Electroshock
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23 Diciembre, 2009

Salud

Electroshock

El electroshock aún produce escalofríos en el imaginario colectivo, aunque ahora se hace con anestesia general, no fractura los huesos y es seguro. Los siquiatras se cuadran para recomendarlo en casos grave de depresión o sicosis, y a veces los mismos pacientes lo piden. El electroshock está más vivo que nunca.

Por Consuelo Terra. Fotografía Sebastián Utreras. Ilustración Nicolás Galdames. Producción de arte Juanita Vial. Maquillaje Francisca Bongardt.

Estamos en la Unidad de Terapia Electroconvulsiva del Instituto Siquiátrico, un jueves a las diez y media de la mañana. En este establecimiento público, que depende del Servicio de Salud Metropolitano Norte, tres mujeres están acostadas sobre camillas, una al lado de la otra, en una sala con luz artificial y cortinas celestes. La primera de ellas, Macarena, de 43 años, tiene una depresión severa. La segunda, Ángela, de unos 40 años, está ahí por la misma razón y dormita a ratos. La tercera, Mónica, de 54 años, tiene depresión bipolar. Con expresión tranquila y algo somnolientas esperan su turno para hacerse un electroshock.

En una antesala pequeña con sillas azules aguardan los familiares: un veinteañero, una anciana de pelo blanco y el marido de Mónica, que entra a la sala a ver a su esposa. Al preguntarles cómo les ha ido con la terapia electroconvulsiva, popularmente conocida como electroshock, él responde entusiasmado que hace años no veía a su mujer tan bien. Ella lo mira y asiente sonriendo. No alcanzamos a hablar más, porque es hora de que la primera mujer, Macarena, reciba su electroshock. Los familiares deben esperar hasta que las pacientes despierten de la anestesia para llevarlas a la casa, porque el tratamiento es ambulatorio.

La terapia electroconvulsiva se hace en la misma sala donde las pacientes aguardan en sus camillas, en una esquina separada sólo por unas cortinas a medio cerrar. Un electrocardiograma sigue la frecuencia cardiaca de Macarena mientras otros monitores controlan su actividad cerebral, presión arterial, temperatura y pulso. Una mascarilla con gas anestésico deja a la paciente dormida en segundos. “Está lista, doctor”, dice una de las dos enfermeras presentes. Macarena no siente nada. Es el momento en que el doctor Alejandro Salinas, jefe de la Unidad de Terapia Electroconvulsiva, le inyecta un relajante muscular intravenoso que evitará que la descarga de electricidad que se avecina provoque convulsiones en el cuerpo de la paciente. Sólo el pie derecho de Macarena queda sin relajante, para poder medir la duración de las convulsiones. En la boca le introducen papelitos blancos enrollados para protegerle los dientes y la lengua.

El doctor ubica los dos polos de la máquina de terapia electroconvulsiva en las sienes de la paciente y aplica una descarga eléctrica de 110 voltios que va directamente al cerebro. Se produce un ruido fuerte y vibrante en la máquina. La mujer arruga la cara, se pone roja y sus ojos lloran durante los tres o cinco segundos que dura la descarga. Pero no es por dolor, sino porque la electricidad estimula el nervio facial y también las glándulas lagrimales y salivales. Después de la descarga vienen las convulsiones, que duran unos 25 segundos y sólo se reflejan en el pie derecho que se agita. El relajante muscular evita las convulsiones en el resto del cuerpo, pero también impide que Macarena pueda respirar por sí misma, así es que la oxigenan. Repiten las descargas cinco veces en total. Finalmente, le sacan los protectores de la boca y le limpian la saliva. Macarena sigue inconsciente, pero comienza a respirar por su cuenta. Con el oxígeno todavía puesto la dejan durmiendo en la camilla en el área de recuperación. Es su sexta sesión de electroshock.

Es el turno de Mónica. Mientras le pinchan el brazo para conectarle una vía intravenosa, sonríe tranquila y dice: “Antes del electroshock yo parecía zombi. Ahora volví a ser yo misma”.

Un tratamiento controversial

En los años 30 se descubrió que algunos pacientes sicóticos que además tenían epilepsia mejoraban de su sicosis después de una crisis convulsiva. Eso hizo que el investigador húngaro Ladislas von Meduna se hiciera una pregunta clave: ¿Qué pasa si se generan artificialmente convulsiones epilépticas en personas psicóticas? ¿Se sanan? Fue el principio de la terapia (TEC).

