Alejandra y la solidaridad

Reportajes y Entrevistas

Alejandra y la solidaridad

Por Pilar Navarrete / Fotografía: Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner

Conoce las múltiples caras de la miseria y se sienta a la mesa con los grandes empresarios para que compartan su know how y aporten recursos. Alejandra Pizarro (56), quien tuvo vocación de monja y fue gerenta general de una empresa de insumos textiles, hoy dirige la Comunidad de Organizaciones Solidarias que agrupa a 200 ongs. “En el mundo social los egos son mucho más grandes que en el de los empresarios”, asegura.

Paula 1249. Sábado 21 de abril de 2018. Especial Madres.

Son las 7 de la mañana de un jueves y Alejandra Pizarro se sienta en un Starbucks en la comuna de Las Condes. Rato después, cuando el café se llena, la gente que está allí no repara en ella, pese a que es una líder en el mundo de la solidaridad tan relevante como Benito Baranda de América Solidaria o Felipe Berríos cuando estaba a la cabeza de Un Techo para Chile. Ella encabeza la Comunidad de Organizaciones Solidarias (COS), que agrupa a cerca de 200 instituciones sin fines de lucro que trabajan en temas de superación de la pobreza y atención de grupos vulnerables.

Educadora diferencial de profesión, tuvo intenciones de ser monja, trabajó durante una década como profesora de Religión en el Liceo Manuel de Salas y Las Ursulinas y fue gerenta general de Lainiere de Picardie, una empresa de insumos textiles. En eso estaba hace 10 años cuando le ofrecieron dirigir la Comunidad de Organizaciones Solidarias, iniciativa que surgió desde la Fundación Desafío para la Humanidad para trabajar más colaborativamente, tras detectar que en el esfuerzo por conseguir fondos, las organizaciones sociales estaban replicando la competencia y el individualismo que tanto criticaban.

Aunque nunca había trabajado en esa área, el llamado a dirigir la COS coincidió con un momento de búsqueda de mayor sentido en su vida. “Dije: ‘Esto es lo que quiero hacer’”, asegura. Así que aceptó, pese a que su sueldo se redujo a la mitad. “¿Cuánto sabía yo del mundo social cuando llegué a la comunidad? ¡Nada! No entendía nada!”, dice, después de tomar un sorbo de su té chai. “Pero, como soy matea, y lo que he aprendido en la vida es a aprender, empecé a estudiar qué era el mundo social. Armé un archivador con una ficha de cada una: nombre, dirección, teléfono, mail, director ejecutivo, qué hacía cada una y me los aprendí de memoria para saber quién era esta gente”.

Quienes conocen de cerca su trabajo en la COS dicen que es una gran articuladora. “Una directora de orquesta del mundo de la solidaridad”, como la define Miguel Yaksic, ex director del Servicio Jesuita a Migrantes que forma parte de la Comunidad. Traza puentes y sienta a la mesa a conversar al empresariado, el Estado y el mundo social, tres sectores que suelen relacionarse desde la desconfianza. “Es una convencida de que si ese trinomio no se involucra con la misma fuerza en los problemas sociales, es difícil salir adelante y superar la pobreza”, afirma Leonardo Moreno, director ejecutivo de la Fundación para la Superación de la Pobreza, que forma parte de la COS.

Para conseguir recursos, ha innovado en los caminos. “No tengo recuerdo de haber recibido solicitudes de dinero. Ella te pide que pongas tus talentos y vínculos al servicio de lo que necesitan las organizaciones. Te pide tiempo para pensar en un problema donde la solución puede ser una ecuación económica para que un emprendimiento social funcione bien, como las aguas Latte, que distribuye el 100% de sus utilidades entre organizaciones sociales”, relata Alejandro Hormann, gerente de comunicaciones de Sodimac, que colabora con las COS. “Por eso siempre digo que ella es una fuerza tranquila: tiene una cosa empaquetada en un estilo suave y sensible, donde en el fondo se esconde un bulldozer”, agrega.

