Niños en situación de mall
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20 Junio, 2012

Niños en situación de mall

Un estudio del Hogar de Cristo reveló que los cerca de mil niños en situación de calle ya no están únicamente bajo los puentes del Mapocho ni en los semáforos: se refugian, ahora, en los palacios del consumo. Grandes centros comerciales donde encuentran comida, calefacción, dinero y hasta migajas de afecto. Para los malls son un problema. Pero, a la vez, son clientes, pues lo que piden lo gastan ahí mismo. Son como polillas atraídas por esta luz, que es cada vez más fuerte.

Texto y fotografía: Roberto Farías

Paula 1098. Sábado 23 de junio de 2012

Ahí están. Entre los pasillos. Detrás de las familias comiendo helado. Entre las bolsas de las compras. Se distinguen apenas como un brillo imperfecto de las vitrinas, como una ampolleta quemada. Porque usan los mismos gorros, las mismas ropas chillonas que muchos niños y adolescentes. Ni adviertes su presencia, hasta que una de ellas se acerca y deja caer un papelito en tu mesa de la gelatería o el patio de comidas: “Me ayuda con una moneda. Gracias”. Un minúsculo pedazo de papel escrito con lápiz pasta. Pero ya está: arruinó esa tarde de compras. Como una mosca en la leche.
La niña del papelito sigue de largo, de chaleco, jeans desteñidos, zapatillas más o menos relucientes. Haciendo el mismo ritual de mesa en mesa. El papelito obliga a pensar: “Le doy, no le doy, cuánto, por qué”. ¿Por qué? La incómoda pobreza asoma su pata oscura en este lugar limpio y neutral.
La bauticé como Flaca. De una edad imprecisa pasada de los 15 está merodeando en el mall Plaza Vespucio desde los 10 años. Prácticamente se crió en las inmediaciones del paradero 14 de Vicuña Mackenna, la estación de metro, la enorme estación intermodal del transantiago y el mall.
–¿Qué sacái con estar debajo de un puente? –me dice sabiamente–. O cachureando en una feria. Si en el mall tenís comida, plata, baño, calefacción… aquí botan comida por montones…
Los niños que viven en la calle ya no son los niños sucios, mal vestidos, a los que nos tienen acostumbrados los afiches caritativos. Solo las uñas sucias, el olor a días sin bañarse y la mirada adulta delatan su procedencia. Ella tiene los nudillos negros de piñén. En el puño de su chaqueta de buzo se nota el sebo. Sus antebrazos lucen cicatrices de cortes hechos, de seguro, por las crisis de angustia cuando consume pasta base o neoprén. Pero, de lejos, es indistinguible entre el gentío.
–La estrategia para entrar al mall es andar pintiado. Limpieza es viveza, ¿cachái? –dice–. No darles cara a los guardias (se refiere a que no la distingan del resto).
Pero a ella la conocen de años. Es un caso difícil. Siempre regresa al patio de comidas. Igual que otros como El Párvulo, El Piñén, La Pulga, El Negro Chico, La Guatica, La Coja, El Avión, El Gordo y El Basura. Cuando en la noche el mall cierra, los echan. Pero al otro día de nuevo están ahí. Si no ellos, otros. Son los “clave 12” para los guardias: niño o adulto mendigando o vendiendo.
Llegaron por distintos motivos: amenazados de muerte, peleados con su familia, abusados, maltratados o rebeldes.
Para los malls son una plaga inmanejable. Una grieta en el modelo. Están en los 25 malls de las empresas Mall Plaza, Mall Arauco y Cencosud. En todas las regiones. Los echan, pero vuelven. Es una realidad complicada, pues son los problemas de la vía pública que se prolongan hasta un recinto privado.
La empresa Mall Plaza, dueña de 11 malls en Chile, hizo algo al respecto. En 2007 iniciaron un discreto Programa de Reinserción Social para controlar el fenómeno. No es que les guste publicitarlo mucho. Responden mediante un comunicado: “diariamente circulan en nuestros centros comerciales niños y adolescentes en situación de calle. Estos menores provienen de entornos vulnerables, con experiencias familiares e institucionales de negligencia extrema, maltrato físico precoz y experiencias de abuso y explotación”.