Entrevistamos a nueve siquiatras con larga experiencia en este tratamiento, médicos prestigiosos que trabajan en clínicas y hospitales de Santiago, y les preguntamos su opinión sobre el uso del electroshock en el siglo XXI. Todos dijeron que estaban a favor, al igual que la Sociedad Americana de Siquiatría.

Pero el electroshock tiene mala fama. Y no es gratuita. En Chile, como en el resto del mundo, se hizo sin anestesia durante mucho tiempo. Hasta los 90, sólo uno de cada cinco electroshocks en el país era con anestesia general y relajante muscular. “Se producían fracturas de huesos, dientes, maxilar, luxaciones de hombros, cadera”, dice el siquiatra Luis Risco, subdirector médico de la Clínica Siquiátrica de la Universidad de Chile. “Me tocó hacer la terapia en esas condiciones, con el tipo amarrado a la camilla, saltando. Era una cosa tremenda, extremadamente traumática para el paciente”.

Risco cuenta que, a partir de los 90, se generalizó en Chile el uso de anestesia general, relajante muscular y oxígeno durante la terapia convulsiva, y se reglamentaron protocolos como que el paciente o su familia deben firmar un consentimiento informado para el tratamiento. Sin embargo, el daño a la reputación del electroshock ya estaba hecho y aumentado por la película Atrapado sin salida (que los siquiatras entrevistados mencionan una y otra vez como otra fuente de la mala fama del TEC). En ella, el personaje interpretado por Jack Nicholson es castigado con electroshock.

Actualmente, este tratamiento está indicado principalmente para depresiones agudas que no responden a medicamentos, depresiones con riesgo suicida y desórdenes como trastorno bipolar, manías, esquizofrenia, catatonia y mal de Parkinson. Generalmente se aplica día por medio y, dependiendo de la gravedad de la enfermedad, varía entre seis y doce sesiones. En algunos casos el paciente continúa con una terapia de mantención, con un electroshock cada siete, catorce o veinte días.

“Hay pacientes que se mejoraron con la terapia electroconvulsiva y cuando recaen, ellos mismos la piden, porque saben que se sanarán más pronto que con fármacos”, dice Salinas. “Este tratamiento mejora rápidamente el ánimo, quita la angustia, regula el sueño, disminuye las alucinaciones, devuelve el apetito y el juicio de realidad. A los esquizofrénicos les aplicamos el TEC en el primer brote, para evitar que el cuadro se cristalice. He tratado con esta terapia a colegas y cirujanos con depresión”.

Salinas es uno de los médicos que más sabe sobre electroshock en Chile, gracias a sus 23 años de experiencia como jefe de la Unidad de Terapia Electroconvulsiva del Instituto Siquiátrico, donde tratan con electroshock a más de 2.200 personas al año. “Este lugar es la capital de la locura. Nuestros pacientes son los más graves y llegan desde todo Chile”, dice Salinas, quien comenzó a trabajar en esta unidad en 1986, cuando recién se estaba creando.

Apoyados en la evidencia científica actual, los siquiatras están de acuerdo en que la convulsión producida por un golpe de electricidad en el cerebro reconecta las neuronas y tiene efecto más rápido que los medicamentos, con un porcentaje de buenas respuestas de entre 78 y 92% en sicosis y depresiones. El último informe de la Sociedad Americana de Siquiatría indica que por cada 10.000 pacientes que se hacen electroshock, uno muere. El índice es prácticamente el mismo que el de las muertes causadas por la anestesia general en intervenciones quirúrgicas menores. Lo insólito es que después de sesenta años de investigaciones, los científicos aún no saben por qué ni cómo opera el electroshock. “En todos los congresos del mundo se buscan explicaciones y todavía no se sabe fehacientemente por qué funciona”, dice el siquiatra Alejandro Salinas.

“Al principio cuando me plantearon que me hiciera este tratamiento me dio miedo. Lo pensé un mes antes de decidirme”, dice Mónica, la mujer con depresión bipolar que esperaba junto a su marido su turno para someterse a un electroshock en el siquiátrico. “Al final dije: ‘Me lo voy a hacer, porque no aguanto más’. Fue la mejor decisión que pude haber tomado”.

