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27 julio, 2017
orla

30 segundos mortales en la ruleta

Fue noticia mundial: un apostador de ruleta mató a dos croupiers en un casino chileno. No ha ocurrido ni en Las Vegas. Pero fue peor de lo que se ha dicho. El veterinario Osvaldo Campos disparó al menos 25 tiros sobre 10 empleados a quemarropa y fue rematando uno a uno a los heridos en el suelo. Esta es una reconstrucción, en voz de los que estuvieron ahí, de esos 30 segundos de horror en el Monticello.

Por Roberto Farías / Ilustración: Paloma Moreno


Paula 1231. Sábado 29 de julio de 2017.

En la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital de la Mutual de Seguridad en Santiago, los familiares de la croupier Macarena Abarca (36) siguen de cerca su evolución y muestran su desconfianza hacia los periodistas. Macarena es oriunda de Machalí y recuperó la conciencia solo hace un par de días. Ya puede respirar por sí sola, pese a que tiene varios órganos vitales dañados por los tres disparos que recibió. Aún no se ha enterado que su jefe del turno, Óscar Reyes, y su colega croupier, Carolina Carreño, murieron ese domingo 2 de julio.

La han operado cuatro veces para sacarle tres balas y extirparle el bazo y así evitar una hemorragia aún más severa. Estuvo casi una semana con solo 50% de probabilidades de sobrevivir conectada a un respirador. Todavía no puede hablar y nadie quiere recordarle los hechos, solo darle mensajes de ánimo y apoyo.

–Ella se salvó apenas–, dice una colega suya que cuenta que su pareja y sus hijos se enteraron por las noticias. Macarena llevaba 9 años trabajando en el casino Sun Monticello de San Francisco de Mostazal.

Para todos había sido un fin de semana común. La noche anterior actuó en el casino el grupo argentino Los Pericos y el viernes Myriam Hernández.

El domingo 2 de julio Macarena llegó a las 11:30 en el bus que traslada a los trabajadores desde Rancagua para hacer el turno que comenzaba a las 12:00. Fue directo al subsuelo a colocarse el uniforme. Algunos colegas relatan que le celebraban el cumpleaños a la croupier Carolina Carreño, quien cumplía 33.

El veterinario Osvaldo Campos (42), jugaba en la mesa PIT 1 y a las 11:40 de la mañana pidió un café. Jugaba en la Ruleta Americana (la que tiene doble cero y, según algunos, más posibilidades de ganar) a cargo del croupier Luis Mora (32), quien trabaja hace nueve años en Monticello.

Ese día Luis Mora se había puesto la camiseta de Chile porque a las 2 de la tarde jugaba Chile contra Alemania por la final de la Copa Confederaciones.

En el casino penaban las ánimas. La noche había sido intensa, como casi todos los fines de semana, con fácil 500 jugadores. Pero en la madrugada la gente se fue retirando y esa mañana, apenas había unos 30 clientes en todo el salón de juegos. Normalmente, un día domingo hay cerca de 100 clientes y 40 trabajadores. Pero ese domingo 2 de julio estaba tan vacío que la otra Ruleta Americana del PIT 1 estaba cerrada. Y atrás, en las dos ruletas francesas, solo jugaba una mujer y cerca de ella una pareja jugaba cartas en otra mesa.

A la hora que Osvaldo Campos pidió el café, la pareja se retiró y la asistente argentina Jorgelina Pérez Lindo comenzó a ordenar la mesa para cerrarla y entregar el turno.

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Osvaldo Campos iba ganando. Luis Mora ha comentado a sus familiares y a colegas, que lo visitan en el hospital, que incluso se estaba recuperando de las últimas pérdidas. Como los croupiers van rotando cada 45 minutos por cada mesa, era imposible que Mora supiera cómo le había ido a Campos en sus tórridos días anteriores y que ya perdía 18 millones. Solo la administración puede ver en tiempo real a cuánto asciende la cuenta de un jugador al ingresar su tarjeta de cliente al sistema cada vez que compra o canjea fichas.

Dayana, la garzona que le llevó el café, no notó nada extraño. Camila, otra garzona que estaba ahí, precisa que Osvaldo Campos le dejó la propina en la bandeja y se lo agradeció amable, pero fríamente.

