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15 noviembre, 2017
orla

50 años a dieta

“¿En qué momento nos chalamos? ¿Alguna vez viste a tu abuela haciendo régimen o yendo al gimnasio ocho horas al día? ¿Te acuerdas cuando almorzábamos tres platos más postre? ¿Fue la tele? ¿Fue la mini? ¿Fue Twiggy? ¿Fue la publicidad? ¿Fue la comida chatarra? ¿Fue Jane Fonda, Kate Moss o la Josefa Isensee? ¿Fue Yingo o Mekano?”. Una periodista de Paula, con “doctorado” en el tema recorre la ruta del hambre y la culpa de la mujer chilena..

Por Lorena Penjean / Producción: Carla Fogliatti / Agradecimientos: Licantai


Paula 1239. Sábado 18 de noviembre de 2017. Edición aniversario 50 años.

“La mujer tiene fama de gran tenacidad. Dirige su vida, su familia en forma energética y valiente y, sin embargo, pierde toda voluntad frente a un pedazo de pan”.

La frase es de un “médico dietista” que atendía “a miles de mujeres” que, en los 70, pasaban por su consulta pidiendo bajar de peso.

Eso es, tal cual: guata y razón disociadas. Mucha culpa, muchas calorías, mucha frustración. La fortaleza de muchas se nos va al carajo frente a un pedazo de pan, un chocolate, un completo, una cerveza.

“No, no es así”, me corrige la prestigiosa nutricionista Dawn Cooper. “Intestino y cerebro están absolutamente comunicados”. Entonces, ¿qué pasa?

La dieta de la luna, la Atkins, la Scarsdale, la Dunkan, la de la sangre, la de la sopa, la antidieta, la  del repollo, la de la aviación, el método Grez, hipnosis, batidos, vinagre de qué se yo…

Que el gimnasio, el masaje, geles, la faja, las ondas rusas, presoterapia, yeso, parafina. Que el alimento supermilagroso de turno (jengibre, cúrcuma, berries, goji, alcachofa). Que el laxante, las anfetaminas, la sibutramina, la fermentina, la metformina, las gotitas con hormonas, Orlistat, sirope de arce…

Muchas tenemos un doctorado en dietas y trampas para adelgazar pero seguimos sintiéndonos gordas, pateando la perra por no tener hueso largo, por no ser flacas, por sentirnos indignas de una foto para publicar en Facebook, maldiciendo al que inventó el pantalón a la cadera que deja el michelin al aire (a todo esto, gracias a diosito que volvieron los pantalones de tiro alto).

¿En qué momento nos chalamos? ¿Alguna vez viste a tu abuela haciendo dieta o yendo al gimnasio ocho horas al día? ¿Te acuerdas cuando almorzábamos tres platos y, además, postre? ¿Fue la tele? ¿Fue la mini? ¿Fue Twiggy? ¿Fue la publicidad? ¿Fue la comida chatarra? ¿Fue Jane Fonda, Kate Moss o la Josefa Isensee? ¿Fue Yingo o Mekano?

Gorda lechona no more

Cuando vi a Luli en la portada de revista Paula el año pasado quedé peiná pa’tras. Fue como una epifanía, algo así como “Si Luli pudo, todas podemos”. En un tris armé un grupo de whatsapp llamado “Gorda lechona no more”, con la foto de la espléndida Luli como estrella de cine. Invité a cuatro amigas, les mandé un listado de dietas y cada una escogió una. Las gordas lechonas sabemos que las dietas son contagiosas, que basta ver a una amiga flaca para preguntarle el secreto y si la dieta incluye vino o no, si se puede tomar tragos de flaca (dígase champaña, vino, vodka, jamás piscola, cerveza o ron). En dieta juntas somos más, nos apoyamos en momentos de debilidad (todo el día) nos comparamos y torturamos. El grupo duró un mes, no recuerdo quién fue la primera en abandonar. Seguimos siendo amigas y seguimos a dieta. Porque siempre habrá otro lunes para volver a empezar. Y otro viernes para pecar.

Mi amigo Alvarito Peralta, también conocido como Don Tinto, afirma: “Hay un tema de honestidad. Cuando te dicen: ‘Como de todo y no engordo’, no creo nada, es muy difícil ser flaco sin ninguna precaución. Una amiga me contó que unas colegas aliñaban las ensaladas con vaselina en vez de aceite. Lo que es yo, encuentro tan matapasiones, tan latero que una mujer no coma, que no goce, que no se tome un vino. Es raro ver a mujeres que no reconocen comidas, que no gusten de una cazuela, que se coman medio yogurt, una pera, dos hojas de lechugas”.

