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29 junio, 2016
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Alejandra Mustakis: La sangre no es agua

Detrás de una de las empresarias e innovadoras más admiradas de nuestro país hay una infancia solitaria, un padre ausente y una madre esotérica que determinaron su coraje para emprender una y otra vez. Esta es la historia de cómo se construyó una mujer fuerte.

Por Verónica Ulloa Barra / Fotografía: Alejandro Araya


Paula 1203. Sábado 1 de julio de 2016.

A principios de abril en la Universidad de Los Ángeles, California, hubo una conferencia para chilenos que cursan MBA en distintas universidades de los Estados Unidos, que se reunieron con líderes que juegan un rol importante en el crecimiento y desarrollo de Chile. Entre tanta estrella de la economía nacional brillaba una más joven. Su nombre, Alejandra Mustakis (40) socia de Medular, Kauel, Stgo Maker Space e IF, hoy la emprendedora más famosa de Chile. Eran las cuatro de la tarde de ese sábado y la audiencia del Anderson School of Management, en su mayoría jóvenes menores de 30 años, escucharon atentos su presentación. Alejandra se desplazaba sobre el escenario con seguridad y soltura. Morena y delgada, atractiva, relató de tal forma su capacidad de asociarse, hacer empresas, emprender y sacar adelante proyectos que en su momento fueron inviables, que tuvo a todos siguiéndole el hilo casi sin pestañear. Les habló, por ejemplo, de la filosofía del IF, la fábrica de ideas que dirige y que se basa en “un sueño común, una plataforma física donde todos llegan con la disposición de solucionar un problema social y encontrarle un modelo de negocio escalable y sustentable”. Tal ha sido el éxito de esta economía colaborativa, que hoy la fábrica de ideas alberga a más de 45 entidades entre empresas, organizaciones y emprendedores. Este año se inauguró IF Valparaíso, 31E, con el apoyo de Corfo.

Alejandra es diseñadora de la UDP, pero se ha hecho conocida por predicar sobre el emprendimiento como si fuera un evangelio: con la finalidad última de trabajar y ser felices. Como la mayoría de los empresarios exitosos es audaz y resiliente. No todos sus tiros han sido goles, también ha fracasado, como esa vez en que apostó en su empresa Kauel por un producto que sería grito y plata, una pulsera tipo Kinect que reemplazaría a la consola con juegos fabricados en Chile y a un costo de 20.990 pesos.

Imposible que le fuera mal. Grabó un spot en su casa donde aparecían sus hijos y sobrinos jugando con la pulserita kinética, y mandó a hacer 20.000 pulseras. Solo se vendieron 4.000. Un traspié del cual hasta sus hijos aún se ríen.

“Todavía tengo 5.000 mil pulseras en mi casa”, dice ahora, un día helado de junio, mientras se pasea sobre sus tacos, con jeans y blusa de seda, por los 3.800 metros cuadrados del IF, sigla que viene de un poema de Kipling que era el preferido de su padre. Más tarde irá a hablar sobre emprendimiento al colegio de sus dos hijos, Alonso (14) y Juan Pablo (10). Después de esa charla en Los Ángeles, Alejandra ha seguido hablándole a la gente. Hizo charlas en Iquique, Copiapó, otras en Santiago; ha cerrado nuevos negocios. Además, la acaban de elegir en una encuesta de La Segunda-Feedback como la empresaria más admirada.

“Desde mi visión, tengo mucha mejor vida que alguien que está trabajando en una oficina, cumpliendo un horario y eso lo da el emprendimiento y es una de las mejores maneras para la mujer de enfrentarse al sistema”.

¿Cómo llegaste a convertirte en una líder emprendedora?
Nunca me di cuenta que era emprendedora, como que no tenía ese concepto en la mente. Me pasó en un minuto cuando tuve a mis hijos, que de verdad era muy feliz, pero sentía que no me estaba desarrollando profesionalmente, no era el minuto. De repente me ponía a decorar casas. Pero para mí era importantísimo buscar un lugar donde poder hacer la diferencia en algo.

“Mi mamá se las arregló para llevarme a un montón de cosas raras sin querer. No era lo más innovadora del mundo, pero sin querer lo hacía. La cantidad de gente distinta que conocí… No sé si eso me hizo más creativa, pero sí más libre”.

