Abusos sexuales: Por el derecho al tiempo de las víctimas

Reportajes y Entrevistas

Abusos sexuales: Por el derecho al tiempo de las víctimas

Por Constanza Michelson / Fotografía: Valentina Bird

Hace casi diez años, la agrupación Derecho al tiempo ha estado abordando el desfase entre los tiempos de la ley y los que una víctima de abuso necesita para denunciar. Esta iniciativa se ha transformado en la Ley de Imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra menores de edad, proyecto que ya fue aprobado en el Senado. Vinka Jackson, psicóloga especialista en temas de abuso y ética del cuidado, y la abogada Josefina Mora son parte del equipo que trabaja para que las víctimas que tengan que enfrentar su proceso ya no estén contra del reloj.

El fenómeno #metoo lejos de quedarse en la anécdota, ha abierto una crisis en la política sexual y en las instituciones, interrogando los códigos del poder y la sociedad civil. Lo que el “yo también” devela es que el abuso está inscrito en la cultura, a veces como un secreto y otras ni tanto, apareciendo como una normalidad que hasta hace un tiempo “había” que tolerar.

Si quedan dudas respecto de la pregunta por qué ahora, vale la pena considerar los datos: sólo entre un 5 y 7 % de los abusos son cometidos por desconocidos. Es decir, la mayor parte del tiempo la víctima tiene alguna relación con quien la ataca, quedando el abuso entrelazado en laberintos mentales de poder, dependencia afectiva y económica.

Hace casi diez años, una agrupación -hoy conocida como Derecho al tiempo- ha estado abordando el desfase entre los tiempos de la ley y los que una víctima de abuso requiere para denunciar. Esta iniciativa se ha transformado en la Ley de imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra menores de edad, proyecto que ya fue aprobado en el Senado.

Pero en el proceso han ido apareciendo efectos colaterales que merecen pregunta: ¿la furia desatada puede llevar a excesos y juicios sociales injustos? ¿Se está homogenizando el dolor y la figura de las víctimas? ¿El tratamiento mediático faranduliza el tema? ¿Esto se trata sólo de un tema heterosexual? Y por último, ¿cuándo hablaremos del lugar donde se concentran los abusos, que es en la misma familia?

Vinka Jackson, psicóloga especialista en temas de abuso y ética del cuidado, y la abogada Josefina Mora han estado involucradas en Derecho al tiempo y son quienes se toman acá la palabra. “Somos un equipo humano, sin ninguna vinculación particular a fundaciones ni partidos políticos, que hemos entendido que los procesos en el Congreso dependen de la dedicación y constancia que les podamos dar”, dice Vinka. Su causa lleva casi 12 años, ganando protagonismo en 2010 luego de las denuncias a miembros de la iglesia que lograron una alta connotación pública.

Vinka Jackson

¿Esto explotó con el caso Karadima?
J.M: Exactamente. Ese caso, entre otros, dieron las primeras luces a la sociedad chilena de que había un secreto que era importante comenzar a develar. En esa oportunidad, los legisladores presentaron la iniciativa, que ha costado mucho, sobre la no prescripción delitos sexuales cuando son cometidos contra menores de edad.
V.J: Testimonios como los de la Kathy Salosny y de las hermanas Prieto a comienzos del 2000 empujaron también la conversación sobre abuso que estalló en 2010. En particular Patricio Walker fue quien se metió en el tema del abuso muy temprano en los años noventa, cuando todavía nadie quería hablar de esto. Esta iniciativa de la imprescriptibilidad, impensable en ese minuto, iba con otras: la ley de grooming, el registro de pedófilos, el defensor de la niñez y un cambio de nombre para víctimas de abuso sexual infantil. Había también un proyecto desde el otro lado, para evitar denuncias hechas a la ligera o falsas.

¿En qué consiste esta ley?
J.M: Los delitos de los que estamos hablando prescriben en cinco o diez años, plazos que corren a partir de los 18 años. Esta modificación legal rige desde 2007, considerando la dificultad que puede tener un menor de edad para poder hacer una denuncia. La nueva ley que estamos impulsando es para cambiar la idea de que al cumplir 18 años estás en condiciones de denunciar y que tienes ciertos plazos para resolver el tema. La idea es levantar ese límite. Fue bastante impresionante ver la discusión que se dio entre los parlamentarios, quienes ya no hablaban de la ley en términos estrictos, sino a partir de una discusión centrada en resolver el problema y darle solución legal. Se humanizó bastante el debate.
V.J: Esto abre la puerta para otras reflexiones: derecho al tiempo para crecer, para aprender a leer, para no estar apurado en cumplir una serie de metas que hoy se imponen a los niños. Derecho al tiempo para sanar, y no solamente sanar de traumas, ya que hay toda una presión en los sistemas de salud en relación a las licencias médicas que sancionan procesos humanos. Tiempo para envejecer, tiempo para todo. En relación al abuso, el dato estadístico en Chile es que una de cada siete víctimas devela en la niñez, mientras que las otras seis no lo hacen. El derecho al tiempo es permitir que los niños que han recibido este bombardeo con algo que es completamente excesivo para ellos, puedan elaborarlo.

