Cuando el abuso sexual lo comete un niño
Reportajes
Etiquetas: , ,

8 Mayo, 2012

Cuando el abuso sexual lo comete un niño

Si se habla de abuso sexual infantil, la imagen que tenemos es la de un adulto perverso. Pero en Chile, un tercio de los casos son cometidos por otro menor o por un adolescente que, muchas veces, es el hermano, el primo o el vecino del abusado. ¿Qué hacer cuando el victimario es apenas un niño?

Por Consuelo Terra / Producción: María Eugenia Ibarra

Paula 095. 12 de mayo de 2012.

Como todos los sábados, Amanda (38 años, su nombre, y el de sus hijos, ha sido cambiado) se levantó muy temprano para ir a comprar a la feria. Cuando salió de su casa en Peñalolén, su hijo Pedro, de 13 años, y sus hijas Camila, de 9, y Anita, de 5, todavía dormían en el segundo piso. Su marido, Jorge (48), se quedaría cuidándolas. Una hora después Amanda dejó las bolsas cargadas de frutas en el mesón de la cocina y subió a despertar a sus hijos para darles desayuno. En el pasillo se encontró con Pedro saliendo apurado de la pieza de Anita. Saludó a su mamá sin mirarla. Por la puerta entreabierta Amanda vio a la niña de 5 años poniéndose la parte de arriba de su pijama.

Algo no le cuadró a Amanda en esta escena. Siguió a su hijo y le preguntó qué había pasado, él respondió que nada. Fue adonde su hija y le preguntó qué estaba haciendo Pedro en su pieza. La niña se quedó callada. Su madre insistió, preguntándole suavemente. “Estábamos jugando”, le dijo Anita. Y le explicó que era un juego en que Pedro la tocaba. A Amanda se le apretó el estómago. No podía ser. Pedro tenía solo 13 años. Quizás estaba malinterpretando las cosas. “¿Dónde te tocó?”, le preguntó, tratando de mantener un tono de voz tranquilo. “Aquí”, le respondió Anita en voz muy baja, señalándose el pubis. Y miró a su mamá con miedo.

Amanda no alcanzó a pensar. Abrió de un portazo la pieza de Pedro y se abalanzó sobre él pegándole manotazos. “¡¿Por qué le hiciste eso a tu hermana?! ¡Tiene cinco años!”, le gritó, mientras Pedro se ovillaba sobre su cama y se protegía la cabeza con los brazos, llorando y pidiendo perdón. Con el alboroto, llegó su marido a preguntar qué pasaba. Al enterarse, zamarreó al niño y le habló duramente: “¿Por qué te aprovechaste de tu hermana chica? ¿Qué pasaba por tu cabeza?”. “No sé, no sé porqué lo hice… perdón…”, repetía Pedro. Les aseguró que había sido la primera vez. Amanda, preocupada, fue a corroborar con Camila, su hija de 9 años, si Pedro alguna vez la había tocado y ella le juró que nunca.

Jorge y Amanda se miraron con la misma pregunta en la cara: ¿Qué hacer? ¿Pedirles consejo a sus propios padres, a sus hermanos? No, por ningún motivo, señalarían a Pedro con el dedo, vigilarían cómo se comportaba con sus primitos cuando hubiese una reunión familiar. ¿Denunciarlo a Carabineros? ¡Al propio hijo!, ¡tan chico! ¿Llevarlo al doctor?

“Yo estaba destrozada. Apenas podía mirarlo”, relata ahora Amanda. “No entendía nada. Pedro era mi regalón, un niño atento y cariñoso. No sabíamos cómo enfrentar lo que estaba pasando”. El lunes Amanda visitó a un siquiatra para pedirle asesoría. El profesional les restó importancia a los hechos: “Esos juegos sexuales son lo más común que hay entre hermanos”, le dijo, “quédense tranquilos”. Esa tarde, ya más calmados, ambos padres hablaron seriamente con su hijo. Le explicaron que la situación no podía repetirse jamás, le manifestaron su sorpresa y su enojo y, para que no quedaran dudas, lo castigaron con un mes sin salir de la casa después del colegio, sin jugar fútbol, sin internet y sin tele. Pedro prometió que nunca más lo iba a hacer.

