Adriana Valdés: Una vejez conectada

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Adriana Valdés: Una vejez conectada

Por Juan José Richards / Fotografía: Paloma Palomino

La escritora y crítica no le hace el quite a envejecer. Dice que la inteligencia consiste en hacer conexiones y a sus 75 años asegura que es la etapa ideal para conectar ideas, porque aparecen más relaciones. El paso de los años es un tema que le interesa. Y algunas de estas reflexiones las reserva para una plataforma que define como un espacio de diálogo: Twitter. “Ahí el pensamiento se percibe como una ola”.

Su primer tuit fue el 12 de agosto del 2012. Esa vez compartió un enlace a un reportaje del New York Times sobre un doctor con esclerosis lateral amiotrófica –una enfermedad incurable– al que le prescribieron una dosis letal de barbitúricos, pero que en vez de tomárselos decidió volver a estudiar, casarse y morir de forma natural. La vejez y la muerte no eran temas nuevos para Adriana Valdés. A su mamá le habían diagnosticado Parkinson años atrás, y en 1988 acompañó al poeta Enrique Lihn durante sus últimos meses vida. De hecho, luego de esa experiencia se hizo cargo de la publicación de su obra póstuma: Diario de muerte.

Lo que sí era nuevo para ella era la red social, donde la mayoría de los usuarios en esa época tenía entre 25 y 34 años. Adriana, hoy de 75, dice que le gusta mucho esta plataforma. “Twitter te da la sensación de vivir en una ciudad habitada. Hay uno que se está tomando una taza de té, mientras otro que está jugando con el gato. Son cosas que aparentemente no importan, pero a mí sí. Que las personas compartan lo que van a almorzar me parece maravilloso”, dice.

Desde su cuenta @AdrianaValdes8, comparte sus opiniones: sobre lo que lee, lo que le pasa, lo que le molesta, lo que le entusiasma. Por ejemplo, hace unas semanas, cuando reflotaron públicamente las declaraciones que terminaron por sacar de su puesto al ex ministro de Cultura, Mauricio Rojas, ella quedó consternada y también maravillada. Tras tres días de intensa polémica y debate, cuando el ministro renunció, ella tuiteó: “Lo fantástico es que ‘la situación del Ministro Rojas’ es algo que fue creado por la opinión pública. Todavía tenemos patria, ciudadanos”. En pocas horas, su tuit tuvo casi 100 retuits y 500 likes.

“Si las personas sentimos que ya no podemos influir, todo se vuelve terrible”, dice. Por lo que ella lo hace a diario desde su computador. Hace unos días terminó de leer La ancianidad de Cicerón en una traducción de Óscar Velázquez y ha ido compartiendo algunas citas extraídas de su lectura. “Subrayo cuando encuentro algo excepcional y este lo tengo todo subrayado”, cuenta riéndose.

¿Qué es lo que te interesó de La ancianidad?

Según Cicerón, la vejez es la mejor edad para pensar porque los viejos ya no viven por las pasiones. Y esa es justamente la libertad más grande que puede tener un ser humano. Después de haber hecho tu vida, dice Cicerón, hay un momento en que se modera el apetito, incluso el apetito de la comida y de la bebida, y aumenta el apetito por la conversación.

¿Ha sido así para ti?

Sí. Pienso en mis parejas, por ejemplo. Miro para atrás y digo ¡cómo pude! Esa sensación de que tú le pides todo a otra persona y que la otra persona te pide todo a ti. ¡Qué cosa más agotadora! Hace muchos años me liberé de eso.

¿Ya no eres tan intensa?

Para nada, aunque sigo siendo emotiva y llorona. No es que las cosas me importen menos, pero la verdad es que me importan menos. Uno va sintiendo ciertas continuidades que están por encima de las cosas diarias. Hago lo que hago pero hay algo que me está protegiendo, conteniendo y envolviendo que no viene de los demás sino que viene de mí. La vejez tiene que ver con esta distancia protectora.

¿Es una forma de no estar?

Creo que las mujeres construimos nuestro espacio. Piensa tú que las mujeres solas viven mejor que los hombres solos, salvo excepciones. A mí me gusta mucho estar en mi casa y que mi gente, mi familia, comparta conmigo ese espacio. Me gusta la sensación de estar en el medio de las personas a las que quiero, quienes están creciendo y viviendo, mientras yo estoy un poquitito en otra. Eso de estar, pero no estar.

