La abogada de los narcos
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7 Noviembre, 2012

La abogada de los narcos

Helhue Sukni Giadalah (47) es la abogada que defiende más narcotraficantes y delincuentes en Chile. Detrás de cada caso emblemático –Los Cripriano, Los Care’Jarro y ahora Los Fina Sangre–, está ella. No se avergüenza de sus clientes y da la cara sin tapujos, Son “mis queridos ladrones” dice.

Texto y fotografías: Roberto Farías

Paula 1108. Sábado 10 de noviembre 2012.

En el Centro de Justicia contiguo a la ex Penitenciaría, en calle Rondizzoni, se da un extraño folclor: en el patio central de este moderno edificio, en los pasillos, en las bancas, en los escondrijos y salas de espera de los tribunales, pulula una serie de conspicuos personajes –hombres y mujeres– de serios trajes negros. Son los abogados penales privados que, a diferencia de los fiscales y defensores públicos, deben salir a la caza de sus clientes delincuentes y/o sus familiares que van a las audiencias.

Algunos ni siquiera tienen oficina: atienden en las bancas de concreto. Andan con sus procesos bajo el brazo. Citan a sus representados a una audiencia y les sacan la firma en el pasillo. Para los catedráticos de la abogacía, son el último peldaño del ejercicio del derecho. Simples picapleitos. Pero el crecimiento exponencial del narcotráfico (los detenidos por la Ley 20.000 antidrogas pasaron de 20 mil en 2007 según estadísticas del Poder Judicial a más de 50 mil en 2011) les subió el pelo y también el sueldo a estos abogados. Un par llegan en autos de lujo y otros, hasta tienen asistentes que llevan las causas.

Hoy se calculan los honorarios de estos abogados por los kilos de droga decomisados (un caso de microtráfico de gramos: 2 millones por acusado. Un mafioso acusado por 20 kilos: 20 millones). Indistintamente del resultado del juicio. Entonces la tradicional captura de clientes en los pasillos de los tribunales, merodeando en las audiencias de formalización o consiguiéndose RUT y teléfonos con las policías y actuarios, parece una pesca milagrosa. Algunos abogados hasta se han peleado a combos los casos más grandes.

Entre todo ese frenesí destaca una melena rubia de un metro 57, tacos de casi 10 cm, ropas vistosas, muchas veces minifalda y varios millones de pesos tintineando en pulseras, anillos y collares de oro. Es Helhue Sukni Giadalah repartiendo despreocupadas cerradas de ojo, saludos chillones y besos por doquier. Es la abogada que lleva más causas penales en Chile. Tiene hasta ocho audiencias diarias. Defiende a 300 hombres y mujeres presos o procesados en Santiago y Rancagua: 60% de ellos son narcos. Alega personalmente en casi todas las causas. Y por las tardes, visita una veintena de presos en las cárceles.

Helhue defendió en 2009 a la banda de Las Rubias, como se conoció a tres jóvenes mecheras de tiendas. Arrancó risas en esa ocasión alegando, al preguntar: “¿Alguien las ve rubias en esta sala?”, siendo que las acusadas se habían teñido de castaño en prisión. Luego defendió a José Cotipil, Aldo Figueroa y Marcelo Gaete, de la banda Los Gaete, conocidos narcotraficantes de La Victoria. También a dos imputados de la banda de los Care’Jarro de la Población José María Caro, donde Helhue es conocidísima.

Y a varios de Los Cipriano, otra banda narco que operaba en la población Santa Adriana. Y al italiano Francesco Bandi, el líder de la mafia calabresa que embarcaba coca boliviana por el aeropuerto Pudahuel rumbo a Europa. En julio de este año tomó la defensa de Los Fina Sangre, una banda de narcotraficantes detenidos en San Bernardo, que se ganaron el apodo lavando el dinero del tráfico revendiendo caballos de carrera. Les decomisaron casas, dinero, autos, 16 caballos y 103 kilos de coca. Defiende a 9 de los 24 detenidos: al capo di tutti, el patriarca Fernando Jiménez Vargas, su esposa, hijas, tía, sobrinos y yernos.

Por estos casos, Helhue suele aparecer en la prensa dando declaraciones. Su última aparición fue este 20 de octubre, el día después de que cayeran los diez detectives acusados de corrupción de la Brigada del Crimen de la PDI de Pudahuel. Liberó a 9 narcos y se prepara a litigar por otros 12, alegando testimonios falsos, tortura, allanamientos y detenciones ilegales. Ella es Helhue Sukni, un nombre más conocido dentro de la cárcel que en la calle. Lo que no le avergüenza: “Porque ¡son mis clientes!”, dice.

