El hombre que cree en Haití
Reportajes
Etiquetas: , ,

5 Febrero, 2010

El hombre que cree en Haití

200 mil muertos. 250 mil heridos. No hay comida, no hay agua. Hay dengue, hay sarampión. Hay gritos. ¿Qué hacer en Haití? En medio del caos, un hombre parece tener la clave. Se llama Paul Farmer y no llegó ayer. No es parte de las fuerzas de rescate. Está en la isla hace tres décadas y lo que ha logrado en materia de salud ya es una leyenda. Algunos le dicen santo. Los haitianos, Doktè Paul.

Por Guillermina Altomonte/Fotografía: David Walton, cortesía de Partners in Health

La noche del viernes 15 de enero, tres días después de que un terremoto grado 7 en la escala Richter estremeciera la capital de Haití, una cámara de televisión enfoca a un hombre flaco, pálido, de anteojos, traje y corbata –y una venda sobre su rodilla izquierda– que se baja de una avioneta que acaba de aterrizar en Puerto Príncipe y abraza a varios haitianos que lo esperan en la losa, mientras otros descargan las bolsas de insumos médicos que trae. El hombre pálido se llama Paul Farmer.

A diferencia de los doctores, militares y bomberos que llegan en masa para rescatar cuerpos de entre los escombros y atender de urgencia a los heridos, Farmer ha pisado esta ciudad cientos de veces. Lleva 27 años trabajando en Haití. Aquí, en la zona llamada Plató Central, está Zanmi Lasante, un complejo médico que fundó en 1983 y que hoy tiene 10 hospitales –gestionados en conjunto con el Ministerio de Salud– que atienden a 1 millón de campesinos al año. Cuando todos creen que Haití está condenado a la catástrofe, Farmer ve una oportunidad de hacer cosas. Ése es su estilo. También ahora, después del terremoto.

Sus logros le dan crédito. En el área en que operan los hospitales Zanmi Lasante, la tasa de transmisión de sida de madre a hijo ha llegado a ser de 4%, la mitad que en Estados Unidos. Y nadie ha muerto de tuberculosis desde 1988, aunque es la enfermedad que mata más adultos en Haití. Todo, gracias a un modelo de gestión propiciado por Farmer que mezcla apostolado, antropología y medicina de alto nivel. Estos resultados, entre otras cosas, hicieron que en 2008 los Centros para la Prevención y el Control de Enfermedades de Estados Unidos le dieran a Farmer el premio “al héroe del año”.

No es raro que ahora, frente a la crisis, los ojos haitianos se vuelvan a él. Doktè Paul, le dicen afectuosamente en creole. Doktè Paul, el que recuerda a cada paciente que pasa por sus manos y les regala cortauñas, biblias o relojes de plástico. Al que no le importó estar recién operado de la rodilla para volar a Haití tras la catástrofe. Apenas pisa Puerto Príncipe, el médico se reúne con funcionarios del gobierno de René Preval.

Le piden formalmente aplicar su modelo de tratamiento de pacientes para los damnificados por el terremoto, un modelo que no es de socorro –aunque Partners in Health, la fundación de Farmer, logró recaudar 25 millones de dólares en donaciones sólo en la primera semana después del desastre– sino de trabajo a largo plazo para desarrollar sistemas de salud de calidad para los pobres. Farmer acepta. No es la primera vez. Ya en 2009 Bill Clinton lo había nombrado enviado especial adjunto cuando varias tormentas asolaron a Haití. De esos ciclones ya nadie se acuerda.

Haití-Harvard-Haití

Farmer se recibió simultáneamente como médico especialista en enfermedades infecciosas y antropólogo en Harvard en 1990. Estuvo entre los primeros de su promoción pero, en los 6 años que duraron ambas carreras, se lo vio bastante poco en clases. En 1983, justo antes de entrar a Harvard, Farmer había descubierto Haití. Y Haití lo subyugó. Pasó un año allí, trabajando como voluntario en varias localidades. Cuando llegó a Cange, una aldea de 30 mil personas en el Plató Central, vio gente viviendo en chozas con techos de hojas de plátano, vio que no había escuelas ni nada que se pareciera a un hospital. Y sintió que no se podía ir. Con la ayuda de un sacerdote llamado Fritz Lafontant y de la voluntaria inglesa Ophelia Dahl (hija del escritor Roald Dahl), empezó a diseñar un proyecto para crear el sistema de salud comunitario que llegó a ser Zanmi Lasante.

Así, un día Farmer estaba en Harvard dando un examen y al día siguiente en Cange recorriendo casa por casa para hacer un censo de salud. Volvía a Cambridge, movilizaba a sus colegas y profesores, los llevaba a Haití, conseguía fondos. Así llegó a crear la fundación sin fines de lucro Partners in Health (www.pih.org), a través de cual canaliza las donaciones privadas que financian su ambicioso proyecto. Cada vez que estaba en Boston, aprovechaba las ventajas del primer mundo para sus pacientes haitianos: muchas veces llevó muestras para analizar en el laboratorio de la Escuela de Medicina. En las salas de espera de los aeropuertos respondía los 200 e-mails diarios que le llegaban.

