, la neurona recapta muy rápido los neurotransmisores liberados, reduciendo el tiempo de la comunicación interneuronal, es decir, limitando la sinapsis. Eso hace que las personas, poco a poco, disminuyan su ánimo, se desconcentren, estén cansados, tristes, desmotivados, con problemas de apetito y mal dormir. Los antidepresivos inhiben por un tiempo la recaptación de los neurotransmisores. Así, estos químicos alcanzan a estar más rato en el espacio entre las neuronas y generar sinapsis de mayor calidad.

Recomendaciones

La primera recomendación es nunca dejarlos sin supervisión médica. Los antidepresivos no son una aspirina; actúan a niveles profundos del cerebro y, por lo mismo, no se deben retirar de un día para otro, porque los efectos podrían ser desastrosos. Pero frente al fenómeno, existen libros y sitios web especializados en dar consejos para discontinuar el tratamiento antidepresivo. Llama la atención la cantidad de testimonios que circulan en internet, en blogs y foros, donde las personas comparten sus experiencias buscando consejo y contención de otros. En amazon, se encuentra también The Antidepressants Solutions, un libro escrito por el doctor Joseph Glemullen que promete acompañar en el proceso a quienes dejen sus antidepresivos. Dentro de las técnicas sugeridas está disminuir en 10% la dosis cada tres o cuatro semanas. Así, si una persona toma 100 mg de un antidepresivo en 10 meses habría terminado de tomarlo sin sufrir mayores consecuencias.

Hay también otros consejos que podrían atenuar el síndrome de discontinuación. Según Teresa Borchard, autora del libro Beyond blue: surviving depression & anxiety and making the most of bad genes (Después de la depresión: sobrevivir a la depresión y la ansiedad y aprovechar los genes malos), es mejor dejarlos durante la primavera o el verano, porque hay más luz, y elegir un momento vital que no sea estresante. Además, se aconseja hacerlo mientras se sifue una dieta sana y se practica deporte. Esto, porque tanto la alimentación como la actividad física influyen en la composición hormonal y química del cerebro. “El deporte es beneficioso para la salud mental porque aumenta la producción de endorfinas, que generan bienestar, reducen el estrés y alivian el dolor. Además, incentiva que haya más serotonina disponible, el neurotransmisor encargado del buen ánimo”, afirma Jorge González, neurólogo de la UC.

 
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