Mi Talca
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10 Marzo, 2010

Mi Talca

La mayor parte de los muertos de este terremoto está en la Región del Maule. Los que quedaron vivos intentan atajar la ruina. Hija de una paramédico, la periodista Andrea Lagos se crió en el hospital de Talca, entre inyecciones, partos y enfermos tosiendo. 32 años después, visita los escombros de una ciudad que se desmoronó, como la infancia, dando apenas tiempo para poner a resguardo los recuerdos.

Por Andrea Lagos/ Fotografía: Sebastián Ultreras

Nací en el hospital de Talca en 1977. Mi mamá era una paramédico que me crió entre las salas del servicio y el laboratorio. Mientras ella hacía los exámenes de orina de los diabéticos o los VDRL de las prostitutas yo me iba a recorrer los pasillos de la gran mole. De curiosa, a veces abría las puertas de los servicios y veía gente agonizar o muertos cubiertos por sábanas o enfermos tosiendo. La sala de las guaguas también me provocaba curiosidad. Husmeaba, cerraba las mamparas rápidamente y seguía caminando, de jumper, anónima entre tanta gente adulta preocupada por la vida y la muerte. Cuando mi mamá lograba detener mis paseos sin dios ni ley, me dejaba en el vestidor –medio castigada– con una revista de caricaturas que me pedía leyera de a poquito para que no se me acabara tan rápido y decidiera salir a recorrer de nuevo el hospital. Entre la lectura de Pato Donald y la de Mickey, para hacer durar las historietas lo más posible, miraba los casilleros de las enfermeras decorados con autoadhesivos de la manzana de Apple o de la farmacéutica Bayer promocionando aspirinas. Desde los cinco hasta los 13 años fui todos los días al hospital de Talca. Almorzaba allí mi plato favorito: arroz con repollo. Nunca tuve fobia a los hospitales, al contrario. Entrar en un recinto antiguo me provoca una profunda calma y familiaridad. Si un día me angustiara y quisiera calmarme pronto, iría a la sala de espera de un hospital. De un hospital en pie: no como éste, que yace en el suelo.

Game over

Así como se desploma la infancia se cayó mi hospital. El terremoto que se sintió en Talca con grado 8,5, derrumbó el viejo edificio del año 30. Los enfermos que sobrevivieron al desastre agonizan en el hall de entrada del Centro de Diagnóstico Terapéutico. La madrugada del 27 de febrero, a las 3:34 horas, el cielo falso empezó a ceder a pedazos, los vidrios se rompieron y las grietas aparecieron peligrosamente.
Se cayó –por fin dirán algunos– la mole del estigma. La prensa y los hechos le atribuyen el caso de las guaguas cambiadas y la del paciente que murió por sobredosis de morfina, entre decenas de otros casos de negligencia que han sido fallados en tribunales. Felipe Puelma (44), médico cirujano especialista en trasplante y presidente del Colegio Médico de la Séptima Región, trabaja hace 20 años en el hospital de Talca, casi la mitad de su vida, dice que es difícil operar con ese estigma.
–La gente viene predispuesta. Cuando le digo a un paciente que tendré que operarlo me dice: “Ojalá sobreviva, doctor”.
La noche del terremoto Puelma estaba en Urgencia, como siempre. Cuando empezó a temblar pensó: “Ojalá no muera tanta gente”. Y, antes de reaccionar, se fue la luz. Apenas se sostenía en pie.
–Seguimos así diez segundos más, que fueron eternos, hasta que se encendieron los grupos electrógenos. Como ya no teníamos hospital, decidí instalar la Urgencia en el patio. Llegaron mutilados, fallecidos, infartados. En el cemento pusimos a los graves. En el pasto, a los menos graves. Detrás de los rosales, a los cadáveres. Al poco rato los funcionarios que no estaban de turno, llegaron –por su propia voluntad– a apoyar a los que sí estaban de turno, para que estos fueran a ver a sus familias. Los enfermos de un lado miraban a los enfermos del otro lado y pedían ayuda para ellos. No para sí mismos. Había una solidaridad emocionante –dice el doctor mientras atiende a un paciente con el vientre inflamado y a otro con apendicitis–.
En otro sector del hospital, Andrea Maturana, profesora y mamá de una amiga mía, tiene fracturas en todo su cuerpo: un muro cayó sobre ella en Constitución. Sus hermanas esperan que la trasladen a un hospital de Santiago que esté en pie y pueda salvarse.