La lealtad carcelaria

Helhue Sukni corre de una audiencia a otra en el Centro de Justicia contestando sus dos celulares, llevando sus atados de papeles, su agenda guatona a punto de reventar (su blackberry la llama) y cargando la cartera Louis Vuitton más grande que pudo encontrar. Y entre todos los abogados que concurren a esa pesca milagrosa, ella actúa como una buena samaritana: la esperan a la salida de las audiencias veteranas sin dientes, hombres con la cara cortada y jóvenes maltrechos. Ella a todos los escucha, les toca el hombro, les da una palabra de apoyo y cuando una fugaz luz de esperanza ilumina esas caras, recoge el anzuelo, porque no es una Santa y cobra en efectivo:
–Claro, yo podría ayudarla –le dice piadosamente a una anciana que clamaba por su hijo detenido por tráfico –pero una excarcelación no le saldría menos de un millón ocho.

Con el dinero del hampa compró su casa en La Dehesa, un departamento en Reñaca frente a la playa, camionetas y autos para sus tres hijas (la mayor estudiando Derecho) y joyas y viajes para todas.

¿Y no sientes culpa por defender a los narcos?
No, para nada. ¡Porque es mi trabajo! Todos tienen derecho a defensa. Y a la defensa gratuita del Estado en último caso. Pero por algo prefieren que los defienda yo, porque los defiendo de corazón. ¡Y no me los cago! Aparte que con los choros tampoco se juega.

Cuando chica le apasionaban las películas de abogados. Soñaba con interrogar ante un gran jurado. Y eso que en Chile en esa época era todo por escrito. Pero no sabía a lo que se metía. Esta acomodada hija de un comerciante árabe que crió a sus cinco hijos con dos zapaterías en San Diego, recién a los 18 años bajó de Las Condes al centro. No tenía idea de hampa, coa, drogas, poblaciones, ni nada.

Estudió en el Villa María –donde la expulsaron por negarse a hacer la confirmación y admitirse musulmana– y luego Derecho en la Universidad Central. Pero en tercero se casó con un empresario árabe, tuvo tres hijas y dejó 5° año de Derecho a medias. Siete años después, en 1995, terminó la carrera. Cuando quiso hacer la práctica, preguntó dónde era el lugar más fácil y le dijeron que en la Penitenciaría. Tenía 29 años.

“Todos tienen derecho a defensa; a la defensa gratuita del Estado en último caso. Pero por algo los choros me prefieren a mí porque lo hago de corazón. ¡Y no me los cago! Aparte que con los choros no se juega. Vieras la cantidad de abogados con balazos en las patas, que en el hampa es el castigo al abogado que no hizo su pega o estafó al preso”.

–Me dijeron que te daban un par de presos y si querías los sacabas, así que tomé esa práctica– dice Helhue–. Pero nadie movía un papel ahí. ¡Era terrible! Por entretenerme comencé a pedir libertades que llevaban años en carpeta. ¡Años!

Iba a la Penitenciaría en BMW. Pronto los delincuentes pedían que los atendiera esta cabrita nueva, “la Heidi” pronunciaban. Solo en su práctica, liberó a 30 detenidos.
–Y me gustó lo agradecidos que estaban. Por fin alguien hacía algo por ellos, sin juzgarlos, sin mirarlos por encima del hombro.

Terminó la práctica, juró ante la Corte Suprema y justo cuando estaba buscando trabajo la llamó un ladrón de casas que había caído de nuevo: Ricardo Lira.

Y Helhue pensó “si pude hacerlo en la práctica, ¿por qué no trabajo en eso?”.
–Me dijo que no podía pagarme, pero a cambio, haría correr mi nombre en las celdas.
Y se llenó de clientes. Sus clientes eran como Ricardo: descerrajadores con diablito y ladrones de autos, todos hoy con hijos y nietos que pertenecen a bandas de traficantes.
–No los he dejado botados. No les hago ningún favor. Pero tampoco los miro por encima. Los defiendo como debería hacerlo cualquier abogado. Solo que trato de hacerlo lo mejor que pueda, porque ellos tampoco se dejan pasar a llevar. No son fáciles.

