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29 mayo, 2017
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Adiós al Padre

Antes de morir, hace 15 meses, la vida llevó al cineasta Ricardo Larraín por un viaje que duró nueve años. Un cáncer linfático lo obligó a mirarse a sí mismo y preguntarse qué había gatillado la enfermedad. Se sumergió en libros de autoayuda, recurrió al tarot y a una canalización con ángeles. Finalmente, frente a la muerte, sus 4 hijas lo ayudaron a partir. Dos de ellas –Magdalena (35), cantante y actriz, y Gabriela (28), cineasta– repasan ese camino y cómo ha sido, de a poco, decirle adiós a su padre.

Por Pilar Navarrete / Fotografía: Carolina Vargas / Producción: Camila Letelier


Paula 1227. Sábado 3 de junio de 2017. Especial Padres.

La noticia llegó un día de noviembre de 2006. Ricardo Larraín tenía 49 años y se preparaba para grabar el capítulo de O’Higgins para la miniserie de televisión Héroes. Llamó a Catalina, Gabriela y Lucía, tres de sus cuatro hijas para invitarlas a comer. Magdalena, la mayor, no pudo ir: por entonces vivía en Madrid. Quería contarles algo.

“Con mi hermana chica, la Lucía, decíamos: ‘¿qué nos va a decir?’. Pensamos que iba a ser algo como que estaba embarazada la polola. O ‘nos casamos’”, dice Gabriela. “Pero la noticia fue ‘me encontraron un poroto en la ingle’. Yo empecé a descomponerme. ‘Sí, es cáncer’, dijo él, con una tranquilidad que no te imaginas”, recuerda.

Ahí empezó el camino. Un largo viaje, que terminó con su muerte el 21 de marzo de 2016. Faltaba apenas un mes para su cumpleaños 60. Pero esa mañana, cuando acabó el verano y llegó el otoño, Ricardo Larraín supo que era el último día de su vida. Aunque había sobrellevado con éxito un cáncer linfático por casi 10 años, dos semanas antes de su partida los doctores dijeron que ya no había más que hacer. Ese, el último día que estuvo bien, nadó en la piscina de su casa. Tomó sol. Escuchó Lo poco que sé, el disco que Magdalena, su hija mayor, actriz y cantante, se aprontaba a lanzar. Cuando llegó a verlo le comentó que había tenido “una experiencia mística” al escucharla cantar sumergido en el agua. “Siento que me mejoré”, le dijo a Magdalena. “Que tomé conciencia de la felicidad del aquí y del ahora”. “Yo siento que esa mejora de la que me habló tenía que ver con sentir la libertad de seguir viviendo o la libertad de partir”, dice ella.

Tras ese día, el cineasta inquieto, el que grabó más de 400 comerciales, dirigió películas y documentales y fue el primer chileno en ganar un Oso de Plata en Berlín por La frontera, no se levantó más. Las siguientes dos semanas, sus cuatro hijas comenzaron a hacer turnos para acompañarlo día y noche. Dormían abrazadas a él. Pero a las 7 de la mañana, ese lunes, el último, todo comenzó con una crisis. Un preinfarto.

No hubo frase que dijera ese día que no estuviera cargada de misticismo. “Cuando llegaron los paramédicos me agarró la mano fuerte y me dijo ‘Cualquier cosa, en mi casa. No me veo en Vespucio con Vitacura arriba de una ambulancia’”, recuerda Magdalena. Pero no había más que hacer. Entonces, acostado, Larraín quedó mirando a sus hijas que estaban sentadas en el borde de la cama y les dijo: “Chiquillas, colapsó el sistema. No quiero transfusiones. No quiero hospital. No quiero postergar esta partida ni que me traigan de vuelta. Lo único que quiero es que me ayuden a partir”.

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Ricardo Larraín nació el 27 de abril de 1957. Fue hijo único de una mamá que, antes, había perdido seis guaguas. Salir vivo ese día, crecería escuchando, fue una batalla tanto para él como para la madre. Eso, dicen sus hijas, lo determinó toda su vida. “Siempre hubo mucha proyección sobre él. Su historia estuvo marcada desde el inicio por la presión de hacer las cosas bien”, dice Magdalena. En adelante, su vida estuvo moldeada por mujeres: su mamá y las siete tías que lo criaron, quienes trataron de llenar el espacio que dejó su papá con quien, tras la separación con su mamá, tuvo una relación distante.

Ya grande, convertido en papá, el gran desafío de Ricardo Larraín, dicen sus hijas, vino tras el quiebre de su propio matrimonio. “Él era muy trabajólico. Entonces ahí sintió ‘chuta, ahora tengo que generar una casa donde ellas quieran venir y estar solas conmigo’. Tenía que conquistar el espacio del padre”, dice Magdalena. “Pero lo logró tanto que terminó siendo un papá-mamá. Un papá XL”, sigue Gabriela. Era esmerado. Organizaba panoramas. Llamaba a la nana de su ex mujer para preguntar cómo preparar la leche para que le quedara rica. Llamaba a sus hijas todos los días. Y, cuando estaban con él, todas las mañanas las levantaba con un beso y el desayuno preparado. “Nunca me voy a olvidar de su ‘¡buenos días!’”, dice Gabriela. “Era un papá muy resguardador. Muy apañador. Siempre estaba ahí”, sigue Magdalena. Gabriela continúa: “Tenía muy marcado eso de ser el hombre y de ‘alguien tiene que mantener la calma’. Nunca perdía la paciencia. Pero internamente yo creo que estallaba”.

