Me doné a la ciencia
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16 Diciembre, 2011

Crónica

Me doné a la ciencia

Cuando nos llega la hora, no solo existe la opción del cementerio o el crematorio. Algunas personas altruistas optan por no tener funeral ni tumba, donando su cuerpo al Instituto de Anatomía de la Universidad de Chile. Firman un documento en vida. Y ya hay nada menos que 285 en esa lista de espera.

Por Roberto Farías / Fotografía : Roberto Farías y Alejandro Araya / Producción: Antonia Bravo

¿Sabe dónde vivía la señora Julieta Álvarez?
El almacenero de Erasmo Escala al llegar a Bulnes niega, absorto en un televisor.

Le gustaba que la llamaran “La Chascona”.
Ahhh, sí. Ella. Claro. –Y hace un gesto de sacarse un tornillo de la sien. Hasta sale a la vereda para indicar un pool y las casonas contiguas.

En la azul, parece, si no, la roja. Oiga y ¿es cierto que..?
¿Qué?

Que no la sepultaron. Que van hacer experimentos con ella o algo así.
Claro, se donó a la ciencia.

Sol de mediodía

Un cuerpo está cubierto por una sábana en un oscuro despacho del Instituto de Anatomía de la Universidad de Chile, a media cuadra del Cementerio General. Lo flanquean el anatomista Miguel Soto y Karina Inzunza, de 56 años, una chilena avecinada en Canadá, que viajó especialmente para este momento. Soto levanta la sábana de fieltro azul y Karina estalla en lágrimas al reconocer a su madre, Eliana Orellana. Pero es un llanto amable, sin desgarro, ni dolor.

Casi un susurro. Estira la mano para acariciarle la frente y, al sentirla fría, la retira crispada. –No es ella. No está aquí –dice susurrando–. Está aquí –y se lleva la mano al corazón–. Si hay alma, su alma se quedó en mí. El 20 de septiembre pasado, cuando su madre murió, Karina no pudo llegar a tiempo de Toronto. Su hermano Ricardo le dijo por teléfono que no desesperara. Que no habría ni funeral, ni tumba, porque seis meses antes, Eliana donó su cuerpo a la ciencia. Era una mujer alta, espigada y guapa, que a los 83 años parecía de 60. Toda su vida fue marxista y no creía en dioses ni religiones. Dio su vida enseñando a leer a adultos en Pirque. Y aunque tenía un lugar en un cementerio privado, prefirió ser útil para las nuevas generaciones. Gracias al Programa de Donación de Cuerpos de la Universidad de Chile, desde 2004 una persona puede donarse en vida, llenando un formulario en cualquier notaría o puede donarla un pariente directo una vez fallecida. Pero como una nieta de Eliana, de 30 años, puso el grito en el cielo cuando le contó su idea, prefirió asegurarse y ella misma fue a la universidad y luego a timbrar los papeles en una notaría de San Bernardo. Su familia solo cumplió su última voluntad.

Hoy, su piel está gris. Parece un objeto. Brillante por la glicerina y el formaldehido con que “fijan” el cuerpo para que pueda servir muchos años para las clases de Anatomía de 1.500 alumnos de las 10 carreras del área médica. La última vez que Karina la vio con vida fue en diciembre pasado.

–Pensé mucho si venir a verla o no. Por eso llamé y pedí esto. Sé que no es común, pero necesitaba cerrar este ciclo. Miguel Soto, el tecnólogo médico que inició este programa de donantes en 2004, cubre a Eliana con la sábana. Karina está en paz. Pone una foto sobre el pecho de su madre.

Hijo rompecorazones

La Universidad de Chile es la única que tiene un programa de donantes. La Católica lo evita por motivos religiosos y las otras, por el costo que implica conservar cadáveres. Prefieren usar NN el tiempo que sirvan y luego continuar con modelos de plástico. Pero con tantas escuelas de medicina escasean los NN en los hospitales. Algunos los compran en Estados Unidos, donde se paga aproximadamente dos mil dólares por un cuerpo, dinero que reciben los deudos. Pero la Universidad de Chile no tiene presupuesto. Podría con conseguir solo dos o tres NN al año. En cambio, con el programa de donantes reciben entre cinco y nueve cadáveres cada año.

