Chilenos preparados para el fin del mundo

Reportajes y Entrevistas

Chilenos preparados para el fin del mundo

Por Textos y fotografía: Roberto Farías

Cuando falta poco para el anunciado fin del mundo –el 21 de diciembre de 2012– varios chilenos se están preparando: algunos construyen búnkeres, otros intentan dar un “salto cuántico espiritual” y muchos acumulan pertrechos o idean rutas para huir de la catástrofe. Pero también están los escépticos, que aseguran que nada pasará. Juzgue usted.

Cruzo el umbral del búnker que Mario Ortega –52, ingeniero mecánico y empresario– construyó en el Cajón del Maipo y no me siento mejor. Las gruesas paredes de hormigón, que resisten bombas atómicas y terremotos grado catorce, no logran aliviar mi desdicha. La puerta no la abre ni un tanque. Por filtros especiales ingresa aire libre de polvo, químicos, virus, gases y hasta radioactividad. En un sector hay una máquina para filtrar agua. Un generador. Trajes antirradioactividad. Luces fluorescentes eternas. Comida y agua para varios años. El silencio al interior del búnker –sin pájaros, sin río, sin el viento– es atroz.

Porque después de conocer una docena de ufólogos, esotéricos, anticristos, sanadoras, mayas, parasicólogos y profetas de todo tipo, que tenían algo que decir respecto de 2012, finalmente esta es la manifestación más concreta de ese fin posible: ahí está la mole. Es tan sólida como desconcertante.

–70 millones cuesta este búnker –dice Mario Ortega –solo equiparlo con los sistemas de agua, aire y luz vale 15 millones. Yo lo hice con capacidad para mí y mis 4 hijos. Podríamos sobrevivir varios meses hasta que pase todo.

Está empotrado en una loma. Lo comenzó hace un año. Después de mucho insistir para que una empresa finlandesa que abastece a la OTAN le vendiera los filtros de aire, de agentes químicos, biológicos y radioactivos.

Ortega dice que no cree tanto en 2012, pero sí en algo que, algún día, pueda ocurrir: “un desastre nuclear, una tormenta solar, un asteroide; muchas cosas están pasando y quiero que sirva a mis hijos, a mis nietos, incluso”. No escatimó en gastos. Hizo su búnker como un rey su castillo. Con lo mejor de lo mejor. Durable. Cómodo. Eterno. Podría estar ahí veinte años bajo tierra. Pero prefiere no pensarlo. Solo advierte que si hay otro terremoto, correrá a su refugio. Eso está claro.

El caos después del terremoto de 2010 lo decidió. Desde antes ya buscaba tecnología y materiales en el extranjero. Fue a Finlandia, la capital de los búnkeres, donde hay una ley de la Guerra Fría que obliga a hacerlos cada tantos miles de habitantes.

Construir esos 100 m2 bajo tierra le costó más de una crisis de pareja, pero se salió con la suya. En el proceso conoció a otras personas que tienen refugios parecidos y compartió con ellos algunas soluciones técnicas. Entre esas, la discreción; mirillas de tanque, respiraderos ocultos entre los árboles. Mientras menos se note, mejor. Desde fuera solo se ven ductos y una escalera hacia abajo.

Después del accidente de los 33 mineros ofreció su experiencia para construir refugios parecidos para la gran minería. Sin embargo, no tuvo respuesta. Pero sí algunos gerentes se interesaron de forma particular. Ya construyó cuatro búnkeres en Chicureo, La Dehesa y Las Condes.

Ortega no es el único. Dice que hay otros 70 búnkeres en Chile. Algunos hechos en los años 60.

En otro cerro del Cajón –cuenta Ortega– otro grupo construyó una cápsula esférica para sobrevivir largo tiempo, como un Arca de Noe. Flota, incluso. Pero no la busque, no se ve desde fuera.

