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19 octubre, 2016
orla

El agua me salvó

Cuatro historias de resurrección. Sobreviviente del trágico accidente del Colegio Cumbres, Camila Achondo encontró la sanación en el buceo. En pleno proceso de rehabilitación de drogas, Michael Douglas vio como gran luz de esperanza su regreso al surf. Aunque creció en la pobreza, hoy Marcelo Pino viaja por el mundo catando las aguas más lujosas. La kayakista parapléjica Katherine Wollermann, por su parte, dice que en el agua siente que vuelve a tener piernas.

Por Almendra Arcaya y Greta di Girolamo / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Paulina Wiegand


Paula 1211. Sábado 22 de octubre de 2016.

Refugio bajo el mar
Camila Achondo, buzo y estudiante de Pedagogía en Educación Parvularia
El 29 de agosto de 2008 será por siempre un día imborrable en la vida de Camila Achondo. Pasada las 14:00 hrs, el bus que la trasladaba a ella y otras 27 jóvenes de Colegio Cumbres se desbarrancó en el kilómetro 137 de la Ruta 11, cerca de Putre. Nueve alumnas fallecieron, 20 resultaron heridas de gravedad. Camila, de 16 años entonces, se fracturó cinco vértebras y el cúbito derecho. Los siguientes tres meses los pasó con un corsé de fierro que le cubría desde el mentón hasta el pubis. “Cuando a esa edad te estás dando cuenta de que eres dueño de tu vida, yo había aprendido que la vida es frágil y que puede terminar en cualquier momento. El accidente me provocó una crisis existencial muy potente”, recuerda esta estudiante de tercer año de Pedagogía en Educación Parvularia, soltera y madre de gemelas de 2 años.

En medio del dolor emocional y físico, Camila regresó al mar.

Vivió los cinco primeros años de vida en Zapallar. Enterrar los pies en la arena y jugar con las pulgas de mar forman parte de sus recuerdos más pretéritos. En Santiago, tomó clases de natación y a los 10 esquiaba en agua. “La delfín”, la llamaban sus amigas. Toda esa actividad física se vio interrumpida por el accidente y reemplazada por semanas y semanas de terapia grupal junto a sus compañeras de colegio y dos años de kinesiología. “Durante todo ese tiempo me sentí paralizada. No por mi cuerpo, sino por mi cabeza. Estaba perdida, desorientada, era como si me hubiese quedado estancada en el momento del accidente. Estaba desesperada por no poder meterme al mar”, dice. A eso se sumó una crisis vocacional. Abandonó su plan de estudiar Arquitectura y comenzó a surgir con fuerza la idea de trabajar en algo relacionado con la fauna marina. Entró a estudiar Veterinaria en la Universidad Mayor y se inscribió en un curso de buceo recreacional. “Fue amor a primera vista”, cuenta.

En Pichidangui aprendió a bucear. En 2013, en tercer año de carrera, dejó la universidad y se instaló en el Centro de Buceo de Pichidangui, donde trabajó rellenando botellas de aire y preparando los botes y equipos a cambio de alojamiento, comida y la posibilidad de bucear en la mañana y en la noche. “Por primera vez, después del accidente y de la rehabilitación, volví a sentir cada músculo de mi espalda, de mis brazos y de mis piernas. Volví a experimentar todas las posibilidades que tenía de moverme sin sentir dolor. Sumergirme en el mar se convirtió en mi mejor consulta al sicólogo. Fue la terapia más sanadora. Me reconcilié con mi cuerpo y con mi mente”.

Llevaba seis meses en el centro cuando supo que estaba embarazada. Un embarazo gemelar. De vuelta en Santiago, practicó matro-natación. “Desde que mis hijas existen que las tengo bajo del agua”, bromea. En su casa, lejos del mar, se quedaba dormida escuchando reproducciones de cantos de ballenas. El 23 de mayo de 2014 nacieron Amanda y Colomba, curiosamente, dice, “el mismo día que se conmemora el Día Mundial de las Tortugas”, razón por la que se tatuó en su espalda dos tortugas con las iniciales de las niñas que se suman a la cola de delfín que tiene grabada en la muñeca izquierda y a la palabra “océano” en tailandés detrás de su oreja izquierda.

Por estos días Camila está en el proceso de certificación como dive master para liderar y conducir buceo recreacional. “Quiero instalar una escuela de buceo para niños, ¿qué mejor que encuentren desde chicos un refugio bajo el agua?”.