Hace unas semanas Alejandra apareció unos segundos en los noticiarios centrales, sentada entre Cecilia Morel y Gabriel Boric, en la mesa de trabajo por la infancia a la que llamó el gobierno y en la que fue convocada a participar por el Presidente Piñera para que trajera la voz, problemas y propuestas de las entidades que trabajan en la infancia y forman parte de la COS, entre los que se cuentan cerca de 50 hogares que colaboran con el Sename. Salvo ese paneo, donde ni siquiera se detallaba quién era, no hubo más registro, porque no se quedó para la foto oficial que salió al día siguiente en los diarios. Ella dice que tenía mucho trabajo para quedarse a la foto, pero sus cercanos aseguran que suele arrancarse de las cámaras.

Todos somos buenos 

Cuando llegaste a la solidaridad, venías de otro mundo. ¿Te costó validar tu rol en el mundo social?
Sí, mucho más que en el mundo empresarial, porque en el mundo social la asociatividad se lee como amenaza.

¿Por qué? ¿Dónde está la competencia?                           
En la amenaza por liderar. Los egos en el mundo social son mucho más grandes que en el mundo empresarial. En el empresarial se sacan la cresta entre ellos nomás. Pero en el social no, “porque somos todos buenos”. O sea, ¿Felipe Berríos? Un Techo para Chile jamás entró a la comunidad mientras él fue el número uno.

¿Cómo se explica eso?
Pienso que, como es un mundo que convive con el dolor, nadie está pendiente de quiénes son. Es un mundo cero validado que, además, necesita todo el tiempo estar en la sobrevivencia. Siempre están en rojo, nunca tienen la plata que necesitan y estamos siempre buscando los recursos. Necesitamos demostrar que lo hacemos bien porque si no lo hacemos bien no tenemos donantes. Entonces, para validar su quehacer, (las organizaciones) necesitan que recuerden su marca.

Esas marcas han levantado liderazgos que han puesto la solidaridad de moda. ¿Qué problema hay en eso?
Que si esa imagen de líder sirve para que yo tenga gente que venga y me diga: “¿Cómo te ayudo?”, exploto mi imagen en esa línea. América Solidaria es Benito Baranda. Y cuando Benito Baranda va y pide plata, ¿quién le dice que no? ¡Nadie! Felipe Berríos era el Techo. Y cuando Felipe habla, el Banco Santander no se atreve a decirle que no. Es más, es capaz de decir que los bancos les chupan la sangre a los chilenos y eso que él, como director de Un Techo para Chile, estaba asociado con el Banco Santander. Entonces ¿qué hacía Felipe Berríos? ¿Buscaba plata para quién? Para Techo, no para las otras organizaciones sociales o fundaciones. Y hoy día busca plata para su escuela de oficios en La Chimba (en Antofagasta). De hecho, Techo dejó de recibir mucha plata (desde que él se fue). Pero esto no lo hacen de malas personas, ha sido una forma de sobrevivir. Entonces cuando se forma la Comunidad de Organizaciones Solidarias y decimos que vamos a estar todos juntos, esos liderazgos dicen: “Espérate un poquito, ¿mi capital social puede que ahora se reparta entre muchos?”. Eso es lo que está a la base.

¿Cuál ha sido el mayor costo?
Que hoy día la solidaridad sea un check. Tú me das plata y yo hago la obra. Entonces, a diferencia de una empresa, nosotros vendemos solidaridad y con esa plata servimos a nuestros clientes que son los pobres. Pero el problema es que, bajo ese modelo, tú, que das plata y vives en el 10% (más acomodado) de este país, no tienes la más castaña idea de qué es lo que está pasando en La Pintana. Ese es el verdadero problema. Porque si lo supieras, te dolería. Y saberlo no significa verlo por la tele. Significa sentarte al lado de las personas y escuchar su historia.