Confiaron en que habían actuado a tiempo y del asunto no se habló más. Era demasiado doloroso recordarlo. Pero sí redoblaron la vigilancia. Amanda se preocupaba de que ella o Jorge estuvieran presentes en la casa cuando Pedro llegaba del colegio para que no se quedara a solas con sus hermanas. Monitorearon los comportamientos de Anita: no parecía angustiada ni con cambios visibles después del episodio. Cada tanto, le preguntaban si había vuelto a pasar algo. La niña decía que no. Pasaron los meses.

Pasaron los años. Pedro entró derechamente en la adolescencia y presentó a sus primeras pololas. El incidente estaba superado. Hasta que un día, Anita, ya de 8 años, se comportó especialmente triste y ausente. Interrogada una y otra vez por su madre acerca de qué le ocurría, de pronto la niña, entre llantos, confesó: “Volvió a pasar. Volvió a pasar con Pedro”.

Amanda abrazó a su hija y tratando de aguantar sus propias lágrimas, le preguntó, lo más delicadamente que pudo, detalles sobre lo ocurrido. La niña contó solo de tocaciones.

“Encaramos a Pedro, por cierto, pero a estas alturas mi marido y yo sabíamos que con eso no bastaba”, recuerda Amanda.“Se nos vinieron encima todos los miedos. ¿De qué sería capaz nuestro hijo más adelante?, ¿por qué actuaba así?, ¿cómo ayudarlo?, ¿cómo proteger a nuestra hija? Nos sentíamos completamente abatidos. Justo esa semana Pedro tenía que someterse a una cirugía menor y debía pasar la noche hospitalizado en el Hospital Calvo Mackenna ¿Cómo dejarlo solo en una sala llena de niños?, ¿debía advertirles a los doctores? Era atroz. No nos atrevíamos a dejar a Pedro solo ni a sol ni a sombra”.

Lo que salió a la luz

Aunque el caso de Pedro parezca inconcebible, no es aislado: el año pasado, en Chile, según el Ministerio Público, 1.111 jóvenes entre 14 y 18 años fueron acusados de perpetrar abusos sexuales. De ellos, 211 fueron condenados a cumplir sentencias en centros de reclusión juvenil o a penas no privativas de libertad. Si la cifra sorprende, lo cierto es que no es nueva. Según expertos, se calcula que un tercio de los abusos sexuales infantiles son cometidos por adolescentes o, incluso, por niños de 12, 11 y hasta 9 años. “Siempre ha sido así, solo que antes los adolescentes agresores no eran requeridos por la justicia y menos sometidos a tratamiento. Pero desde que en 2007 se fijó la edad de responsabilidad penal en 14 años, estos casos salieron a la luz”, dice la doctora Laura Germain, directora de la Fundación de Prevención de Violencia Infantil (Previf), pionera, en 2002, en crear el primer programa de tratamiento para jóvenes y niños que han abusado sexualmente.

El grave problema es que la sociedad no está preparada para asumir que un agresor sexual puede ser un menor de edad. No sabemos cómo actuar y no hay centros especializados suficientes para tratar a niños agresores. Aparte de Previf, solo hay otros dos en Chile: Trafún, de la ONG Paicabí, en Viña del Mar, que desde 2004 atiende a menores de 14 años, y Meninf, creado en 2003 por la Policía de Investigaciones. Todos están copados. No dan abasto.

“En este momento tenemos a 30 niños en lista de espera” dice Nelly Navarro, directora del Centro Trafún. “Nos han enviado chicos de Antofagasta, de Isla de Pascua y los internan en hogares de acá, totalmente desarraigados y solos, para que reciban terapia”. El director de Sename, Rolando Melo, reconoce el déficit: “Nuestra prioridad ahora es crear nuevas plazas para las 1.300 víctimas de abuso sexual que están en listas de espera de programas de reparación. Para los jóvenes agresores sexuales abriremos este año un nuevo centro en Chiloé. Aún así estamos sobrepasados”.