Yuri tiene guagua

Tiembla de nuevo. Las réplicas en Talca son fuertes. Suenan. Ruge la tierra, pero ya el terremoto pasó. Las casas de adobe están en el suelo, la mitad de la ciudad en la que crecí ya no existe. Los confites Lorena, donde compraba sustancias y golosinas a 10 pesos, están convertidos en escombros. Antes de ir a ver cómo está la casa de mi mamá voy a la maternidad donde nací hace 32 años, con la ayuda del doctor Olivares y la matrona Blanquita, según consta en un carné que en mi casa se guarda como reliquia.
Las matronas están cansadas, pero me cuentan la historia de Yuri, la paciente del turno del terremoto. Cinco minutos antes, a las 3:28 de la madrugada, le pusieron una inyección de analgesia epidural en la columna. Tenía 8 cmde dilatación y la estaban preparando para un parto normal. Pero empezó el terremoto y la tuvieron que evacuar al patio. Respiró profundo y se calmó lo más que pudo. Su marido quería llevarla en brazos hacia cualquier lugar, ¿pero adónde? Todo temblaba. Un tubo de óxido nitroso, inflamable, cayó peligrosamente.
La matrona Olga Cifuentes intentaba calmar a la pareja mientras sacaba a la familia al patio. La parentela cooperaba improvisando un biombo con sábanas y, otros, sosteniendo los pies de Yuri con las manos para hacer como si estuviera en una camilla ginecológica. Un hermano chico de Yuri repartía caramelos.
La guagua nació a las 5 de la mañana. Entre réplicas, muertos y escombros. Le llamaron Pascal Valentina. Y nació sanita. Los pacientes gemían a su alrededor.

Trencito silencioso

Más allá, en Pediatría, otro pequeño cuento de una heroína y un héroe. Rodrigo Sepúlveda, Yoyo, llegó al hospital de Talca con su mamá a los tres meses de vida, con un raro mal. Hoy tiene ocho años y recibió la última visita de su familia cuando tenía dos años y medio, así que el hospital de Talca obtuvo su custodia judicial. No puede mover músculo y respira y se comunica por una traqueotomía. Cuando está en problemas hace un sonido chic, chic, chic, como un trencito silencioso. Ese sonido escuchó la paramédico Sara Castillo, de turno la madrugada del terremoto.
–Chic, chic, chic– se sentía, hasta que un ruido infernal acalló todo. Mientras caían los vidrios y el cielo falso, me fui a guarecer a un dintel. No abandoné a los niños, pero no tenía fuerzas para
acarrearlos a los tres que tenía ami cargo esa noche. Me gritaban: “Tía, no nos dejes solito”. Y yo les decía: “Aquí estoy, mis niños: no me he movido”. Hasta que unos chiquillos, estudiantes de Medicina, vinieron a rescatarnos a los cuatro, ayudados con la luz de sus celulares.
Rodrigo había tragado muchísimo polvo, pero estaba consciente. Había que aspirar sus mucosidades y limpiar una conjuntivitis
que creció en sus ojos.
Cuando logró ver a la paramédico, Rodrigo preguntó:
–¿Sarita, mi amor, estás bien?
Sarita es la vecina de mi mamá. La invito a mi casa. Dentro todo está igual. No es de adobe, como muchas casas de esta ciudad que se han derrumbado. Mi mamá nos llama desde Santiago
para preguntar cómo está todo. Puede suponer que todo está bien. Pero nada está bien. Alrededor todo lo que era ya no es. La gente saquea lo que puede y los uniformados disparan al aire. No hay luz. Me queda 5% de batería del computador y no tengo cómo cargar más porque en esta ciudad no hay luz. Estoy sobre la cama de mi mamá despidiéndome de mi infancia y adolescencia en Talca. Despidiéndome de los helados del San Agustín, del Colegio Integrado, del mote con huesillos del Mercado, del restorán Las Viejas Cochinas, del chancho en piedra, del Museo O’Higginiano, del hermano Cornelio que hacía la invertida cada vez que uno hacía bien una ecuación. Del que hace misa para los que no se casan y tienen guaguas y le da lo mismo. Del hermano que ahora vive en Pellines, la playa donde teníamos una humilde casa que mi mamá hizo con todos los ahorros de su época en el hospital de Talca, y que el mar se la llevó no sé hacia dónde. Estoy gastando la reserva de la batería. Me gustaría despertar mañana en blanco, con todo el power, para recorrer una ciudad en pie. Como esas películas que pasan las imágenes de atrás para adelante, rápidamente, y todo está bien de nuevo. Quiero subirme a una micro Taxutal y luego bajarme en la Dos Sur. Quiero pasar por última vez por el puente colgante –que ya no está– donde una vez me corrieron mano y al viejo de la bici le tiré una piedra. Pero todo está en el suelo y la batería del computador se me está acabando.

 

 

 
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