Voy a Response, en Conchalí, la única empresa en Chile que provee elementos de supervivencia para estos refugios: venden agua que dura cinco años, comida deshidratada que dura veinte. Fósforos submarinos. Pedernales o chispero mineral. Recicladores de agua. Parafina sólida. Linternas a manivela. Capotas de aluminio. Lentes anti UV. Baños secos. Cuchillos con dientes. Mochilas para sobrevivir tres días en cualquier condición.

Desde el terremoto no dan abasto. Y con cada nueva tragedia, apagón o protesta, llegan más clientes de boca en boca. A veces a su local llegan personas con la mochila lista, “pues la tragedia puede ocurrir en cualquier momento”, dicen. “Nos compran hasta 500 mil pesos en productos. Como para resistir una buena temporada. Cada tanto llegan comunidades esotéricas enteras a surtirse. Eligen sus productos y se van. Nosotros no preguntamos nada”, dice Claudio Valdeavellanos, product manager de la tienda.

Llega un cliente al mesón. Dice ser boy scout, pero se interesa por pastillas para potabilizar agua y comida deshidratada que dura 20 años. No quiere hacer comentarios. Se lleva de todo un poco y una mochila de supervivencia.

El kit de supervivencia más económico de Response vale 45 mil pesos. Incluye luz, agua, comida, abrigo, fuego, herramientas y primeros auxilios para tres días. Pero comprar todo lo que ofrecen puede llegar a varios millones. Un saco de dormir del tamaño de una billetera y un bote de goma que cabe en una mochila. Pero lo principal es el agua. Filtros de agua. Pastillas para potabilizar agua. Agua envasada. Sin agua, no hay posibilidad de sobrevivir.

Tomados de las manos

Para que la humanidad cambie, necesitamos dejar el materialismo, dejar el mall… despojarnos… abandonar… –dice Josefina Santa Cruz hurgando en su diccionario interior–. Esas son las señales que estamos recibiendo. No necesitamos que un cataclismo haga el trabajo.

Josefina Santa Cruz es fiel seguidora de La Ley del Tiempo y el Encantamiento del Sueño, las doctrinas de José Argüelles, el esotérico méxico-norteamericano que inventó la profecía del fin del mundo para 2012, y que, curiosamente, fue el primero en sucumbir: murió este 2011. No pudo vaticinar que el pasado 23 de marzo una simple apendicitis lo pondría con los pies por delante, a los 72 años, en Australia.

José Argüelles era un profesor de Arte. En 1987 publicó El factor maya donde mezcló, a su modo, calendarios mayas, ufología, genética, yoga, islam, hinduismo, esoterismo, IChing, azar, matemáticas y mucho más. Resultado: el extraterrestre Maya Galáctico o dios sol Kinich Ahau visitó a los mayas hace 800 años y les dejó escrito que el 21 de diciembre de 2012 la humanidad dará un salto “cuántico evolutivo” y que Argüelles, rebautizado como Valun Votam, debía anunciarlo por el mundo. Lo logró: es la profecía más divulgada desde 1900.

Quizás lo más relevante –explica Josefina Santa Cruz, que es traductora y revisora de los complejos libros de Argüelles al español– es que él no anunció ningún fin del mundo ni cataclismo, pero sí una gran explosión de energía mental que va a producir un doble arco iris permanente de polo a polo y el comienzo de una nueva era en la humanidad. La noosfera.

Asisto a una de sus meditaciones. Unos 30 profesionales, dueñas de casa del barrio alto, universitarios de barba incipiente y otros con décadas de hippismo en el cuerpo ponen las manos hacia el cielo e invocan en voz alta: Kinich Ahau, eta maya eta hu. Kinich Ahau, eta maya eta hu. Varios lloraban emocionados.

Creen que su energía “electro-cuántico-magnética” brota de sus espíritus en paz y va hacia una retícula telepática que rodea la Tierra y que Argüelles descubrió que se puede activar por meditación simultánea en el mundo entero. Donde hacen esos encuentros se les llama “jardines de paz”.