¿Hubo muchas resistencias?
V.J: Las primeras solicitudes que nosotros hicimos al Congreso entre 2007 y 2008 para hablar del tema de la imprescriptibilidad, fueran contestadas por dos o tres senadoras, no más. En esa época lograr una ley parecía impensable.
J.M: Hay mucha resistencia porque en nuestra tradición jurídica la prescripción es como una institución intocable. Incluso algunos la han llamado una regla milenaria de derecho universal. Con esa frase se grafica la dificultad que tiene eventualmente modificar las reglas de prescripción en este país.
V.J: El argumento tiene que ver con la conservación del orden y la paz social. Si yo no denuncio un delito no puedo venir veinte años después a hacerlo. Pero acá hablamos de un delito distinto, con víctimas que ni siquiera se entienden a sí mismas como víctimas. De qué paz social hablamos cuando sin el factor del tiempo necesario para cuidar el proceso de las víctimas sólo se está amparando la impunidad. El tiempo de la ley ha estado a favor del lado del daño, versus el tiempo del lado del proceso humano. Al comienzo muchos abogados no nos apoyaron, pero hace unos tres años logramos conformar un equipo. Algo cambió.

Ahora estos temas se pueden hablar.
V.J: Y en eso son clave las nuevas generaciones. Harto mal se habla de los millennials, pero ellos cambiaron su encuadre, sus fidelidades y sus lealtades con la vida y la condición humana.

¿Cómo les llega a ustedes todo lo que está ocurriendo con las denuncias tras el movimiento #metoo? ¿Es viento de cola o hay riesgo de que esto se farandulize?
V.J: Hay que valorizar las voces que se han ido levantando y que se haya acabado el secreto, porque existió un contexto de silenciamiento que ha sido muy importante ir desacatando. Por eso sirve el avance de denuncias de sobrevivientes de distintas experiencias de abuso sexual infantil, de la Iglesia, de los colegios. Las denuncias desde el mundo más adulto –como lo que ha pasado en la industria audiovisual– en gran medida ayudan, pero también creo que pueden terminar aumentando la estridencia a niveles en que no podamos escuchar la historia principal. Cuando se mete la farándula, la tele, los titulares de prensa descuidados, se puede perder la dignidad que hay que darle al tema. A lo mejor habría sido fácil salir a gritar a la calle y presentar tres mil cartas desgarradoras de violaciones y abusos, y posiblemente la ley habría salido más rápido, pero es distinto cuando la conversación va gota a gota. No es por pusilánimes ni por lentos o cobardes, sino porque es gota a gota como se abre la piedra, ya que así se puede entender por qué y no imponer el por qué. Equilibrar este paso con toda esta otra marea, cuesta. Y de repente uno ve que el tema se toma la conversación pública y el diálogo ciudadano de una manera que podría parecer un poco violenta.
J.M: Pienso que es legítimo que una persona ponga a disposición su historia para que sea pública y le sirva a quienes viven algo similar, pero he aprendido que de alguna manera el hablar implica una responsabilidad ética de parte de quien se abre a escuchar esa historia. Ese oyente, desde el momento en que se instituye como tal, se ubica en una posición en que no hay equivalencia. El que oye es responsable. No se puede publicar cualquier cosa a cualquier precio por “una buena causa”. Me pregunto qué pasa internamente con esa persona que decidió hacer público su testimonio y éste se transforma en una bomba.

Josefina Mora

¿Hay un riesgo de estereotipar el lugar de las víctimas?
V.J: Entre la estridencia de lo que ocurre afuera y el hablar en nombre de las víctimas, uno se pierde. ¿Qué se quiere escuchar de una víctima? Creo que hay una expectativa de lo que debe ser exactamente el cuerpo de la víctima, su discurso y su ideología. Como pasó con Erika Olivera. Ella tuvo la valentía de denunciar, y en otro momento dar una opinión durante las campañas políticas, y la mitad del país dice “pero cómo puede decir eso, cómo piensa eso”. Decimos que queremos escuchar a las víctimas, ¿pero es sólo la voz de la víctima diciendo lo que a nosotros nos gustaría que dijera? Cuando mi libro “Agua Fresca” (libro autobiográfico sobre el abuso) ganó un premio del Consejo de la Cultura, me acompañó mi hija mayor y ella se sorprendió porque varias personas le dijeron “tu mamá se ve bastante normal”. ¿Cómo esperaban que me viera? La expectativa era que yo tuviera una cierta actitud, una cierta corporalidad, una cierta forma de vestir y hablar. Cuando no hay coincidencia con todo eso, muchas veces hay desilusión y resistencia.