Bajarse el sueldo                                            

La idea de ser monja la arrastraba desde que estaba en séptimo básico en el colegio María Auxiliadora de Avenida Matta. Pero la decisión la tomó en primer año de Educación Diferencial en la Universidad de Chile. Entonces, Alejandra Pizarro se inscribió como aspirante en la congregación Hijas de María Auxiliadora, sin dejar la universidad, adonde iba vestida como novicia.

¿Qué tipo de monja querías ser?
No la típica. Yo quería cambiar el mundo y no quedarme pegada en una vida fome, latera.

¿Cómo podías cambiar el mundo siendo religiosa?
Como lo había cambiado Jesús: evangelizando.

¿Pero sentías un llamado a servir a las urgencias sociales de la época en plena dictadura?
No. Lo mío no era la urgencia social que me mueve hoy.

Dos meses antes de ordenarse monja, tras 5 años en el aspirantado, Alejandra decidió renunciar. “Creo que cuando salía a la calle veía que la gente tenía una vida y yo también empecé a querer una”, dice hoy.

Con 23 años llegó a hacer clases de religión al Liceo Manuel de Salas. Entremedio, se casó con el músico Andrés Bellalta –quien integraba la banda de Álvaro Scaramelli–, el padre de sus tres hijos. “Como era guapo, rockero, pelo largo, ahí terminé de pasar la prueba de la blancura para mis alumnos. ‘Esta no es tan pava, no es tan monja, no es tan momia’”, dice.

Eran los años 80 y el Manuel de Salas era un colegio politizado. Tú, ¿en qué territorio te parabas?
Yo era súper poco política, pero venía de una familia que era mucho más de derecha y, si bien tenía una postura social, ahí me di cuenta de que era mucho más naif. El rollo de la dictadura lo empecé a ver con mis alumnos. Ellos fueron mi ventana al mundo. Lo más extraordinario era su real diversidad de pensamiento. Las conversaciones con ellos tenían mucho sentido societario. Fue mi paso por el Manuel de Salas el que desarrolló en mí una habilidad de hacer dialogar a sectores que no piensan igual. Hoy creo que fue un entrenamiento.

Después te fuiste a Las Ursulinas. ¿Qué temas les instalabas en clases a tus alumnas?
Podría haber hecho mucha doctrina, pero me di cuenta de que estas cabras necesitaban un poquito menos de religión. Yo necesitaba que ese Jesús de la burbuja se transformara en un Jesús que las conectara con una realidad que para ellas era invisible, el de las injusticias y la desigualdad, y que pudieran entender que ellas pertenecían probablemente al 5% de este país. Les hablaba de la necesidad de que no hubiera tanta concentración del dinero, cuyos padres pertenecían a esas concentraciones. Por otro lado, quería que entendieran que las religiones son un constructo. Así como yo movía mis límites, quería mover los límites de ellas. Porque su mundo era muy pequeño.

Esa pequeñez, confiesa, fue lo que la terminó aburriendo. En 1993 su papá, quien se había convertido en empresario textil, la invitó a trabajar con él, sabiendo que no tenía conocimiento comercial alguno. Los primeros dos meses, recuerda Alejandra, los pasó sentada en un rincón de la oficina de su papá, observando cómo trabajaba. Al año, la compañía francesa Lainiere de Picardie compró la empresa y Pizarro fue nombrada gerenta general en Chile. Todos los años iba a Première Vision, el encuentro de insumos más importante para la industria de la moda en París. No se perdía los desfiles de moda y las ferias de productos en Milán, Mónaco, Marruecos, Madrid.

En esa época, ¿dónde quedó tu lado espiritual?       
Ahí desapareció. La dimensión espiritual la ocupó la belleza, la estética, París, Milán, Florencia, aprender sobre la belleza de las telas. Y, más que consumista, me volví un poquito obsesiva de la facha. Con mi amiga Jeanette Berkovic (dueña de la tienda Privilege) íbamos todos los días al gimnasio. Partía a las 6 de la mañana. 45 minutos. Después el vapor. Después el solárium. Después a la pega. Eso fue un poquito mucho.

