Mamá, soy transexual
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8 Diciembre, 2011

Mamá, soy transexual

¿Qué haría si a los 4 años su hija le dice que ella quiere ser un niño? ¿Y si a los 14 empieza a usar ropa masculina porque no se siente mujer, sino hombre? Los transexuales son personas cuyo sexo biológico no coincide con su sexo sicológico. El conflicto comienza en la infancia, y se intensifica en la adolescencia. Hoy, en EE.UU. y Europa, se debate qué hacer cuando un menor de edad, diagnosticado como transexual, pide cambiar de sexo. En Chile, la discusión recién comienza.

Por Carola Solari y Consuelo Terra / Fotografía: Alejandro Araya y Sebastián Utreras / Producción: Álvaro Renner

Unas fotos en la pared. En el departamento que Jimena Norambuena (46) tiene en el centro de Santiago, el único rastro de que alguna vez ella fue madre de una niña, son esas fotos en la pared. Ahí está Araceli Riquelme, a los 2 años, con el pelo largo y crespo y el delantal a cuadros que usaba en el jardín infantil de su ciudad natal, Chillán. Al lado de esa imagen, hay otra. Araceli a los 4, vestida de tortuga ninja, en actitud desafiante. “Fue imposible vestirla de princesa. Lloró y pataleó hasta que acepté que se disfrazara de tortuga”, dice Jimena quien, al mirar retrospectivamente, señala esa edad, los 4 años, como el momento en que todo partió. Cuando su hija dio las primeras señales de que se identificaba más con los niños que con las niñas.

Hoy, Araceli se llama Michel, tiene 26 años y vive como un hombre transexual tras haberse extirpado quirúrgicamente los pechos, los ovarios y el útero. Además, sigue un tratamiento hormonal de reasignación de género y está tomando hormonas masculinas. “A los 4 años pedía soldaditos para el cumpleaños y andaba en bicicross. Rechazaba todo lo rosado y femenino. Yo pensé que con los años se le pasaría. Pero no fue así, persistió”, cuenta la madre, quien criaba sola a su hija porque estaba separada. En el vocabulario de Jimena, como en el de la mayoría de las madres chilenas, la palabra transexual no existía. Lo más lejos que llegó fue pensar que su hija podía ser lesbiana. Por eso no advirtió que el comportamiento de Araceli podía ser señal de un conflicto de identidad sexual, conocido como disforia de género, que se caracteriza por un rechazo hacia el propio cuerpo, una identificación intensa y persistente con el otro sexo y un deseo de vestir, vivir y ser tratado como un miembro del sexo opuesto.

Se estima que hay un transexual por cada 15 mil personas. A diferencia de la homosexualidad, donde las personas se sienten atraídas por los de su mismo sexo –lo que se conoce como orientación sexual–, las personas transexuales sienten que nacieron en un cuerpo equivocado: anatómicamente son mujeres, pero sicológicamente se sienten hombres. O viceversa. Técnicamente la transexualidad es un diagnóstico siquiátrico, aunque hoy se debate, en el mundo, acerca de si es o no una enfermedad mental. Lo cierto es que uno de los criterios para diagnosticarlo es el sufrimiento que ser transexual conlleva: por un lado, el malestar con el propio cuerpo o sexo anatómico y, por otro, el rechazo familiar y social que provoca, especialmente en las primeras fases del proceso de cambio.

¿Por qué sucede? No se sabe, aunque hay varias teorías. Investigaciones recientes muestran que los cerebros de hombres y mujeres tienen diferente estructura. Y que, en el caso de los transexuales, sus cerebros estarían estructurados como los del sexo opuesto. De ahí que los primeros signos de esta condición aparezcan muy temprano, cuando los niños aprenden a distinguir que en el mundo hay hombres y mujeres. “Desde muy chicos suelen sentirse forzados y violentados, porque si el padre ve que su hijo se viste como niña, reprimirá esa conducta, y si la niña se comporta como hombre, rápidamente la tildarán de amachada. Por eso, cuando las personas transexuales relatan su infancia, siempre hay episodios de dolor, rechazo o discriminación”, señala Francisco Pérez Deney, sicólogo y sexólogo que trata a personas transexuales. Jimena supo que su hija era transexual justamente después de un episodio triste.