¿Necesitabas trascender?
Sí, hubo un minuto en mi vida que eso me dolía, me pasaban cosas, de verdad sentía que no era buena en nada. No sabía qué iba a hacer, necesitaba la partida. Esa fue la decisión de empezar a hacer cosas. Fue en 2008. Me junté con Pablo Llanquín (amigo de la infancia), quien llegó con la idea de hacer unos muebles muy bonitos y fue “ya, hagamos esto”. El primer paso fue crear Medular, y dijimos “si vamos a hacer esto, hagámoslo en grande”. Yo fui muy hinchapelotas, llamaba mucho a las tiendas de retail para que nos recibieran. Hasta que por fin nos dieron una reunión. Llegué a una de estas empresas sin nada más que un dibujo, un render que es muy parecido a la realidad, a venderle muebles y la persona que nos atendió dijo: “¡ah mira qué lindos!” y me preguntó, “¿los puedes meter en una caja?” Yo le contesté, “¡obvio que sí!” Me dieron una orden de compra por 500 muebles. Luego fui con la orden adonde mi papá para que me prestara la plata. Él me apoyó con el capital de trabajo. En ese minuto me metí en todos los problemas que te puedas imaginar, pero ha sido la mejor escuela que he tenido, hice de todo. Medular empezó a crecer rápido, tuvimos que contratar más personas, conocí el emprendimiento y me enamoré de la idea de poder partir de cero, de crear y desarrollar. Si me dices te traigo la franquicia más increíble de afuera, no me interesa. Me gusta crear.

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UNA INFANCIA SOLITARIA
Alejandra Mustakis Sabal es fuerte como su nombre, ojos, nariz y boca. Para entenderla es necesario viajar a su génesis. Es hija de Constantino Mustakis y Diana Sabal, dos personas que en la adultez se enamoraron pero que nunca vivieron juntos. Por él corría sangre griega, era un empresario de éxitos y fracasos pero no de estancamientos, gozador de la vida, amaba el baile, las mujeres, los libros, hablaba cuatro idiomas y fue padre por única vez a los 50 años. Diana, su madre, descendiente de palestinos y criada en una cultura machista y sobreprotectora, volcó su mundo a la crianza de su hija, al tarot y al esoterismo.

Pero, como en una tragedia griega, el amor no prosperó. Lo único que dice Alejandra sobre ellos dos es que “eran las personas más distintas en el mundo que yo he conocido”.

En la primera etapa de vida de Alejandra, su padre estuvo muy ausente. En ese entonces “Cocho” Mustakis, como le decían sus amigos, pasó de ser un hombre rico a perder casi toda su fortuna en una mala época para las fruteras en Chile. Tal como cuenta Alejandra, en la década de los 80 su padre tuvo que irse a trabajar afuera de Chile. En ese entonces ella no lo entendía, solo sabía que su papá no estaba. “Fue el 82, yo debo haber tenido 6 años. Lo veía muy poco de chica pero, además, se fue a Panamá y Ecuador a trabajar”. Después volvería a Chile y a retomar con mucho éxito su rol de empresario.

Diana, su madre, la crió sola, sin más hijos y sin muchas exigencias, pero sí le transmitió mucha fuerza. Su madre era “subjetiva”, como ella la describe, “esotérica”. Cuando Alejandra era chica a su mamá le dio con que se iba a acabar el mundo. Entonces no era raro que ambas, junto a otros seguidores de la Fraternidad Universal, viajaran en auto hasta Cochiguaz, en el Valle del Elqui, para ver ovnis y a escuchar a la Madre Cecilia, esa mujer de túnica blanca que sedujo a muchos con la idea de que el eje espiritual del planeta se encontraba en ese valle. El mundo tenía los días contados y solo las almas puras serían salvadas por naves que llegarían desde el espacio. Diana Sabal lo creía a pies juntillas y la pequeña Alejandra también. “El problema era que yo contaba en el colegio que el mundo se iba a acabar y me mandaban al sicólogo” dice hoy riéndose.

En cambio su padre era objetivo, pragmático y matemático. Pero ella no lo supo hasta mucho tiempo después.