Los trabajadores del Monticello ubicaban a Campos: él tiene una clínica veterinaria en Maipú y desde hace cuatro años visitaba regularmente el casino. No era de jugar cartas ni de complicados métodos. Jugaba en la ruleta y apostaba mecánicamente, al negro y luego al rojo. Desde 200 hasta 500 mil pesos por cada tirada de bolita. Lo que es bastante alto.

Los perfiles que se le han hecho en la prensa dan cuenta de que era conflictivo y apostaba después del “no va más”. Había tenido un par de líos en el casino y los croupiers habían tenido que llamar a los gerentes de mesa. Campos pedía revisar los videos. Se enojaba. Incluso, en una ocasión, no devolvió las fichas de la disputa pero, como era un habitual VIP, lo dejaron.

Esa semana se alojó 4 días, del lunes 26 al viernes 30 de junio, en el hotel de Monticello y, según informó el casino, ahí tuvo un altercado con las mucamas, porque fumó en la habitación. En dos ocasiones le pidieron que dejara de hacerlo y solo accedió cuando le advirtieron que iban a llamar a un supervisor.

El sábado 1 de julio se fue a las 4 de la mañana. Volvió el domingo poco después de las 10, cuando el casino abrió sus puertas, y comenzó a jugar. A las 11 Luis Mora tomó la mesa de la Ruleta Americana. Abrió el fichero y comenzó a correr la bolita.

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El Monticello de San Francisco de Mostazal abrió en 2008. Los trabajadores recuerdan que los primeros cinco años fueron muy tranquilos. Pero desde hace cuatro, la clientela aumentó mucho y empezaron los problemas. Clientes revoltosos, algunos portando armas. Agresiones. Un suicidio de una clienta en  el hotel del casino, en 2013.

En julio de 2016 intentaron llevarse un cajero tirándolo con una camioneta. En septiembre explotaron dos cajeros automáticos con gas en el vestíbulo. En febrero de 2017, un asaltante en moto encañonó a los cajeros. Y solo un mes antes, el 6 de junio, un cliente palestino sacó un arma, disparó a un guardia e intentó prender fuego a la alfombra para llevarse las fichas.

Los croupiers no se sentían seguros.

–A una colega, un cliente le lesionó un dedo al despedirse, para castigarla por sus pérdidas. A otros los han insultado y amenazado–, asegura un dirigente sindical del casino.

–Un croupier debe estar atento a las trampas de los jugadores. Ese es el 90% del trabajo: estar concentrado–, dice uno de ellos que pide no mencionar su nombre.

Pero en un ambiente así, no siempre es fácil.

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Al mediodía en punto cambia el turno de croupiers. Por un momento hay el doble de croupiers en cada PIT: los que dejan y los que reciben las mesas. Ese es el instante preciso que eligió Osvaldo Campos, tras haber perdido 18 millones de pesos, para desquitarse contra el casino.

A las 11:50 del domingo 2 de julio, Óscar Reyes Valenzuela (35), el gerente de mesas del PIT 1, donde está la ruleta en que jugaba Campos, llamó al técnico para que revisara el shipper o dispensador de fichas junto a las ruletas. Óscar había recién ascendido hacía 4 meses desde asistente de máquinas. El técnico recibió el llamado pero, antes de subir al piso, se detuvo en la oficina. Eso lo salvó.

A las 11:59 Macarena Abarca subió desde el sótano y entró al PIT a reemplazar a Luis Mora; se acercó por su espalda. Andrea Castillo entró a reemplazar a José Villaseñor. Se reunieron, entre las cuatro mesas de ruletas, casi 10 personas en total.

Y ese es el momento que ha visto todo Chile en las imágenes que se filtraron de las cámaras de seguridad. Macarena Abarca entra con la chaquetilla gris del casino por el costado de Luis Mora, quien aparece de espaldas a la cámara de seguridad con la polera N° 8 de la selección. Ahí comienza la balacera.

Osvaldo Campos se pone de pie, retrocede un paso y desenfunda su pistola Beretta 40 SW semiautomática con 9 balas sobre el tumulto de croupiers en un ruido infernal.

La pistola era nueva. Y Campos no tenía licencia para portar armas: por el informe negativo del siquiatra que le diagnosticó bipolaridad hace casi 10 años, le habían negado esa licencia. Hoy, además se sabe, tenía antecedentes de lesiones y amenazas porque era un hombre agresivo.