Araceli ya tenía 15 años. Era una joven muy retraída; ocultaba sus sentimientos y su cuerpo. Se fajaba los pechos para que no se le notaran, usaba ropa muy suelta, siempre andaba con la cara lavada y el pelo tomado. “Todo hizo crisis cuando un día en que estaba sola en la casa con mi hermana, Araceli se encerró en el baño con un cuchillo cartonero e intentó cortarse un pecho. No alcanzó a materializarlo, porque el contacto del filo con la piel le causó un dolor tan intenso que se detuvo. Cuando llegué y supe lo que había ocurrido sentí una culpa terrible por no haber advertido lo que pasaba, por no haber sabido contenerla y guiarla”, recuerda Jimena, que en ese momento tomó a su hija y le preguntó qué le pasaba. –Odio mi cuerpo, mamá. No sé qué soy: no me siento mujer, me siento hombre–, le dijo Araceli. Confundida, sin encontrar las palabras correctas para orientar a su única hija, Jimena recurrió a un siquiatra.

En esa consulta, Jimena y su hija escucharon por primera vez la palabra que de ahí en adelante marcaría sus vidas: transexual. “Lo difícil de tener un hijo transexual es cómo apoyarlo en algo que la gente rechaza, porque lo desconoce. Mi madre no lo tomó bien, mis hermanas me echaron la culpa. Yo nunca dudé en quedarme a su lado: es mi única hija, aunque ahora le digo hijo y le digo Michel. Pero reconozco que me dio pena cuando decidió sacarse los ovarios y el útero para ir pasando de mujer a hombre. Nunca seré abuela, Michel renunció a su capacidad reproductiva para poder vivir como un hombre transexual”.

Niños con desorden de género

En Estados Unidos y Europa hoy existe una subcultura creciente de padres que escriben en foros y listas de correos intercambiando información sobre niños y adolescentes transexuales. Dos veces al año se reúnen en la Trans-Health Conference, en Philadephia, el evento más grande sobre transexualidad en Estados Unidos. En 2004 solo un puñado de niños asistió con sus padres a la conferencia. Pero en 2008 llegaron 50 niños junto a sus hermanos, suficientes para tener un staff completo dedicado al cuidado y entretención de los menores, mientras sus padres asistían a las ponencias. En esos encuentros las mujeres y hombres transexuales de 50 y 60 años describen vidas de dolor y rechazo, marcadas por esconder maquillaje bajo el colchón, padres distanciados, autoagresiones a los propios genitales e intentos de suicidio.

Los transexuales de 20 y 30 años, por su parte, están dedicados a la lucha por los derechos humanos de la comunidad trans. Y los niños y adolescentes con desorden de género son los que abren la gran pregunta: cómo abordarlo, ya que ellos podrían ser la primera generación con la posibilidad médica de tener una pubertad vivida en el sexo contrario, el sexo con el que se identifican. Porque hoy cuando un adolescente es diagnosticado como transexual, se acepta –bajo ciertos criterios– retrasarle con hormonas el desarrollo puberal, para darle tiempo para madurar y decidir si cambiará o no de sexo cuando sea mayor de edad. El dilema es que la decisión de retrasar la pubertad no la pueden tomar los niños. Se requiere la autorización de los padres.

Alrededor del mundo las clínicas que se especializan en el trastorno de identidad de género en niños reportan una explosión de consultas en los últimos años. Citado en un reportaje de The Atlantic, el doctor Kenneth Zucker, director de la mayor clínica de identidad de género en Toronto, afirma que su lista de espera se ha triplicado en los últimos cuatro años a 80 niños. La doctora Peggy Cohen-Kettenis, quien dirige The Amsterdam VU University Medical Center en Holanda, asegura que la edad de sus pacientes ha bajado considerablemente desde que empezó a atender a menores de 16 años. “En los últimos 5 años la edad de los adolescentes que aplican a reasignación de sexo ha caído considerablemente. Ya no es inusual tener a niños de 12 años presentándose en las clínicas de identidad de género con el deseo de hacer la transición hacia el sexo opuesto”, señaló la doctora en 2008 a The Journal of Sexual Medicine.