Mónica tenía un trastorno bipolar bajo control, pero hace cinco años tuvo un cáncer de páncreas que la hizo caer en una profunda depresión. Tomó un arsenal de medicamentos fuertes y nada le funcionaba. Tenía crisis de pánico todos los días y estuvo en la UTI tres veces por intento de suicidio. Al principio le hicieron doce sesiones día por medio y ahora la frecuencia bajó a una vez por semana. “Desde que comenzó con el electroshock, hace tres meses, le mejoró el ánimo”, dice su marido. “Ayer fuimos al circo y la Mónica se río por primera vez en años”.

Páginas amarillas

“El mayor problema no es la resistencia de los pacientes, sino la de médicos que no están actualizados en el tema y piensan que la terapia electroconvulsiva no debería usarse”, dice el siquiatra Rafael Torres, de la Clinica UC San Carlos de Apoquindo.

Con esa resistencia se topó Gabriela cuando el año pasado buscaba un médico dispuesto a indicarle una terapia electroconvulsiva a su madre, Ana, de 73 años. “Hace quince años mi mamá tuvo una depresión gatillada por la muerte de mi abuela. No salía, no comía, se quería morir. Con el electroshock volvió a ser la misma mujer alegre y activa de siempre, a jardinear, a jugar cartas con sus amigas, a viajar por Europa”, relata Gabriela.

Pero el año pasado Ana recayó en su depresión luego de que le diagnosticaran cáncer terminal a su hermana. Ana bajó 27 kilos e intentó matarse dos veces con pastillas. “Yo pensaba que si la primera vez mi mamá se había mejorado rápidamente con electroshock tenía que funcionar de nuevo. Consulté a tres siquiatras en Viña y me dijeron que podía ser peligroso, que no se atrevían por la edad de mi mamá. A mi hermana también le daba miedo, pero la convencí de que intentáramos con electroshock”.

Gabriela buscó en las Páginas Amarillas de Santiago. Llamó a varias clínicas donde le dijeron que no hacían la terapia. “En otras dos clínicas me respondieron que no había problema, pero no me tincaron, no se veían serias”, dice. En febrero de 2009, llevó a su madre a la Clínica El Cedro, donde el siquiatra Antonio Menchaca le indicó el tratamiento a Ana. “Después de siete sesiones, mi mamá comenzó a comer, a reír, a chacotear, y perdió la expresión rígida de antes. Ahora toma dosis moderadas de antidepresivos y se ha mantenido estable. Incluso dice que quiere viajar de nuevo”, cuenta Gabriela.

El doctor Salinas afirma que en la unidad que dirige han sometido a electroshock a niños y ancianos. Su paciente más joven tenía doce años y el más viejo, 96. El niño llegó enyesado después de dos intentos de suicidio. En el último se había lanzado desde un tercer piso. “Ahora es totalmente normal”, dice el médico.

El siquiatra Rafael Torres, de la Clínica UC, explica que la descarga de electricidad produce un efecto de “reseteo”, parecido al que se genera al apagar el computador por unos segundos y luego encenderlo para que funcione bien. De alguna manera, el estímulo eléctrico reconecta los neurotransmisores, los reordena e incluso puede regenerar neuronas. “En el cerebro hay plasticidad: pueden formarse nuevas neuronas, diferenciarse o crear nuevas conexiones. El electroshock estimula esa plasticidad y va produciendo una modulación en los neurotransmisores, que es lo que lleva a la mejoría”, dice Torres. Pero este “reseteo” milagroso también produce el principal efecto secundario del electroshock: la pérdida de memoria.

Recuerdos borrados

Verónica tiene 55 años y pasó una década con depresión bipolar grave. Cinco veces trató de suicidarse. Terminaba internada en la clínica con camisa de fuerza. El electroshock la ayudó a salir de la crisis. Lleva tres años estable y trabaja como vendedora, pero tiene importantes lagunas de memoria de la época en que se sometió a la terapia. “Hay gente que ha venido acá a la tienda y me ha dicho: ‘¿Te acuerdas de que antes trabajamos juntas?’. Y no me acuerdo. Pero pienso: ‘¿Vale la pena acordarme de ese periodo?. Lo importante es que el alma me volvió al cuerpo”.