Ya antes del accidente, que la dejó durante dos años con dolores físicos, sus amigas la llamaban “la delfín”.

Rehabilitado por las olas

Michael Douglas, estudiante de Sicología y surfista amateur
Por más de 10 años, Michael Douglas estuvo atrapado en la cocaína y el alcohol. Lo que empezó como la curiosidad de un adolescente ansioso, terminó en un abrir y cerrar de ojos en una adicción. Reprobó todos los ramos de segundo año de Sicología en la Universidad San Sebastián de Concepción, llegaba sin dormir y con aliento a alcohol al trabajo que tenía en la empresa de su padre, tensionó la vida familiar y se endeudó hasta con un banco para costear los 10 gramos de cocaína y las dos botellas de pisco que terminó consumiendo cada fin de semana. Y dejó el surf, su pasión desde que corrió su primera ola a los 13 años en la playa de arenas negras de Constitución, donde nació.

A los 29 tocó fondo, después de un carrete de siete días seguidos. En un instante de lucidez, pidió ayuda a sus padres, que lo internaron en septiembre de 2015 en el centro de rehabilitación de adicciones Existencia Plena, en Buin. Allí comenzó a vivir de día y dormir de noche. Se liberó de la angustia. A la terapia sicológica se sumó una rutina diaria en el gimnasio y la piscina del lugar. La actividad deportiva y el agua lo llevaron a recordarse sobre una tabla de surf, esperando una ola.

Las ganas se volvieron en urgencia y, con permiso de la terapeuta, el 20 de enero pasado Michael Douglas volvió al mar. Esa mañana su papá llegó a buscarlo al centro de rehabilitación con la tabla y traje arriba del auto. No hicieron ni una sola parada hasta tocar la arena de Constitución. Cuando salió del agua, exhausto, se hizo una promesa: comenzar una nueva vida.

Es lo que ha hecho desde que lo dieron de alta el 3 de marzo. Volvió a la empresa familiar, en las tardes estudia para sacar su título de sicólogo, en su tiempo libre ve a su polola y va al gimnasio. Todos los sábados y los domingos, a las 7:30 de la mañana, se le puede ver metido en el mar con su nueva tabla. “El surf me salvó. Estaba botando mi vida a la basura. Sin esta pasión hubiera sido casi imposible mantenerme sobrio y enfocado”, dice Michael. Lleva 368 días limpio.

El lujo del agua

Marcelo Pino, sommelier y autor de la Guía de Aguas
Macelo Pino tiene un ritual. Cada vez que se aloja en un hotel cinco estrellas, se encierra en el baño, llena la tina con agua caliente y se sumerge en ella con una copa de champaña en la mano. Ahí, saborea el triunfo. La escena se repite las cinco veces al año que el sommelier de 34 años viaja fuera de Chile desde que en 2010 lanzó la Guía de Aguas; el libro que dejó atrás los días en que para ducharse tenía que caminar dos cuadras hasta la única llave que abastecía su pasaje, llenar un balde y, de regreso en casa, darlo vuelta sobre su cabeza, entumido.

Toda la infancia la vivió con su mamá y sus seis hermanos menores en una mediagua en una villa con piso de tierra en Pichilemu. No tenía electricidad y no tuvo cocina ni baño con agua hasta los 15 años. Pese a eso, los siete niños llegaban impecables a la escuela de la ciudad. “Mi mamá siempre nos decía que ser pobre no significa ser sucio ni delincuente”, recuerda Marcelo.

El dinero fue siempre escaso. Su papá era obrero en una empresa forestal, de la que volvía a la casa una vez al mes con no más de 150 mil pesos. Su mamá amasaba pan con ayuda de Marcelo para ganarse unas monedas vendiéndolo a vecinos y veraneantes. A veces, él se arrancaba a un estero cercano, del que solo salía tras una pataleta. Cuando cumplió 8, tuvo que comenzar a trabajar: después de clases partía a la playa a vender palmeras, cuchuflíes, maníes y barquillos. Lo mismo los fines de semana. “Fue una infancia dura, pero me las arreglaba para pasarlo bien”, dice. De vez en cuando, dejaba la mercancía tirada en la playa, corría a revolcarse en las olas, tragaba litros de agua salada y se acostaba mojado sobre la arena caliente hasta que llegaba algún cliente. Entre ellos, los surfistas chilenos y gringos. “Quería ser como ellos”, cuenta.