“Estos jóvenes ya no están dispuestos a esperar varios años, sabiendo que la experiencia alienante del desarrollo de las características sexuales secundarias de su sexo biológico se completará y solo podrá ser revertida parcialmente, con un alto costo de intervenciones médicas”, agregó la doctora Peggy Cohen-Kettenis en el citado artículo.

De hombre a mujer

En Chile el tema parece raro y lejano, pero la discusión está comenzando. Valentina Verbal es una de las pocas transexuales chilenas con título universitario que circula públicamente sin esconder su condición. Es licenciada en Historia de la Universidad de los Andes, coordinadora de la comisión trans de la Fundación Iguales (la que preside el escritor Pablo Simonetti) y columnista del sitio web de noticias, El Dínamo. Valentina cree que su vida habría sido diametralmente distinta si hubiera podido asumir su condición en la adolescencia.

Lo hizo recién hace dos años, al borde de los 40. “Ya no daba más: me había pasado la vida entera ocultándolo. Desde niño me sentí mujer, pero me reprimía: sabía que no podía jugar con muñecas o vestirme con la ropa de mi hermana. Me daba terror contárselo a mi papá, que es marino. Ahora hay mucha información, pero si hace 30 años ser gay era terrible, qué decir ser transexual; nadie sabía lo que era esto y, a lo más, se asociaba con ir a pararse en una esquina disfrazado de mujer. No quería eso para mí”, dice. Valentina atravesó paulatinamente el proceso de pasar de hombre a mujer cuando estaba terminando su carrera y asistiendo a una terapia.

Lo primero que hizo fue contarles a sus padres: les escribió una carta. “Para ellos fue fuerte, porque son mayores y conservadores. No sé si lo entendieron, pero me apoyaron; mi mamá me respaldó emocionalmente y mi papá, que es más racional, se preocupó mucho: de cómo iba a trabajar ahora, de qué iba a vivir”, dice. La misma carta se la envió a sus hermanos y amigos. “La mayoría me respondió en forma positiva, pero solo un par de amigos quiso juntarse conmigo como Valentina. Mi hermano, por ejemplo, de quien era muy cercano, nunca más volvió a salir conmigo, vestido de mujer, a la calle”, dice.

Valentina empezó un tratamiento hormonal de reasignación de género –bloqueadores de sus hormonas masculinas e ingestión de hormonas femeninas– que le provocaron cambios corporales: se le suavizó la piel, se le afinó la voz y se le debilitó el vello corporal. También se inscribió en un curso de maquillaje, empezó a vestirse de mujer y a usar el nombre con el que todos la conocen ahora: Valentina. Hoy, sus compañeros y profesores de la Universidad de los Andes seguramente no podrían reconocerla. “La ventaja de empezar la transición de género cuando eres joven es que te ahorra mucho sufrimiento. Cuando salí del colegio tenía claro que me sentía como mujer y no poder expresarlo me generó una depresión severa y obesidad mórbida: subí 50 kilos.

Comía porque detestaba mi cuerpo, no quería ser hombre. Hoy, que por fin estoy viviendo como la mujer que he sido siempre, tengo que deshacer toda la biología masculina que tuve por casi 40 años y buscar un lugar en la sociedad para que me dejen vivir como mujer transexual”, dice Valentina. Asegura que, en parte, la vida pública que ha asumido es para que se conozca y acepte más a los transexuales. “Encontrar trabajo como mujer transexual fue difícil y eso que tengo título universitario. El primero y único que encontré en mucho tiempo, fue como empaquetadora de fruta en el sur, donde viven mis padres. Después trabajé como encargada de comunicaciones de una ONG. Pero lo que me gustaría es trabajar de académica. No lo he intentado aún, pero así como hay historiadores homosexuales, quiero que me acepten como historiadora transexual”.

