Diario íntimo de un duelo
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12 Febrero, 2013

Los padres de Emilia

Diario íntimo de un duelo

Hace un mes un conductor alcoholizado terminó con la vida de Emilia, de nueve meses. Ahora, su nombre es parte de una cruzada ciudadana que encabezan sus propios padres, Benjamín y Carolina. Cada día recolectan firmas para una ley que asegure cárcel para quienes manejan ebrios y matan a personas. Pero, mientras los padres son entrevistados en radios, matinales y diarios, y su twitter tiene más de 12 mil seguidores, los juguetes de la niña están guardados en un clóset que su madre no se atreve a abrir. Este es el diario de un duelo. Un duelo que las cámaras no ven.

Por Gabriela García / Fotografía: Alejandro Araya

Paula 1115. Sábado 16 de febrero de 2013.

Siempre quisieron ser padres. Carolina Figueroa (36) y Benjamín Silva (40), ambos profesores de historia, se conocieron durante un magíster que tomaron en la Universidad de Chile en 2004. A pesar de sus diferencias –ella es atea, muy racional y sus raíces son rurales; él, católico, altruista y de Vitacura– pronto se hicieron amigos y comenzaron a salir. Pasaban horas hablando de la historia de la infancia, era un tema que les apasionaba. Carolina fue dirigente estudiantil. A Benjamín le encantaba mirar el mar. Se enamoraron como nunca creyeron que les pasaría y se casaron en mayo de 2008, con la firme idea de tener una familia. Querían criar a sus hijos con conciencia social. Que tuvieran pocos juguetes pero formados con opinión. Benjamín lo llevaría a misa, Carolina le cantaría canciones de Silvio Rodríguez en la guitarra.

Embarazarse, sin embargo, fue para Carolina una lucha. Los médicos descubrieron que tenía un hipotiroidismo que bajaba sus niveles de ovulación e iniciaron un tratamiento. Tras dos años de intentos, en 2011 el test por fin marcó positivo. Emilia llegaría al mundo. Benjamín pensó que era un milagro.

Nueve meses de espera para que naciera. A Benjamín le encantaba ver como la guata de Carolina crecía poco a poco y comenzó a hablarle. Le narraba los triunfos y derrotas de Colo-Colo, le contaba sobre las demandas estudiantiles. Carolina la cargaba en el vientre, antes de que naciera, cuando iba a las marchas estudiantiles. Sus padres tenían un proyecto educativo para Emilia: que los problemas individuales siempre tendrían una perspectiva social. Que las cosas se hacían con un fin para toda la comunidad. Ese era el sentido de la vida.

EMILIA MAGDALENA
Nació en Viña del Mar el 3 de abril de 2012 a las 14:56 horas. Y pesó 3 kilos 600. Emilia Magdalena Silva Figueroa midió 50 centímetros y los médicos destacaron lo despierta que era: tenía el cuello firme y miraba de un lado y otro. Su primer nombre honraba al fallecido Luis Emilio Recabarren, figura del movimiento obrero revolucionario que el padre de Carolina, un campesino de Catapilco, que a los 16 años se vino a Valparaíso a trabajar, admiraba. El día en que Emilia abandonó la clínica y se fue al departamento con sus padres lo hizo en una silla de auto. Fue uno de los primeros regalos que Carolina y Benjamín le hicieron a la niña. La habían comprado en la tienda Infanti, luego de leer y ver reportajes respecto de la sobrevivencia de los bebés que viajando en ellas enfrentaban accidentes automovilísticos. El ejemplar de Emilia tenía triple botón de seguridad. La pareja la había elegido después de preguntar a decenas de vendedores cuál era la que reunía las mejores condiciones de seguridad.

Tenían obsesión por cuidarla. Cuando Emilia nació estaba comenzando el invierno y los noticieros hablaban de los brotes de meningitis. Decidieron no llevarla al mall o al supermercado para evitar el contagio, sino a la plaza del barrio. Jamás fue a una sala cuna. Los padres de Carolina, chochos con esta primera nieta, siempre estuvieron dispuestos a cuidarla cuando Benjamín y Carolina tenían que hacer clases a las universidades Valparaíso y Arturo Prat. Carolina se ocupaba de la niña por las mañanas y Benjamín por las noches. Una vez al mes viajaban los tres a Santiago para que Emilia pasara un fin de semana con los abuelos paternos en su casa de Vitacura. Y en caso de emergencia la pareja se llevaba a la niña a clases, donde los alumnos se turnaban para cuidarla mientras Carolina enseñaba Historia Andina.