La consecuencia de esta situación es graficada así por Iván Zamora, director de la ONG Paicabí: “Estamos frente a un dilema ético: ¿a este chico que abusó de su hermana lo vamos a sacar de su casa y llevarlo a un hogar del Sename o condenarlo judicialmente sin darle tratamiento? Claramente no, pero es lo que está ocurriendo. Estos niños deben ser tratados pues aún están en etapa de desarrollo y pueden ser recuperados. El gran riesgo de no hacerlo es que se profundicen sus conductas abusivas. Es urgente fortalecer la oferta pública y privada de intervención especializada en Chile”.

Tienes que irte de la casa

El calvario que vivió la familia de Pedro lo demuestra. Después de mucho preguntar buscando asesoría, Amanda llegó con sus dos hijas a Cavas Metropolitano, el Centro de Atención a Víctimas de Atentados Sexuales de la Policía de Investigaciones (PDI). A las dos niñas las pusieron en terapia. La asistente social trató de convencer a Amanda de que denunciara a su hijo, pero ella se negó. Quería ayuda para él.

En Cavas le prometieron buscar un lugar que lo atendiera pero, mientras tanto, le advirtieron, debía sacar a su hijo inmediatamente de la casa o las niñas seguirían expuestas.

Amanda y Jorge le pidieron a una tía que se llevara a Pedro a vivir con ella. El niño partió con sus útiles del colegio, su cama y su televisor. Pero se fue entre comillas, porque casi todas las noches comía en el hogar familiar, compartía con ellos los domingos y veía regularmente a sus hermanas. Les rogaba a sus padres que lo dejaran volver. A ellos se les partía el corazón. Para completar el cuadro, Anita sentía que “por su culpa” el hermano estaba exiliado. Recién después de seis meses, una asistente social de Cavas le encontró a Pedro un cupo para tratarse en Previf. Él se resistió. Sus padres lo llevaron prácticamente a la rastra. En la primera sesión, la terapeuta fue tajante: “Nos dijo que Pedro tenía que irse de frentón de la casa. Nada de domingos con nosotros, ni de ver a sus hermanas. La idea, nos explicó, era que él tomara real conciencia de que lo que había hecho era gravísimo y que tenía consecuencias severas. Nos dijo: ‘La primera obligación de ustedes es proteger a sus hijas. O se va Pedro o hago un informe a tribunales para mandar a las niñas a un hogar’. Ahí me tembló la tierra”, recuerda Amanda. Pedro perdió el derecho a compartir con su familia. Fue una etapa durísima para todos. Aunque Amanda y Jorge lo visitaban continuamente, el niño se deprimió. Lloraba constantemente, bajó las notas en el colegio y estuvo al borde de ser echado. Pese a que iba a terapia todas las semanas, seguía empecinado, en cada sesión, en no hablar del tema. “La sicóloga nos decía que él tenía una postura de niño mimado, no se responsabilizaba por nada. No quería poner de su parte”, resume Amanda.

No fue sino hasta que llegó una orden de los Tribunales de Familia para llevarse a las niñas al hogar María Ayuda, que Pedro cambió. El Cavas había enviado un informe a tribunales y el juez había resuelto que Anita y Camila no estaban protegidas por sus padres y debían irse. “Vinieron los carabineros a buscarlas y yo no entendía nada”, cuenta Amanda. “Fue terrible”. La familia se destrozó. Las chicas pasaron varios meses en el hogar de menores, pero el impacto hizo que Pedro despertara: angustiado por sus hermanas, se comprometió a fondo con la terapia. Por primera vez, reconoció el daño causado. El primer reencuentro de Pedro con las niñas fue en el hogar de menores. Ellas no lo veían hace más de un año y, Camila, la mayor, corrió a abrazarlo y darle besos. Con Anita se sonrieron y se saludaron tímidamente. “Pedro estaba muy emocionado. Le pidió perdón a su hermana, delante de todos nosotros, por haberle faltado el respeto en lo más íntimo. También nos pidió perdón a Jorge y a mí”, relata Amanda.

Muchos niños y adolescentes que agreden sexualmente han sido víctimas. “37%  de loa que llegan a nuestro centro sufriero abuso sexual.  20% ha sido violado. 41% vivió maltrato físico. 32% ha sido víctima de bullying” dice el sicólogo Rodrigo Medina del programa Menine.

