Loca de amor
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16 Septiembre, 2010

Crónica

Loca de amor

La sobrina bisnieta de Teresita de Los Andes escribe sobre la humanidad de su antepasada, que murió a los 19 años. Y agradece, literalmente, la santa que tiene en la corte.

Por Francisca Solar

uanita nació en 1900, en una familia tradicional de la aristocracia capitalina. Lucía Solar y Miguel Fernández ya tenían tres hijos: Lucita, Miguel y Lucho; luego vendrían Rebeca e Ignacio. Vivían bajo el techo del patriarca, Eulogio Solar Quiroga, y no sólo llenaban de ruido la casona de Santiago, sino también el fundo de Chacabuco, la propiedad más importante del viejo. Vivía con un rosario enredado en el puño, y en ese tono se educó a hijos y nietos, entre oraciones diarias y sus amistades con el alto clero. Asistían a la parroquia de Santa Ana o a la Catedral, pues la misa era una de las ocasiones para encontrarse de las familias adineradas. La figuración social es, como ven, una constante atemporal, pero también da disgustos.

Juanita no se llevaba bien con las compañeras de su distinguido colegio. Se la pasaban peleando; le quitaban el velo en misa y lo arrebujaban en su pupitre. Para colmo, una de sus primas era golpeada (el bullying tampoco es propiedad del s. XXI) y Juanita salía a defenderla, aunque le costara más de un rasguño. Así, cualquiera opta por la cimarra. Acostumbrada a salirse con la suya, movía sus largas pestañas al abuelo y éste, sin dudar, declaraba: “La niña no va al colegio hoy”. Tampoco iba al día siguiente. Y nadie la contradecía.

Eulogio no vivió para verla crecer. Murió de parálisis en mayo de 1907, mientras los nietos estaban en Chacabuco. Juanita no pudo despedirse ni asistir a su entierro, pero no fue necesario. Lucho, entrevistado en 1977, lo contó así: “Juanita temprano despertó para decirme ‘Yaa se fue’. ‘¿Cómo lo sabes?’, dije. ‘No sé, pero alguien me lo ha dicho’, apuntó con su dedo hacia arriba. Del cielo se lo dijeron”. Juanita tenía 6 años.

Jugando en serio

Partió como un juego. Mientras sus hermanos cantaban el “Pin-pin sarabín”, Juanita inventaba misas. Imitando los gestos y palabras de los curas, “consagraba” pedacitos de pan tomados de la cocina y daba “la comunión” a las hijas de los empleados. Pronto los juegos no le bastaron, y su temperamento la ayudó a encontrar respuestas. Así acorraló al cura Aránguiz un día. ¿Qué debía hacer para que la dejaran comulgar? “Hay que tener a Nuestro Señor en el corazón”, le respondió, y a ella, bueno, qué le han dicho. Obstinada e insistente –era buenaza para las pataletas– persiguió a cada familiar y amigo para asegurarle: “Lo tengo, lo tengo aquí”, apuntando a su corazón. El Dios que abundaba en su casa se le había metido entre ceja y ceja. Lucho creía que la primera premonición de su hermana había sido la muerte de su abuelo, pero Ofelia, la niñera de Juanita, lo sabía mejor. Una mañana entró a su pieza y la encontró rezando en una actitud “muy rara” a los pies de su cama. Era como si en realidad no estuviera ahí; estaba como en “éxtasis”, abstraída, hasta que solita volvió en sí. Abrió los ojos y dijo: “Adivina, Ofelia. Ha estado conmigo el Sagrado Corazón de Jesús. Debo ser una carmelita y moriré a los 20 años”. Como quien escucha a un niño que dice que cuando grande quiere ser Superman y salvar al mundo, Ofelia le sonrió, le contestó que no pensara tonteras y la mandó a jugar. Jamás creyó que esas palabras tuvieran sentido, pero la fuerza con que la fe se apoderaba de Juanita a tan corta edad la hacía sospechar, y temer.

A los 9 años, en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, hizo la Primera Comunión y consiguió uno de sus mayores triunfos: ser un “soldado de Cristo”. Ahí también comenzó su intenso diario. Su madre, doña Lucía, jamás pudo penetrar el misterio insondable de Juanita, pues mientras más crecía, más recelosa era de su intimidad (como cualquier preadolescente) y, sin saberlo, su hija había comenzado ayunos y otras privaciones para ofrecer su sufrimiento a Dios. No sospechó de los sacrificios (o prefirió hacer vista gorda), pues la debilidad y fluctuación de peso en Juanita se explicaba bien con sus continuas enfermedades: neumonía, difteria, apendicitis… Todas estas dolencias la llevaban al borde de la muerte pero, tras algo así como milagros, se devolvía al mundo. No era su hora, aún.