¿En el colegio no eras popular?
Creo que más de grande. Como no había tenido una infancia tan armadita como otros, en el fondo al comienzo me costó un poco. Yo venía de una situación en que era muy difícil ser segura, porque venía de mucha inestabilidad. Me costó harto tiempo ser más segura. Mi mamá, quien era muy protectora, me tuvo a los 38 años, que para la época no debe haber sido joven. Mi papá no tuvo más hijos, nací cuando él tenía 50, pero como mi mamá me crió sola en ese proceso, mi papá no se podía meter mucho en la educación porque estaba poco, no tenía mucho derecho a decir “oye, que la Alejandra haga tal cosa”. Mi mamá le decía, “olvídalo”. Mi papá era muy estructurado. Si tú llegabas a decirle algo que no tenía una razón científica, te decía no. Mi mamá me crió sin mucha exigencia. Como que no me obligaba ni me decía “para que te vaya bien en la vida tienes que hacer tal cosa, que te vaya bien en el colegio, o tienes que estudiar una carrera”. No. Te diría que ella me transmitió muchas otras cosas, como la fuerza, y haber sido capaz de criar sola a su hija. Fue una leona.

¿Era sobreprotectora?
Muy sobreprotectora, tremenda, todavía –se ríe– me pregunta ¿qué vas a hacer? Ella era como todo lo subjetivo de la vida, entonces vivía preocupada de los ovnis, de las cartas, de la carta astral… Hubo un tiempo en que andábamos con mi mamá y sus amigos, y ellos me enseñaron desestructura, buscar el lado esotérico, a tener un lado subjetivo. Claro, mi papá era todo lo contrario, era matemático, tú le decías “mírate la carta astral” y te decía: “¡o sea!”… Imagínate que tenía a mi tía la Gloria Landaeta, entonces cuando era chica llegaba y les decía: quiero saber esto y llegaban todas mis amigas a mi casa porque estaban todas mis tías y no las soltábamos preguntándole por las cartas. También fuimos a ver a Miguel Ángel.

¿Y eso te molestaba o era tu mundo?
No sé si me molestaba, no me cuestionaba mucho a esa edad, era lo que me había tocado vivir y ahora, mirando para atrás, creo que todas las experiencias distintas en la vida son positivas y, en ese sentido, mi mamá se las arregló para llevarme a un montón de cosas raras sin querer. No era lo más innovadora del mundo, pero sin querer lo hacía. La cantidad de gente distinta que conocí… No sé si eso me hizo más creativa, pero sí más libre.

¿En toda esa infancia fuiste feliz?
Sí –contesta alargando su afirmación, pero mueve la cabeza queriendo decir más o menos–. Mi infancia no fue fácil, no todos tienen una infancia fácil, no estaba mi papá.

Hay personas que dicen que no puedes echar de menos algo que no se ha tenido. Tú naciste sin papá en la casa.
Pero uno mira al resto. Yo miraba a mis compañeros, no tenía más familia y en cierta manera me sentía medio sola. Si algo le pasaba a mi mamá, me quedaba sola, ese sentimiento era fuerte. Era muy temerosa. Y para ella no debe haber sido fácil criarme sola, se preocupó mucho de mí, no siempre la vi feliz, pero a pesar de eso a mí nunca me faltó nada. Ella fue y es una mamá muy bonita.

¿Cuándo te reencontraste con tu papá?
Mi papá era muy dado a las conversaciones y yo era muy chica, entonces no era muy experto con los niños. Y le tocó una quiebra tan grande que lo debe haber pasado muy mal en ese minuto. Lo veía mucho menos. Me acuerdo que venía como una vez al año a Chile, nos veíamos e igual era raro, pero cuando volvió al país yo salía todos los sábados con él, íbamos a visitar a su familia, los Anastassiou Mustakis. Mi papá era todo lo contrario, tenía una familia súper estructurada. Olvídate las pataletas que le daban para que yo entrara a un preuniversitario, yo le contestaba “no voy a ir”, empezaban las discusiones y me decía “es que tú no entiendes, tienes que estudiar”. Tampoco podía ir a hablar con mi mamá, porque ella le iba a decir que no me obligara, que era muy cansador. Bueno, finalmente estudié Diseño, me casé y fui mamá.

¿En qué minuto tu padre se transformó en una figura importante?
Siempre fue importante, lo que pasa es que cuando fui más grande tuve la suerte de tenerlo más cerca y entenderlo. Mi padre era un tipo excepcional, era un gran maestro, quizás había que tener cierta cabeza para poder entenderlo desde niña, pero lo pude hacer cuando me fui desarrollando y tuve la oportunidad de verlo cada vez más. Ahí fui aprendiendo su forma de ser, mi papá era muy brillante con la vida, se llevaba muy bien con ella.