Las mañanas eran sagradas para Carolina y Emilia. Cada día, a las 6 AM, la niña tomaba la mamadera en su cuna mientras su madre le acariciaba su pelo claro y fino. Soñaba con el día en que le creciera el cabello y ella pudiera peinarla y llevarla al jardín. Silvia, madre de Carolina, le había inventado su propia canción a la nieta: la historia de un caballo de mar que quería bailar. Emilia movía un pañuelo con su mano como si bailara cueca, le quitaba el gorro a su abuelo, le tocaba la barba a su padre. En la alfombra de colores de su pieza la pequeña tenía algunos juguetes: una cuncuna, una vaca, un perro de peluche y un sonajero de hipopótamo, conformaban en parte su mini zoológico. Pero cuando estaba de malas, no quería jugar con ninguno.

Carolina soñaba con que a Emilia le creciera el cabello. A veces le tocaba en guitarra el rin del angelito, la misma canción con que la despidió en el cementerio hace 26 días.

Benjamín tenía un rito para acostarla. Una polera de Colo-Colo era el tuto con el que la niña –que era inquieta y solía desparramarse por la cama y pegar patadas–, se quedaba dormida mientras este le hablaba del lucro en la educación y la política. Emilia se ponía a llorar cuando su padre le lanzaba garabatos al árbitro. Benjamín la consolaba diciéndole que cuando cumpliera un año le compraría una polera del equipo albo con su nombre. A veces, Carolina le tocaba en guitarra El rin del angelito.

DOMINGO
El domingo 20 de enero, Emilia ya tenía nueve meses y 17 días. La noche anterior habían alojado donde Carmen Gloria y Mauricio, los abuelos paternos en Vitacura. Era la visita del mes.

Emilia fue una niña tan deseada que tenía tres cunas repartidas en casas de familiares. En Vitacura había una de ellas pero en la última visita no fue necesario ocuparla. Carmen Gloria y Mauricio convencieron a Carolina y Benjamín de que podían dormir con ella a riesgo de recibir alguno que otro manotazo. Estaban chochos porque Emilia ya balbuceaba algunas palabras: tata, hola, mamá. Y porque si la ponían boca abajo para que gateara ella se negaba. A cambio, la pequeña había encontrado una manera extraña para desplazarse: arrastrando el trasero, avanzaba riendo por el piso de la casa.

Ese domingo Emilia acompañó a su abuela a misa y lloró porque la ducha no estaba tibia. Cerca de la una de la tarde, el matrimonio decidió salir a pasear con su hija.

–¿Por qué no se quedan a almorzar?–, dijo Carmen Gloria ilusionada de pasar un rato más con su nieta. Pero Benjamín y Carolina querían aprovechar el sol y llevar a Emilia al Parque Bicentenario para que conociera a los cisnes. La acomodaron en la silla de auto en el asiento trasero del Suzuki SX4 rojo.

Pasar un rato solos con su hija era importante para ellos. La pareja viajaba a el Cuzco dentro de una semana y Emilia quedaría al cuidado de Silvia en Viña. Sería su primer viaje tras tener a la niña. Unas pequeñas vacaciones.

–Vamos a pasar a almorzar en el camino–, le dijo Benjamín a sus padres poniendo el auto en marcha. Carolina abrochó las correas de la silla y tensó ambos cinturones de seguridad para anclar a Emilia. La niña estaba balbuceando y jugando con su sonajero de hipopótamo. Sus padres comentaban lo deshabitado que estaba Santiago en enero. Entonces se detuvieron frente a un semáforo en rojo, en la esquina de Bicentenario con Alonso de Córdova. Benjamín miró por el espejo retrovisor y vio, a unos 50 metros de distancia, una van azul. “Va a frenar”, pensó. Tenía la distancia suficiente para hacerlo. Pero el vehículo que venía a 80 kilómetros por hora no paró. Eran las 13:31 horas. Los airbag del Suzuki se dispararon. Su hija quedó inconsciente.