Al principio Helhue se cuestionaba. Se preguntaba: ¿qué estoy haciendo aquí? Pero no tuvo tiempo de pensarlo mucho.
Tras 5 años de comenzar, se separó:
–Así que massari, massari –dice haciendo el gesto del dinero–. ¿O quién me va a pagar las cuentas? Nadie. Me las pagan ellos. Y ellos dicen que lo hago mejor que los defensores del Estado que los secan en la cárcel…

Hace unos años, llegó a su oficina un hombre mayor que quería sacar de la cárcel a su hijo. “Deme 15 días”, le dijo Helhue. El día 14 días liberó a su hijo de un cargo de robo con intimidación. Y él le dijo: “usted es la mejor abogada de Chile”. Había
pasado por tres abogados penalistas sin lograrlo.
–Desde entonces me creo el cuento. En el penal Santiago Uno siempre me dicen que soy la mejor abogada de Chile. ¿No es cierto? –le dice a un acusado por homicidio frustrado que oye la conversación. –Ya poh, rájate con tu abogada, mejor. Anda a
comprarme una Sprite. Y que sea light–, le remata con un grito a 10 metros desde las bancas del Centro de Justicia.

Su oficina en Huérfanos frente a los tribunales se parece a la consulta de Zulma. En la mesa de centro hay 13 velas, 9 botellas, 7 inciensos, 6 elefante, 4 pirámides. En los rincones 17 plantas y 10 cuadros. Su escritorio es igual, atiborrado de adornos más un retrato de Camiroaga y otro de Bin Laden.

El alegato sin fin

Fiscales y abogados que la conocen dicen que sus alegatos son histriónicos y sin mucho peso, pero efectivos: logra lo que se propone. Hace el escrito, alega la causa y hace lo imposible por conseguir su objetivo. Usa todo lo que esté a su alcance. La veo defender en el 14 juzgado oral en lo penal a un ingeniero civil que en una fiesta casi mata a otro en una pelea. Helhue le ahorra 3 años de cárcel –que pedía la Fiscalía– y similar cantidad de millones de pesos. Lo dejó firmando un año.

–Me carga defender a estos cuicos– dice Helhue– piden y piden hueás. Tremenda cantidad de testigos ¡Por una mocha! ¡Y poco menos quería salir libre de polvo y paja! En cambio mis rotos asumen que la cagaron, confiesan, van a la cana y luego yo los saco rapidito. Porque la especialidad de Helhue no es dar cátedra de derecho. Sino, sacar pronto a la calle a los delincuentes bajo fianza, delación o confesión:
–Cada día libre es ganancia dicen en el hampa– dice Helhue y ella hace lo que piden.

En el Poder Judicial muchos abogados de delincuentes ante la falta de recursos legales demoran los juicios, postergan las audiencias y hasta presentan licencias médicas para evitar las citaciones. Y de pronto el preso se fuga.

A tanto llegan las triquiñuelas y demoras de algunos defensores privados, que los magistrados obligan a los imputados a tomar un defensor público.
Pero estirar un juicio y perder el cliente puede ser una maniobra riesgosa que el abogado termina pagando caro.

–Vieras la cantidad de abogados con balazos en las patas, que en el hampa es el castigo al abogado que no hizo su pega o estafó al preso. ¡Con los choros no se juega! El otro día en el 15 (juzgado de garantía) sonaban las cachetadas de una acusada a
su abogada penal– dice Helhue.

Lo otro es el dinero: cuando le tocó defender presos del grupo de Los Care’Jarro vio a los penalistas pelearse por algún imputado tuviera o no posibilidades de salir libre. Solo por el dinero de la defensa, que llegó a los 35 millones en algunos casos.

Ahora Helhue defiende a 9 de los 24 imputados de Los Fina Sangre; y el monto por su defensa debe ser proporcional a la cantidad decomisada.
–Muchos abogados, con una causa así, se quedan tranquilos todo el año echándose viento– dice Helhue– pero yo tengo otro sin fin de causas. ¡Porque son mis clientes de años! No los puedo dejar botados como otros, porque me gusta esta cuestión.

En 2007 el Poder Judicial sancionó a Helhue por llevar al mismo tiempo las causas de dos narcos –acusador y acusado- sin informar al tribunal, lo que la ponía en ventaja sobre la Fiscalía. La dejaron condicional un año y la multaron en 500 mil pesos.

Entre los abogados del Centro de Justicia se puede oír mucho de ella: que sus joyas son regalos de narcos, que tiene un pololo estafador, que ha estado presa, que se pasó a la mafia, que hasta sus hijas han sido vistas en compañía de sus “clientes”.

Pero ella se defiende: –No pueden soportar que una mina sea mejor que todos ellos. Yo vivo mi mundo. Y quien me conoce sabe que soy derecha hasta la muerte. Mientras yo sea feliz y pueda ayudar a la gente, me da lo mismo lo que digan.