A punta de saltarse a las autoridades para lograr sus objetivos (una vez ingresó clandestinamente a Haití, cuando a principios de los 90 la dictadura militar lo puso en la lista de personas que no podían entrar) y de pedir perdón antes que pedir permiso (el primer microscopio que hubo en Cange fue uno que el doctor se robó de la Escuela de Medicina de Harvard), consiguió capacitar en salud a cerca de cuatro mil haitianos; creó una unidad móvil que recorre las aldeas del Plató Central para detectar a tiempo enfermedades infecciosas; fundó escuelas; inventó un programa de salud para mujeres que incluye control de natalidad; sanitizó parte del suministro de agua de Cange; previno y trató el tifus, el sida y la tuberculosis, y un largo etcétera de mejoras que convirtió a Zanmi Lasante en un complejo de salud modelo y hoy, tras el terremoto, el más importante que queda en pie.

En una noche normal, un centenar de personas suelen acampar en las afueras de estas clínicas para ser atendidos a primera hora. Ahora, en el Haití post terremoto, son muchísimos más. 20 mil personas al día están muriendo por falta de atención médica. Las cifras oficiales hablan de 250 mil heridos y 1 millón y medio de damnificados. Muchos de ellos están peregrinando o siendo trasladados desde Puerto Príncipe –donde el Hospital General se encuentra destruido en un 50%– y sus alrededores hasta el Plató Central. Podría parecer curioso que alguien que lo acaba de perder todo quiera pasar casi 3 horas recorriendo caminos sin pavimentar para llegar al lugar más pobre de Latinoamérica.

Pero los haitianos saben lo que significa llegar a Zanmi Lasante: significa obtener atención médica gratuita de calidad. En Zanmi Lasante, a ningún paciente se lo manda de vuelta a la casa. Ése es uno de los mandamientos de Paul Farmer.

Cinco horas a pie

Entre los años 2000 y 2003, el periodista Tracy Kidder –ganador de un premio Pulitzer– se dedicó a seguir los pasos de Farmer. En su libro Mountains beyond mountains (editorial Random House, disponible en amazon) abundan los detalles y escenas que van construyendo el complejo personaje del doctor. En una, el periodista describe una excursión que hace junto a Farmer desde Zanmi Lasante hasta una aldea cercana. Cinco horas a pie, ida y vuelta, por un sendero montañoso, sólo para visitar a un paciente en su cabaña y asegurarse de que está tomando regularmente los medicamentos para la tuberculosis.

–Alguna gente argumentaría que no vale la pena una caminata de cinco horas para eso– le dice Farmer a Kidder cuando van de vuelta. Pero nunca puedes invertir demasiado en asegurarte que los tratamientos funcionen.

–Pero algunos le preguntarían cómo puede esperar que otros repliquen lo que usted está haciendo acá– le devuelve el periodista.

—¿Qué les respondería? –Que se vayan a la mierda– responde Farmer alegremente. –No, les diría que el objetivo es inculcarles a doctores y enfermeras el espíritu de dedicación a sus pacientes, y de una visión de las enfermedades basada en los resultados, no en los medios. En otras palabras: que se vayan a la mierda.

Según el libro de Kidder, la doctrina de la teología de la liberación marcó a Farmer cuando tenía poco más de 20 años, al punto de adoptar su imperativo central y entregarle una “opción preferencial” a los pobres. Farmer le dice al periodista que sería incapaz de cambiar sus servicios médicos por dinero en un mundo donde hay millones de personas que no los pueden costear.

Paul Farmer ha escrito más de 100 papers y varios libros. En casi todos sus textos y charlas hay un hilo conductor: las enfermedades están intrínsecamente asociadas a condiciones de pobreza como malnutrición, falta de higiene, cesantía. Muchas veces esas condiciones son causadas por los países desarrollados.

A Farmer le gusta poner el ejemplo de una represa que, en los años 50, se construyó muy cerca de Cange con el financiamiento del gobierno de Estados Unidos. El resultado de la obra fue proveer agua y electricidad para las empresas agricultoras con capitales estadounidenses, e inundar las tierras de los campesinos locales. Así se creó el lugar más pobre y con más altos índices de enfermedades infecciosas de Haití.

Por eso, si hay algo que enfurece al doctor al que muchos llaman santo, es que le digan que los programas de salud pública deben ser costo-efectivos porque los recursos son limitados. En el libro de Kidder, el doctor repite una idea: “Los recursos son mucho menos limitados hoy que en toda la historia de la humanidad. La medicina tiene las herramientas para detener muchas epidemias, y nadie puede decir que no hay suficiente dinero en el mundo para costearlo”. Esta idea –ninguna medida puede considerarse demasiado cara cuando se trata de salvar la vida a una persona llevó a Farmer a desarrollar un revolucionario modelo de tratamiento de sida y tuberculosis que trascendió las fronteras de Haití para convertirse en un protocolo en muchos países.