DESPUÉS DEL CHOQUE
Carolina se miró las manos y no supo si la sangre que había era la suya o la de Emilia. Instintivamente había puesto el brazo detrás del asiento para tratar de protegerla del impacto. “Fue como si se cortara la película. Veníamos cantando y de pronto el cuerpo no me respondió. El auto fue arrastrado varios metros, parecía un acordeón, pero Emilia no había salido expulsada. Seguía en su silla”, revela hoy con la voz quebrada.

En esos primeros minutos Benjamín no pensó que Emilia podía estar grave. Mientras su mujer trataba de desabrochar las amarras de la silla, él salió del auto y quiso increpar al conductor. Nelson Fariña trató de arrancar pero se estrelló unos metros más allá contra un árbol. Luego trató de correr por la vía, pero estaba tan ebrio que cayó al piso.

–No se preocupe. Está todo grabado y lo tenemos reducido–, le dijeron unos guardias de la Municipalidad a Benjamín. Entonces se dio cuenta que Carolina aún no lograba sacar a Emilia del auto. Y forcejeando logró tomarla en brazos.

Auxiliada por una transeúnte que detuvo un auto, Carolina logró llegar con su hija a la Clínica Alemana en 10 minutos. “En el trayecto traté de revivirla pero se me había quebrado la nariz y no podía respirar. Si Emilia recuperó algo el pulso fue por una señora que le fue masajeando el corazón”, dice Carolina.

Los médicos trataron de reanimar a la niña pero esta jamás recuperó la conciencia. El scanner mostró que se le había infartado la mitad derecha del cerebro. Lo más natural era que hubiera fallecido al instante. Pero Emilia seguía con vida.

–¿Cuánto me queda con ella?–, preguntó Carolina, en shock.

–Haremos todo por mantenerla con vida–, dijo el doctor.

A las 17 horas los médicos decidieron operarla. Una craneotomía arrojó que el daño era mayor de lo que presentaban las radiografías. Conectada a un espirador artificial fue llevada a la Unidad de Cuidados Intensivos. Pasó la noche entubada en una camilla de adulto que su madre y su padre no abandonaron más. Con la ropa todavía ensangrentada, Carolina no pegó un ojo. No fue ni siquiera al baño. “Fueron las horas más tristes de mi vida. Me subí a la camilla y la abracé. No me despegué de ella ni un segundo, me daba terror que se fuera sola. Nadie merece irse solo”. Carolina tenía la cara hinchada y su nariz fracturada en ese momento pero no sentía dolor. Estaba en shock. “Mi niña luchó. Seguía ahí por nosotros”, dice.

La idea de proponer la Ley Emilia nació en la UCI, mientras la niña vivía sus últimos momentos de vida. Benjamín se acercó a Carolina y le preguntó al oído: “¿Hablamos? ¿Lo hacemos por Emilia?”. Carolina respondió que sí.

La luz de la mañana del lunes 21 de enero pilló a los padres aferrados a su guagua. Mientras Benjamín rezaba porque su presión cerebral se estabilizara y pedía un milagro, Carolina le cantaba al oído la canción del caballito de mar que quiere bailar.

–No tenemos más que hacer– le dijeron los médicos tras practicarle el último encefalograma. 24 horas después del choque el lado izquierdo del cerebro de la pequeña también se había infartado y se decretó su muerte cerebral. Carolina lloró sobre el regazo de su hija que se apagaba lentamente sobre la camilla. “Sus abuelos, sus tíos y amigos iban pasando uno por uno a despedirse. No podía creer lo que pasaba. Era una pesadilla”, confiesa. Benjamín salió al pasillo.

–¿Usted sabe que el tipo que los chocó está en su casa?– le preguntó un periodista que esa mañana asistió a la audiencia de formalización de Nelson Fariña. El rostro de Benjamín se desencajó. No entendió por qué si su hija se estaba muriendo el culpable había quedado con arresto domiciliario y no con prisión preventiva. Pidió que encendieran las cámaras: “Mi hija está agonizando y quien la mató está tomando oncecita en la casa y ahora me ve por la tele”, dijo con rabia.