Comenzaba la sanación. Después de un año y medio de tratamiento, en febrero de 2010, lo dieron de alta. Según sus terapeutas, ya no había peligro de que reincidiera. “Había madurado, era más afectuoso, reconocía sus errores y la sicóloga nos dijo que él había internalizado que ya no podía cometer esos actos”, cuenta Amanda.

Seis meses después, en agosto, los Tribunales de Familia autorizaron el regreso de las niñas. Pedro volvió para Navidad. “El proceso de reconstituirnos como familia nos tomó bastante tiempo”, revela Amanda. “Para Anita fue muy difícil. Aunque estaba contenta de tener a su hermano de vuelta, me miraba mucho si se acercaba a Pedro a preguntarle alguna cosa. Le costó soltarse. Ella fue la última en terminar su terapia. Ella era calladita, sumisa, y tenía que ganar herramientas para poner límites y entender que nadie debía pasarla a llevar. Hasta que aprendió a sacar su voz”.

Tres años después de la debacle, Amanda resume: “Estoy demasiado feliz de verlos al fin a todos bien. Y soy muy consciente de que si no fuese por las terapias quien sabe qué habría ocurrido y cuál hubiese sido el destino de Anita y de Pedro. Pero ojalá yo, como madre, hubiese tenido la información sobre adónde acudir en busca de ayuda para mis dos hijos cuando ocurrió el primer abuso. ¡Nos hubiéramos ahorrado tantos sufrimientos!”.

Cómo enfrentar lo que no se quiere ver

¿Frente a qué señales deben preocuparse los padres? ¿Cómo diferenciar un juego de exploración sexual normal en la infancia de un abuso? “Lo que distingue una agresión sexual es que no hay un consentimiento mutuo entre dos iguales. Existe una relación de sometimiento de un niño sobre otro, un abuso de poder, y diferencias grandes de edad”, afirma Salvador Arredondo, de la ONG Paicabí. También hay distintos niveles de violencia y gravedad en los abusos. “Un niño de 11, 12 o 13 es más probable que realice tocaciones. Pero en los adolescentes de 14 o 16, a veces hay intimidación y fuerza, incluyendo violaciones”, advierte Laura Germain.

Las razones para que un menor de edad abuse son múltiples: en gran parte de los casos, los niños agresores han sido, antes, también víctimas de abuso; en otras, son jóvenes que han recibido una sobreestimulación sexual, como el acceso a pornografía, a una edad en que su sexualidad está en formación. Pero, según los especialistas, no hay un perfil definido ni un solo factor desencadenante. Ocurre en todos los estratos sociales y en todo tipo de familias. Cuando el daño ya está hecho, la terapia integral, a toda la familia, es indispensable para reparar.

“Lo peor es tratar de tapar el problema, o no creerle a la víctima. Hay padres que ponen las manos al fuego por su hijo y se niegan a admitir que cometió un abuso. Si se descubre una agresión sexual, hay que buscar ayuda especializada inmediatamente”, señala Laura Germain. “Mientras antes se intervenga, mejor”.

Respecto si el niño agresor debe salir del entorno cercano del abusado, el criterio de los especialistas es tajante: si ambos viven en la misma casa, aunque sean hermanos, hay que sacar inmediatamente del hogar al adolescente que abusó. Puede parecer duro, pero es absolutamente necesario. Lo explica Laura Germain: “No basta con que el niño agresor esté en la pieza del lado y vigilado por los padres, porque el menor abusado necesita que se le reconozca su condición de víctima y se le proteja. Al niño que agredió también hay que protegerlo, pero por separado. Es difícil sacar de la casa, por ejemplo, al propio hijo, pero es el único camino en estos casos”.

Sobre si se debe denunciar o no a un menor, la ley es clara: cualquier situación de abuso sexual, incluso si los agresores son niños, debe ser denunciada. De hecho, los profesionales de salud, profesores y funcionarios públicos están legalmente obligados a hacerlo en un plazo de 24 horas tras conocidos los hechos. Pero más allá de la obligación legal, los especialistas han advertido que seguir los pasos judiciales es indispensable en el proceso de reparación y sanación.