Modelo de exportación

¿Por qué ahora, que en el Haití post terremoto empiezan los brotes de dengue y sarampión, se necesita tanto a Farmer?
Porque es experto en enfermedades infecciosas. Su trabajo de años con un tipo de tuberculosis llamada multi-drogo-resistente lo demuestra. Hace 20 años que la tuberculosis casi no existe en los países desarrollados gracias a los antibióticos. Pero en países pobres, millones de personas todavía mueren por falta de diagnóstico y tratamiento. Además, cuando el tratamiento no es el adecuado, o el paciente no toma los medicamentos en forma regular y constante, la tuberculosis se puede volver multi-drogo-resistente, es decir, inmune al tratamiento tradicional y muy difícil de curar.

Hacia mediados de los 90, Farmer empezó a ver pacientes en Cange con tuberculosis multidrogo-resistente. La opción para curarlos es un tratamiento con drogas alternativas, muchísimo más caras que las tradicionales y cuya eficacia, además, depende de que el paciente esté bien alimentado. Yendo en contra de lo que recomendaba el protocolo de la OMS, que aconsejaba no tratar pacientes con tuberculosis multi-drogo-resistente en países que no pudieran financiar los carísimos remedios, Farmer los empezó a tratar igual, consiguiendo las drogas a través de la Escuela de Medicina de Harvard. Como el tratamiento funcionaba en Cange, en 1996 Farmer y Jim Yong Kim, un co-fundador de PIH, lo exportaron a Carabayllo, un suburbio miserable de Lima donde la enfermedad había matado a un sacerdote amigo de Farmer.

El proyecto peruano era mucho más ambicioso: había que entrenar a miembros de la comunidad para que fueran a las casas de los pacientes y les hicieran el tratamiento, que a veces incluía hasta 7 antibióticos distintos. Ninguna organización los iba a financiar: según la OMS, era un proyecto demasiado caro para un país que tenía muchas otras urgencias en materia de salud. Paul Farmer se endeudó con la farmacia de la Escuela de Medicina de Harvard para conseguir las drogas. Luego inició un lobby agotador con varios laboratorios en todo el mundo, hasta que logró que el precio de los medicamentos alternativos bajara, en algunos casos, hasta un 90%.

Dos años después, 80% de los pacientes tratados en Perú estaban curados, una tasa más alta que la de muchos hospitales de Estados Unidos. En vista de estos resultados –y de un estudio publicado por PIH y la Escuela de Medicina de Harvard que concluía que el papel de los miembros de la comunidad es fundamental para tratar enfermedades infecciosas– la OMS reformuló sus recomendaciones para el tratamiento de la tuberculosis multi-drogo-resistente, y en 1999 designó a Farmer y Kim para que implementaran su programa piloto en varios países.

Paralelamente, y bajo el mismo modelo comunitario, Zanmi Lasante inició un programa piloto en Haití para entregar triple terapia antirretroviral a pacientes con sida. Hacia 2001 el progra ma se expandió a todo el país; luego a Boston, Perú, Rusia, Ruanda y Lesotho. PIH hoy tiene un presupuesto anual de 63 millones de dólares y 11 mil empleados en 12 países. Y Farmer sigue con su ritmo frenético: a veces viaja sólo por el día a estas ciudades para supervisar pacientes, conseguir más dinero, reunirse con funcionarios de gobierno o visitar a su mujer y sus tres hijos, radicados en Ruanda.

Fiel a su estilo, en estos días el héroe del año no se queda quieto ni un segundo. Después de ver con sus propios ojos el horror de Haití luego del terremoto y de trabajar codo a codo con los doctores de Partners in Health atendiendo pacientes, viajó a Estados Unidos para testificar sobre la situación del país en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Luego voló a Montreal, donde participó en una reunión de líderes mundiales para discutir la intervención de corto y largo plazo que se necesita en Haití.

El periodista Tracy Kidder, que conoce tan de cerca el trabajo del doctor, subraya, en un artículo, que el suyo es un excelente modelo para la futura reconstrucción de Haití: “un esfuerzo que emplea y entrena a los haitianos en cada paso, que construye infraestructura al tiempo que atiende las necesidades básicas de los pobres, y que hace todo lo que puede por fortalecer al sector público”.

En una editorial para el diario The Miami Herald, Farmer explica: “Las reacciones ante una emergencia pueden tener, en parte, una visión de largo plazo. La reconstrucción de la ciudad va a requerir un tipo distinto de planificación urbana y un compromiso de largo plazo de respetar los deseos del pueblo haitiano”. Lo más probable es que logre convencer a todos de su visión a largo plazo. Éste es su nuevo ambicioso proyecto. Porque Farmer tiene el don de ver una oportunidad hasta en el peor de los desastres. Y ¿qué otra cosa si no ésa es lo que ahora necesita Haití?

 
Pin It
ANUNCIOS

TAMBIÉN PODRÍA GUSTARTE