Jorge Mardones (40), el asistente del instituto, es quien va en un destartalado furgón Suzuki a visitar a la familia y llenar los papeles cuando un donante muere. También se dedica a preparar los cuerpos.
–Los preparo y los disecto –dice–. Disectarlos, es como ir deshojando un libro, cuidadosamente, página por página. Es casi un arte el que me enseñó el profesor Soto. Me cambió la vida. Me encantó. Además, tratarlos con respeto. Y transmitir ese respeto a los estudiantes para que, a su vez, respeten a sus pacientes. Se queda hasta la madrugada a solas en el segundo piso, ensimismado sobre un cadáver como lo hacía el viejo Da Vinci.

Separando la dermis de la epidermis, luego del tejido graso. Las capas de músculos, una por una, hasta descubrir las principales arterias, tendones y venas, llegando hasta los huesos. Separando los órganos. Corazón, pulmones, hígado, intestinos. Un solo cuerpo le puede tomar hasta seis meses. Ahí estaba –disectando un cuerpo– cuando la noche del 19 de agosto sonó el teléfono. La voz le pareció familiar. Era una señora que se había donado hace tres años, muy alegre, que cuando joven había sido bailarina nocturna. Cada año iba fielmente a las ceremonias ecuménicas que hacen en el auditorio de la Facultad como
homenaje a los donantes a la ciencia y sus familiares, con poema y oraciones, para los que ya han partido.

–Hola “Chascona” –dijo reconociendo la voz– ¿cómo está?, ¿qué cuenta?
Julieta Álvarez tenía la voz quebrada.
–Murió el Dante, mi marido. Por favor, Jorgito, venga a buscarlo.
Es todo suyo ahora.

Una vez que un donante muere, el cuerpo debe ser fijado inyectándole las sustancias preservantes lo más pronto posible para que sea útil para la enseñanza. Así que esa noche Jorge Mardones condujo a toda prisa el furgón Suzuki hasta la casa de “La Chascona” en Bulnes con Erasmo Escala con los papeles para que Julieta los firmara. –La Chascona estaba triste. Pero no tanto por la muerte de su marido, pues el pobre caballero llevaba muchos años postrado. Sino por el único hijo de ambos. Lo llamó a Estados Unidos y me contó que le respondió: “No quiero saber de qué murió el viejo. Ni me importa. No me llamen más de Chile, ni tú, ni nadie”. Y cortó.

Mardones se llevó el cuerpo de Dante y partió al Instituto de Anatomía. Desde 2004 hasta ahora, 40 personas han llegado a esas mesas de mármol donadas por sí mismas o sus familiares. El más joven, Raúl, de 48 años que falleció de cáncer.

Manzanas bien frías

El edificio del Instituto es como esos cuarteles de la KGB de 1940, de muros gruesos y pasillos embaldosados. En sus aulas tiene 28 mesas de mármol donde reposan los cuerpos para las clases con alumnos. Al fondo de una de ellas, está el cuerpo ya momificado de un explorador francés que murió en Chile en 1889 y, como en esa época en Chile tiraban los cuerpos de los no católicos a la basura, fue el primer donado a la ciencia por sus parientes. En el subsuelo está el pabellón de Anatomía, donde Miguel Soto y sus asistentes preparan los cuerpos. También 5 profesores que se dedican a las disecciones voluntariamente, como el odontólogo Jorge Lemus, que encontró en la Anatomía su verdadera vocación.

Disecta él mismo los cuerpos con los que hace clases. –Es el cuerpo el que enseña, mucho más que el docente. Nos va mostrando sus órganos, se va develando a los estudiantes. Lleva seis meses develando el cuerpo de un profesor de Historia que se donó hace un año. No va ni en la mitad. Batalla por despejar su arteria mesentérica que está debajo de los intestinos. Le inyecta un compuesto para que se vea azul y pueda distinguirla.

Con tijeras y pinzas separa la arteria adherida a grasa y tejido. Otros médicos no usan los cuerpos de donantes para enseñar sino para aprender. Cuando llegó un equipo de cirugía otorrinológica a una clínica de Santiago, necesitaron practicar y llegaron al instituto. Miguel Soto recurrió a la caridad norteamericana. Usó sus contactos y le regalaron diez cuerpos para practicar la nueva técnica operatoria. Le sorprendió lo fácil que era el envío, aunque caro. “Es más fácil traer un muerto de Estados Unidos que una manzana”, pensó.

