¿Quiere o no quiere?
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18 Febrero, 2012

Crónica

¿Quiere o no quiere?

Desde que asumió como ministra del Trabajo, Evelyn Matthei no ha parado de subir en las encuestas. La periodista Stefanía Doebbel la siguió durante casi tres meses y lo que vio fue una performance digna de una candidata presidencial en plena campaña. Ella lo niega.

Por Stefanía Doebbel / Ilustración: Vicente Marti

Hay demasiados pacientes fuera de sus camas. Varias cabezas se asoman desde las puertas de las habitaciones, cuchichean, preguntan quién viene. La Maternidad del Hospital Clínico de la Universidad de Chile está alborotada.

Jessica Mualim, subdirectora del Servicio Nacional de la Mujer (Sernam), sube la rampa para entrar al edificio. Habla varios decibeles más arriba de lo que necesita para que alguien crea que la conversación –acerca de todos los beneficios del posnatal de seis meses que viene a promocionar– es medianamente natural.

Pero los espectadores no miran a Mualim; todos siguen atentos a la entrada. Un niño le pregunta a su mamá: “¿Quién es esa? Yo creí que venía la otra, la de la tele”, le dice.

Pero Evelyn Matthei, la ministra del Trabajo y Previsión Social, todavía no llega. No importa. Más tiempo para que cada cosa esté perfecta. Los asesores de prensa salen de la sala, entran, miran el reloj, hablan con los periodistas. Quince minutos después avisan que ya está y todos salen a recibir a la ministra, a la verdadera.

Evelyn, chaqueta de cuero beige, pantalón negro liso, se baja del auto, saluda a cada uno de los que la esperan y camina la misma cuesta hacia la entrada de la sala de Maternidad. Y mira, una por una, a las cámaras que la rodean. Ahora todos están fuera de la sala, todos alrededor de Evelyn.

La subdirectora del Sernam la recibe: “Ministra, como son seis meses de posnatal, le tenemos seis guatitas para que celebremos este gran logro”, y le muestra a las seis doctoras, enfermeras, practicantes y funcionarias que la esperan formadas en medialuna. “Un gusto. De verdad un gran gusto conocerlas”, les dice Evelyn. Y les pregunta lo que les preguntará a todas las mamás con las que hable ese día en el hospital: “¿Y?, cuéntenme, ¿van a cederles algo del tiempo del posnatal a sus maridos?”. Las mujeres se ríen y Evelyn, como si las conociera de siempre, las llama a acercarse. Baja la voz y les pide que escuchen su consejo: “Es que, chiquillas, tienen que aprovechar esta oportunidad; si no, los hombres se mal acostumbran. Háganme caso”.

Las mujeres asienten y dicen que sí, que lo van a pensar. Tal vez ellas sí lo hicieron. Pero el resto, todas las demás –las 26 mil madres que han recibido el posnatal desde que entró en vigencia–, no. Solo 140 han compartido el permiso con el padre.

Evelyn escucha al doctor jefe de la Unidad de Neonatología. Tiene gesto de “estoy muy atenta”, pero no se resiste a callar y se adelanta a completar cada frase. Si no alcanza a adivinar la palabra que viene, la repite asintiendo.

“Pero, ¡por Dios! ¡Qué chiquitita! ¡Qué lindura! Cuéntame: ¿de cuántas semanas nació?”, le pregunta Evelyn a la mamá de una guagua prematura, encerrada en una incubadora. Mete la mano por una manga y toma el pie de la niña, del mismo tamaño que el pulgar de la ministra. “¡Uy, se le salió el calcetincito!”, dice Evelyn. “Ministra, por favor, dese vuelta a la cámara”. Beso. Sonrisa. Foto.

Luego carga otra guagua. Una señora con bata rosada y un catéter en el dorso de la mano. Foto. Se topa con un grupo de médicos practicantes y les dice que los entiende, que su hija Antonia estudia Medicina y ella sabe lo agotador que es. Beso. Sonrisa. Foto y se va.

De Plaza Italia para abajo

“Oye, perdón, ¿me equivoqué o no me equivoqué?”, pregunta Evelyn Matthei, apenas termina la conferencia de prensa. Uno de sus periodistas le responde: “Ministra, ¿estaba hablando del tipo de HidroAysén, no?”. “Es que no estoy segura”, confiesa Matthei. “Porque si es verdad, no voy a dudar en decirlo”.

