Alejandro Sieveking: el guardián de Bélgica

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Alejandro Sieveking: el guardián de Bélgica

Por Ignacio Tobar / Fotografía Juan Pablo Sierra

El premiado dramaturgo reconstruye fragmentos de su historia de amor de más de medio siglo con la emblemática actriz del Teatro Experimental de la Universidad de Chile, que hoy lucha contra una demencia a sus 97 años. “Nunca vivimos una crisis fuerte como para separarnos. El humor fue clave, nos reímos de nosotros y de los demás. Y además nunca nos sentimos como la última chupada del mate”, resume el autor de La remolienda.

De pronto aparecieron globos en el cielo. Una casi invisible gotera infló la pintura del departamento donde Alejandro Sieveking y Bélgica Castro viven desde la década de los 60. Sus precoces años de estudiante de arquitectura lo obligan a ser detallista con las paredes y exigente con el maestro que hace un mes pintó el inmueble del piso 8. “Pero mira los globos en el techo… arreglar algo así es como hacer una obra sin saberse el texto”, bromea el actor y dramaturgo que en un mes cumple 84 años.

Tras la puerta de corredera que está a su espalda, Bélgica Castro, su compañera desde 1956, descansa en su cama. Camino al centenario, la actriz y fundadora del Teatro Experimental de la Universidad de Chile enfrenta los naufragios de la edad. Ya tiene 97 años y sufre una demencia que cambió sus hábitos y horarios. “Va y viene”, dice Alejandro sentado en el comedor del departamento frente al cerro Santa Lucía. El mismo donde Sebastián Silva y Pedro Peirano rodaron la cinta Gatos viejos (2010), con la pareja como protagonista. El mismo por donde se pasea Aliocha entre libros y piezas de arte que han reunido de sus viajes. Aliocha, el gato que comparte los silencios con su dueña. El ventanal está abierto y, majestuoso, se asoma el cerro, que en sus lógicas de regadíos automáticos indican que el tiempo no para.

“Cuando se deja de trabajar en lo que a uno le gusta, se sufre. Por eso es una suerte que ella tenga una especie de olvido al respecto. Pero no total, porque yo le digo ‘tengo un ensayo’ y me dice ‘ah, ya’. Me autoriza, jajajá. Y cosas así. El hecho de tener esos olvidos le permite no angustiarse. Pero yo tengo que trabajar. Además de acompañante tampoco le serviría mucho, porque ella tiene unos horarios de levantarse y acostarse muy personales. Se levanta pocas horas y según dictamina la enfermera, la Cecilia”, cuenta el autor de Tres tristes tigres, premio nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales de Chile 2017. El mismo que obtuvo Bélgica en 1995.

Y entra Cecilia en escena. La enfermera que cuida la salud de la nonagenaria actriz trae café y trozos de un pastel de milhojas: la debilidad de Sieveking. Ataviada con el delantal de sus labores, Cecilia le inyecta vitalidad al departamento. Es una mujer enérgica y cariñosa. Y una impensada compañera de ruta del dúo más longevo del teatro chileno, cuya última vez juntos en escena fue con la obra Pobre Inés sentada ahí (2016), que Alejandro escribió para Bélgica.

Ahora que vas a tener 84 años, ¿sientes que la vida se pasa volando?
No. Se pasa como a todo el mundo. Este año ha sido complicado también porque me dio lo de la arritmia, aunque siempre la he tenido, pero me dio más fuerte ahora, y el doctor naturalmente me cortó el cigarro. Fumaba 16 diarios.

¿Te acuerdas cuando Bélgica era tu profesora en la escuela de teatro y comenzaron a enamorarse?
Me acuerdo, claro. Fue un escándalo. Aunque nosotros no lo sentimos así. Además que entre los actores no era algo horroroso, era una actriz más que profesora. Y el tema de la diferencia de edad siempre ha existido. Ella acababa de hacer Tío Vania de Chéjov. Interpretaba a Sonia maravillosamente bien, era para enamorarse. Fue tanto que se corrió la voz por Argentina y Uruguay y la invitaron a hacer Las tres hermanas, también de Chéjov.

Más libros y menos comida

Tras sus viajes con Las tres hermanas, Bélgica y Alejandro coincidieron en el vodevil Un sombrero de paja italiano, donde también actuaba Víctor Jara. Fue en 1956 y ahí se concretó el flechazo. Ella estaba casada con el director y actor Domingo Tessier y tenía un hijo.