Dos trabajadores sociales de la empresa recorren los patios de comida y las inmediaciones hasta establecer un vínculo con los niños que tienen voluntad de reinsertarse. Los derivan a sus propias familias, fundaciones y al Sename. Desde 2007 han tratado a 200 niños y algunos de ellos lograron volver al colegio, trabajar y dejar la calle. Pero cada día se renueva el elenco.

EL FEÑA

Dos mujeres altas, bien vestidas y con bolsas de compras en sus manos, giran en redondo preguntando por un baño en los pasillos del mall Arauco Maipú. Buscan una mirada de ayuda, un guardia, un vendedor… pero solo encuentran a bocajarro al Feña, de 13 años, con su parka bolsuda y un manojo de velas aromáticas. Él les indica el camino. Acceden pero siguen de largo con una expresión asqueada y una le dice a la otra:
–Esos baños están súper sucios, vamos a los de más allá.
Y es cierto. Los baños contiguos a los patios de comida son territorio conquistado de los niños. Son los más amplios.
El Feña entra todas las mañanas al baño, como Pedro por su casa. Se enrolla impunemente un montón de papel higiénico en una mano y lo echa al bolsillo de su parka. “Pa la noche” dice. Con las manos se lleva montones de agua a la cara y la boca, como un beduino desesperado que halla por fin un oasis. Y lanza un grito desesperado:
–¡Ahhhhhhh. Quisiera tomar agua hasta ahogaaaaarme!
Se seca con papel y sale como si nada.
–Los tíos (los auxiliares) nos dejan lavarnos por partes –dice el Feña–. A veces convidan jabón. Yo hasta me he lavado el pelo acá en el mall. Nos comprometemos a dejarles limpio, eso sí. De repente les pasamos unas pizzas o hasta unas monedas.
–Shhhhh –dice la auxiliar de aseo en uno de los baños. Cruza sus labios con el dedo y le dice –mijito no ande sapeando, ¿ya?
Los trabajadores del mall tienen estrictamente prohibido ayudar a estos niños. Y más todavía acarrear sobras de comida a sus casas o convidarles a los pordioseros. Es una falta que provoca el despido. Pero de tanto verse diariamente es inevitable que se conozcan y compartan.
–¿Y cómo se ayudan mutuamente?
La auxiliar no quiere dar ninguna versión.
–Naaa –continúa el Feña– los conocemos a todos. Ellos ganan el mínimo, ¿cachái? Y yo me gano cinco lucas en media hora. A veces gano 20 o 30 lucas en el día. Así es que si los veo en el paradero o saliendo… los ayudamos.
De pronto, en el pasillo, se oye el inconfundible chirrido de un walkie-talkie:
–Grrrrrr. ¿G1 me copia?, ¿dónde se encuentra el clave 12? –Sería la primera de tres veces que los guardias me prohiben tomarles fotos a los niños que deambulan dentro de los centros comerciales. Me escoltan hasta la puerta. Es una postal que no quieren mostrar.
En algún momento del trayecto, Feña se les escabulle. Arrancar de los guardias, asumen los chicos, es lo más entretenido que hay. Y algunos de los guardias también se divierten, espabilando un poco el tedio los persiguen como que no quiere la cosa. Total saben que si echan a estos niños por una puerta, al rato regresan por la otra.

