El tesoro de la isla Carlos III
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1 Agosto, 2012

Ballenas

El tesoro de la isla Carlos III

No es oro ni un buque hundido. Son 138 ballenas jorobadas que científicos chilenos estudian desde hace 20 años en Magallanes. Sus conclusiones pueden implicar un antes y un después en lo que se sabe a nivel mundial sobre estos cetáceos, pero los científicos temen que efectos colaterales del proyecto Isla Riesco puedan amenazar la investigación.

Por Milena Vodanovic / Fotografías: gentileza Whale Sound y Juan Capella

Paula 1101. Sábado 5 de agosto 2012.

Lo primero es el solpo. El profundo, potente, tántrico espauto de la ballena. Luego, el ojo capta la espuma, el sorprendente géiser de aire con partículas de agua que se levanta desde el mar. Y, entonces, ahí están el enorme lomo, el desplazamiento grácil: una ballena jorobada que navega frente a la proa del esturión, el yate costero desde el cual un científico, cuatro tripulantes y siete viajeros la observamos absortos.
Una respiración del cetáceo, dos, tres; se alza la curva de la espalda lustrosa y se hunde levantando la enorme cola.
“Es Marilyn, la 69”, dice Juan Capella, el biólogo que las sigue, las identifica y las estudia hace 15 años en la Patagonia.
Desde 1999 –fecha desde que Capella tiene registro en este sector– los mismos ejemplares vienen cada año a los fiordos que rodean la Isla Carlos III, a mitad de camino entre el Pacífico y Cabo Froward, punto continental más austral de Sudamérica.
Cruzan el Estrecho de Magallanes y entran a estas aguas calmas, probablemente porque hay tranquilidad, más sardinas –su alimento– o quien sabe por qué.
Se sabe poco de ellas. En gran medida porque pasan 95% de su vida bajo el agua, en profundidades de hasta 200 metros donde los científicos no pueden alcanzarlas. Cómo agobia el hecho a Capella, que su objeto máximo de interés, estas misteriosas jorobadas que lleva décadas auscultando, permanezcan la mayor parte del tiempo ocultas a su minuciosa observación.
“No tenemos una idea exacta de qué hacen cuando se hunden, y apenas accedemos a 5% de su tiempo de vida cuando las observamos en superficie”, suspira Capella, y obtura su cámara de lente 400 mm para registrar otro ejemplar que aparece a babor, a lo lejos. Cuando están en la superficie, el ojo avisor de Capella las detecta rápido. Y puede reconocerlas a kilómetros, ya sea por la forma de la aleta o el dibujo de la parte ventral de la cola, siempre distinto, que permite su identificación.
Antonella Messina, bióloga marina de la Universidad de Magallanes, que lleva cuatro días haciendo la práctica en el campamento Whale Sound, donde Capella tiene su base, intenta reconocerlas apoyándose en el catálogo con fotos de la cola y de la aleta en el que cada uno de los ejemplares observados en la región, y que forman parte de la población que estudian estos científicos, ha sido cuidadosamente clasificado. “Ya. Esta es la 115, Ciscan”, dice orgullosa, comparando la foto que acaba de tomar con la hoja plastificada del archivador. “No, es la 119, Virmor”, corrige Capella.