¿Tu padre nunca se casó?
Sí, se casó, pero no tuvo más hijos. Yo tomé un rol muy importante en su vida y fue maravillosa nuestra relación. Fui muy relevante en su vida y, claro, al final era una locura por su hija.

¿Nunca te rebelaste contra tus padres?
No, yo me rebelo a través de otra forma, desde el amor. No soy de estar sacando en cara, de juzgar, de decirles a las personas algo a no ser de que sea muy necesario. En general, trato de ir donde uno tiene motivaciones con la gente. Con mi papá hubo varias cosas que pudo habernos llevado a una relación más complicada, no quise ver esa parte de la relación, siempre vi la parte linda del proceso y, cuando lo empecé a ver cada vez más, estaba muy contenta de que eso pasara.

¿Te ha pesado que tu marido sea Yarur (Pablo) y que puedan decir que te ha ido bien por estar casada con él?
Eso ha sido…bueno no me lo dicen a mí, pero lo dicen seguramente. Yo creo que acá siempre desvalorizamos al que hace cosas, dicen “ah, porque ella es la señora”… Yo tuve muchas oportunidades y lo tengo clarísimo, tuve privilegios que la mayoría de las personas no tienen, lo entiendo, y eso es lo que quiero cambiar. Pero hacer cosas nunca es fácil, no tiene que ver que él sea quién es, al revés te diría que me complica el doble llamar a Pablo para pedirle algo, o sea no lo haría nunca –se ríe con ganas– él tiene su estilo, es distinto. A un hombre jamás le van a preguntar si la mujer lo apoyó.

En general, trato de ir donde uno tiene motivaciones con la gente. Con mi papá hubo varias cosas que pudo habernos llevado a una relación más complicada, no quise ver esa parte de la relación, siempre vi la parte linda del proceso y, cuando lo empecé a ver cada vez más, estaba muy contenta de que eso pasara.

Pablo tuvo la linda visión de dejar a su mujer desarrollarse, por lo tanto tiene a una mujer muy contenta todos los días, eso es lo importante, cómo lo hizo, si me tuvo que ayudar o no, solo me dejó ser. Me dio espacio… Así también, yo he sido súper pro en admirar a Pablo como es, en su estilo, con todo lo que a él le ha gustado. Ese concepto entre ambos ha sido muy sanador para mantener nuestro matrimonio tantos años.

Eres una líder mediática, ¿te interesaría participar en política?
No me he animado nunca a participar en política, no siento que sea la única manera de hacer un servicio público. Quiero hacer buenos aportes, pero desde mi rol. Y eso implica que ojalá me pueda juntar con todos los políticos, porque nos tenemos que empezar a juntar más, conversar, a que valgan las ideas, a construir, creo que de peleas y divisiones ya hemos tenido suficiente. Me da un poco de pena ver que todo es crítica, que nadie se atreva tomar decisiones, porque si saben que hago algo me van a sacar la mugre, entonces mejor no hacer nada y es lo peor que nos puede pasar como país.

¿Cuál sería tu crítica a los empresarios?
Yo creo que los empresarios han cumplido una función increíble y también entiendo que se sientan súper pasados a llevar porque también les ha tocado duro. Los pelan por todo. El problema es que la gente se siente muy lejana a ellos. Los empresarios tienen que ir a la calle, pero si se juntan solo empresarios con empresarios y siempre en los mismos lugares, es obvio que se ve lejano. Pasa algo muy común: en la vida uno trabaja con quien confía, esto no tiene nada que ver con ser bueno o malo, entonces es normal que hagas negocios porque los conoces y confías, es muy difícil estar con alguien que no conozcas o que es muy distinto a ti. Porque en Chile los pares se juntan con los pares en todo orden de cosas, no solo los empresarios.

¿Cómo rompemos esa brecha?
En el fondo, romperla es empezar a conversar, a construir entre los distintos. Pero para eso primero tiene que cambiar la forma, si estás criticando, haciendo la guerra y peleando por todo, obvio que es muy difícil hacerlo. Ahora, cómo encontramos los lugares para que eso pase, es lo que estoy tratando de hacer en lo mío.

Hay un sueño mayor que se llama Chile donde todos somos parte. Uno peleando nunca saca nada bueno, y la construcción saca lo mejor de sí y pucha que me gustaría que fuera más para ese lado. Yo tengo la suerte de trabajar en un lugar que pasa eso todos los días y me fascinaría que eso pasara más.

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