LA CALETA DE PLAZA NORTE

–Sígueme– dice Alejandro. Es el rey de los pasillos. A diferencia de los clientes, (los giles, les dicen) que caminan sin cronómetro y como semi desorientados, como buscando algo que nunca encuentran, él avanza como un animalillo que planeó hace mucho tiempo su fuga desde la jaula. Conoce todos los recovecos y escondrijos del enorme laberinto. Un cartel que dice “Solo personal autorizado” no lo intimida. Me guía. Lo sigo, cruzamos hasta una escalera de incendios y subimos al techo mismo del mall Plaza Norte. Es una gran explanada de cemento como una terraza con vista a los tejados donde sorprendemos a unas garzonas jóvenes fumando a escondidas. Saludan a Alejandro levantando las cejas.
–Acá es, ¿cachái?, –me explica.
Asomándose a la orilla, indica el lugar exacto del patio del boulevard del mall donde balearon a Miguelito, un hampón de Huechuraba que se hizo famoso en la televisión por liderar una banda a los 9 años.
–Y después el loco ensangrentado se arrastró de ahí hasta allá, apunta Alejandro hacia la salida del Cinemark.
Miguelito era conocidísimo entre las tribus del mall Plaza Norte. Lo intentaron matar en abril después de ver la película.
–¿Y por qué no bajamos hasta allá?
–No, porque esos cabros de ahí son choros.
Invisibles entre la gente, tres adolescentes un poco “flaites” ordenan la fila de personas que espera taxis a la salida de una reja. Abren las puertas del auto, cargan las bolsas en el maletero y cobran una propina. También viven en la calle. Pero estos son los dueños del patio. Nadie se mete en su terreno. Se hacen respetar. Marcos, uno de ellos, tiene cara de haber boxeado bastante. El otro, un brazo atrofiado.
Los taxistas los dejan hacer. Los guardias también. Es como si tuvieran un trabajo estable y fueran la barrera invisible para que otros, peores que ellos, desistan de entrar al mall.
–Ellos me tienen mala. Yo ando de aquí para acá —especifica Alejandro, indicando el interior hacia el patio de comidas.
Todos los grupos “vulnerables” se disputan el mall. Los flaites, los choros, los mecheros. Pero no caben todos. Los niños sin hogar son los últimos de la lista: los huachos, los pasao a sebo, les llaman despectivamente.
Alejandro se instala en los asientos de cuero del patio de comidas junto con sus colegas. Una niña, Jessenia; Jorge, muy chico, quizás de 9 años. Cuentan las monedas, hacen burlas, se empujan. Pronto arman un pequeño bochinche y se alistan para salir del mall Plaza Norte.
–En las noches nos vamos a “la piola”. Una caleta que tienen en los sitios eriazos aledaños al Homecenter tras una pandereta de concreto. Una choza de ruinas de cemento, cartón y plástico.
–Si no es ahí, vamos a “la otra”.
“La otra” es una casa semi demolida cerca de los tragamonedas de calle Tupungato, al otro lado de Vespucio Norte, en El Cortijo. Es un barrio poco santo al que se llega cruzando la pasarela peatonal. Para los pobladores es una travesía lo más normal del mundo. Pero para las tribus, la reja del mal, es la frontera. Se detectan unos a otros. Se miran. Se siguen. Al llegar al otro lado, una mujer gorda grita de inmediato:
–¡¿Por qué no virái flaco?!, ¡no veí que la pesca (la Policía) anda brígida!
Ella es parte de las familias de mecheros que estacionan sus cacharros en la calle Ernesto Ried, a la bajada de la pasarela. Listos para la fuga. Según ella, la presencia de esos niños revoltosos pone sobre aviso a los Carabineros. Alejandro la mira desafiante y la gorda avienta una copa de helado, cuyos restos se desparraman por la vereda.
–¡Aquí llega cada mutante! –exclama él.

LA HORA DE LOS GATOS

Es mediodía en el patio de comidas del mall Arauco Maipú. Además, es domingo. Jesús, de 13 años, deja la venta de velas y dice:
–Voy a gatear.
Efectivamente, se deja caer como un gato sobre las sobras de una mesa del Dominó, devorando rápidamente con las manos lo que dejaron los comensales. A los pocos segundos el jefe del local se le acerca y le dice al oído:
–Mira pa allá, hueón. Mira bien fijo para allá–. Indica una cámara sobre las cajas.
Jesús le pone cara de odio. Finalmente, accede.
–Ahora te tenemos grabado, hueón. Para que no volvái para acá. ¿Entendiste?
Jesús come un poco más y se termina yendo.
–Hay otros jefes buena onda con nosotros –dice. Regalan completos. Nos guardan la mochila. Cuando uno es más chico, te ayudan. Pero si te ven grande y todo fregado (por el consumo de drogas) ya no te pescan. Te miran con miedo. La gente ya no te da.
A él todavía le quedan unos años buenos. Luego cuidará autos o qué sé yo. La reforma a la ley de responsabilidad penal adolescente fue drástica para los niños de la calle: a los 14 años si roban o cometen algún delito van a la cárcel de menores. Por eso es mejor estar en los malls: la burocracia demora el proceso. Si los pillan robando, los guardias deberían derivarlos a Carabineros. Pero si la policía no llega antes de una hora, es secuestro. Tienen que soltarlos. Si Carabineros llega en el plazo acordado, los trasladan a los Centros de Detención Preventiva del Sename. Pero los 1800 cupos en Chile no son suficientes. De ahí los chicos escapan. Y llegan de nuevo al mall.
–Antes me gastaba caleta de plata en Happyland –dice con nostalgia Jesús, pasando frente al local de juegos contiguo al patio de comidas. Pero hace poco trajeron sus propios guardias. Re pesados. Nos cachan y nos echan pa’ afuera.
–¿Pero tú compras fichas?
–Claaaro. Gastaba 20 o 30 lucas en las máquinas en un rato. Pero igual no me dejan entrar. En la calle no podís andar con la plata. Todo se gasta en el día. O sea, todo se comparte, ¿cachái?
En las caletas cercanas a los malls, grupos de entre 6 y 8 niños, llegan a reunir 100 mil pesos en un día. Pero se lo consumen todo en ese mismo día en frasquitos de pegamento de tolueno que consiguen en las zapaterías, a 4 mil cada uno. La pasta base les sale a 5 lucas el papelillo. También toman chimbombos de vino (garrafas plásticas), alcohol del más malo.
–Cuando solo quedan 500 pesos –dice riendo Jesús– recién alguno de los grandes dice: “Oye cauro, ¿por qué no vái a comprarte unas sopaipillas?, jajajajá”.