Los adolescentes chilenos

El doctor Enzo Devoto, endocrinólogo que realiza tratamientos hormonales de reasignación de sexo a personas transexuales, ha verificado en los últimos cinco años el aumento de pacientes menores de 18 años que visitan su consulta en Providencia. “El problema es cuando los niños con disforia de género se dan cuenta muy chicos, porque no se puede hacer tratamiento de reasignación de género antes de los 18 años. A lo más, si entran en una crisis muy fuerte, se les puede retrasar la pubertad”, señala. La asociación Harry Benjamin International Gender Dysphoria Association publica cada año un manual de estándares de asistencia y tratamiento de esta condición.

En él se basa el doctor Devoto y el cirujano chileno Guillermo MacMillan, uno de los pocos cirujanos especialistas en reasignación de género. Las etapas del tratamiento son bien determinadas: La primera, es el diagnóstico de un siquiatra que certifique que la persona realmente tiene un trastorno de identidad sexual. La segunda, el tratamiento hormonal para masculinizar o feminizar los caracteres sexuales secundarios. Esta etapa, que se considera de transición, se hace coincidir con que la persona comienza a vivir con el rol, ropa, nombre y vida social correspondiente a su sexo síquico. La tercera, es la etapa quirúrgica y, para acceder a ella, es requisito haber pasado por las dos anteriores.

Una de las primeras operaciones que se realiza es la remoción de los ovarios o testículos, lo que detiene la producción de hormonas sexuales. También se practican mastectomías para quitarse o ponerse pechos. Y también se hacen reestructuraciones de genitales, la operación más compleja, que requiere de una alta especialización. En la cirugía de hombre a mujer se realiza una vaginoplastia: la piel del pene es usada para reconstruir un canal vaginal. En las cirugías de mujer a hombre se realiza una faloplastia: la formación de genitales masculinos mediante la extracción de piel de otras partes del cuerpo. No todos los transexuales se operan los genitales, porque es una cirugía cara y puede conllevar pérdida de sensibilidad en esa zona. Para operarse es obligatorio ser mayor de 18 años. Sin embargo, el manejo endocrino sí está a disposición de los menores de edad que estén pasando por una crisis emocional a raíz de su desarrollo corporal y que, además, cuenten con la autorización de sus padres. El tratamiento, en todo caso, es reversible. “Apenas dejas de inyectar hormonas, comienza la pubertad normal”, dice el doctor Devoto.

Escolar en problemas

En marzo pasado un joven de Rancagua, Ariel Muñoz (16), conoció a su nuevo curso, luego de repetir primero medio. Llegó el primer día de clases con su pantalón y polera gris recién lavados y el pelo corto. Observó a sus nuevos compañeros y compañeras de clase y se sentó en un banco de la última fila. Cuando entró la profesora y abrió el libro de clases para pasar lista, empezó a comerse las uñas hasta hacerse heridas en los dedos. –¿Araceli Muñoz?– preguntó la profesora.

Ariel dudó un momento, con la espalda encorvada y la cabeza gacha como si quisiera plegarse, esconderse. –¿Araceli Muñoz? Levantó la cabeza, estiró el brazo para decir presente y trató de controlar las emociones que se le atoraban en el pecho. –¿Tú eres Araceli? ¿Cómo? Si eres hombre– reclamó la profesora mientras los 36 estudiantes de la sala miraban a Ariel, cuchicheando y riendo burlonamente. Ariel no parece una jovencita. Tiene el pelo cortado al rape, la voz grave y el torso plano de tanto fajarse los pechos.