Pero ya lo había dicho. A la ministra le habían preguntado acerca de la toma del ex Congreso –del 21 de octubre– y ella se lanzó a decir que, además de toda la falta de respeto y de educación, ahí había gente que estaba “echándose plata a los bolsillos inventando que cuida el medio ambiente”. Horas después. Por segunda vez en el día a uno de sus periodistas se le iban las manos a la cabeza: “Ven para acá. Tú y yo hagamos un compromiso: que esta sea la última vez que reincides”. “Sí, ministra”. “Porque si no voy a ir a matarte y te voy a cortarte en pedacitos, cabro ’e miéchica”.

Muchas risas. Pero la broma no iba para cualquiera: Evelyn ahora estaba frente a 15 presos de la Penitenciaría de Santiago que, tras años de encierro, hacían un curso de capacitación laboral. Así, rápida de lengua, Evelyn Matthei ha subido 23 puntos en la encuesta Adimark desde que asumió como ministra en enero de 2011. Hoy, con 74% de aprobación, empata a Laurence Golborne en el tercer lugar de los ministros mejor evaluados.

Cada mañana, Carolina Andrade, la directora de comunicaciones del Ministerio, discute con Evelyn las pautas de la semana: todas, antes de las 12 hrs, para salir en los noticiarios de mediodía; todas, lejos del sector oriente. “Nosotros no hacemos pautas más arriba de plaza Italia”, detalla Carolina. La estrategia de su equipo, explica, ha sido combinar la rudeza con un lado más cercano, más femenino, que antes Evelyn prefería no mostrar. “No es una imagen. Yo soy ruda”, justifica la ministra. “Pero aquí no me ha costado nada mostrar un lado más humano, porque en realidad me sale natural. Al final de la visita a los presos, un asistente
le pregunta: “Y cuando sea Presidenta, ¿nos va a recibir también?”. “Uy, no. Eso es mucho lío”, le responde ella riendo.

No es el pasado negro con RN, ni su estilo confrontacional, ni que el presidente de su partido diga que ella no tiene el ADN de la UDI. Para Enrique Correa, consultor político y ex ministro del Presidente Patricio Aylwin, aunque todas esas barreras se rompieran Evelyn no podría ser Presidenta. “No podría, por ser hija de quien es hija. De eso nadie se olvida”, dice.

Nadie. Especialmente ella, que habla de su padre igual o más de lo que habla de sus hijos: “A mí me da mucha alegría cuando veo que la ciudadanía le tiene respeto. Mientras estuvo en la Junta de Gobierno, lo pasamos muy mal; lo llamaron traidor. Pero hoy, incluso, gente del Partido Comunista me pregunta por él”, dice.

En el Ministerio piensan que ser hija del general Fernando Matthei no le resta posibilidades presidenciales: “Si hay primarias, ella tiene que ir sí o sí”, dice Carolina Andrade. Ella es una de las mejores cartas del gabinete junto con Pablo Longueira, ministro de Economía, evalúa Roberto Méndez, director de Adimark: “Y si por alguna razón Longueira no estuviera dispuesto, a ella le quedaría despejado el camino”, pronostica. Pero Evelyn Matthei ya no quiere ser Presidenta, dice.

“Ministra, por favor ayúdeme. Usted no sabe por todo lo que yo he tenido que pasar. Llevo cinco meses desempleada, ¿sabe?”. “Ministra, yo le quiero pedir un favor especial: tome atención a la situación que vivimos nosotros los adultos mayores. Yo perdí mi trabajo y nadie quiere contratarme a esta edad…”

En la Feria Laboral número 35, en el parque Bustamante, no cabe nadie más. Doscientas mil personas entran y salen buscando alguno de los 14 mil empleos que ofrecen 94 empresas. A la ministra –que fue a inaugurar– la gente le habla como si tuvieran la oportunidad para que se les cumpliera el deseo. Todos víctimas de un cálculo atrofiado: quién más, sino ella, la ministra del Trabajo, podría conseguirles una pega. Mal que mal, en el Gran Santiago ya ha conseguido tener las cifras más bajas de desempleo en 15 años: 6,2% en el último trimestre de 2011.