Yo también estudié en las Monjas Inglesas y, para cada natalicio de Juanita, nos recordaban que había sido una alumna brillante. Nunca les creí mucho, y Eduardo Gil lo confirma: Juanita era una estudiante regular, “del montón”. Prefería montar a caballo que leer. Y desde los 12 años (cuando evidenció su interés por las carmelitas), lo académico perdió todavía más valor, pues su mente estaba en otro lugar. Sólo se aplicó en su último año de colegio, donde hasta ganó premios por sus notas, pero era sólo una estrategia: tenía que hacer méritos para que su familia no se le viniera encima por su decisión religiosa. Tenía que convencerlos de a poco. Con su encanto innato se le daba bien la manipulación –debía conseguir su meta como fuera– aunque se mortificara por ello.

Adolescente enamorada

Fue a los 15 años cuando se atrevió a etiquetar ese sentimiento tan evidente pero difícil de explicar: estaba enamorada. Así como Gabriela Mistral escribía al poeta Manuel Magallanes “El saberme tuya me da una felicidad que no sé describirte. Tuya del más hondo y perfecto modo. Tuya, tuya. Lo repito para prolongar el gozo en mí”, Juanita llenaba su diario con “¡Oh, Jesús, mi amor, mi vida, mi consuelo y mi alegría, mi todo! Ya seré tuya, amor mío”. Las similitudes son evidentes. Al final, el amor es uno solo, no importa el destinatario. “Vivir así es morir de amor/por amor tengo el alma herida/ por amor, no quiero más vida que su vida”, cantaría Camilo Sesto varias décadas después. “Quiero que Él sea el dueño de mi corazón. Virgen mía, dile que lo amo, que lo adoro. Dile que quiero sufrir, que quiero morir de amor y sufrimiento”, escribió Juanita en 1916. Encuentre las 7 diferencias. No hay. La misma Gabriela, en otra carta a Manuel, le asegura que el estado de fe se parece mucho al estado de arrobo que da el amor. “Los místicos conocieron, dentro de la exaltación espiritual, el estado del amor como el más apasionado de los mortales; lo conocieron enorme y arrebatador en sus éxtasis. ¡Se parecen tanto el rezar y el querer intenso!”

El lenguaje de los “místicos” es complejo, tanto como para un novato leer a Bolaño. La grandilocuencia, lo “intangible” que suena en todo lo que dicen genera más distancia que empatía. Tomar los versos de Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz es un desafío, sobre todo para quienes les cuesta comprender a seres tan conectados con su espiritualidad. Pero en Juanita hay un precioso cable a tierra: desarrolló su santidad en plena adolescencia, todo lo abrazó desde ese código, y sus palabras y arrebatos son reconocibles por cualquiera. Los adolescentes son adolescentes aquí y en el fin del mundo, y Juanita no se salvó de eso. Romántica, exagerada, rabiosa. “[Rebeca] no te he escrito porque has de saber que soy una insigne perezosa. En tu próxima carta te doy permiso para que me retes a pasto, lo merezco”, escribe a su hermana.

No es llegar y ser monja

A los 17 años logró que la priora del convento Carmelo de Los Andes recibiera una carta con su postulación al noviciado, lo que sellaría su entrada dos años después. Enfrentada así a la decisión real, surgieron las contradicciones. “Me he aburrido y pensado que no tenía vocación. Que era una ilusión, una pura idea. Jesús querido, ¿qué dices de este soldado tan cobarde?”. Además, estaba obligada a presentarse en sociedad. No había cómo esconder su 1,75 m de estatura, el pelo rubio cobrizo, la tez clara, la nariz respingada y los ojos jacinto como los de Elizabeth Taylor. Sí, borren de su mente a la morena y bajita Paulina Urrutia, que si bien hizo una muy buena actuación en la serie de televisión de 1989, físicamente está lejos de la Juanita real. Ella era la belleza de la familia, de quien se esperaba la mejor descendencia. “Perder” a la hija más bella en el celibato –aunque en ese tiempo era común ofrecer un hijo a la vida clerical– no era felicidad alguna. Era preferible el camino de engendrar hijos que expandieran los apellidos.