Se viste como hombre, se mueve como hombre; es un gran jugador de fútbol e ingresó con beca deportiva al Liceo Comercial Diego Portales de Rancagua, al que asiste desde el año pasado. Pero su carné no dice lo mismo. Dice que se llama Araceli (un alcance de nombres con el primer caso) y que su sexo es femenino, lo que provoca situaciones incómodas y confusas. Porque Ariel es un adolescente transexual, pero no tiene un documento legal que lo respalde para poder vivir como él se siente: como un hombre.

Cambiar el nombre es un proceso relativamente sencillo para cualquier persona que argumente que tiene un nombre ridículo. Pero hacerlo porque se es transexual es mucho más complicado. Al no existir como causal en la ley, la petición de cambio de nombre y género queda a criterio del juez. Todos los magistrados exigen demostrar la condición de transexual, lo que implica presentar informes siquiátricos y pasar por evaluaciones en el Servicio Médico Legal. Pero, además, para modificar el nombre y el sexo legal, algunos jueces solicitan que la persona haya pasado por la cirugía de reasignación sexual.

Según los registros que lleva desde 2002 la Organización de Transexuales por la Dignidad de la Diversidad (OTD), once transexuales chilenos han logrado modificar nombre y sexo en su carné. Y otros 6 han podido modificar solo su nombre.

Pero Ariel está muy lejos de todo eso, todavía. Recién hace un año empezó a vivir en el género con el que se identifica y las reacciones de su entorno han sido violentas. Por eso está en tratamiento por depresión y siguiendo terapia, porque tuvo intento de suicidio. “En el colegio lo han tratado muy mal, desde que empezó a asumirse como hombre: no lo entendieron, lo obligaron a seguir usando falda, una profesora le dijo que estaba endemoniado y el director, en un ataque de ira, lo zamarreó tan fuerte que lo dejó con hematomas en los brazos. Ariel dejó de ir a clases y terminó repitiendo primero medio”, dice Catherine Troncoso (36) su madre, quien lo ha apoyado y, buscando ayuda, llegó a la OTD, donde entregan asistencia sicológica gratuita. Ahí, cuando lo atendió el sicólogo, Ariel supo que era transexual y que había más personas así. Hoy, en la terapia el sicólogo intenta reparar la violencia que Ariel ha recibido por su condición.

Durante el segundo semestre del año pasado la madre de Ariel hizo gestiones en la División de Educación de la Corporación Municipal de Rancagua para que le garantizaran a su hijo un trato digno en el colegio y lo autorizaran a asistir con pantalón en vez de falda: lo consiguió luego de demostrar, con un certificado del sicólogo tratante, que Ariel es transexual y su deseo de ser hombre no es un capricho pasajero de adolescente.

Por eso, el primer día de clases de este 2011 fue un nuevo comienzo para Ariel. Cuando la profesora pasó la lista y preguntó por Araceli, él pidió permiso para salir adelante y aclarar lo que pasaba. Estaba nervioso, se hirió los dedos comiéndose las uñas. –Hola, quiero decirles algo. Soy transexual y nací en un cuerpo equivocado. Nací como mujer, pero siempre me he sentido hombre. Mi carné dice que me llamo Araceli. Pero quiero pedirles un favor. Que me digan por mi apellido, Muñoz. O por el nombre que estoy usando ahora: Ariel.

A pesar del buen pronóstico que auguraba el anuncio que Ariel le hizo a su curso, al cierre de esta edición supimos que nuevamente tuvo que dejar de ir a clases y dará exámenes libres, luego de que un profesor lo agarrara a garabatos y lo amenazara con golpearlo por su condición de transexual.

El caso de Andrés

Andrés Rivera, el fundador y presidente de la OTD es, a todas luces, un hombre. Nada en su apariencia y su comportamiento delata que alguna vez este consultor en materia de identidad sexual de la ONU, que está casado y tiene 47 años, fue alguna vez una mujer que estudió Educación Parvularia. Andrés es uno de los pocos transexuales chilenos que ha logrado obtener el cambio de sexo y género legal, en 2007, sin haberse realizado la cirugía de reestructuración genital; “no la necesito, tengo una buena vida sexual así”, dice. Sin embargo, para efectuar la petición ante el juez, Andrés tuvo que pasar por el quirófano para quitarse los pechos y sacarse el útero y los ovarios. “Para pasar de mujer a hombre, tienes que renunciar a tu capacidad reproductiva.