“Yo tenía 22 años. A mí ella me inspiraba y, obviamente, eso era fácil. Lo difícil es que ella se enredara conmigo. Lo que nos pasó es que nos reíamos con las mismas cosas, nos cargaban las mismas cosas. Ramón Núñez nos dice ‘es desesperante que estén pensando lo mismo sin consultarse siquiera’”.

Aunque suene siútico, son como almas gemelas.
Claro, pensar lo mismo, divertirse con lo mismo. Fue muy rápido todo. ¡Ah! Pero ahí empezaron los consejos: nos invitaban a tomar té al café del Hotel Crillón, sobre todo a la Bélgica, para hablar del ‘problema’. Que lo pensara bien. Lo divertido es que mucha gente que le dio consejos luego se separó del marido.

¿Te acuerdas del primer beso?
¿Beso?… sí, más o menos… no, no me acuerdo exactamente. Pero la primera vez que se vio que no era una amistad muy platónica lo nuestro fue en una fiesta de Navidad en la casa de una actriz cerca de la Plaza Pedro de Valdivia. Ahí bailamos y nos vieron juntos en sociedad.

Testigo de ese romance fue Víctor Jara.
Claro. Éramos íntimos amigos, compañeros de escuela. En un momento decían que en la escuela hacían mis obras porque yo era pareja de la Bélgica. Y una vez en un café me fui a pegarle al que andaba diciéndolo, pero Víctor corrió más rápido y le pegó primero. Le daba más rabia que a mí. Víctor tuvo un éxito apoteósico con una obra mía, Parecido a la felicidad, la primera que dirigió (1959). Nos fuimos de gira y ganamos plata. Ahí trabajamos con la Bélgica. Y cuando se nos acabó la plata entré a trabajar a la Biblioteca Nacional y nos casamos, porque podía pagar un arriendo, jajajá. Nos casamos el ‘62 en la casa de mi mamá en Diego de Almagro y nos vinimos a vivir a un edificio acá al lado.

¿Dónde carreteaban en esa época, en qué lugares de Santiago?
Trabajábamos mucho, salíamos muy poco. Por esos años murió de cáncer Tito Heiremans (El abanderado, El tony chico) y me convertí en una suerte de heredero suyo y terminé yo escribiendo los libretos de Juani en sociedad, el programa que él tenía en televisión. Un tiempo después, cuando le dábamos forma a la compañía Teatro del Ángel con la Bélgica, nos fuimos ocho meses de gira por Europa. Fue en el 70. Nos invitaron a ver teatro. Vimos 180 obras. Y el teatro checoslovaco nos pareció el modelo a seguir: se hacía en teatros pequeños y con decorados muy modernos. Comimos poco y nos gastamos la plata en libros, la mitad de los que ves aquí los compramos allá.

Los aviones por Miraflores

El sábado 8 de septiembre de 1973 Víctor Jara pasó a visitar a Alejandro y Bélgica al almuerzo. Prefirió no comer. En los últimos años de su vida el cantautor se presentaba mucho en vivo y cuidaba su figura. “Era vanidoso”, recuerda Sieveking en el mismo espacio donde vio por última vez a su amigo. Lo tenía convencido para dirigir su obra La virgen del puño cerrado, que tras el Golpe pasaría a llamarse La virgen de la manito cerrada.

En calle Santa Lucía, al salir, Jara se topó con el hermano del dramaturgo, que vivía en Brasil y se encontraba de visita en Chile. “’Qué bueno que los chiquillos tengan dónde irse’, le dijo Víctor a mi hermano. Nosotros sabíamos que venía algo, pero nunca que venía, que sé yo, Godzilla. Este departamento antes llegaba hasta Miraflores y por ahí vimos pasar los aviones. La Bélgica se pegaba en la pared con cada bombazo. Nosotros habíamos hecho justo Espectros, de Ibsen, que no es una obra muy alegre, y mi mamá había muerto hacía un mes; no estábamos de ánimo muy bueno. Y vino el Golpe. Pero tienes que apechugar y seguir. Teníamos la compañía y éramos responsables de pagar sueldos”, relata.

Jara fue asesinado el 16 de septiembre. Pero ellos se enteraron días después. “Fuimos a preguntar por él a la morgue y nos trataron horrible, con puras groserías. Dijeron que la Bélgica era la ‘amiguita’ de Víctor, unas cuestiones que uno decía qué, qué está diciendo. Y la Bélgica me pegaba unas patadas, de las que aún tengo las marcas, para que me callara. Lo de Víctor fue devastador. Después al tiempo nos fuimos de gira fuera de Chile y Dionisio Echeverría, el español que manejaba las platas en la compañía, nos consiguió entrar a Costa Rica, el único país que no estaba en dictadura y que tenía ministerio de Cultura. Llegamos el 74 y volvimos 10 años después”.