Como se ve en el video de seguridad, Luis Mora, quien atendía la ruleta, recibió el primer disparo en el pulmón y, a pesar de estar a un metro de distancia, se salvó cuando cayó al suelo. Las balas pasaron de largo y una fue a dar en el brazo de Carolina Carreño, la croupier que ese día cumplió 33 años. Ella se escondió en posición fetal debajo de la mesa contigua donde estaba Campos. Herida, pero viva.

Óscar Reyes, el gerente de mesas que estaba al centro del PIT, seguramente se giró al oír los primeros disparos y recibió uno en la cara; murió instantáneamente.

El croupier argentino Diego Rudolfo, quien en ese momento estaba junto al shipper, vio cómo empezaban a caer todos heridos en una verdadera lluvia de balas y se arrojó al suelo “Me tiré al suelo y me fingí muerto” dice.

Recibieron otros disparos el croupier José Villaseñor (39), la asistente argentina Jorgelina Pérez Lindo (40) y la clienta Stacy Leandra López Bombo (29), quien quedó con una fractura expuesta de tobillo en la pierna derecha.

Pero el infierno no terminó ahí.

Cuando Osvaldo Campos sale corriendo de la imagen de la cámara de seguridad, no fue a esconderse al baño, sino que cambió el cargador y rodeó las mesas de ruleta para rematar a los trabajadores que estaban heridos en el suelo.

–Estábamos en la línea de fuego–, dice una slot o asistente de máquinas que estaba en el piso de juego y que prefiere no dar su nombre. –Fueron unos segundos de terror. Lo que no se ve en la imagen es que luego (Campos) recargó la pistola y se va alrededor de las cuatro ruletas rematando a todos los compañeros (los que llevaban chaquetilla del Monticello). No paraba, no paraba.

Muy afectada aún, la slot relata que estaban todos escondidos en el piso, algunos ya arrancando hacia los pasillos. Pero Campos rodeó las ruletas y se situó a un metro de los heridos.

–Se detuvo frente a José (Villaseñor, quien ya estaba herido en el suelo) y le dio un montón de tiros–, relata la slot.

Todavía no se entrega el informe de la pericia balística que prepara el Laboratorio de Criminalística de Carabineros, Labocar, pero, según el relato de testigos, Campos le habría hecho al menos siete disparos directos a quemarropa. Cuatro le dieron en el cuerpo a José. Uno en el brazo, otros en el pecho y dos en el estómago que entraron por la espalda.

A menos de un metro de José Villaseñor, estaba la croupier Andrea Castillo (25), quien está embarazada de cuatro meses y tuvo la fortuna de no recibir ningún tiro. La slot relata que cuando Campos dio la vuelta a las mesas estuvo a un metro de Andrea, quien se encogió detrás de un pilar.

–No se sabe si Campos la vio o no quiso dispararle por su embarazo–, reflexiona la slot.

Cuando Campos ya estaba por vaciar el segundo cargador de su pistola sobre los heridos, se devolvió hacia la mesa de su ruleta y es ahí donde, según los testigos, divisó a las otras dos croupiers: Carolina Carreño, quien estaba herida en el brazo y oculta bajo de la mesa, y Macarena Abarca, tendida junto a Luis Mora.

A ambas les disparó a sangre fría. Carolina, encogida en el suelo, recibió dos balazos. Macarena Abarca otros dos: en el pecho y el estómago, la herida más grave.

En total Campos disparó al menos 25 balas esa mañana. Cuando se quedó sin munición se encerró en el baño y se inyectó alguna sustancia tóxica.

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Dos semanas después de ocurridos los hechos, el casino Monticello remodeló el espacio donde ocurrió la balacera. Cambiaron la alfombra y las ruletas fueron reemplazadas por unas hileras de tragamonedas. El viernes 14 de julio a las 20:00 horas, cuando el casino reabrió sus puertas luego de 15 días cerrado, se pidió un minuto de silencio por los fallecidos.

Ese día no había mucho público. Una treintena de personas jugaba displicente en las máquinas y las mesas. “Imposible distinguir quién está al borde de la ruina y la desesperación”, pensé.

Sin embargo, una croupier de Viña del Mar me asegura que sí es notorio cuando los jugadores, tras muchas horas de juego, pierden la lógica, intentan nuevos métodos y comienzan la vorágine peligrosa que los arruina y los desespera. “Pero nadie del casino, con tal de seguir ganando, les dice que pare”, dice.