Banquete o funeral
Sábado. Población José María Caro. Helhue se baja de su enorme jeep del año frente a una casa humilde con una pequeña muchedumbre en la puerta. Pone pie en el polvo y grita a modo de saludo:

–Ya poh hueones, páguenme. No sean tan care’ raja ja, ja, já.
Los tipos de la casa se abrazan a su cuello. Ladrones de cajeros automáticos, su otra especialidad.
–Mamita es que no hemos ido pal centro, pero pase, pase.
Son los sábados de cobranza de Helhue.
A veces hace una ronda rápida. La Caro, la Santa Adriana, la Yungay, La Legua, la Santa Olga. En otras ocasiones se queda a tomar once. Hasta la invitan a bautizos y asados y, cuando libera a algún preso, no es de extrañar que el asado sea tanto de
bienvenida como de homenaje a la abogada.
–Dos honores me dan estos gallos. O me sientan en la cabecera de la mesa o me hacen caminar detrás de la carroza. En esos funerales con tiros al aire. ¡Y yo voy!

En sus sábados de cobranza a veces lleva a sus tres hijas de 21, 19 y 12, para que conozcan la faz oscura de la tierra.
–Ven a ese gallo tirado ahí –les dice. Está así por la droga. Y la droga para lo único que sirve, es para que su mamá gane plata. ¿Cacharon?
Su oficina de Huérfanos frente a los tribunales civiles se parece a la consulta de Zulma. En la atiborrada mesa de centro hay 13 velas, 9 botellas, 7 inciensos, 6 elefantes y 4 pirámides. En los rincones 17 plantas y 10 cuadros. Su escritorio es igual. Atiborrado de adornos más Su escritorio es igual, atiborrado de adornos más un retrato de Camiroaga y otro de Bin Laden.

–Es que la gente llega tan cargada que hay que limpiar la mala vibra– dice mientras revisa papeleo.
Todos los días a las siete, cuando regresa de visitar presos en las cárceles, atiende a una docena de mujeres, madres e hijas de delincuentes:
–Ellas son más apegadas a fierros de la reja. No dejan a sus parejas pese a lo larga de las condenas. En cambio a las mujeres presas el hombre las visita una o dos veces y luego chao.

A algunas de esas mujeres, Helhue las conoció embarazadas de hijos gestados en las visitas a la propia cárcel. Luego, las vio llevar a esos hijos a conocer al papá preso. Y ahora las ve gestionar la libertad de sus hijos adolescentes en las primeras causas. Varias, ya son abuelas.
–No los juzgo ¿cachái? Tienen una distinta opción de vida, nada más. Pero ni siquiera eso. Así han vivido siempre. La cárcel está incluida en sus vidas, en su sistema. Algunos son personas de buen corazón.

¿No te agradaría cambiar de rubro?
Me gustan esas personas. Se parecen a mí ¿cachái?, viven intensamente, no paran y van de frente –cuenta.

¿Pero sabes que cuando los liberas vuelven a hacer daño a la sociedad?
Y ¿quién no hace daño? No comparto lo que hacen, pero pagan con su libertad. O su vida. Es un riesgo que corren. Siempre les pregunto: tienen autos de 50 millones y viven en una casa de 10. No disfrutan la vida. No ven crecer a sus hijos. ¿Para qué lo hacen? ¿Para que yo gane plata? Y dicen que sí, que así es su sistema. Lo que sí, es que yo no defiendo violadores, esos son cagados de la cabeza.

Dice que es inevitable tomarles cariño a los hampones como a cualquier ser humano. Muchos clientes se le han muerto en tiroteos. Tiene la foto de uno tras su escritorio. Se enoja cuando la gente decía: “qué bueno porque son la escoria”.
–Realmente me da rabia. Hay que ser bien care’ palo para no ponerse en el lugar de otro. Hasta mi hermana menor, Azizeh hace poco cuando quise abrazar a su hijo de dos años, me dijo: “¡No lo toques! Vienes de la cárcel. Puedes tener infecciones”.
No es la única. Su mejor amiga, Marcela suele preguntarle cómo puede estar y defender a esa gente. Helhue tiene una respuesta para ello: “Y ¿por qué no? Los defiendo porque lo necesitan. Porque pagan bien. Porque son humanos como tú o yo. Pero la
gente no entiende. No les cuadra. Según ellos, los malos deberían podrirse en la cárcel. ¡Como si eso fuera la solución!”.
Sabe que la miran por encima del hombro. Que la pelan. Que la creen parte de esa escoria. Pero ella, como si lloviera. No se lleva el trabajo a su casa. Sale de tribunales y parte a la nueva tienda Adolfo Domínguez a buscar un perfume y luego a Louis Vuitton a ver qué cartera llegó de París.

 
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