Por eso, desde que apareció el cáncer empezó a preguntarse si algo de su carácter habría gatillado la enfermedad. Movido por esa pregunta comenzó un viaje por su vida. Empezó a practicar meditación todos los días y a ir a sesiones de constelaciones familiares. “Comenzó una búsqueda de conocimiento espiritual para estabilizar las emociones y encontrarse a sí mismo. Pero al final ese camino también lo llevó a una aceptación de la muerte, que venía más temprano que tarde”, dice Magdalena.

En ese camino de búsqueda, un día anunció que entraría a estudiar Sicología. Iba a clases por las tardes. Se tituló y en el mismo estudio donde escribía sus películas, puso un sofá para atender a sus pacientes, varios de ellos amigos de sus hijas.

Con la enfermedad, los almuerzos de los días domingo se hicieron aún más sagrados. “Nos hacía terapia a todas y siempre iba directo a la que estaba más callada. ‘¿Qué te pasa?’, partía. Y si una decía ‘nada’, empezaba ‘es que estás muy callada, ¿pasa algo?’. Y empezábamos con la catarsis familiar. Terminábamos todos abrazados llorando”, recuerda Magdalena. “Nuestra dinámica era así”.

A medida que el tiempo pasaba y que el cáncer, tras ciertas pausas, volvía, Ricardo Larraín se fue dando cuenta de que la vida se le acortaba. Sobre todo en la última vuelta. “Esa vez se decepcionó. Yo creo que pensó que le había ganado”, dice Gabriela. De ahí en adelante muchas veces se preguntaba en voz alta si estaría copiando un patrón, porque su mamá había muerto a los 61 también de cáncer. Una semana antes de morir, sentado en el living, les dijo a sus hijas: “No sé si fue un sueño o algo místico, pero vi a mi papá y a mi mamá en mi pieza. No sé si me decían que me estaban esperando o que hiciera lo que fuera por correr la barrera para quedarme otro rato más acá en la vida”.

La inquietud por encontrar respuestas lo encaminó en una búsqueda espiritual cada vez más profunda. Leía libros de autoayuda, de sicología, novelas que le hicieran sentido. Comenzó a verse el tarot e incluso se hizo una canalización con ángeles para conocer quién había sido en otras vidas. “Así descubrió que en varias vidas había sido guerrero. Y que en una de ellas había muerto de niño en un campo de batalla. Ahí entendió esto que tenía con la vida, por qué le había tocado ser un guerrero desde su nacimiento, y que para compensar esa batalla había sido artista”, dice Magdalena. “Pero que la batalla interior la tenía igual. Eso sí, creo que en esta vida sanó mucho de esa historia. Aprendió a valorar a su familia, a morir y soltó al guerrero. El papá que yo vi partir era de una sabiduría impresionante”.

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Esa última mañana fue una de abrazos, de lágrimas, de despedidas. Ricardo Larraín, consciente de que ya partía, pidió que viniera a verlo su mejor amigo del colegio, cura. También su primera mujer, la madre de sus cuatro hijas. “Conversaron y se perdonaron lo que tenían pendiente”, cuentan ellas.

Era media tarde cuando, acompañado solo de Magdalena y Gabriela, pidió que sacaran la tele de su pieza. “Saquen ese hoyo negro de ahí”, dijo. “Saquen todo lo que no me sirva. Los libros. Los remedios. Traigan la foto del escritorio donde salgo con mi abuela. Pongan la vela adelante. Traigan El Principito. Tiene que estar El Principito”. Así preparó un altar y se quedó todo el día acostado frente a él.

A medida que pasaba el día, cuando sus hijas lo trataban de abrazar, él se negaba. “No es nada contra ti, pero siento que me traen de vuelta. Necesito espacio para despegar”, le dijo a Gabriela.

Eran las 7 y media de la tarde cuando tocó el timbre de su pieza, con el que avisaba que necesitaba ayuda. “Sabía que se estaba muriendo y nosotras entendimos que había llegado el momento”, recuerda Magdalena. Con las manos extendidas, rodearon su cuerpo. “Y así empezamos a empujarlo”, recuerda Gabriela. Catalina, su hija ginecóloga, se puso a su lado como una partera. “De repente dijo: ‘No sé si puedo. No sé si puedo. Me quiero ir, pero siento que no puedo’. Hasta que la Cata le dijo: ‘Tranquilo papá. Ya te queda poco papá. Descansa en paz’”.

Quienes estuvieron con él en ese momento tienen grabada su última mirada. Una que duró lo que dura un largo suspiro: con sus ojos recorrió el cielo del dormitorio, como si hubiese visto algo, apoyó la cabeza en su hombro derecho y se apagó.

Magdalena se tiró a su cuello a abrazarlo. “En ese minuto se me empezaron a pasar por la cabeza todas las imágenes de mi vida con él. Cuando me enseñó a capear olas en julio porque le fascinaba el agua helada. Cuando tocaba piano. Cuando sacábamos fotos. Su casa de Diego de Almagro. Y todavía estaba su olor. Pero nada fue desde un lugar dramático. Me estaba despidiendo de él”, dice.

Gabriela lo abrazó dentro del abrazo que le daba Magdalena.

Sin lágrimas en los ojos, sentadas en el living de esa misma casa, al costado de la piscina donde su papá nadó pocos días antes de partir, ambas dicen: “Fue un regalo acompañarlo a morir así”.

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Al poco tiempo de la muerte de Ricardo Larraín, Gabriela hizo este video homenaje con imágenes de la vida de su padre. La música es de Magdalena.

 

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