Trabajó 25 años como Directora de la División de Documentos y Publicaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de las Naciones Unidas y luego en la Universidad de Chile. Apenas pudo, en 2001, se jubiló. Desde entonces escribe desde su casa. Dos veces a la semana trabaja fuera y el resto del tiempo lo hace en su escritorio. Ahora mismo está traduciendo una novela -“es como hacer crucigramas o bordar”, dice- y fue parte del jurado que eligió el pabellón que representará a Chile en la próxima Bienal de Venecia.

“Actualmente mi atención no dura más que 35 minutos, entonces tuiteo un ratito y después vuelvo a trabajar. Tipo seis de la mañana, me despierto y leo un par de horas sin que nadie sepa de mí, y algunos tuits surgen de esas lecturas. A esa hora soy más inteligente y por la tarde soy más sociable”, explica. “Lo que me interesa es que Twitter es un diario personal que no es íntimo”. La vejez ha sido un tema recurrente en las reflexiones que comparte. En septiembre 2013 escribió: “Con la vejez una se va poniendo medio porfiada de cara”. Ahora que vuelve a leerlo, se ríe. “Me gusta la expresión ‘porfiada de cara’. Así se les decía antes a las que no eran tan bonitas”.

¿En términos de vanidad, a ti te costó envejecer?

Es que nunca fui muy buenamoza y durante mi juventud estuve rodeada de gente muy linda. Como nunca destaqué por eso, no tuve que enfrentarme a ese tema. De hecho, encuentro que estoy mejor ahora de vieja.

A Adriana le interesan las frases, los dichos y los refranes. Cuando se acuerda de algo que se decía de cierta forma en el pasado, lo comparte. “Si no son frases que quedan en el olvido”, explica. “Me he dado cuenta que ahora algunos niños hablan como en la televisión, en un castellano neutro, como si estuvieran doblados. A mí me gusta ese castellano campesino, coloquial, con más humor”.

Leyendo sus tuits uno podría hacerse una idea de ella: la suma de opiniones, reflexiones, citas, impresiones, preguntas y celebraciones dan cuenta de la forma en que piensa.

Junio del 2016: “Del poema El espejo, de Silvia Plath: En mí se ahogó una joven, y desde mí / una vieja se alza, día a día, como un pez horroroso”.

Agosto del 2016: “Cualquier cosa: ‘vieja’, ‘anciana’, ‘señora de edad’, ‘entrada en años’. No ‘adulta mayor’, como si la burocracia me hubiera parido”.

Junio 2014: “Debo estar muy vieja. Estas fotos de Santiago de los años cincuenta me parecen fotos del cielo”.

Agosto del 2015: “A mí misma me digo vieja, es muy liberador”.

Diciembre 2015: “La vejez: pasar muchos minutos del día buscando los anteojos que corresponden. Y decir: por la flauta”.

Enero 2016: “La política es como la vejez. Pésima, pero peor es la alternativa”.

Agosto 2016: “Apuntes sobre la vejez: un género que logra tentarme”.

Mayo 2017: “Todas las alergias, más otras más, vuelven con la vejez. Agárrense”.

Diciembre del 2017: “A veces el mundo me sobrepasa por completo y no puedo más. Ha de ser la vejez”.

“Cuando las personas de 60 años empiezan a decir que están viejos creo que están creando viejos. Esa persona va a empezar a sentirse menos, y no es así. Por lo mismo yo disfruto mucho de los cruces. Estar con la gente joven que quiere estar conmigo, para mí es un regalo”, dice. Siendo joven fueron sus amigas más viejas, como Roser Bru y Lea Kleiner, de las que Adriana más aprendió. Y ahora se sorprende cuando los jóvenes con los que trabaja la miran como ella miraba a los escritores que admiraba. Además, tiene ocho nietos con los que también explora nuevos cruces generacionales.

¿Qué tipo de abuela eres?

Una que crea un refugio cuando los nietos se chorean del mundo. Como vivo cerca del metro, a los universitarios los veo mucho ya que pasan en mi casa. Y me encanta porque ya no se trata de afectos esclavizantes. Miro para atrás y veo mucha esclavitud tanto en las pasiones como en las relaciones familiares. También miro a mis tres hijas con sus trabajos, con sus familias, con sus responsabilidades, sus horarios y pienso: qué vida tan dura. ¡Cómo lo hacen!