“A muchos pacientes les produce una angustia feroz no recordar cosas. Otros piensan que entre perder la memoria por un tiempo y querer matarse, no hay dónde perderse”, dice el siquiatra Luis Risco. La memoria tiende a borrarse durante un tiempo determinado: las semanas que dura la terapia y los dos o tres meses siguientes. “En algunos casos la terapia electroconvulsiva también afecta la memoria remota. Hay personas que pierden recuerdos de su vida anterior”, dice el doctor Risco.

Valentina, una profesional de 43 años, no se acuerda de la época en que se sometió al tratamiento. “Perdí la memoria de lo que pasó un mes antes y dos meses después del electroshock”, afirma. Era una exitosa gerenta en una empresa grande. Trabajaba de siete y media de la mañana a ocho de la noche. Sufría estrés agudo. “Durante años tuve varios síntomas que no tomé en cuenta: tenía colon irritable, se me caían las muelas. Y no inflaba, iba al dentista y seguía adelante, por tratar de ser súper buena en todo”, dice. Le empezaron a dar bajas de presión en el trabajo y se tenía que tirar al suelo con las piernas en alto para aliviarse. La energía le bajó al mínimo y apenas entendía lo que hablaban en las reuniones. “En marzo de 2007 fui a la siquiatra con mis últimas fuerzas. Me diagnosticó depresión severa. Quedé tirada en mi cama y pasé meses llorando”.

Comenzó un tratamiento con medicamentos y sicoterapia. “En junio de 2008 me iban a dar de alta, pero los remedios dejaron de hacerme efecto. Era como si no me los tomara”, dice. Tenía una depresión refractaria. “Se me vino el mundo abajo. Me asusté cuando mi siquiatra me explicó que se me estaban muriendo neuronas por el nivel de mi depresión. No podía hablar bien, se me iba la onda, tenía pérdidas de memoria. Mi hijo me presentó a su polola tres veces y nunca me acordaba de ella”.

En septiembre vino a Chile su cuñado, que es siquiatra en Estados Unidos. Le dijo a Valentina que en un caso como el de ella los médicos podían demorar hasta tres años en dar con la fórmula de los medicamentos indicados. “Me quería morir. Mi cuñado me dijo que la mejor tecnología que hay en Estados Unidos para salir de este cuento es el electroshock. “Me dio una enorme alegría saber que existía un tratamiento que me iba a rescatar más rápido del abismo”.

Esa conversación es lo último que recuerda Valentina de esos meses negros. Lo que vino a continuación sólo lo sabe por lo que le han contado sus familiares y doctores. La siquiatra Paula Lenis, especialista de la Clínica UC San Carlos de Apoquindo, le hizo seis sesiones de electroschock día por medio, a fines de septiembre. A los pocos días de terminada la terapia Valentina recuperó su sentido de realidad y su ánimo mejoró. Pero cada vez que los días pasaban, volvía perder la memoria hacia atrás. Llegaba noviembre y no se acordaba de lo que había hecho en octubre. “Fue difícil aceptarlo, pero lo asumí como parte del costo”, dice. En diciembre las pérdidas de memoria se detuvieron. Pero al volver al trabajo se dio cuenta de que se le habían olvidado los nombres de los clientes a los que antes llamaba por teléfono marcando de memoria. “Tuve que volver a aprender todo”, dice.

A mediados de febrero de 2009, Valentina tuvo un pequeño momento que marcó un antes y un después. “Iba en el auto y de repente hice click. Sentí que acababa de salir de un hoyo profundo”, recuerda. “Los efectos del electroshock pueden ser milagrosos”, dice el siquiatra Rafael Torres. “Aunque todavía no se sabe cómo funciona, es un camino rápido a la mejoría”. @

Electroshock para embarazadas

La terapia electroconvulsiva –o electroshock– está indicada para mujeres embarazadas con depresión grave. “Las convulsiones mejoran a la madre, y a la guagua no le pasa nada. La electricidad no llega al feto. Este tratamiento es más seguro y efectivo que someter a la embarazada a medicamentos que sí pueden tener efectos sobre el hijo en gestación”, dice el doctor Alejandro Salinas, uno de los siquiatras chilenos con más experiencia en esta terapia.

Este año ha tratado en el Instituto Siquiátrico a una veintena de embarazadas, incluso hasta en el octavo mes de gestación, sin que hubiera problemas ni adelantos de parto. En la Clínica UC de San Carlos de Apoquindo también han aplicado terapia electroconvulsiva a embarazadas depresivas con buenos resultados.

 
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