¿El exilio los unió más como pareja?
Ya en el mismo viaje uno se preocupa más del otro, porque no estás en tu ámbito, en tu comodidad, donde sabes a quién recurrir. Ahí nos protegimos el uno al otro.

¿Nunca enfrentaron una crisis fuerte?
No, para nada. No para separarse, para abrir el clóset y ver qué te vas a llevar, sí. Típica pelea de matrimonio que infla una cosa pequeña. Lo importante es darse cuenta de que uno está cometiendo el error, que uno es el culpable. Así ves el problema desde otro ángulo. Si los dos somos culpables nadie es culpable. Pero eso nos habrá pasado tres veces desde que nos casamos.

El humor fue clave
Nos hemos reído de nosotros, de los demás, de cualquier cosa. Uno hace chistes tontos y el otro no te mira feo.

¿Se echan tallas por estar viejos?
Menos. A la Bélgica nunca le gustó hablar de la muerte. En cambio para mí es un tema dramatúrgico interesante. Además nunca le he tenido miedo, me da susto y pánico el dolor, porque sé y he visto cómo la gente deja de ser ella con el dolor, pero no la muerte. Si uno se muere y qué.

Tú vives con un cáncer de piel hace más de 30 años.
Me lo diagnosticaron el año 84. Es benigno. Me he hecho más de 160 operaciones. Tengo que sacarme lunares y pequeños tumorcillos. Pero está a raya.

¿A los 80 años se reflexiona distinto sobre la muerte?
Es igual. Piensa que a los 4 años para mí leer Batman era como la Biblia. Y en algún episodio apuñalaban a un personaje mientras dormía de espalda. Una muerte violenta. Tanto que empecé a dormir de lado, jajajá.

¿Has pensado que quizá en un futuro no lejano Bélgica no esté?
Sí, claro. Uno siempre piensa. Pero las cosas no son exactamente como uno espera. Me puedo morir antes yo y eso me preocupa mucho más. Si me muero yo antes es una situación más complicada, me da miedo dejarla desvalida.

¿Sientes que el mundo que ustedes construyeron despareció de algún modo?
Claro que sí, pero tenemos varias predilecciones y siempre te queda alguna de repuesto. No hemos sido solo teatro. Nos gusta el cine, hacer series de TV, escribir, la pintura, nos gusta el mundo, nunca nos vamos a quedar sin algo que nos apasione. Nosotros nunca nos hemos creído, nunca sentimos lo que la gente siente al tocar techo. Sabemos que no podemos tocar techo porque el techo siempre se pone más alto, cambia, no es el mismo. No pensamos que somos muy extraordinarios, tenemos condiciones y ganas de hacer cosas nomás. No nos sentimos únicos o la última chupada del mate, porque no es cierto. Además creerse es ponerle un epitafio a tu vida, un límite. Para mí ha sido una suerte compartir con la Bélgica la vida. Que esta estrella se haya fijado en mí. Porque ella lo que vio en mí fue seguramente una posibilidad de persona, una posibilidad de talento y desarrollo. Pero tampoco se detuvo a pensar mucho. Porque uno vive nomás, sin hacer cálculos, es muy raro hacer cálculos sobre la vida y la pareja. Ahora, en lo personal, soy muy engreído, sé que tengo talento y sé que no he escrito la obra perfecta aún. El tiempo determina los aciertos, las cosas buenas duran.

¿Cómo está la salud de Bélgica hoy?
Ella está bien en general. Cuando tiene momentos bajos y se cansa extremadamente, no le interesa el mundo. Tiene demencia por edad, no es alzhéimer. Ella va y viene. Lo importante a nuestra edad es no quedarse, aprender cosas.

¿Crees que Bélgica ha sido reconocida en Chile como lo merece?
Sí, la gente siempre la quiso mucho, vas con ella por la calle y se le cuelgan del cuello. Aunque, claro, desapareces de circulación y desapareces del pensamiento de la gente.

Sieveking se queda en silencio un momento mirando el cerro Santa Lucía. Y dice de pronto: “Mira, empezaron los álamos, ¿lo ves allá arriba?, ¿ese amarillo? Empiezan a florecer. Ese es el comienzo de la primavera”.

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