Abuelos que crían

Reportajes y Entrevistas

Abuelos que crían

Por Paulina Paredes / Ilustración: Gertrudis Shaw

Quedé embarazada a los 19 años. Fue una sorpresa que no esperábamos con quien en ese entonces era mi pololo, que tenía solo 22 años, y que actualmente es mi marido, con el que llevamos juntos 18.

Los primeros meses de mi embarazo fueron horribles. Bajé mucho de peso y me sentía realmente mal. Ahora, mirándolo con distancia, creo que caí en un episodio depresivo del que nunca me hice cargo, ya que seguí enfocada en mis estudios. Fue muy difícil para mí contarle a mis padres, ya que vívíamos separados, ellos en Punta Arenas y yo en Puerto Montt. Al darles la noticia, les pedí que por favor me dejaran seguir con mi carrera y con mi rutina. Paradójicamente, ese año tuve las mejores evaluaciones.

El 4 de noviembre del 2005 llegó a mi vida Fernando, quien cambió mi vida del cielo a la tierra. Al verlo pensaba en lo equivocada que estaba de todas las ideas que tuve sobre mi embarazo, pero aun así era una niña intentando hacerse cargo de este hombrecito. Al principio mis papás viajaron a acompañarme a Puerto Montt para apoyarme y dos meses después me fui con ellos a su casa en Punta Arenas, donde comenzamos a preparar todo para Fernando y su estadía casi definitiva en casa de sus abuelos. Al principio me costó hacer valer mi rol como madre, ya que la mía tomaba todo el mando de la situación. Eso hizo que muchas veces la sintiera más madre de mi hijo que yo misma. Fueron días complicados, pero lo más doloroso fue el momento en que tuve que dejar a mi guagua con ellos para poder volver a la universidad. Fernando tenía cuatro meses, recién había dejado de amamantarlo. Sigo recordando ese día como si fuese ayer. Pienso que si pudiera volver atrás, no dejaría a mi pequeño.

Fue muy difícil no sentirme culpable cada día por no estar ahí, por no ver cómo crecía. Trataba de viajar lo más posible a estar con él, pero cuando llegaba Fernando me hacía notar que mi madre era la suya. Trato de consolarme que estuve para cada acto, para cada cumpleaños, y que incluso a veces viajaba a verlo por el día. Pero sigue siendo algo doloroso de recordar.

A medida que Fernando creció, la forma en que nos comunicábamos fue cambiando. Poco a poco empezamos a hablar por teléfono y me pudo contar lo que hacía. Él sabía donde estaba yo, y siempre le expliqué de la mejor forma que pude el por qué de mi ausencia.

Mis padres criaron a mi hijo durante seis años. Cuando llegó el momento de traerlo a vivir conmigo, fue un proceso natural, pero muy doloroso para ellos. La que más sufrió fue mi mamá, quien estuvo muchos meses deprimida. Fue tanto así, que nuestra relación estuvo cortada por un tiempo, ya que ella se lo tomó como que si yo le hubiese quitado a su niño. Fernando, por su parte, vivió el proceso de manera muy positiva, mucho mejor de lo que imaginé. Siempre recordaba a su “mami” (como le dice a su abuela) no con pena, sino con lindos recuerdos de su crianza.

Afortunadamente, mi madre pidió ayuda psicológica para superar esta pérdida del hijo-nieto y nuestra relación volvió a ser la misma que antes. Incluso mejor. Desde ese momento, ella se ha convertido nuevamente en parte imprescindible en nuestras celebraciones y distintos hitos, sembrando una hermosa relación con mi pequeño.

Pasé momentos de mucha pena, pero siento que de a poco me he ido perdonando. La culpa de no criar a un hijo, aunque haya sido por un tiempo determinado, fue algo que me marcó. Actualmente con mi segundo hijo, quien tiene once años de diferencia con Fernando, me asombro como si fuese primeriza e intento aprovechar el doble sus momentos, pensando en ese pequeño Fernando del que me perdí muchas etapas. A pesar de eso, solo puedo agradecer la inmensa generosidad de mis padres, ya que sin ellos nuestras vidas serían muy distintas.

Es gracias a ellos y a su amor que hoy puedo decir, con alegría, que mi hijo es un niño feliz y rodeado de mucho cariño, que valora a sus abuelos porque son un tremendo pedazo de él y de su historia. Espero que siempre lo vea así, porque estoy segura de que no todas las jóvenes han tenido el inmenso apoyo que tuve yo.

Paulina Paredes sicóloga y mamá de Fernando de 13 años y Alonso de 2.

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