A saber: según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), un 32% de las chilenas mayores de 18 años son obesas. Una de cada tres chilenas.

¿Cómo será comer sin culpa?

Hay estudios que ahora dicen que comer con culpa engorda más y, no es por ponerme Kenita Larraín, pero ella tiene razón: si al alimento le das mala energía, obviamente vas a engordar. Dawn Cooper lo confirma: “El estrés engorda porque el cuerpo entiende que está en alerta y debe tomar resguardos”.

Mi primer recuerdo de disconformidad con mi peso es a los 13 años, cuando me ponía una bolsa en la guata para transpirar y así bajar la panza. Pesaba 49 kilos, la bolsa me irritaba y apenas podía disimularla debajo del jumper. Tomaba un té que nos hacía retorcernos de dolor de guata con mis primas.

Ximena Torres Cautivo, periodista, sentencia: “En Chile, la obsesión por la flacura es inversamente proporcional a la disminución de la desnutrición, en los 80. De ahí en adelante que ser gordo ya no era un símbolo de estatus, sino de pobreza, de descontrol y de mala alimentación. Ser flaca, alta, muy huesuda y ronca, es hoy en Chile el non plus ultra estético del ABC 1. Y la gente trabaja por este ideal”.

Subí 35 kilos en el embarazo. Eran mellizos, tenía que “comer por dos”. Pesaron 5 kilos. Pongámosle, generosamente, que la bolsa y todo pesó 5 kilos más. Son 25 kilos con los que me quedé. Un día, recién parida, comprando en el supermercado me preguntaron: “¿Cuándo nace el bebé?”.

Una amiga me dio sibutramina. Andaba eléctrica, mecha corta, con cara de perra envenená. Hice todas las dietas. Cuando salía musitaba como un mantra: “Que no me encuentre con nadie, que no me encuentre con nadie”. Supe que Cathy Barriga subía y bajaba los pisos de su edificio con su guagüita en brazos para adelgazar. Yo nunca fui de esas.

“Yo siempre fui muy delgada, hasta que tuve a mi hijo, hace 38 años. Mi mamá siempre me dice: ‘Mira que estás grande, cómo vas a tener frío si la grasa te abriga’. Imagino que lo hace porque se preocupa por mi salud y tiene latente lo flaca que fui siempre”, afirma la Tía Sonia, madre de Nicolás Massú.

Palmenia Pizarro, de profesión ídola, es de mi raza: siempre a dieta. Pasó por las anfetaminas en los 60. “Yo siempre pesé menos de 50 kilos. A los 20 pesaba 49 y ya me sentía pésimo. La tele estaba apareciendo y no quería verme mal. Entonces tomé anfetaminas hasta que le conté a mi doctor y me dijo que eran súper peligrosas porque yo era hipertensa.  Me daban  arritmias y transpiraba mucho; era terrible. Así que las boté, pero nunca dejé de querer estar flaca”. Ya radicada en México, se enfrentó a su nueva perdición: los chicharrones con guacamole. “Yo nunca fui ni de dulces ni de alcohol, siempre me cuidé mucho pero los chicharrones y la comida mexicana me mataron. Llegué a pesar 60 kilos y me quería morir. Se sufre mucho cuando una está gorda. Yo me hice túnicas para disimular pero se me notaba en la cara. En eso conocí los masajes en un centro estético. Te masajeaban fuerte para soltar la grasa con un rodillo que tenía unas bolitas que te dejaban las costillas moradas. Después te ponían cera y te envolvían en una masa desde los senos hacia abajo. Me dolía pero me hacía la valiente. Cantaba en Televisa y tenía que estar bien presentada. Hoy, me mantengo con dieta saludable, con masajes… y yeso”.

Yo también me enyesé una vez. Cuando fui a los Oscar el 2013. Fue en febrero y antes de ir me di la pala todo el verano. Tres semanas antes me empezó la preocupación. Fui a una clínica y se apiadaron de mí. Me pusieron en una máquina como de la Nasa. Creo que era presoterapia. Horas ahí, después ultrasonido. Masajes con un gel que daba frío, algo como Mentholatum. Al final me enyesaban. Y me iba para la casa con yeso en la guata. En Los Angeles me tomé un whisky y en un dos por tres desapareció el efecto. Recuerdo que la noche anterior a la ceremonia se comentaba que había que tomar diuréticos, pastillas que después conseguí en Santiago por 300 pesos y que te hacen perder un kilo en una noche. Pero esa no es vida.