Papeles para morir

Claudia Millaray Correa era de esas personas que cuando van al cementerio a visitar a su abuela, piden mentalmente disculpas a los muertos cuando por error pisan una tumba. En las clases de primer año de Obstetricia pide permiso al más allá cuando le toca usar los cuerpos de donantes. Les mira la cinta identificatoria de la muñeca y dice mentalmente: permisito, permisito, permisito… Es también la última y la más joven donante a la ciencia.

Esperó cumplir los 18 para inscribirse en septiembre, con el N° 285. Cuando fue a la notaría, la secretaria la miró suspicaz cuando le dijo: –Quiero hacer un escrito para indicar que cuando muera, mi cuerpo sea donado al Laboratorio de Anatomía de la Universidad de Chile. Quizás pensó que me quería suicidar. Así que le expliqué de qué se trataba.

No le despegaron el ojo hasta que salió de la oficina con su raro escrito firmado. Claudia está consciente de que falta mucho tiempo para que su deseo se cumpla, que tendrá esposo e hijos y que será su propia tarea explicarles que quiere “hacer un regalo a la humanidad” y prescindir de la tumba y el cementerio. –La misma palabra lo dice. Donación. Regalo. Un obsequio útil para otros, después de mi muerte.

No solo ser útil en vida. Pese a lo altruista del sentimiento, su hermana mayor, Cinthia de 33, lamentó su decisión. –No tendré dónde irte a llorar– le dijo. Y al pensarlo, efectivamente, se puso a llorar. Cuando Claudia Millaray habla con Miguel Soto, se nota una comunicación distinta. La acoge, le responde atentamente sus preguntas. Hay una relación indefinible y especial. Como si él hubiera adquirido un profundo compromiso de cuidarla si llega a estar en esos mesones de mármol.

–Sé que lo hará con amor y cariño. Lo he visto. Como a “La Chascona”, cuando nos contó que antes de morir, pidió que no le cortaran el pelo.

Es un sentimiento profundo y contagioso. La madre de Claudia también se va a donar. Y ahora su padre está meditando la idea. Hay otras 284 personas inscritas de todo tipo y condición. Cada
una con su motivo.

–A veces se me pasa por la mente que algún día mi madre estará aquí –dice Claudia en el pabellón de Anatomía–. Y yo también. Pero trato de no pensar en eso.

¡Exigimos tumba!

–Venimos a demandar a esta señora porque no se hizo cargo del cuerpo de mi hermano y en vez de darle cristiana sepultura, lo donó a la universidad. Carmen Gloria Arroyo, la jueza de Chilevisión, escucha a los hermanos Hernán y José Ávila en el programa del 4 de agosto. Paulina Barriga, la demandada, se justifica: –Hace 20 años me separé de Ulises Ávila por sus maltratos. Nunca más lo volví a ver hasta que hace seis meses, me llamó la PDI diciéndome que estaba en la morgue de un hospital y me tenía que hacer cargo de su cuerpo. Legalmente aún era su esposa. No habían encontrado a otros parientes. Yo no podía hacerme cargo de enterrar a esa persona. Mi sobrina me dijo que podía donarlo a la universidad, que era gratis. Hicimos los papeles y en la tarde se lo llevaron.

Seis meses después aparecieron los hermanos de Ulises –que no lo habían visto en 20 años– reclamando una tumba para ir a dejarle flores. Los donados a la ciencia pueden tener velorio; pero tumba, sin cuerpo, imposible. La producción del programa invitó a Miguel Soto para explicar lo que significaba donar un cuerpo para la enseñanza de los médicos. Los hermanos Ávila, comerciantes de Lo Valledor, reían burlonamente.
–Se los regalan, ¡claro!, con lo que cobran después… Sorpresivamente, Miguel Soto, les dijo que él aún tenía el cuerpo de Ulises.

–Y aunque la ley no me obliga a ello, prefiero devolvérselo para que lo sepulten. Sin embargo, ellos debían retirar y sepultar el cuerpo. Los hermanos pasaron rápidamente del dolor a las cifras. –Entre tumba, ataúd y funeral, debe salir mínimo 800 mil pesos– sugirió la jueza.