Intento reconstruir en el salón remodelado, la balacera del 2 de julio. Los sobrevivientes relataron que tras los disparos se hizo un silencio sepulcral en el PIT de ruletas y comenzaron a escucharse los quejidos y los gritos de ayuda. Nadie sabía con certeza lo que había pasado.

Los otros trabajadores del casino iban en cuclillas –como en una guerra– a ver el estado de los heridos y arrastraron a los que estaban conscientes hacia la entrada del subsuelo dejando una hilera de sangre en el piso. Entre ellos, Camila, la garzona quien es esposa del croupier Luis Mora, pues hay muchas parejas entre los trabajadores.

–Nadie sabía que este sujeto se había suicidado en el baño, así que durante un buen rato, no se movieron. De pronto cuando alguien corrió, todos arrancaron–, relata un croupier.

Los que se habían hecho los muertos, como Diego Rufilo, Joel Sepúlveda y Andrea Castillo, corrieron hacia la entrada que da al subsuelo. Los clientes, hacia la salida que va hacia las cafeterías. Todo era confusión y dolor.

Los carabineros llegaron a las 12:20 con las armas desenfundadas. Ya estaba el salón desalojado y el baño donde estaba Campos, cercado por la seguridad del casino. El guardia Bryan Reyes, quien estaba en el baño, al sentir que el individuo entró al baño y vaciaba su pistola, se quedó encerrado en el gabinete oculto sobre la taza. Pasó cinco horas escondido. Solo después que llegó el Gope e ingresó un visor por debajo de la puerta del baño, supieron que Campos yacía en el piso, muerto.

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Había una sola ambulancia en Monticello. Carolina Carreño, quien era la más grave, fue llevada en ella al Hospital de Graneros, pero falleció en el momento de arribar casi 15 minutos después.

A Macarena Abarca, la segunda más grave, la llevaron al Hospital de Rancagua en una camioneta. Tenía un daño importante en la cavidad abdominal y sangraba mucho. Estuvo cinco días con ventilación mecánica. Después de ocho días fue trasladada a la Mutual de Seguridad en Santiago.

El croupier Luis Mora fue rescatado por sus compañeros y trasladado al Hospital de Rancagua. Tiene una perforación en el pulmón izquierdo, estuvo con ventilación mecánica, lo operaron dos veces. Ahora está en Cuidados Intermedios.

José Villaseñor fue trasladado en un vehículo particular hasta Rancagua. Tenía 4 disparos. Lo operaron tres veces. Recién una semana después salió de Cuidados Intensivos de la Mutual de Seguridad. Hoy está fuera de riesgo vital y sus colegas que lo van a visitar lo apodaron, con humor, “Robocop”.

Jorgelina Pérez, quien recibió un disparo en la clavícula, fue dada de alta. La clienta Stacy López Bombo, quien resultó herida en su pierna derecha, se recupera lentamente en su casa.

La mitad de los trabajadores de Monticello está recibiendo atención sicológica y siquiátrica por indicación de la Superintendencia de Casinos.

Todos piensan que podrían haber sido uno de ellos. Las mucamas que pillaron a Campos fumando en el hotel. Las garzonas. Hasta los estacionadores. Son frecuentes los clientes que se enojan tras perder altas sumas y ellos solo están armados con su sonrisa y un puñado de cartas.

–Antes éramos inconscientes de que una persona que lleva tantas horas jugando y perdiendo tanto dinero, es una bomba de tiempo–, explica una dirigente sindical del casino.

De los 40 trabajadores que estuvieron ese día, la mitad no quiere volver a trabajar. Muchos están con crisis de pánico y han presentado licencia.

Una fuente del sindicato de Monticello informa que están negociando un retiro por daño sicológico con ayuda de la Inspección del Trabajo y la Superintendencia de Casinos para al menos 20 trabajadores que no quieren perder su finiquito pero tampoco están en condiciones de volver a trabajar, pese a que el casino fue obligado a poner pórticos con detectores de metales. La sola idea de estar frente a un apostador empedernido, los angustia. Otros trabajadores dicen que el real detector de peligro en un casino está en la abultada cuenta en la tarjeta de los clientes VIP y en las horas que llevan de juego.

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