El padre de Fariña llegó a la clínica a pedirle perdón. “Por mi familia pero no por mi hijo porque lo que hizo tiene que pagarlo en la cárcel”, le dijo con vergüenza a Benjamín. Entonces, él pensó que si incluso el padre del victimario pedía justicia, tenía que seguir protestando. Había que modificar la legislación, una Ley Emilia con penas efectivas de cárcel para quienes mataran gente al volante, algo que la Ley Tolerancia Cero no contempla. “No está tipificado el delito. Si los choferes alcoholizados asesinan a alguien pero tienen irreprochable conducta anterior, se acogen a beneficios como reclusión nocturna o firma mensual y no pasan un día encerrados. Pero yo tenía que hacer algo para darle un sentido a la pérdida de mi niña”, dice Benjamín.

La idea de proponer la Ley Emilia nació en la Clínica Alemana, mientras la niña vivía sus últimos momentos de vida. “¿Lo hacemos por Emilia?”, le dijo Benjamín a Carolina en el oído, mientras estaban en la UCI. “Hagámoslo por nuestra hija”, dijo ella.

A las 18:58 horas de ese lunes 21, sus latidos se detuvieron. A Emilia la había matado el efecto látigo: durante el choque, su cerebro y el cráneo se habían golpeado tanto entre sí que se le generó un traumatismo encéfalo craneano del que no se pudo recuperar. “Eso me frustra: dejamos todo el equipaje en el maletero para que no se golpeara, la sentamos mirando hacia atrás como indica la norma, hicimos todo bien pero igual me la arrebataron”, se lamenta Carolina.

Benjamín acaricia la mano de su mujer. Sentados en la banca de una plaza donde hace menos de un mes jugaban con su hija, aún les cuesta creer que no esté.

–Imagínate que no hubiéramos tomado todas las medidas de seguridad. Ahí sí que estaríamos reprochándonos. No somos los culpables de su muerte. Es muy doloroso, pero también nos va a dar paz– la consuela Benjamín.

EL ADIÓS Y LA CRUZADA
Tres días después del choque, el 23 de enero, Benjamín y Carolina trazaron un camino de flores en su funeral. Los pétalos iban desde la entrada de la iglesia de los Padres Carmelitas hasta su féretro. “El templo estaba repleto y muchos le llevaron ramas. Nosotros lo pedimos, queríamos que tuviera en su nueva casa un jardín”, cuenta Benjamín sobre la tarde en que enterró a su hija en el cementerio Parque del Mar de Concón.

Sobre la lápida blanca puso el tuto de Colo-Colo con el que la hacía dormir. La polera que le prometió se la irá a dejar el próximo 3 de abril, para su cumpleaños, a la tumba. “No estoy enojado con Dios. Emilia fue mi faro, pero creo que los hijos son prestados”, dice. Carolina discrepa: “No me conformo con que me la hayan prestado. La Emilia era mi sol y sin el sol no se puede continuar, quiero que me la devuelvan”. Para ella, las mañanas son tristes. Despierta sobresaltada. Sueña que Emilia se va a caer pero a veces la ve sonreír en los brazos de su abuela. La misma que le enseñó a tocar El rin del angelito la canción con que despidió a su hija en el cementerio hace 26 días. “Es difícil no ser católica en estos momentos, cuesta más racionalizar el dolor. No entiendo la muerte de mi hija. Mis amigos me hablan del destino, de que uno nace con una fecha predeterminada, pero no me convenzo. Tal vez por eso promover una ley con su nombre se ha vuelto tan importante. Es mi forma de darle un sentido a la pérdida para no volverme loca”, dice.

Hoy el cuerpo de Carolina está lleno de hematomas por el choque: su tabique nasal está hundido y sus ojos, su pierna y su brazo han tomado un color morado. “Me duele más lo que no podré vivir con mi hija que estas secuelas. Tengo que ir al médico, operarme la nariz, pero ni siquiera he pedido hora”, dice.