Tuve que hacerme una histerectomía”, explica. Hoy, Andrés lucha para que sea posible cambiar la identidad legal sin necesidad de pasar por la transición hormonal y quirúrgica. “El carné es un problema cotidiano que urge resolver. Para nosotros situaciones triviales como cobrar un cheque, ir al consultorio, votar en las elecciones o simplemente ir al baño en un restorán, se vuelven tremendamente complejas cuando la apariencia física no coincide con lo que dice el carné”, dice. Hace diez años, empezó su cambio de sexo. Comenzó a tomar testosterona, a vestirse como hombre y a usar el nombre de Andrés en vez de María Georgina.

El añorado cambio de género, con todo, tuvo costos personales. “Se me ocurrió salir en un programa de televisión y, aunque no me mostraron la cara, todo el mundo me reconoció. Fue una bomba. Yo tenía una consultora que hacía asesorías de proyectos, a la que le iba increíble; pero tras el programa, los clientes desaparecieron. También desapareció mi familia. Mis hermanos me dieron la espalda. Mi papá ya estaba muerto y mi mamá no lo entendió; todavía no lo entiende. No la juzgo: amíme tomó 37 años aceptar lo que me pasaba”. La única que no se fue de su lado fue Rosita Carolina, entonces su amiga, hoy su esposa. Porque lo primero que hizo Andrés cuando salió el fallo judicial que le permitió cambiar su nombre y sexo legal, fue casarse por el civil, con ella, con quien llevaba 4 años pololeando.

Rosita era una mujer separada, con dos hijos. Cuenta Rosita: “Cuando lo conocí vi a un hombre. Fue mi amiga quien me aclaró que se trataba de una mujer. ‘Qué ahombrada’, pensé, porque se sentaba como un hombre, tomaba cerveza como un hombre. Era, de hecho, caballero y atento”. Y agrega: “Nuestro amor fue un proceso. Al principio pensaba que no estaba bien, me costó aceptarlo. Pero con el tiempo encontré la mejor forma de explicármelo: me enamoré de una persona completa, no de un órgano sexual. Y Andrés es una bellísima persona”. Andrés y Rosita Carolina se han convertido, en el mundo transexual, en un ejemplo a seguir. Representan la tan ansiada normalidad con la que los transexuales sueñan: una pareja, una familia, una vida tan

auténtica que hasta los hijos de Rosita saben y aceptan la condición de Andrés. Ellos lo atribuyen a que han sido muy transparentes y a que siempre les inculcó a sus hijos el respeto y la tolerancia como valores importantes. “La única condición que le puse a Andrés cuando nos convertimos en pareja, fue que mis hijos, que tenían 9 y 10 años lo aprobaran. Un día me senté con ellos y se los expliqué en detalle. Y, para mi sorpresa, lo tomaron con naturalidad”, dice Rosita. Andrés agrega: “No somos monstruos, no somos raros. Somos seres humanos. Mi sueño es que la sociedad entienda que tiene que ser más inclusiva. Que necesitamos cambios legales y aceptación, porque no podemos seguir obligando a un escolar transexual a ponerse falda a la fuerza o agarrarlo a garabatos e, incluso, pegarle porque es diferente”.

Algunas definiciones
TRANSEXUAL: Persona que se siente del sexo opuesto a su sexo biológico.
HOMOSEXUAL: Persona que se identifica sicológicamente con su sexo biológico pero siente atracción por los de su mismo sexo.
TRAVESTI: Persona que usa vestimenta del sexo opuesto.
TRANSGÉNERO: Persona que tiene una indefinición sexual, sin identificarse estrictamente con ninguno de los dos sexos.
HERMAFRODITA: Persona cuyos órganos reproductivos poseen características ambiguas, con rasgos femeninos y masculinos al mismo tiempo.

 
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