Ella a todos les responde igual: “¿Se ha metido a la página beene-e-punto-ce-ele?”, les dice, refiriéndose al banco de trabajos online que creó el Ministerio. Entre el tumulto, un joven le pregunta: “Ministra, ¿usted no cree que si acaso existiera una educación gratuita y de calidad no tendríamos que estar todos aquí?”. Ella no responde. Él sigue y repite lo mismo, pero ahora más alto. Evelyn lo mira y, con un movimiento de cabeza muy sutil, le pide que se acerque. Entonces, le habla muy bajo, pero sabiendo –y queriendo– que los demás escuchen. “¿Tú diste la PSU?”, le pregunta. El joven asiente. “¿Cuánto sacaste?”. “Como 400 puntos”,
responde él. “Ah”. Y le corta la mirada.

Revisen los baños

El Ministerio estaba en estreno; Matthei llevaba cuatro días a su cargo, y una de sus primeras actividades públicas fue fiscalizar las condiciones de los empleados de un terminal de buses del Transantiago. La ministra se plantó frente a la puerta de la empresa Gran Santiago S.A., en Quilicura: chaqueta roja punteada de blanco, el peinado armadísimo, un pesado collar. Pero el guardia no quiso abrirle. “Están en su derecho”, dijo, pero caminó hasta encontrar el baño químico que la misma empresa tenía para sus trabajadores en las afueras del terminal. Después de abrir la puerta verde fosforescente, meter la nariz y sacarla con cara de asco. advirtió a una decena de micrófonos: “Queremos que la Dirección del Trabajo sea tan temida como el Servicio de Impuestos Internos”. Y cerró con un llamado de empatía a los empresarios: “Revisen los baños de sus empleados y vean si mandarían a sus hijos ahí”.

Tras un año, escenas como las del terminal se han multiplicado: Evelyn estuvo en los cafés con piernas del centro de Santiago, en los locales comerciales de Copiapó; en el barrio Patronato; en predios de San Antonio, donde trabajadores peruanos vivían hacinados; en el supermercado Santa Isabel de Talcahuano, que mantenía a sus empleados encerrados en el turno de noche. Y, sobre todo, en las empresas de buses interurbanos. Ahí las fiscalizaciones aumentaron 50% respecto de 2010, y, según la ministra, la más multada del rubro fue TurBus. Por eso, sumado a los dos accidentes fatales que protagonizó la empresa durante enero, Evelyn Matthei, ante los medios que cubrían la reunión de todo el gabinete con el Presidente en cerro Castillo, amenazó directamente con clausurar la compañía.

Los lugares de fiscalización se eligen previendo dónde está el mayor grado de informalidad e incumplimiento, explican en el Ministerio; para esto, se sirven de las denuncias: solo en el sector del comercio se han recibido 7.546 durante este año, 1.500 más que en 2010. A Patronato, por ejemplo, lo escogieron por la cantidad de trabajadores extranjeros que tiene, y por el aumento en la cifra de denuncias: de 453 a 575 en 2011.

En la calle El Manzano, a una cuadra de la esquina con Santa Filomena, la chica que atendía como siempre en su local, no sabía. La mañana parecía igual. Una más. Pero los funcionarios de la Dirección del Trabajo habían estado preparando el terreno para la inspección de la ministra Matthei y a la chica ya la tenían entre sus coordenadas. Iba a ser el segundo blanco del recorrido –corto, preciso– que realizaría Evelyn cuando llegara a fiscalizar.

Luego de pasar por el primer local, donde una trabajadora inmigrante no pudo mostrar su visa de trabajo, la ministra cruzó la calle a paso firme, seguida por la directora del Trabajo, María Cecilia Sánchez; la alcaldesa de Recoleta, Sol Letelier; más un enjambre de periodistas. Entonces, entró a la tiendecita de la chica que no sabía, y que reaccionó tarde. No había espacio ni lugar hacia dónde correr, así que solo atinó a escabullirse, tan rápido como pudo, hacia el pasillo angostísimo de los probadores.

La TV intentó seguirla, pero la ministra levantó los brazos y pidió silencio: “Es una niña menor de edad y ustedes saben que no puede salir ante las cámaras, así que, por favor”. Pero ella sí podía entrar a buscarla. “Tranquila, que no te pueden sacar en la tele. Nosotros no te vamos a hacer nada. Nosotros estamos acá para protegerte, ¿ya? Porque a ti lo que te corresponde es estar estudiando”, le dice Evelyn. “Anda, saca cuarto medio”.