Pero tú también trabajaste harto.

Yo fui muy sacrificada; trabajé tiempo completo toda mi vida y escribía durante los fines de semana. Pero veo a mis hijas y las encuentro más sacrificadas todavía. Digo, el tiempo es un don grande si tienes cosas que quieres cultivar.

¿Cómo fue hacer una carrera intelectual siendo mujer en Chile?

Una no sólo tiene que ser buena, sino ser muy buena. No te toman en serio hasta que leen algo que has hecho y se sorprenden. Me tocó enfrentarme varias veces a eso siendo joven. No basta con tener aptitudes, tienes realmente que destacar.

¿Y eso en la vejez cambia?

Cambia porque ya hay quienes te conocen y te reconocen, lo que me tiene sorprendida y maravillada. Hay personas a las que les interesa conversar conmigo, les interesan mis opiniones. Y eso hace que uno viva más acompañada.

¿Qué te da miedo de la vejez?

Algo que está en Cicerón, que es depender de otros. No quiero que me tengan que levantar, no quiero tener que moverme sin llamar a alguien. Eso me parece verdaderamente terrorífico.

¿Lo has conversado con tus hijas?

Sí, ¿y sabes por qué? Porque mi mamá tuvo Parkinson. Ella estuvo bien durante un largo tiempo, pero en las últimas etapas fue algo muy pesado, muy duro. Entonces, a propósito de mi mamá, les pedí que si me viene una cosa degenerativa o progresiva me dejen estar.

Además de la experiencia con su mamá, Adriana acompañó durante sus últimos meses de vida al poeta Enrique Lihn, cuando le diagnosticaron cáncer en 1988. “El médico le recomendó no hacer nada, pero en un momento lo llamé y le dije que Enrique estaba muriéndose como una persona del siglo XIII. Él me dijo era lo mejor que le podía pasar. Yo quedé muy shockeada, porque en ese tiempo no se hablaba de esas cosas”, recuerda.

Tres meses después de la muerte del poeta, Adriana viajó a París a estudiar sobre la muerte. “Por las tardes me iba a la biblioteca del Centre Pompidou y leyendo me encontré con que lo que habíamos hecho era lo que había que hacer: estar con alguien, quererlo, acompañarlo en su muerte. Hacer lo que se puede hacer, pero no más que eso. No mantener a alguien en condiciones de dolor o excesiva dependencia”, aclara. Y trae a presencia un viejo dicho: “No hay que irse antes de que lo avise el general’. Pero precisa: “Tampoco hay que intentar quedarse cuando eres media persona. Y esto ahora se está entendiendo de a poco. Antes se trataba de salvar la vida a cualquier costo”.

Hace un tiempo la invitaron a ser consejera de Proyecto MOKITA, una organización que contribuye al debate en torno a la comprensión y análisis de la muerte, y que entre sus actividades tiene los Cafés de la Muerte. “Son interesantes porque naturalizan la muerte en las conversaciones de la vida”, dice. Pero a ella le gustaría hacer uno especial para viejos, quizás para los vecinos de su barrio. “Hay gente mayor a la que le sería muy liberador hablarlo. Me gusta la idea de que personas que no se conocen entre sí dialoguen libremente del tema, porque es difícil hablarlo en la familia. Si me pongo a hablar de la muerte mis hijas pueden pensar que estoy deprimida, cuando en verdad yo ya me di cuenta de la necesidad de evitar lo que los médicos llaman el encarnizamiento terapéutico”.

“La mente humana es muy aventurera. Cuando uno se reduce a lo estándar, a lo necesario, a la funcional, se pierde la conexión y se pierde el humor. La inteligencia y el humor son en gran medida lograr conectar”, asegura. “Al estar viejo las cosas pueden fallar, pero si la cabeza te funciona es maravilloso, porque puedes relacionar muchas cosas. Leí hace poco que la poeta Anne Carson dijo que si la prosa es una casa, la poesía es una persona en llamas corriendo a través de ella”. Adriana se emociona. “Eso es la mente humana”, dice. “Y uno está vivo para hacer esas conexiones”.

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