La Ballena

Yo quiero adelgazar / yo quiero adelgazar / yo quiero ser igual que una sirena. Y al verme caminar / que diga todo el mar / qué linda y qué delgada es la ballena, cantaba a fines de los 60 la cantante de la Nueva Ola Chilena, Sussy Vecky.

“Mundialmente, la Twiggy tiene la culpa. Y mucho más responsable fue Mary Quant, que inventó la minifalda. La minifalda se ve pésimo si eres gorda. Se sube, queda a la altura del cuello, se arruga y salen todas las gorduras al aire, lo que es una cuestión súper humillante para la usuarias”, sentencia Ximena Torres Cautivo.

En 1968 la revista Paula escribía sobre “Regímenes para verse sensacional en la playa” y apuntaba: “Siempre en noviembre hay que probarse los trajes de baño. Este año se usan verdes, con escote a lo Jean Harlow, o dos piezas, negro. Es cierto que hacen verse más delgadas… pero solamente a las que ya lo son”. Para participar del Miss Paula se exigían dos requisitos: mínimo 1,60 m y máximo 55 kilos.

La cantante Gloria Simonetti dice: “No existía esta locura por verse delgada y se comía muy bien: tres platos más postre. Había más tiempo, no había gimnasios ni esa rayadura por ir, ni la lesera del cuerpo en exhibición con tallas inalcanzables. No sé por qué las chilenas somos así, nos sobran complejos y nos falta vida”.

Dawn Cooper agrega: “Esos tres platos eran comidas bastante equilibradas y la calidad de los alimentos era mejor. Lo que cambió todo fue el refinamiento de los alimentos: los aditivos, los preservantes. Hoy es más caro comer algo integral que refinado. Es absurdo. Otro hito fue cuando la industria hizo productos ‘bajos en grasas’ pero subieron los hidratos de carbono de mala calidad. Volviendo a los 60, también se caminaba más, la gente tenía vidas más activas, menos sedentarias”.

Pantalones de algas

“Hay todo un arsenal de recursos que atacan la gordura sin poner a prueba la voluntad del gordo. El último invento es realmente increíble, una serie de máquinas que mediante diversos movimientos como tiritones y estertores, vibraciones y golpeteos reducen las carnes”, escribía en Paula, Isabel Allende en 1970.

Ese año también nacíó Música Libre, un programa como Mekano o Yingo pero en blanco y negro, con “lolas” esbeltas. Y se populariza la cuestionada dieta Atkins (que plantea consumir 75% de grasas, 20% de proteínas y 5% de carbohidratos) a la vez que en la revista Ritmo preguntaban: “¿Cómo deben vestirse las no tan flacas?”.

La publicidad de milagrosos productos adelgazantes se hace más recurrente: “Primette: pantalón adelgazador fabricado a base de algas. Actúa sobre sus células como baño turco, disolviendo grasas sobrantes”; “Silhouette: acuérdese que la ropa cubre, pero no oculta… no permita que esa mirada que le corresponde a usted se la roben cuerpos de gacela”.

En 1980 suena Physical de Olivia Newton John y según la FAO las calorías por chileno eran 2.249. Al año se consumían 35,6 kilos de carne, 16,5 de pescados y 6,2  de legumbres. En la tele, Nena Borrero, la astróloga colombiana que daba el horóscopo en el matinal Teleonce al despertar popularizaba la dieta de la luna. “Nunca entendí si había que comer cuando la luna estaba creciente y dejar de hacerlo cuando menguaba o vicerversa”, recuerda Ximena Torres Cautivo. En 1987 Cecilia Bolocco se corona como Miss Universo. ¿Todas íbamos a ser reinas?

Los locos 90

En 1990 se inaugura el primer McDonald’s en Chile y con él, la historia de las cadenas de comida rápida. Llega la tele por cable. Los gimnasios se multiplican como las farmacias. Es la década dorada de la Cindy Crawford, Claudia Schiffer, Heidi Klum y Kate Moss.

A mi casa llega un VHS de Josefa Isensee haciendo deporte. Con mi hermana nos compramos mancuernas y vamos a fiestas donde suena Rica y apretadita, ese perreo incipiente de El General. Se hace famosa la serie Friends, con Jennifer Aniston, quien revela su secreto: todas las mañanas en ayuno, tomar una limonada caliente. Y vamos tomando limonada caliente.