A ese local, junto a los otros nueve en que se encontraron irregularidades, se les dio un plazo de una semana para corregir sus faltas, sin que se les multe. En caso de no hacerlo, tendrían que pagar desde 194 mil hasta once millones de pesos, dependiendo del número de sus trabajadores y de la gravedad de la infracción. Más de 80% del total de denuncias en el sector del comercio se han transformado en multas.

“Me interesa que la gente sepa que estamos fiscalizando y que vamos a seguir haciéndolo. Se nos ha criticado que llegamos con prensa, pero es totalmente necesario. Porque en la medida en que los empleadores sepan que los podemos pillar, que van a sufrir la vergüenza delante de todo Chile y que van a salir en los medios con nombre y apellido, van a empezar a cumplir con las normas del trabajo”, dice la ministra.

La convicción

El vestido corto, blanquísimo, de Evelyn Matthei, encandila. Ella, ahí, sentada sobre el cuero oscuro del sofá de su oficina. Le pide un café a su secretaria y se disculpa por sacar de la cartera su “almuerzo”: dos toallas de papel que envuelven un pedacito, la cuarta parte tal vez, de un sándwich de ave pimentón que había empezado a comerse en el auto camino al Ministerio.

Desde que asumió en la cartera, usted ha subido de 51 a más de 70 puntos en las encuestas. Si sigue subiendo…
No pasa nada. No estoy dispuesta a nada.

¿Por qué cambió de opinión? En la elección pasada usted dijo que le gustaría ser Presidenta.
Hay tantos otros que se mueren de ganas. Que lo hagan ellos. Primero, a mí no me van a dar la pasada y, segundo, yo estoy feliz de que no lo hagan. Ya no quiero eso para mi vida. No.

¿Ni siquiera aceptaría un puesto en el gabinete en caso de que el próximo gobierno sea de su coalición?
Bueno, eso nunca se sabe.

¿Siente que está en la cúspide de su carrera política?
Probablemente en la cúspide y también en el final. Me gustaría cambiar totalmente de rubro cuando esto termine.

¿Qué se necesita para sobrevivir en la política?
Una convicción muy grande en lo que se está haciendo.

Además, ¿hay que tener voluntad de poder, o no?
Eso hay que tenerlo para todo. Ser el mejor en lo que uno haga.

¿Y en una carrera política, lo mejor, lo más alto, no es llegar a ser Presidenta?
(Calla un segundo. Piensa. Pero vuelve rápido) No, no, no. Fíjate que no –dice y frunce la cara entera, mientras niega con la cabeza y vuelve a repetir que no, como convenciéndose a sí misma–. ¡Agghhh! Es que lo encuentro insoportable. No. ¡Imagínate! Estar con todos los ojos sobre ti las 24 horas. No sé, a lo mejor en otra época. Pero ya pasó el tiempo. Hoy prefiero otras cosas.

Sí, pero no

“Yo no ando buscando nada, pero no soy tonta y me doy cuenta de que soy una de las figuras que está mejor posicionada”. Capital, julio de 2007.

“No tengo problema en competir con Piñera en las elecciones presidenciales”. Cosas, mayo de 2008.

“Me encantaría. Me encantaría ser candidata presidencial; digamos las cosas claras. Mira, yo hace meses, si me lo hubieras preguntado, hubiera dicho que no; yo estaba en otra, en dedicarme mucho más a mi vida, a mis cosas. Pero ahora estoy dispuesta a pelearla con todo”. Radio Cooperativa, octubre de 2008.

“Yo no, de verdad que no. De verdad. Absolutamente. En serio. No […] Si te digo que no quiero ser candidata a Presidenta, nadie me va a creer. El punto es que no me lo han pedido, el punto es que no me lo van a pedir nunca y el punto es que voy a estar muy feliz de que no me lo pidan nunca”. Las Últimas Noticias, febrero de 2011.

“No voy a entrar. Así de claro, así de firme. No voy a entrar en una carrera presidencial”. La Tercera, marzo 2011, refiriéndose a las elecciones de 2014.

Este artículo fue realizado por Stefanía Doebbel como trabajo final del Taller de Crónica de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica, guiado por el profesor Gonzalo Saavedra, director de la carrera.

 
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