Enamorado de las ballenas

Juan Capella ha seguido a las jorobadas durante décadas, como un enamorado. Su pasión surgió cuando, en 1987, recién egresado de Biología en la Universidad de Chile, y junto a su amigo y colega Jorge Gibbons, del Instituto de la Patagonia, se convirtió en uno de los primeros científicos del país que se ocupó de estudiar a los delfines nariz de botella de Isla Chañaral, que luego se trasladaron a Isla Damas. Allí también vio ballenas jorobadas. Buscando información dio con la Fundación Yubarta
que había iniciado el estudio de los cetáceos en las costas del Pacífico de Colombia, cercanas a Cali. Fue hasta allá. Se quedó 19 años. Se trasplantó por las ballenas. Las siguió en sus periplos, las grabó, las fotografíó y se casó con Lilian Fórez, investigadora colombiana que también estudiaba a las ballenas.
En 1991, viviendo en Cali, supo de bitácoras del siglo 19 que señalaban la presencia de ballenas jorobadas en las aguas australes. Estaba curioso. No sabía si continuaban llegando hasta allí después de la gran cacería mundial acaecida en el siglo XX.
Se unió a un grupo de biólogos interesados en dilucidarlo: Jorge Gibbons, Carlos Valladares y Yerko Vilina. Utilizando las embarcaciones destinadas a un estudio regional de la marea roja, recorrieron y examinaron miles de kilómetros de canales y fiordos, y así dieron con las ballenas. Entusiasmados, se abocaron a la tarea de estudiarlas. Y de protegerlas. En el año 2003 consiguieron que el gobierno de Chile creara la primera área costera protegida de Chile y el primer Parque Marino Nacional: el Francisco Coloane, un triángulo de 1.500 hectáreas donde el país se obliga a proteger la biodiversidad. Allí, en medio de esas aguas, está la Isla Carlos III, un lugar deshabitado, cubierto de coihues, lengas y canelos centenarios donde, entre todos y echando mano a fondos personales, créditos Corfo y becas o patrocinios conseguidos con esfuerzo propio, crearon una base científica de investigación: Whale Sound. No son más que seis domos, un mirador, un generador de electricidad y un comedor que funciona como centro de reuniones construido con madera prefabricada. Eso es todo, porque kilómetros a la redonda no hay más que soledad.
Un silencio apenas interrumpido por el festín ornitológico del cielo austral: petreles gigantes, gaviotines sudamericanos, albatros, cormoranes imperiales, pingüinos de Magallanes.
De todos los científicos, quien lleva la bitácora de estas 138 jorobadas patrimonio de la humanidad es Juan Capella. Varios meses al año se instala en este sitio perdido en el mapa para registrar los movimientos de las ballenas. Viaja solo, acompañado
a veces por un par de estudiantes en práctica y la tripulación del Esturión. Su comunicación con el continente es por radio. Asilado, pasa allí semanas. Solo ocupado en registrar qué hacen, con quién andan y por donde pasean los grupos de jorobadas.


El Francisco Coloane, un triángulo de 1.500 hectáreas, es el primer Parque Marino Nacional que protege la biodiversidad. En medio de esas aguas está la Isla Carlos III, un lugar deshabitado donde está instalada la base científica de investigación Whale Sound.

Cantos subacuáticos
El Canal Bárbara, en el Estrecho de Magallanes y cerca de la isla, por donde navegamos, está poblado de ballenas. En poco rato de navegación en el Esturión se avistan una, dos, tres, cuatro, cinco. En menos de una hora, dieciséis. Se acercan al barco lo suficiente para que los tripulantes quedemos impactados ante la monumental aleta pectoral, de 5 metros, blanca y azul, que se atisba bajo el agua helada. Asumiendo que la longitud de una aleta pectoral es equivalente a un tercio del cuerpo de una ballena, esta mide unos quince metros. A lo lejos, un juvenil salta medio cuerpo hacia fuera. Los niños que viajan en el barco gritan y se abrazan de entusiasmo. Los grandes quedamos boquiabiertos. Todo el rato las acompañan lobos de mar,como lugartenientes de avanzada, que aprovechan las corrientes que generan las jorobadas para cazar, o se sirven los restos que cuelgan de las barbas de los cetáceos.
Una ballena jorobada come una tonelada o más de sardinas al día. Cuando su alimento comienza a escasear, en torno a abril, inician la migración hacia el norte. Viajan solas. No se agrupan. Se trasladan a distintos puntos de las costas del Pacífico entre Costa Rica y Ecuador, para aparearse. Se instalan en unas costas o en otras. Pero vuelven, todos los años sin falta, a comer a Magallenes. Las mismas. Siempre.
“Son muy fieles al comedor, no tanto a la cama”, resume Capella.
Cuando están miles de kilómetros más al norte, en plan de conquista en aguas tropicales, los machos ejecutan su complejo rito de cortejo: echan a los menos aptos y cantan. Sí, cantan. Pueden hacerlo durante veinte horas seguidas. Y no lo hacen con
la boca. Es una vibración del tracto respiratorio que les sale por el cráneo. Y que se emite subacuáticamente: el oído humano no las escucha desde la playa, hay que grabarlas con un hidrófono.
En el comedor de la base científica del campamento Whale Sound, en la Isla Carlos III, en medio del Estrecho de Magallanes, Capella le pone play a algunas grabaciones que realizó en Colombia y Panamá, zonas de reproducción de las jorobadas: un despliegue multifónico de tonalidades inverosímiles: los bajos son severos y profundos, como un mugido de vaca. Los altos tan agudos como un silbido, un coro de pajaritos. “Se sabe que el canto tiene un patrón; pero no se sabe el significado de lo
qué están diciendo”. Se ha registrado que el canto de las ballenas es distinto en el Pacífico que en el Atlántico, incluso en diferentes costas de un mismo océano. Al parecer, su función sería atraer a las hembras y espantar a otros machos. Pero nunca se ha visto un apareamiento. Es otra de las cosas que ocurren en 95% del tiempo en que las ballenas viven su vida secreta.
“Parece increíble con todo lo que ha avanzado la tecnología, pero los científicos todavía no podemos acompañar a las ballenas a las profundidades”, explica Capella. “Se hunden rápido y no somos capaces de seguirlas. Un aparato transmisor de su
posición para monitorearlas vía satélite vale 3.000 dólares, uno solo”. Pero no es el único problema: las ballenas son ágiles, cabriolean y los botan fácilmente. En temporadas pasadas instalaron seis, pero todos se perdieron al cabo de casi un mes.
Hasta quince días han estado tratando de instalarles uno nuevo, y ha sido imposible, por las acrobacias. “Falta tal vez una década de avance tecnológico para hacer un salto cualitativo en lo que se sabe de estos cetáceos. Es necesario lograr una mayor
miniaturización de los dispositivos y un almacenamiento más eficiente de la energía en las baterías”, resume Capella.
Lo que sí es claro es que después de las cantatas y tras un año de gestación, nace la cría. Solo una por parto. Lacta por un año en el que permanece junto a su madre y luego, cuando se desteta, se lanza a trasladar en solitario su imponente presencia
por los océanos.