“Cuando comenzamos a trabajar en esto éramos reticentes a denunciar, porque queríamos proteger a los menores”, cuenta Nelly Navarro, directora del Centro Trafún, “pero nos fuimos dando cuenta de que es mejor hacerlo, porque un abuso sexual nunca debe quedar en la impunidad ni en el secreto. Tiene un efecto sensibilizador en el agresor, porque el niño toma conciencia de que lo que hizo es un delito. Y también es reparador para la víctima”, señala.

El caso de Matías

Le pasó a Matías (su nombre ha sido cambiado) en noviembre de 2010, cuando tenía 12 años. Estaba tomando el té en su casa, cuando escuchó que la vecina chillaba a gritos: “¡Matías es un pedófilo!”. Se le congeló la respiración. Se acordó de lo que había pasado tres días antes, cuando la vecina había dejado a Roberto, su hijo de cuatro años, al cuidado de su mamá mientras hacía un trámite. Entonces él había llevado al niño al piso de arriba a jugar play-station. Allí, le había pedido a Roberto que se bajara los pantalones.

Tras conversar con la vecina, la mamá de Matías entró corriendo a la cocina y encaró a su hijo: “¿Es cierto lo que me cuenta la vecina, Matías, es cierto?”. Él lloró, confesó y dijo mucho más. Le contó a su madre que, cuando tenía 5 años, el hijo de 15 años de una amiga que solía venir de visita, había hecho lo mismo con él.

Matías fue demandado en Tribunales de Familia por la madre del niño abusado. Por ser menor de 14 años no fue imputado de delito, pero el juez ordenó que saliera por unos meses de la casa de su mamá y viviera con su abuela, en una parcela de la Quinta Región. También ordenó que recibiera terapia semanal en el centro Trafún. Los primeros meses fueron un caos. A Matías le vino depresión. Según él mismo cuenta “pasaba llorando en la parte de atrás de la parcela de mi abuela, pidiéndole perdón a Dios”.

Hoy, después de 15 meses de terapia, Matías volvió a la casa familiar, aunque los vecinos nunca más les dirigieron la palabra ni a él ni a su madre. El niño, que ahora tiene 13 años, resume así su proceso: “Nunca pensé que iba a recuperarme de esto, fue una decepción enorme que le di a mi familia y tenía miedo de que no me quisieran más. Además, nunca le había contado a nadie lo que me había pasado cuando chico y no sabía con quién hablar. Pero en la terapia me enseñaron a expresarme, a tener confianza con mi mamá y a ser responsable. Por eso quiero entregar ahora mi experiencia, para que otras personas sepan que se pueden superar”.

La reparación

Cuando un adolescente que ha cometido abusos llega a terapia, lo primero es lograr que reconozca lo que hizo, lo que le causa mucha vergüenza. “Se le hace entender que su agresión provocó un daño en el otro niño. También hablamos de la etapa de adolescencia en que están, cómo puede canalizar sus impulsos sexuales y desarrollar habilidades sociales para tener amigos, pololear, integrarse. Es un tratamiento con mucha reflexión y discusión con ellos”, explica Rodrigo Medina, de Meninf.

Como cierre del tratamiento, el adolescente tiene que llegar a pedir perdón. A veces es una carta simbólica que se lee frente al terapeuta. Si están las condiciones, se disculpa frente a la víctima y su familia. “También los preparamos para la posibilidad de que no los perdonen. Es legítimo que la víctima decida si quiere o no perdonar y cuándo”, acota Laura Germain, de Previf.

La efectividad de estas terapias es contundente. En Meninf y en Paicabí han atendido a unos 600 niños y adolescentes que cometieron abusos sexuales y, a dos años de ser dados de alta, solo 5% ha reincidido. Es muy pronto todavía para saber los efectos de largo plazo, pero estudios internacionales arrojan una tasa de éxito del 90 por ciento. “Al intervenir tempranamente, no solo reparas a un adolescente. También previenes que, a futuro, otros niños sean víctimas de abuso sexual”, dice Iván Zamora, director de la ONG Paicabí. “Por eso reiteramos: nunca esconder el problema, y buscar ayuda cuanto antes”.

Para colaborar con la Fundación de Prevención de Violencia Infantil, ingresa aquí.