La Ley Emilia tomó vuelo en el resto de la familia Silva Figueroa. Mientras los abuelos fotocopian las notas de prensa para difundirlas en sus círculos y sus padres salen a recolectar firmas junto a sus alumnos, familiares levantaron una página web y un facebook. El padrino de Emilia abrió una cuenta de twitter que tiene más de 12 mil seguidores. En la reseña se lee: “Partí de este mundo demasiado pronto por culpa de un conductor ebrio. Quiero que me ayudes a que esto no le vuelva a pasar a ningún niño más”. “La Ley Emilia no corre para mi hija ya que su muerte se va a juzgar dentro del marco legal actual. Esta ley será para los que vienen y para que la gente piense antes de tomar curado un auto. Porque esa combinación tiene el poder de una pistola y mata”, expresa Carolina.

La muerte de Emilia no es un hecho aislado. Pese a la aplicación de la Ley Tolerancia Cero vigente desde marzo de 2012, el año pasado la Defensoría Penal Pública contabilizó 5.346 conductores que causaron muerte o lesiones en terceros bajo la influencia del alcohol y que fueron judicializados. Por eso, el llamado cobró fuerza en otras víctimas. Familiares de los ciclistas de Aisén que fueron arrollados el 30 de enero por un chofer alcoholizado; Verónica Selman, la mujer que perdió a su marido y a su hija en 2011; los Mariñanco Marín que perdieron a su hijo en un atropello en El Quisco; la mamá de Rayún, la niña de cuatro años que fue arrollada en Ñuñoa, son solo algunos de los que los apoyan. Ninguno de estos casos ha tenido cárcel en Chile. “Johnny Herrera mató a una niña curado. Pero es llamado a la Selección Nacional. Es tratado como una celebridad”, dice indignado Benjamín.

“Me cuesta más racionalizar el dolor. Por más que lo pienso no entiendo la muerte de mi hija. tal vez por eso promover una ley con su nombre se ha vuelto tan importante. Es mi forma de darle sentido a la pérdida para no volverme loca”, dica Carolina.

Nelson Fariña envió una carta a los medios lamentando la muerte de Emilia pero Benjamín no le cree. “Nunca nos dio la cara, es insultante”, dice. Parlamentarios del oficialismo y la oposición se han adherido también a la causa. Dos proyectos de ley se presentaron ya al Congreso a raíz del choque, y se discutirán en marzo. Para los padres de Emilia estos no son accidentes, son crímenes. Benjamín está viniendo constantemente a Santiago a hacer campaña en un auto de la familia. Cada vez que frena recuerda el choque. El 26 de febrero Nelson Fariña será reformalizado por chocar con 1.96 gramos de alcohol en su sangre y con resultado de muerte. El matrimonio espera que lo dejen con prisión preventiva. “La Emilia está haciendo que se muevan las cosas desde arriba”, agrega Benjamín. Pero en Viña, el sol casi no sale. Se apagó con Emilia. “Es súper contradictorio porque hay momentos en que lo único que quieres es llorar a mares. Y otros, vivir con el dolor. Nosotros llevamos semanas poniéndonos de pie gracias a la fuerza de Emilia. Porque sentimos que tenemos que luchar por ella, porque siempre voy a ser su mamá. Tal vez el luto que conocemos es otro, quedarse encerrado en la casa, pero el que me tocó es este, yo no lo elegí. Y lo estoy viviendo con la mayor entereza que puedo”, explica Carolina.

Pero hay días en que los padres de Emilia no se pueden levantar. Cuando se cumplió una semana del choque, Carolina se tapó hasta el cuello como hacía Emilia. Su hija decía “no estoy” y se largaba a reír. Carolina en cambio se largó a llorar. “Lloro todo lo que puedo y llevo conmigo su almohada que todavía tiene su olor. Echo tanto de menos cargarla en brazos”, dice con voz temblorosa. La cuncuna y el perrito de peluche acompañaron a Emilia en el ataúd. Hace unos días, un familiar guardó el resto de sus juguetes en un clóset que Carolina no se atreve a abrir. “Lo que no cabe en esa caja es la pena. No la puedo guardar porque se desbordaría”, sentencia.

En este link el sitio web creado por sus padres.

 
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