No se acabó el mundo en 2000 pero sí apareció la dieta del repollo que se toma las portadas con Vivi Kreutzberger, quien bajó 40 kilos en cuatro meses.

“¿Cuánta plata gastaste en desodorantes ambientales?”, le preguntaron en una entrevista. Gente mala.

“La dieta del repollo era asquerosa”, sentencia la Tía Sonia. “No tengo fuerza de voluntad y cuando hablan de adelgazar, incluso, me da hambre. Como papas fritas, no veo etiquetas, no cuento calorías, no sufro. Después viene el bajón y me pregunto: “¿Por qué comí tanto?”. Tengo un velador lleno de dietas. La última me recomendó una amiga que bajó mucho. Solo se consumían jugos. La hice dos semanas y desistí”.

En 2006 Beyoncé le dijo a Oprah que perdió 9 kilos en dos semanas con un ayuno en el que solo se puede beber sirope de arce con limón y de pimienta Cayena. El dato me llegó tarde, el 2016. Me recuerdo con dolores de cabeza, esperando que mi piel se pusiera luminosa, y que el pelo brillara. Pero nada.

En 2010 prohibieron la sibutramina y apareció la dieta del genotipo que hicieron muchas famosas en Chile. “Aparecieron métodos poco científicos pero muy convincentes”, afirma Cooper. ¿De qué estamos gordos? “Básicamente de pan y bebidas”, agrega.

Varias amigas se compraron el libro de Pedro Grez con su método poco convencional. Ahora la última moda es Victoza, una inyección para la resistencia a la insulina que quita el hambre. No hay salud.

La rebelión del cuerpo

Preparando este reportaje y repasando todas las ridiculeces que he hecho por ser flaca, comencé a seguir a un movimiento chileno llamado La rebelión del cuerpo que educa sobre los efectos negativos que tienen “los estereotipos de género” sobre niñas y adolescentes. Esto, basado en una encuesta realizada en 2016 por Adimark, que afirma que una de cada dos niñas en Chile sienten presión por su imagen física y casi el 40% de las niñas entre 10 y 17 años ha dejado de hacer alguna actividad pública porque se siente insegura de su apariencia.

Me gustaría ser como Bea Sánchez, que se mira al espejo y se encuentra regia. “Así como tú me ves, así es como soy. Me gusta el pelo corto y oscuro y no bajo de peso; a mí me gusta como soy… O sea, trato de cuidarme, pero solo hago dieta cuando la ropa me empieza a quedar apretada (…). ¿Sabes lo que pasa? Es que me quiero harto. Es una cosa mental. Yo me encuentro linda. No me interesa ser otra persona”, me dijo en 2014 en estas mismas páginas.

Hace años entrevisté a mi amiga Maliki. Ella siempre tuvo problemas de peso y se metió a Goce, un grupo de obesos en control de peso y se rehabilitó de la comida como de cualquier adicción y escribió un libro que se llama Quiero ser flaca y feliz. Cuando la entrevisté hablaba de cuánto odiaba a la “la gorda que llevaba dentro. Era un monstruo, una maliki guatona, chascona y peluda como una cavernícola, esa guatona me dice que merezco un pan con manjar después de tanto esfuerzo y eso me da miedo, miedo a sucumbir, a comer, a engordar otra vez”. Al final pensaba en que en vez de asesinarla imaginariamente, lo mejor era educar a esa gorda que llevaba dentro, cortarle el pelo, aceptarla y aprender a vivir con ella.

Los caminos del señor son misteriosos

He pensado que Diosito no nos da todo. Que Diosito da y quita.     Las únicas veces que he sido flaca ha sido de pena. La dieta “me separé” no falla. Con el corazón destrozado, pero flaca. Las veces que más gorda he estado (descontando el embarazo) ha sido cuando más feliz he sido. La última vez fue cuando pasé unos meses en Roma. Me creí la Sophia Loren y me dije prefiero comer pasta y tomar vino a ser talla cero (nunca fui talla cero pero igual). Y ahí terminé, con 10 kilos más. Fui feliz pero también inmensamente infeliz: todos los días mirando el clóset, aferrá a la talla 38, a un imposible, a lo Isabel Pantoja cantando Así fue.

Comparto mi teoría con mis amigas. Me dicen que no, que Diosito nos dice que nos cuidemos y listo. Que comamos razonablemente y que movamos el trasero.

Total, siempre habrá otro lunes.

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