Todos los días, activamos la “noosfera”. En 2012 comenzará a transmitir pura buena onda y buena vibra a la humanidad completa por 5126 años –dice Josefina.

En su casa en Curacaví se siente paz. Los gatos remolonean junto al perro. Huele a incienso y se come vegetariano. Es el antónimo de búnker: puertas abiertas, luz natural, aire, agua y un curioso baño orgánico. Según las instrucciones que dejó José Argüelles cuando llegue el 21 de diciembre de 2012, grupos como ellos en todo el mundo se ubicarán en un círculo planetario y luego de realizar siete invocaciones a la galaxia, esperarán tomados de las manos meditando en una larga vigilia hasta el amanecer.

En México, la Dirección de Turismo espera para esa fecha una invasión de 1 millón de personas a cuanta piedra con aire maya encuentren a su paso. Esotéricos, ufólogos, anticristos, hippies pero también posibles suicidas.

Los libros de Argüelles están traducidos a 12 idiomas en 98 países y tiene millones de seguidores. Quizás, porque meditar es más barato que hacerse un búnker, no lo sé.

Perdidos en el norte

Con o sin búnker, y aunque el final tenga fecha incierta, hay quienes optan, derechamente, por la huida. Fredy Aguayo, es otro que se abastece de productos de supervivencia. Pero en vez de hacerse un refugio, emprenderá la huida. Apenas note que se aproxima el cataclismo final tomará su camioneta y partirá en un viaje sin retorno. Otros 30 seguidores de su grupo “Supervivencia 2012 Chile” se le unirán desde distintos puntos de Santiago hacia el mismo refugio secreto en un lugar del norte y no compartirán con nadie sus víveres para tres meses. Con nadie.

Sigue una serie de informaciones astronómicas que, según él, vaticinan tormentas solares, crisis electromagnéticas y un apagón generalizado de la electrónica que colapsará nuestro sistema de vida. Al igual que Ortega, Fredy fundó este grupo por la web luego de ver el caos social del terremoto.

La gente estaba desesperada. Los que tenían auto, cargaban todo arriba y se iban. Y ahí me di cuenta que la clave es huir. Irse.

Desde entonces, este técnico informático de 33 años, de cara bonachona, hijo de pastor evangélico, lleva día y noche un pequeño bolso de mano, con lo necesario para enfrentar el fin del mundo: un cortaplumas multiuso, una linterna, cordel, un walkie talkie, una botella de agua y un mapa. La esposa de Fredy, Lorena, también lleva todos los días a su trabajo, en un municipio, una mochila de supervivencia y un saco de dormir que guarda en un locker para que sus colegas no la tilden de loca. Bruno, su hijo de nueve años, en cambio, solo lleva la colación escolar.

Las profesoras se sorprenden con Bruno. Cada vez que salen con su curso se preocupa si hay extintor, dónde están las puertas de escape o si hay algún elemento inseguro. Su padre le aconseja no ser héroe. Ambos son fanáticos de la serie A prueba de todo. O Bear Grylls, donde un ex comando sobrevive en ecosistemas hostiles y deshabitados. A veces sale la familia entera de camping y ponen a prueba sus técnicas de sobrevivencia aprendidas por tv.

En su casa, Fredy tiene un baúl con comida para tres meses, sacos de dormir, generador, pilas, radio y más agua. Mucha agua. Y algo que pocos han hecho: mapas de calles y carreteras para huir de Santiago por caminos sin puentes, túneles, ni cuellos de botella. Veo uno y me produce una rara inquietud: como ver un problema de laberinto de un diario, pero solucionado.

Supervivencia 2012 Chile, son padres con hijos pequeños, profesionales, funcionarios públicos, comerciantes, una enfermera y entre ellos Rodrigo, un ex militar, necesario, pues en el grupo creen que “para escapar de Santiago, tendrán que abrirse paso ante chilenos en estado salvaje”. Me recuerdan la serie Lost. Se eligieron entre sí por sus aportes y capacidades: técnico, militar, médico, sicológico, social, etc. Ya tienen la parcela. Como no les alcanza para un búnker, por ahora tienen un container con víveres para sobrevivir lejos de la civilización.