Con una tabla usada y un traje lleno de hoyos se puso a surfear. “Así conocí gente de otros países y de otras clases sociales, lo que hizo que me dieran ganas de abrir mi horizonte. Quería ser surfista, pero mi mamá nos hablaba de que la única manera de tener una mejor calidad de vida era estudiando. Un niño como yo no podía darse el lujo de dedicarse al surf”.

En 2004 se vino a Santiago a estudiar Gastronomía. Con el hermano que le sigue en edad eran los primeros de la familia en terminar el colegio y llegar a la educación superior. La capital fue dura. Dos horas diarias demoraba en llegar desde el alojamiento que consiguió en Quilicura hasta el Instituto Diego Portales en Ñuñoa y en su tiempo libre repartía pizza. Extrañaba el mar y detestaba el agua de la llave de Santiago. Su sabor a cloro le sigue dando asco hasta el día de hoy.

“El agua me permitió alcanzar una vida menos dura y triste. Por eso repito: ‘gracias agua, gracias mar, gracias vida’”.

Titulado, entró como ayudante de cocina al Ritz-Carlton, donde llegó a ser sushiman. Para perfeccionarse, en las tardes estudió en la Escuela de Sommeliers de Chile. Llevaba cinco años en Santiago cuando se le ocurrió la idea que, además de ser su tesis de sommelier, le cambiaría la vida: desarrollar una guía con las mejores aguas embotelladas disponibles en Chile.

A siete años de eso, hoy trabaja en la viña Casa Silva, ha sido elegido en dos oportunidades el mejor sommelier de Chile y en 2015 obtuvo el segundo lugar en el concurso Mejor Sommelier de las Américas. Aunque ha probado más de 1.000 tipos de aguas, desde la que brota debajo de un volcán japonés hasta la lluvia de Tasmania, y en su casa de La Reina guarda 200 botellas esperando a ser catadas, jura que nada se compara al sabor del agua de Pichilemu. “Mi apreciación es subjetiva, porque esa agua dulce y ese mar han sido el hilo conductor de mi vida. Ambas, de distinta manera, me llevaron a imaginar y alcanzar una vida menos dura y triste de la que podría haber seguido teniendo. Por eso suelo repetir ‘gracias agua, gracias mar, gracias vida”.

Mis nuevas piernas

Katherine Wollermann, kayakista paralímpica
Tras ocho meses hospitalizada, una infección urinaria, una gastroenterocolitis, una salmonella tifoidea, un herpes zóster, una estadía en la UCI de la que casi no sobrevive, cinco diagnósticos errados y 12 doctores tratantes, Katherine Wollermann (24) escuchó “no vas a poder caminar nunca más”. Tenía 19 años y, tras una serie de hormigueos en las piernas, se le diagnosticó mielitis transversa, un trastorno neurológico causado por una inflamación en la médula espinal que la dejó parapléjica y hemipléjica de las extremidades superiores izquierdas.

En julio de 2012 ingresó a la Teletón, donde le ofrecieron complementar su rehabilitación con deporte. Katherine se rió incrédula, pero ya en noviembre, en silla de ruedas, había probado tenis, tenis de mesa, básquetbol, rugby y atletismo. Cuatro meses después, inscrita en las cinco disciplinas, participó en las Paralimpiadas Nacionales. Se llevó seis medallas de oro y las ganas de ir por más desafíos. Así llegó al kayak. “Me senté dentro de uno y de inmediato sentí, por primera vez desde que ya no pude caminar, la libertad de mi cuerpo en movimiento. Fue como que me hubieran hecho de nuevo y tuviera otras piernas”, recuerda durante una pausa en su entrenamiento diario en el Centro Cendryr Náutico, en San Pedro de la Paz, en Concepción.

Tras varios campeonatos mundiales, llegó a los Juegos Paralímpicos de Río 2016, en septiembre pasado, convirtiéndose en la primera deportista del canotaje paralímpico nacional. Allí rozó el bronce y se transformó en carta segura para los Paralímpicos de Tokio 2020. “Cuando estoy arriba del bote me imagino cómo sería el mundo si fuera de agua. Si así fuera, seríamos todos iguales, no se notaría la discapacidad. Así me siento cuando me subo al bote”.

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