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23 febrero, 2017
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Soy adulto y uso frenillos

El 25% de los chilenos que se hace un tratamiento de ortodoncia tiene más de 40 años. Aunque la determinación no siempre es fácil, evitar dolores de cabeza, prevenir la pérdida de dientes y mejorar la autoestima pesan más que la incomodidad y el pudor. Así lo revelan estas 13 historias de adultos que se pusieron brackets para alcanzar la soñada sonrisa perfecta.

Por Rose Marie Bächler y Sophie Berthet / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Álvaro Renner y Paulina Wiegand / Asistente de producción: Valeria Olivares y Nicole Rodríguez / Maquillaje y pelo: Carmen Bottinelli, Pati Calfio y Carola Pizarro / Agradecimientos a las ortodoncistas: Bibiana Fuentes y Silvana Palacios, y Clínica Implanet, Clínica de Ortodoncia Drs Rajevic-Santolaya, Clínica Turó y Clínica Valdecantos


Paula 1220. Sábado 25 de febrero de 2017.

Catalina Fernández (52), secretaria
“Hace un año me puse frenillos. Un día, mirándome al espejo, noté que mis colmillos inferiores estaban chuecos y fui al dentista, que me sugirió iniciar el tratamiento”, cuenta mientras se retoca el labial rojo intenso. La determinación tuvo un efecto inesperado: hasta ahora ha bajado 15 kilos pues, literalmente, tuvo que cerrar la boca. “Me dolían tanto los dientes que ya no podía comer carne y aproveché de dejar el pan y otras cosas chanchas. Si no usara frenillos, jamás habría llegado a mi peso ideal. Me siento más coqueta”.

Andrea Gómez (38), empresaria

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“Esta es la cuarta vez que uso frenillos. La mía es una historia muy larga. La primera vez fue a los 15. A los 18, un poco después de casarme, un día cualquiera, en mi casa, me los saqué con un alicate, intentado copiar la maniobra del dentista. Y lo logré. A los 21, me puse nuevamente, pero al año me los tuvieron que sacar debido a una periodontitis, que afecta a las encías. A los 35 volví a usar, un año después me dieron de alta, me los sacaron y al tiempo los dientes se me comenzaron a soltar. Durante dos años fui de consulta en consulta. Busqué a los mejores dentistas de Concepción, donde vivo, e, incluso, mandé mi caso a una facultad de odontología en Cuba. Pero ni aquí ni allá supieron cómo ayudarme. En Santiago, mi caso lo tomó un equipo conformado por ortodoncista, periodoncista, implantólogo y rehabilitador oral. Tras una exhaustiva investigación, determinaron que el camino eran nuevamente los brackets, pero esta vez de cerámica: el tratamiento es más largo, pero menos invasivo. En abril todo esto se supone que termina”.

Ana María Lannane (60), dueña de casa
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“Siempre tuve los dientes perfectos hasta que con las selfies y los videos que se sacan con el celular me di cuenta de que se me habían enchuecado y fui al dentista. Llevo un mes con ellos y ha sido divertido, porque mis tres hijos usaron cuando eran chicos, pero yo jamás imaginé que los iba a necesitar. Con mi dentista fui muy clara y fijamos una fecha para terminar el tratamiento: noviembre. Se casa mi hijo mayor y no pienso salir en las fotos con estos aparatos. Para alegrarme la vida, la dentista me propuso ir cambiando los colores de los elásticos de los brackets. Primero usé verde y ahora rojo”.

David del Moral (50), ingeniero
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Cuando hace 6 años, tardíamente le salieron las muelas del juicio y sus dientes sufrieron un notorio apiñamiento, este mexicano residente en Chile y funcionario internacional no lo pensó dos veces y se puso los frenillos que usa hace 5 meses. “Por mi trabajo debo interactuar con muchas personas, por lo que mi apariencia es importante. Pero, además, con los dientes chuecos es más difícil mantener la higiene y podría perder algunas piezas”, dice. David dejó de tomar vino tinto, para no manchar dientes y brackets. También erradicó la carne, pues le duele masticarla. Lo que se niega a abandonar es el saxofón, su gran pasión, aunque “se me rompen los labios por dentro y debo aplicarme cera en los aparatos”.

Isabel Margarita Alfaro (59), odontóloga
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“Aunque me pusieron frenillos a los 7 años, dado que los dientes se mueven, ahora de vieja tuve que volver a usar porque tenía fuertes dolores de cabeza debido al bruxismo. Los dentistas me dijeron que podía usar un plano relajador de por vida o un tratamiento de ortodoncia. Con todos los años que me quedan por vivir, es mucho más cómodo usar frenillos por un periodo corto. Ha sido toda una experiencia familiar, porque cuando mis hijos eran chicos yo era quien los perseguía para que se lavaran bien los dientes y cuidaran su tratamiento. Ahora es al revés”.