Juan Capella ha seguido a este grupo de jorobadas durante décadas, como un enamorado. Puede reconocerlas a kilómetros y ha conseguido secuenciar el ADN de 105 ejemplares. Pero así y todo, le siguen siendo misteriosas: las ballenas pasan 95 por ciento de su tiempo bajo el agua, lejos de su mirada y de la de cualquier ser humano, viviendo su vida secreta.

Hipótesis de amistad
Desde 1999 que Capella sigue a este grupo. El mismo, siempre. Ha avanzado en su identificación pues, premunido de ballesta y flecha ha logrado secuenciar el ADN de 105 ejemplares.
Lo que ha conseguido no es poco. Pero identificarlas, secuenciarlas, conocerlas, es la base. Todos esos registros, esos años de seguimiento, ese conocimiento casi obsesivo culminan, en la vida de un científico, cuando los datos se juntan de un modo tal que logran probar una hipótesis. Y, entonces, se avanza un peldaño en el conocimiento y se establece una nueva verdad.
A Capella la hipótesis que más le apasiona, aquella que si logra probar ampliaría la comprensión sobre estos descomunales mamíferos para siempre, la hipótesis de la que solo habla después de mucho rato de conversación y que menciona con timidez y respeto, casi como si estuviese contando algo muy privado o muy improbable, o tal vez muy arriesgado, pende de seis jorobadas a cuyo comportamiento le ha echado el ojo. “Algo tienen entre sí”, dice Capella. “Pero todavía no lo puedo probar”.
Se trata de un par de machos, un par de hembras y otro par formado por una hembra y un macho que parecieran tener algún tipo de relación de largo plazo entre ellos. “Se juntan más que lo habitual en diversas circunstancias, pero no sé por qué”. Desde
hace más de diez años que ve este patrón de relación común. “A pesar de ser animales más bien solitarios y que cuando tienen compañía temporal la cambian permanentemente, pareciera ser que en esta población de 138 ballenas identificadas hay relaciones
que se van repitiendo. No sabemos si hay una suerte de amistad, pero es una hipótesis. Es una verdad que requiere de datas y de años. En los delfines se ha descubierto, pero como te decía, en las ballenas el gran problema es que pasan todo ese tiempo ocultas bajo el agua y cada año recorren el hemisferio.
Viven en un mundo al que tenemos un acceso muy limitado. Es una frustración y un desafío enormes”. Para probar que lo que ha observado es más que el azar, Capella necesita más registros y luego aplicar un programa estadístico. Pero para tener más
registros hace falta tiempo. Y recursos.
Contra el factor tiempo, sabe que es poco lo que se puede hacer: una ballena vive 80 años y Capella tiene 50. Está consciente de que será difícil seguir siquiera a una en su ciclo de vida completo. Vendrán otros después, pero le ha costado formar seguidores.
“Por aquí han pasado hartos estudiantes”, comenta, “pero tienen que seguir su vida y dedicarse a algo más rentable”. El problema de los recursos es mayor: “Faltan recursos para investigar, entonces los jóvenes no siguen esto. En Colombia pasa lo mismo. Las ballenas son un tesoro mundial, tanto científico como por el valor para el turismo entre comunidades costeras, pero eso no se traduce en recursos para investigarlas, ¿quién lo entiende?”.