Puertas adentro, sin embargo, empezó a experimentar la soledad de estar en un cargo alto.“Ahí entendí que cuando llegas a ser la máxima autoridad estás siempre muy solo, porque la gente se aleja. Aunque tú quieras seguir siendo uno de ellos, nunca vuelves a serlo”, dice. En 2003, a eso se sumó el quiebre de su matrimonio. Apenada y estresada, decidió tomarse dos semanas y partir de retiro un fin de semana. “Ahí me di cuenta de que estaba vacía”, dice.

Su voracidad por encontrar un nuevo espacio que la nutriera espiritualmente coincidió con la aparición de Desafío por la Humanidad, la fundación que organizaba grupos de desarrollo humano para gerentes generales de grandes compañías: se reunían una vez al mes (lo siguen haciendo hoy), justamente para compartir la soledad del mando. Fue en esos encuentros donde Pizarro se vinculó con empresarios de talla mayor. “A las reuniones iban Sergio Cardone Solari, uno de los dueños de Falabella; Francisco Mosso, gerente general de Principal; Fernando Contardo, gerente general de Senacofi; Aníbal Montero, dueño de Salfa Aconcagua; Hernán Levi, dueño de Cerámicas Santiago y ex presidente de Colo-Colo, y Juan Manuel Santa Cruz, dueño de Lipigas”, cuenta ella. “Gente que era parte de un mundo al que yo no tenía acceso”.

Con ellos asistió a un encuentro donde una de las invitadas era la hermana Karoline Mayer, de la Fundación Cristo Vive. “Vi en ella a la monja que me habría gustado ser”, dice Pizarro, quien una semana después se hizo voluntaria de uno de los hogares apadrinados por la fundación, donde también conoció a su segundo marido, el arquitecto Gustavo Donoso. En eso estaba, todavía como gerenta de su empresa, cuando la llamaron para hacerse cargo de la COS. “Cuando me lo plantearon sentí ‘Esto es lo que quiero’. ‘Esto es para lo que me he preparado toda la vida’. Y acepté”, dice.

¿Altiro? Supongo que era por menos sueldo.
Les dije: “Soy mamá, tengo que sacar cuentas”. Además, mi hijo mayor me dijo: “Súper, pero tu primera responsabilidad es mantener el estándar económico de esta familia”. Yo era el pilar económico en mi casa. Ganaba cinco veces más que Gustavo.

¿Y qué hiciste?
Me dijeron: “Ven a conversar con nosotros y dinos cuánto necesitas para vivir”. Fue la primera vez que alguien me preguntaba algo así. Yo no tenía idea cuánto necesitaba porque siempre viví con lo que me pagaron. Porque suponía que había que ganar lo que se ganaba en los puestos. Pero cuando hicimos una lista detallada, me di cuenta de que necesitaba 40% menos.

¿A qué renunciaste?
Casi no sacrifiqué nada. Tal vez el ahorro. No fui más al gimnasio porque me daba lata. Además, ya no tenía tiempo, tenía mucho en qué trabajar. Y no me compré más ropa, porque no necesitaba vivir de la imagen. Seguí yendo a la peluquería hasta que dejé de teñirme el pelo. La vida se va simplificando. Como trabajo al lado del Metro ahora me vengo a pie o en bicicleta. Y mis cabros empezaron a dejar de estudiar. Así que hoy día, que yo me fijo el sueldo en la comunidad, gano muchísimo menos de lo que negocié cuando me vine. 50% menos. Si hubiera seguido en el mundo en el que estaba, debería ganar tres veces lo que gano hoy. Y nunca me he privado de nada.

¿Y por qué te bajaste el sueldo?
Porque necesito menos para vivir. No tenemos que ganar para acumular. Y si algo me ha dado esta forma de vivir es libertad. Una libertad gigante.

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