María Paz Elizalde (44), ingeniera comercial y dueña de casa
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“Tengo los dientes muy chicos y muchos espacios vacíos en mi boca. De los 10 a los 15 años usé frenillos fijos, pero como nunca me salieron cuatro dientes, el tratamiento no funcionó del todo. Hace un año y medio comencé a llevar a mis hijas de 12 y 8 al dentista para que iniciaran sus tratamientos y ahí empezaron a preguntarme constantemente ‘¿y tú cuándo, mamá?’. Fue entonces que me decidí: hace ocho meses uso frenillos y me quedan otros tres. Gracias a mis hijas estoy arreglándome los dientes para reír a destajo y pasarlo bien”.

Jorge Cárdenas (65), siquiatra
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“Llevo tres años con frenillos, todo por un diente chueco de abajo. Yo quería que me enderezaran solo ese, pero la dentista me dijo ‘o todo o nada’. Estoy feliz de haber dado el paso, porque siempre he sentido que cada vez que me enfrentaba a alguien, su atención se iba directamente a ese diente. Pero, además, ha sido terapéutico en otro sentido. En la consulta, atiendo a adolescentes, muchos de ellos con frenillos, y lo encuentran divertido. A pesar de que a algunos les provoca vergüenza y se tapan la boca al hablar, especialmente las niñas, cuando me ven se relajan y se sienten más en confianza”.

Juan Carlos Arias (60), comerciante
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“Fui al dentista porque me dolía una muela, aproveché que me revisaran todos los dientes y el dentista me dijo ‘¡qué atroz!’. Así empecé hace un mes mi tratamiento. Siempre me importó hacer deporte y la apariencia física, pero ahora que mis hijos están grandes y trabajo menos, tengo más tiempo para mí y he podido dedicarme a mis dientes. El problema es que con los frenillos me duele comer, he bajado de peso y he perdido masa muscular. La que más sufre es mi mamá, que me hace papillas y hasta la cazuela la pasa por la juguera. Y no me puedo enojar, porque cuando hablo, pronuncio mal las ‘eses’ y es imposible que me tomen en serio”.

Gaspar García (36), librero
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“No quiero sacarme los frenillos. Me gustan. Son parte de mí, como mis anteojos. No me imagino andar sin ninguno de los dos. Los uso desde hace un año y termino el tratamiento en un año más. A los 17 años me habían dicho que debía usarlos, pero entonces me daba vergüenza, porque es la época del coqueteo. Ahora estoy en la edad en que nada me avergüenza y los frenos terminaron siendo parte de mi personalidad. En el tema de las conquistas y las hazañas sentimentales, los frenillos son un plus, no un impedimento. Te encuentran ñoño y eso termina siendo cool”.

Miguel Ángel Martin (66), ferretero
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“Desde los 14 años que me dedico a la ferretería y por ser tan trabajólico nunca me preocupé de cuidar mi dentadura. Con el tiempo fui perdiendo dientes y tuvieron que ponerme 21 implantes. Para verme mejor, y aprovechar que ya estaba en tratamiento, decidí hacer algo por mí: usar frenillos. Uno se pone pretencioso también. El único problema es que mi señora alega que no me puede dar besos, porque le molestan y dice que me pongo mal genio cada vez que me los aprietan. Pero, yo me siento más joven. Ahora soy un pelado buenmozo”.

Paula Blamberg (43), periodista
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“Partí hace casi cuatro meses con el tratamiento después de llevar a mi hija de 6 años a revisar sus dientes. En la consulta, el dentista advirtió que ella tenía la mandíbula más chica que lo normal, entonces de pura curiosidad le pedí que viera la mía. Así supe que la tengo chueca, un asunto hereditario. Con frenillos, que solo uso abajo y  apenas se notan, el tema de la higiene no es menor. Como algo, y sin importar dónde esté, parto a lavarme los dientes o me siento sucia”.

35 años de matrimonio

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Francisca Binimelis (57), empresaria
“Usé frenillos a los 40, pero después se me empezaron a mover los dientes de abajo y chocaban con los de arriba, así que por una cuestión de salud tuve que ponerme de nuevo: o me tiraban los de abajo hacia atrás o se me caían de lo sueltos que estaban. Ahora ha sido menos incómodo que la vez anterior. Los aparatos sostienen mis dientes y cuando mastico algo duro los siento más firmes. Es increíble tener la certeza de que ya no se mueven. Como matrimonio, lo único que ha cambiado es que nos lavamos más seguido los dientes”.

Manuel García (59), ingeniero civil
“Nunca había usado frenillos, pero con los años me di cuenta de que tenía los dientes muy desordenados y la Francisca me empezó a presionar. Y tenía razón, a mí me encanta la carne y antes del tratamiento no era cómodo masticarla debido a mi mordida. Me los puse hace ocho meses y con las molestias que provocan he bajado como 10 kilos. Y salivo más, entonces cuando estoy en reuniones, donde hablo y uso el iPad, la pantalla queda media ‘llovida’.

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