Una colección de huevos blancos

El mismo Capella, tras una vida dedicada a las ballenas, tiene un pasar modesto: sin hijos, vive entre el campamento científico del Estrecho, Colombia y la casa de sus viejos cuando pasa por Santiago. El largo y prometedor estudio de estas 138 jorobadas
se ha mantenido con recursos personales de los científicos involucrados en la investigación –Yerko Vilina, Jorge Gibbons y Carlos Valladares–, algunos proyectos apoyados por las universidades donde trabajan, becas o recursos conseguidos individualmente por cada uno de ellos y uno que otro proyecto Corfo. Pero estos no son hombres de quejarse y, a veces, de la adversidad surge una oportunidad. Es lo que vieron cuando, en 2004, motivados por el biólogo Carlos Valladares, decidieron que si el dinero para la investigación no llegaba de donde debía provenir, la propia investigación generaría los recursos para autosustentarse. La idea fue crear en Carlos III un modelo turístico alternativo: los turistas incorporados a la investigación y no al revés, de manera de generar los fondos para que algún día
supiésemos por qué esos tres pares de ballenas que estudia Capella andan juntos por los mares.
Su iniciativa se convirtió en un proyecto sin precedentes en el país: llevar un número limitado de turistas a un campamento de investigación. Entre 2006 y 2012 la estación científica de avistamiento de Carlos III recibe un total de no más de 150 personas por año que pagan mil 200 dólares (unos 600 mil pesos) por acompañar a Capella, sus ayudantes y estudiantes en práctica en sus excursiones de avistamiento.
“La mezcla ha sido respetuosa y de mínimo impacto. Es un turismo ecológico de verdad. El programa con los turistas proporciona la forma de mantener la infraestructura y el movimiento de naves que están al servicio de la ciencia. Es perfecto”, dice Marcelo Poblete, guía y jefe logístico del proyecto Whale Sound.
Marcelo se apasiona cuando habla de Capella, cuando mira una ballena, cuando ayuda a los visitantes a descender por el muelle de la solitaria Carlos III hasta acomodarlos en uno de los domos que construyeron en la isla: una colección de seis huevos
blancos de tela impermeable, construidos sobre pilotes de madera para no estropear el ecosistema de turba, pastos, musgos y helechos. Cada domo está provistos de bosca y camastros con plumón donde da gusto cerrar los ojos después de haber pasado un día observando cabriolar a las jorobadas.
“Cuando me llamó Carlos me vine a ojos cerrados”, dice Marcelo. Antes, había sido parte del equipo de Adventure Network, la concesionaria norteamericana de turismo en los polos. Antes, se había dedicado a las relaciones públicas. Antes, había vivido fuera de Chile y antes, en la adolescencia, había estado en la Patagonia. Y le había fascinado. “Además de los domos, armamos un sistema para generar energía eólica en la isla y una planta de tratamiento de aguas. Somos cuidadosos: llevamos el agua en estanques y la entregamos a la planta de procesamiento de Punta Arenas. Compramos el Esturión, armamos el cuento. Y lo logramos: sostenemos el proyecto científico
y hemos conseguido hacer un turismo respetuoso”.
En medio de ese paraje desolado, donde ráfagas de 140 kilómetros por hora te golpean la cara, desembarcan a veces, en yate o helicóptero, millonarios rusos con zapatos de charol y entumidas chicas empinadas en sus Jimmy Choos haciendo sonar sus zafiros y diamantes. Marcelo lo toma con humor. Están un rato, aportan con su dinero, comen platos sencillos que el mismo Marcelo les prepara y con ver a una ballena de lejos se contentan. Andan apurados, dice Poblete, igual que si estuvieran en una jornada de la Bolsa. En cambio, la mayoría de los turistas del programa regular son europeos (franceses, holandeses, alemanes, suizos) interesados realmente en esos parajes. Apenas uno de cada diez es chileno.