LA HORA DE MACHETEAR

El Negro Chico, de 16, vive tras el estacionamiento de carga del Tottus, de Puente Alto. Emerge de unas ruinas de cemento como un sobreviviente de un terremoto. Sucio, legañoso, las Nike desabrochadas después de una noche de jarana con pegamento
y alcohol.
–Chiaa. ¡Son las cinco! ¿En serio? ¡A esta hora botan los pollos! –dice.
Cruza el estacionamiento entre camiones de despacho y furgones y sin arremangarse se mete hasta la cintura en los containers de basura de dos metros cúbicos. Busca desesperadamente restos de pollo y papas fritas.
–Es que tiene que ser rápido porque no se demoran nada en llamar al camión.
El Negro Chico vive desde los 5 años en la calle, merodeando entre el Tottus y el Líder que están casi juntos en la plaza de Puente Alto. También va al mall Plaza Tobalaba.
–¿Pillaste algo bueno, Negrito? Le dice un operario de un montacarga y le toca el pelo hirsuto con sus guantes.
–Sí, tío, gracias, no había mucho –responde el Negro–.
–Una vez encontramos como cien hamburguesas. ¡De esas buenas, en caja! –me cuenta.
El Negro, a través de la basura, conoce los hipermercados mejor que los clientes: el día de la carne, el día de las verduras, los viernes del cartón. No ha terminado de saborear los restos que encontró cuando un grito áspero interrumpe su almuerzo.
–¿Vái a ir por moneas o no, hueón?–. Le grita un viejo desde el sitio eriazo donde quedan restos de lo que fue el Regimiento del Maipo, a no más de 30 metros, cruzando la calle de camiones.
–Es el jefe –dice el Negro un poco hastiado. Como la mayoría de los niños de la calle, un adulto de la calle lo protege y a la vez, lo explota. Se conocieron cuando estaban construyendo los hipermercados y armaban sus camastros en lo que serían los estacionamientos de los autos.
–El viejo tenía su dormitorio en el 35 y yo en el 38…– cuenta riendo el Negro.
Cuando los inauguraron se mudaron juntos a las ruinas del regimiento.
A las 18:00 hrs es el comienzo del macheteo en las puertas del Tottus y el Líder que dura hasta la noche. Se reúnen varios niños a pedir monedas al rebaño humano que se desborda desde el metro y pasa a los hipermercados.
–Si se arma una onda con otros locos, los viernes vamos al mall Plaza Tobalaba a güeviar hasta que las velas no ardan –dice el Negro –porque allá podimos estar en el patio de comidas hasta la noche sin que nos pillen.
Paradójicamente, el Negro se pone sus mejores ropas para ir al mall el viernes por la noche. Igual como lo hacen muchos niños y familias completas. Usando la última reserva de amor propio, quiere al menos pasar desapercibido junto a sus compañeros de infortunio. Se abrocha las Nike, se echa un poco de agua en el pelo y se limpia los ojos. Parte adonde todos: a comer y divertirse, a comprar, a ver los shows en el patio de comidas, a gastar en las máquinas de video. A mendigar pero también divertirse.
–¿Cómo estoy?, ¿me veo bien?– pregunta. Y se lo traga la noche.

 
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