Qué hacer, en cinco pasos

Si una persona es testigo o sabe que un menor de edad agredió sexualmente a otro niño, esto es lo que los especialistas aconsejan hacer:

1. Separar al abusador de la víctima. Es la primera medida, inexcusable, sean los niños hermanos, primos, amigos, compañeros de curso, vecinos.

2. Buscar inmediatamente ayuda especializada tanto para el agresor como para la víctima.

3. Si se trata de un abuso reciente, constatar lesiones en cualquier establecimiento de salud público o privado.

4. La ley exige denunciar. Además, es necesario para la reparación de la víctima y para toma de conciencia del abusador. Si el agresor es menor de 14 años se debe acudir a una OPD (Oficina de Protección de Derechos) de Sename o un juzgado de familia. Si es mayor de 14 años, denunciar en Fiscalía, Carabineros o en la Policía de Investigaciones.

5. Hacer una terapia efectiva, en familia y con contención, tanto para el agresor como la víctima. Los tratamientos son largos, pero –en esta etapa de la vida– muy efectivos. Recuerde que usted está previniendo un daño mayor y entregándoles al agresor y a la víctima una mejor oportunidad de vida.

Testimonio completo

La ONG Paicabí tiene en Viña del Mar un centro especializado en dar tratamiento a menores de 14 años que han realizado prácticas sexuales abusivas con otros niños. Han atendido a más de 300 chicos de 13, 12, 11, e incluso 10 y 9 años. En el mismo sofá que ocupa desde hace 15 meses en sus sesiones de terapia, está Matías, un adolescente de 13 años que no llega al 1,60 m de estatura y recién está cambiando de voz. De pelo castaño corto, cara tierna y vestido con un buzo del colegio, se sienta bien pegado a su mamá, Carmen, mirando el suelo, casi escondiéndose detrás de ella. Está nervioso. Su mamá también. Es que lo que tienen que contar no es fácil. Para proteger su identidad, sus nombres fueron cambiados.

“Me llamo Matías y tengo 13 años. Empecé este tratamiento en enero del año pasado y cuando vengo es con mi mamá, porque me siento protegido y acompañado, no me gusta venir solo. Este testimonio es para compartir con otras personas cómo me fui recuperando y me hice responsable del error que cometí una vez. Porque fue un abuso”, empieza.

Fue hace un año y medio. Matías recién había cumplido 12 años. La vecina trabajaba y a veces dejaba a su hijo de cuatro años al cuidado de Carmen, la madre de Matías. Esa tarde, Matías y el pequeño vecino se quedaron solos en el segundo piso, jugando Play Station. Su mamá y su hermana de 17 años estaban abajo, encerando. “Lo que pasó fue que le dije que se sacara la parte de abajo del pantalón. Lo toqué ahí. Y fue un abuso. En ese momento no supe bien por qué lo hice, pero sé que estuvo mal”, confiesa Matías. Carmen subió a los pocos minutos y se extrañó al encontrarlos encerrados en la pieza con las ventanas y las puertas tan cerradas. Pero el niño no hablaba. Y Matías tampoco. “Me acuerdo que de ahí bajé rápido y me bañé. Y de ahí mi mamá me preguntó qué fue lo que pasó y le dije que nada”, dice.

Carmen no siguió indagando y todo pareció quedar ahí. Pero a los pocos días, estalló la bomba. “Era un día en que estábamos con visitas, con mi hermana invitada a tomar once”, recuerda Carmen. “Mi vecina, que vivía en la casa contigua, salió indignada al patio y me empezó a gritar que Matías había abusado de su hijo y que iban a llamar a Carabineros para que se lo llevaran preso. Fue bien complicado para nosotros, porque tachó al Matías de pedófilo y cosas peores”.

Mientras ocurría la gritería en la calle, Matías estaba adentro, sentado a la mesa con su tía, aterrado. Su mamá entró y le preguntó qué había pasado. Matías se puso a llorar y le dijo la verdad. Pero había otro secreto más antiguo:
-Mamá, hay algo que no le he contado. Cuando yo era pequeño, me pasó lo mismo.