Para el viaje a su salvación Fredy está equipando una camioneta Chevrolet de los 80, “cuero de chancho” –dice–. Cree que los autos con inyección electrónica no serán fiables en caso de caída de meteorito gigante, tormenta solar, cambio climático radical o explosiones nucleares.

Una C-10, de esas que se suelen ver en las ferias libres de Santiago, soportando toneladas de verduras y dueños despiadados, Fredy piensa que si resisten esa prueba también sobrevivirán el fin del mundo. Rodrigo habilitó un Land Rover también de los 80. Astrid, otra miembro y testigo de Jehová, acondicionará una vieja ambulancia. Todos tienen mapas para la huida.

Fredy marcó en un mapa de Santiago todos los puntos que pueden colapsar en su ruta de escape.

Me detengo en un semáforo y me pongo a ver y anoto: poste mal ubicado. Anoto. Edificio que puede caer. Anoto. Pasarela que puede caer. Anoto. Puente. Río. Túnel. Cerro. Volcán. Tengo una ruta perfecta sin obstáculos por donde arrancar hacia el norte, pues no hay que ir hacia el sur, a donde van todos.

No quiero angustiarlo más diciéndole que el desastre puede venir precisamente desde el norte. Hace poco nevó sorpresivamente en Calama y un grupo como el suyo, pero de ufólogos, partió al instante a despejar con sal un yin yang gigante que hicieron en medio del desierto, para que lo vean unas naves que esperan el 2012, según ellos, escondidas detrás del planeta Marte. Casi se extraviaron. Les pregunté el porqué del apuro y me respondieron por mail: “Con tanta cosa que está pasando hasta el calendario puede estar equivocado. Puede ocurrir en cualquier momento”. Al otro día paró de nevar y salió el sol.

Los escépticos

La joven arqueóloga Macarena López es la única chilena capaz de descifrar la escrituramaya y leer sus textos. Pertenece al pequeño grupo de 30 o 40 epigrafistas mayas en el mundo. Estudió en México y proseguirá en España con la eminencia de ese lenguaje pictográfico Alfonso Lacadena. Habla de 2012 en otro sentido.

Las profecías que escribieron los mayas en sus muros y pirámides eran propaganda política. Pensaban que la historia se repetía una y otra vez en ciclos. Entonces, si un rey mandaba a retratar cataclismos, inundaciones o sequías, que ocurrieron en su periodo, les estaba advirtiendo a los reyes siguientes, que cuando se repitiera esa misma fecha en el calendario, hiciera ritos para cambiar su destino. 2012 no era una fecha importante para los mayas –dice Macarena–. Si no, estaría por todas partes como otras que sí se repiten de guerras, coronaciones o desplazamientos. El único monumento que habla de 2012 es la estela 6 de Tortuguero, en Tabasco, México.

El astrónomo Eduardo Unda tiene una pequeña colección de libros que anuncian el fin del mundo, menos los de Argüelles. Tiene uno de los testigos de Jehová que anunciaba el fin para 1976. Otro de Boris Cristoff para 1983. En 2000, varios autores. Otro anuncia el apocalipsis para el 21 de octubre de 2011.

Unda es miembro de la Asociación de Escépticos, un club donde participan una veintena de profesionales de distintas áreas, aficionados a la ciencia. Se reúnen en cafés y tienen una página web donde denuncian charlatanes, falsos profetas o productos mágicos de la tv. También dan charlas sobre astronomía, desafíos de la genética, biología y otros temas. Los libros de 2012 todavía no los tiene porque dice “están muy caros”. Si todo va bien en 2013 los comprará en liquidación.

–Pero ¿y si pasa algo?, pregunto.
–No pasará nada.

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