Cuando están en plan de conquista en aguas tropicales, los machos ejecutan su complejo rito de cortejo: echan a los menos aptos y cantan. Pueden hacerlo durante veinte horas seguidas. No lo hacen con la boca, sino con una vibración del tracto respiratorio que les sale por el cráneo y que se emite subcutáneamente: el oído humano no las escucha desde la playa, hay que grabarlas con un hidrófono.

La amenaza
Marcelo conversa mientras pela papas para la comida de la noche. Abre una botella de vino y comenta: “No es un turismo barato, pero no es imposible de pagar. Me sorprende que los chilenos no nos demos cuenta de lo que tenemos. De este enorme privilegio. Ver una ballena, estar en este lugar remoto…”.
Capella también se sorprende de que los chilenos no nos demos cuenta del privilegio. Los turistas son tema de Marcelo. A él lo sorprende que las autoridades no se tomen en serio el desafío de haber creado un Parque Marino. “Las ballenas son sobrevivientes”, reflexiona. “Tienen entre 30 a 28 millones de años sobre el planeta, mientras los ancestros más lejanos del ser humano apenas aparecieron hace 7 millones. Durante siglos las ballenas fueron perseguidas, temidas, cazadas sin tregua. En 1985, cuando se decidió mundialmente protegerlas, apenas quedaban 10 mil o 12 mil jorobadas en las aguas del mundo. Se piensa que es un 10 por ciento de la población que alguna vez hubo en los mares. Hoy, tras décadas de protección hay entre 30 mil y 40 mil
jorobadas en los océanos. Es un privilegio que en nuestras costas podamos verlas y estudiarlas ahora que la pesca no es la amenaza. Pero las autoridades no las protegen de verdad, no están libres de riesgo en tierras australes. Se ha creado este parque
marino y, sin embargo, este está en la zona de tránsito de los barcos que proveerán insumos al proyecto minero Isla Riesco y sacarán de allí el carbón”. ¿Qué quiere decir esto? Que barcos inmensos, de 290 metros de eslora o más, navegarán ahora por la
misma ruta en que transitan las jorobadas. “El tránsito de barcos de ese tamaño en la zona del Estrecho de Magallanes se va a incrementar en un 52 por ciento, y en el estrecho Canal Jerónimo va a significar un aumento de 717% en el tráfico de barcos de más de 200 metros, aunque nunca antes navegaron allí barcos de calado que se introducirán ahora”, precisa Capella. “Esto significa un barco entrando o saliendo cada dos días cargado de carbón y de combustible transitando por los sitios donde se reproducen el lobo marino y los pingüinos, y donde descansan y comen las ballenas. Debiera haberse hecho un estudio serio y preciso considerando eso y de cómo mitigar el impacto de este tránsito y también de cómo enfrentar un accidente mayor, de encallamiento o derrame. Pero nada de eso se hizo. Al momento de evaluarse el proyecto minero no se consideró el impacto del tráfico de barcos. Simplemente se ignoró. Todas las entidades del Estado fallaron en incluir responsablemente ese aspecto, central a la ejecución del proyecto”. Capella se rebela: “La muerte de una
sola ballena en esta agrupación que cada verano concentra entre 80 y 90 ejemplares es un impacto en 1,25 por ciento de la población. En cualquier parte eso sería inadmisible. Este país, que en el papel las declaró monumento nacional, no se toma en serio el protegerlas”. ¿Y si la chocada, atropellada, la víctima de un accidente,
fuese precisamente alguna de las integrandes de esas tres duplas en las que Capella ha invertido miles de horas de estudio y observación para quizás probar algún día que estos cetáceos tienen relaciones de amistad? ¿Y si fuese una de ellas? Capella no
quiere ni imaginarlo.

Minera Invierno, empresa responsable del proyecto de la mina de carbón en Isla Riesco, fue consultada por Revista Paula respecto de los temores expresados por los científicos de Whale Sound en cuanto a que el tránsito de barcos del proyecto minero pudiese poner en riesgo a las ballenas. La empresa, a través de su agencia de comunicaciones, declinó entregar una respuesta oficial.

 
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