Para no armar escándalo, Juanita cedió a todo lo que su madre quiso: visitaba fundos de amigos, asistía al teatro y a la ópera; incluso aprendió a manejar y jugar tenis. Y no es que no disfrutara de esos momentos, pero ahí es donde vuelve a dudar. ¿Será necesario dejarlo todo? ¿Se puede amar a Dios y a los hombres? Se puede, sí, pero no serenaría su corazón. Debía entregarse por completo. Cuando se ama es todo o nada, y eso es lo que la atraía del Carmelo de Los Andes. Que ahí las carmelitas no tienen nada, viven el frío en los huesos, escasea la comida. No tienen nada, pero todo a la vez, pues viven del amor. No hay verdaderas certezas sin pasar por verdaderas dudas, así que se pegaba en la cara, lloraba un rato y se ponía de nuevo en dirección norte. “Todavía soy muy orgullosa. Debo abatir hasta el último germen del amor propio. Me gusta que me estimen las criaturas, pero ¿de qué me servirá si Dios no me estima?”.

Vigilaba sus raciones de comida, dormía poco. Eso conducía a que, pienso, siguiera enfermándose, cada vez más gravemente. “¡Ay, cuerpo miserable, que te opones a los deseos de mi alma!”. Porque no es llegar y ser monja. Te estudian hasta los dientes. Te ponen a prueba, te piden exámenes médicos, te hacen preguntas capciosas, te exigen cartas de recomendación. La vida religiosa ya es difícil, más aún la vida de claustro. No todas las mentes aguantan, para qué decir los corazones. Hay que prepararse. Es optar por voluntad a una soledad absoluta de recogimiento y oración, y olvidar que alguna vez se estuvo en el mundo, aunque en los rezos se pida por él. Pero es lo que quería, y lo logró. Sólo ella y Él, sin más distracciones, nunca más. “Me parece de repente que es una locura lo que voy a hacer”, confesaba sonriente. ¿No envidian tanta convicción antes de saltar al vacío?

Santa con rabietas

Si a los 13 ó 14 años a Juanita le hubiesen dicho que iba a ser la primera santa chilena, se habría matado de la risa. “¿Yo? ¿La de rabietas feroces? ¿La que no obedece, llora por todo, duda como nadie y no le gusta ir al colegio?”. Es que los santos “son” no más. No se levantan un día y dicen “Mi meta en la vida es que me canonicen. Vamos por ese manual ”. Porque no hay recetas únicas, por un lado, y porque sería ridículo que las hubiera, por otro. La liga de los santos es una fauna variopinta. Se proponen ser santos, eso sí; es un ideal, intentan ser lo mejor que puedan ser, pero no estan peleando algún podio. La santidad se reconoce a quienes han fluido con una naturalidad asombrosa en caminos excepcionales, siempre complejos, misteriosos y hasta tortuosos, porque así les “ha nacido”, tal como Arrau frente a su primer piano o Verónica Villarroel dándose cuenta que podía cantar. Es un chip incorporado por defecto que nos empuja desde lo invisible a seguir ciertas rutas y no otras. Al descarriado San Agustín, entre lo comido y lo bailado, seguro no se le pasó por la mente que sus tratados de Teología y Filosofía perdurarían cientos de años. Sólo pasó, porque escuchó su voz interior, encontró su vocación y la siguió, coraje no muy lejano al que muchos jóvenes exhiben al jugársela por un camino. La determinación de Juanita no es muy distinta a la de quien sueña estudiar Historia del Arte sabiendo que “no es una carrera rentable”, o aquel que postula a Medicina con tres generaciones de abogados sobre los hombros. La perseverancia para seguir lo que uno cree que es lo correcto es el mayor legado de Juanita, que poco y nada le debe a su hábito o al convento. Ya era santa antes de entrar a Los Andes.

Juanita no es especial porque su fe era grande, por su postura mártir o porque se volvió loca de amor, sino porque tuvo la suerte de saber desde pequeña qué quería para su vida y no dejó que nada ni nadie la apartara de su sueño. A veces me pregunto si algo de mi terquedad lo heredé de ella: a los 5 años supe que las letras eran mi vida y he seguido ese sendero contra viento y marea. ¿Será que Juanita me marca el camino? Me río sola. Que de algo sirva tener, literalmente, una santa en la corte.

 
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