Y le contó que cuando él tenía 5 años, fue abusado sexualmente por el hijo de 15 años de una amiga que lo cuidaba cuando su madre trabajaba.

A Carmen se le vino el mundo encima: “Yo estaba con muchos sentimientos encontrados como madre. Confundida, dolida, porque hizo esa maldad con un niñito tan pequeño. Pero también me sentía muy culpable por lo que le había pasado a Matías cuando chico, porque yo era mamá sola. Tenía que salir a trabajar para sostener la casa y todavía me atormento porque no estuve ahí cuidándolo. Sentía una impotencia terrible, porque yo también había sido abusada cuando niña. Y no pudo evitar que a Matías le pasara lo mismo. Y que él ahora repitiera el abuso con otro niño, quizás sin entender bien lo que significaba. Como una cadena que se repetía y se repetía”, dice.

Pero en ese momento no había tiempo para derrumbarse. Carmen tenía miedo de que llegaran los carabineros a tomar preso a su hijo. Tomó al muchacho de un brazo y se lo llevó a la parcela de su abuela. Ese fin de semana, Matías le confesó a su papá, a su abuela y tíos lo que pasado con el niño vecino y sobre el abuso que sufrió cuando chico. Matías, que siempre había sido el niño cariñoso, inteligente, que recibió un notebook del Gobierno por sus buenas notas, el orgullo de la familia, veía ahora en la cara de todos la pena y el impacto. “Fue una gran decepción que le di a todos. Tenía miedo de que no me fueran a querer más. Que me iban a llevar preso, o a vivir a un hogar”, dice Matías.

Vino una serie de días caóticos. Matías fue demandado en Tribunales de Familia por la madre del niño abusado. Como era menor de 14 años, no podía ser imputable de delitos, pero sí de medidas de protección para evitar nuevos abusos. El Tribunal de Familia ordenó que el muchacho saliera por unos meses de la casa de su mamá y viviera con su abuela, en una parcela al interior de la Quinta Región. Además, tenía que asistir por lo menos un año a un tratamiento especializado del Centro Traifún en Viña. Matías comenzó a ir todas las semanas a terapia. Ya no tenía un domicilio fijo. Se quedó unas semanas con su abuela, luego pasó unos meses viviendo con su papá y de regreso donde su abuela. En casa de su madre pasaba poco, por la tensión con sus vecinos. “Los primeros meses era un infierno para nosotros vivir ahí, porque los vecinos golpeaban la pared, amenazaban y me estigmatizaban al cabro. Además que yo preocupada de que a Matías, que tenía 12 años, fueran a hacerle algo en la calle”, dice Carmen.

Bajó sus notas en el colegio y estaba de mal humor, huraño con su familia. Enojado con todos y especialmente consigo mismo. “Andaba bajoneado, raro. Me exaltaba, rompía cosas, pensaba cosas malas y no veía solución. Echaba de menos a mi mamá y me iba a la parte de atrás de la parcela de mi abuela, me ponía a llorar y le pedía perdón a Dios”, recuerda Matías.

Luego de 15 meses de terapia, poco a poco Matías y su madre empezaron a salir a flote y a reconstruir la confianza entre ellos. “Yo sentía que no iba a poder recuperarme del error que cometí, pero en el Centro Traifún me han enseñado a no sentirme culpable y a ser responsable. En todo sentido. Además, nunca le había contado a nadie lo que me había pasado cuando era pequeño y no sabía con quién hablar. Pero en la terapia me enseñaron a expresarme, a tener confianza con mi mamá y que tenía que dejar de sentirme culpable, y ser responsable. Los tíos de Traifún y mi familia son los que más me han apoyado. En marzo volví a vivir a la casa con mi mamá y mis hermanas. Ahora todo lo conversamos, como debió haber sido siempre. Mi mamá ha sido incondicional y la necesitaba mucho cuando estuve fuera de la casa. Siempre le digo que la amo. Ahora me siento bien en todos lados… Estoy pololeando con una compañera de curso. Empezamos el 15 de marzo y estoy contento”, dice, riéndose por primera vez y poniéndose rojo, como cualquier chico de 13 años que habla de su primera polola.

 
Pin It
ANUNCIOS

TAMBIÉN PODRÍA GUSTARTE