A los hermanos ya no les pareció tan entrañable su descanso eterno. –Debe estar todo charqueado. Ya no es lo mismo, dijo uno. –Claro, ya no es lo mismo –dijo el otro. –No, no. Está intacto –les replicó Miguel–. Cuando vayan a buscarlo lo verán, es como si hubiera muerto ayer. Ulises aún espera a sus hermanos junto a los 40 donados a la ciencia.

Uñas pintadas

–Les presento a “mi chasconcita”… dice Miguel Soto, acariciando el pelo de Julieta Álvarez y levantando el bidón con 17 litros de compuestos inyectados a su vena femoral a través de una incisión en la ingle y que se propagarán hasta sus poros. Tres estudiantes de Kinesiología la observan cuando levanta la sábana. Tiene el pelo crespo, largo y teñido de rojo. Su carne está blanda gracias a los preservantes y el formaldehido. –Nada es como un cuerpo humano –dice Miguel– suspirando.

Antes de este programa de donación, Miguel Soto, que lleva 22 años trabajando en el instituto, recorría los hospitales buscando NN no reclamados. Aunque el código sanitario dice que luego de 48 horas un cuerpo se entiende por no reclamado, suelen estar meses en los depósitos por ética, esperando que aparezca un familiar o alguien que lo reconozca. Prefiere a sus queridos donantes. –Todas las razones son igualmente respetables para mí. Un hombre picado de la araña me dijo que se donaba para que sus amantes no se pelearan encima del cajón. Otro porque siempre soñó ser médico. O porque no tienen recursos. Muchos, por soledad. En fin… Varios profesores y alumnos de la Facultad de Medicina son donantes. El mismo Miguel Soto llenó los papeles hace 6 años. Bromea diciendo que su cuerpo estará en un lugar destacado como una estatua o algo así. Quizás previendo eso toma anabólicos, hace ejercicios y se cuida. Las tres estudiantes de Kinesiología limpian con algodones la piel de “La Chascona” como si fuera una paciente viva. Enarbolan la jeringa y sienten por primera vez en sus vidas como entra la aguja en la carne humana. Llegan hasta el hueso. Una de ellas se fija en las uñas pintadas de Julieta. Le dice a Miguel. –Era muy coqueta mi Chasconcita… –suspira él y las deja seguir practicando.

Punta de rieles

“1° de septiembre de 2011. Señores Miguel Soto y Jorge Mardones. Quiero darles las gracias por su acogida y su paciencia ante mis preguntas tontas de inseguridad, miedo, aprensión, etc. Me preocupa mi primera noche aquí, sola, con frío y sin celular. Si hay vida más allá, yo los voy a cuidar, si no, se cuidan solos. De lo que estoy segura es de haber donado mi cuerpo (también el de mi marido), que espero sirva de algo. ¡Espero que algún día nos encontremos! Nota para Jorge Mardones: trata de no pincharme cuando llegue ¿Puede ser al otro día? Mira los recortes. Adiós, La Chascona”.

El último año Julieta Álvarez siguió las noticias de gente que despertaba después de muerta. Le aterrorizaba despertar todavía viva entre los muertos. Le dejó a Jorge recortes de La Cuarta y Las Ultimas Noticias: “Sufrió ataque y abrió los ojitos en la morgue”. “Revivió justo cuando lo iban a embalsamar”. “Nona brasileña pasó por muerta y despertó”.

Su hermano, Ricardo Álvarez, fue quien llamó al Instituto de Anatomía cuando Julieta murió el 13 de octubre a los 73 años. Después de la muerte de su marido, Julieta soportó la pena por un mes y medio. Luego tomó una sobredosis de calmantes y la devolvieron apenas desde el hospital. Agonizó doce días. Cuando Jorge Mardones llegó a la casa de Erasmo Escala enfundado en el furgón Suzuki, el cuerpo todavía estaba tibio en la cama. Al levantar la sábana le entristeció ver que con sus manos apretaba en su pecho una foto de su hijo. En el velador estaba el sobre que decía: “para ser abierto en la Escuela de Anatomía”. Con su marido, son el primer matrimonio donado a la ciencia. Respetaron su voluntad y esa noche no la inyectaron. Simplemente reposó junto a los otros donados a la ciencia. No despertó.

 
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