¿Cómo hacer con la paradoja de reconocer a las víctimas y al mismo tiempo no resumir su subjetividad en esa experiencia?
V.J: Cuando ha existido abuso sexual, la mayoría de la gente llega a la terapia no muy clara de su condición de víctima. En general tienen el sentimiento de ser de co-responsables, culpables o, por último, dueños de un destino fatídico que le tocó, en lugar de verse a sí mismos como alguien que fue vulnerado por otro con mucho más poder. Por eso la reparación no es en soledad ni únicamente en la terapia, sino en el espacio con los otros. Ahora, construir una un relato de vida a partir de ser víctima puede ser tan poco libre como armarlo solo desde una religión, un partido político o un barrio. Hay que tener cuidado con lo que forzamos de cómo tiene que ser la víctima o cómo tiene que reaccionar y defenderse. Porque como una no quieres construirte solo desde ahí. También hay que mirarse, que es algo que a mí me angustiaba mucho y creo que hace falta plantearla con respeto: hasta dónde ese relato conlleva una suerte de autorización o casi inmunidad para hacer ciertas cosas y no rendirle cuentas a nadie. Porque cuando uno cae en sentir que la vida el abusador o el país te debe, se relativiza la responsabilidad y se pierde libertad y autogobierno, que es lo clave para restituir en la reparación.

Nos dimos cuenta que este es un asunto estructural. ¿Por qué hay tanto abuso?
V.J: No sé, y para mí es una gran pregunta de la vida. Uno puede buscar y producir explicaciones, leer muchos libros e intentar entender esta grieta estructural feroz en términos de relaciones de propiedad y de relaciones de poder, pero aun así, hablando particularmente del abuso sexual infantil, no alcanza. Ninguna teoría es suficiente.

Hay quienes plantean, como la antropóloga Rita Segato, que el abuso sexual es una cuestión de dominio y no de erótica
V.J: Tiene que ver con el dominio y la destrucción. Son formas de ejercicio de supremacía, de abuso de poder y de actos violentos, que alimentan este monstruo que va deshumanizando las relaciones. Y ahí es donde uno piensa que esa misma energía de destrucción es la que triunfa cuando, aún por una causa justa, el abuso toma lugar.

¿Hablas de la crueldad de los “buenos”?
V.J: Sí. En situaciones donde se está dispuesto a justificar otras violencias pero “por una buena causa” también gana el abuso, el abusador y el deseo de destrucción. Y hay que tener cuidado, porque la deshumanización es una pérdida para todos. Cuando has estado tan cerca de la violencia no quieres saber más de ella.

Coincido en que hay cuotas de sadismo encubiertas en los linchamientos reales y virtuales. Pero la furia puede ser una reacción a la sensación de impunidad.
V.J: Lo es, la he sentido. Pero hay distintas formas de canalizar esa furia sagrada súper distinta al linchamiento de las redes sociales. En Nueva York no tomaban en cuenta las denuncias en las universidades hasta que una niña arrastró el colchón donde fue violada al patio, y otras se le sumaron. Ahí comenzó un movimiento.

¿Cómo no confundir que el cuidarse de otro se transforme en una paranoia?
V.J: Cuando uno habla del cuidado no es referido sólo a la protección, sino también a la responsabilidad. Los niños hacen preguntas importantes cuando te dicen “si tú te enojas, ¿me vas a seguir queriendo?”. Y la respuesta a eso es que sí, pero también que uno los va a seguir acompañando y ayudando a entender que hay consecuencias de lo que uno hace. Hay otra pedagogía, que es súper importante dentro de todo este entramado del poder: el consentimiento y el poder equivocarse. Incluso, de cómo te vas a disculpar a ti mismo si metiste la pata en ese espacio de ambigüedad y cómo te permites más de alguna vez una actitud que a lo mejor es un poquito temeraria.

Justamente esa es una pregunta que surge con lo que está pasando. ¿Cuánto lugar hay para el error? Parece que en lo social nada prescribe, ni nadie puede cambiar. ¿Cómo no hacer un uso perverso de la memoria? Alguien puede haber sido un imbécil hace diez años y hoy no serlo.
J.M: Perfectamente, y eso se conecta con lo que decía Vinka de saber convivir con el error del otro y con el error propio.
V.J: Creo que deberíamos empezar a cuestionarnos no solamente el tema de los abusos sexuales, sino también sobre la crueldad. Sobre lo que significa ser más humanos.

 

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