Alexandra von Hummel: Salto de fe

Reportajes y Entrevistas

Alexandra von Hummel: Salto de fe

Por Juan José Richards / Retrato Valentina Bird

La actriz interpreta a una monja que vive una crisis de fe cuando una mañana despierta marxista y atea en “Fe de ratas”, una comedia negra sobre los abusos a menores en la Iglesia y el SENAME que se estrena este jueves en el GAM. Aquí habla del rol de las actrices ante la contingencia y de la extrañeza que le genera la vida eclesiástica. “La crisis de la Iglesia es una oportunidad para indignarse y cuestionar todo”, dice.

En un comienzo la obra “Fe de Ratas” no parece una obra. Comienza como una lectura dramatizada en un escenario donde sólo hay una mesa y cuatro sillas. Ahí los actores de la compañía La María están rezando y pidiendo perdón. A medida que avanza, esa lectura va convirtiéndose en obra. “Se trata de un obispo que ha sido muy importante para Chile, que durante dictadura salvó a mucha gente y al que le están haciendo un homenaje”, explica su protagonista, la actriz Alexandra von Hummel (“Las huachas”, “Numancia”).

El obispo de la obra administra un hogar de menores llamado El Vaticano y justo antes de que lo homenajeen, se destapa un caso de abuso sexual contra un niño haitiano que está a su cuidado. Así comienza una conspiración de distintos religiosos por taparlo mientras una encargada del SENAME y un investigador papal se involucran en la trama. “Las obras se tratan de temas y tratan temas. Esta se trata de los abusos a menores en la Iglesia, pero trata sobre el acto de creer”, cuenta Alexandra.

¿Por qué una obra sobre la fe hoy, cuando la Iglesia Católica vive una de sus crisis más mediáticas?
Si bien hoy la Iglesia vive una crisis, a mí me interesa el tema que está más allá de la contingencia. Esta crisis es una erupción y una oportunidad para preguntarse todo. Preguntarse, por ejemplo, por las estructuras de poder, cómo funcionan, quiénes las sostienen. Y por qué.

En “Fe de ratas” la actriz interpreta a una monja alemana que de a poco se da cuenta de los abusos que cometió el obispo. “En un principio es cómplice, le pone pañales a los niños porque sangran de tan abusados que están, pero luego eso cambia”, cuenta.

¿Qué sabías antes de esta obra de las monjas?
Estuve en el Villa María Academy, colegio de monjas, y siempre supe lo que son las monjas. Me acuerdo cuando estaba en primero básico y ellas nos preguntaban quién de nosotras quería ser monja, y todas nos escondíamos. Esta monja que interpreto en la obra es muy servil, acata órdenes, los curas la tratan como empleada. Hace lo que le pidan. Tiene insomnio porque ser cómplice de los abusos no la deja dormir pero luego, una mañana despierta y dice “Dios no existe”. Y eso cambia todo.

¿Y qué define esa crisis?
No es que la monja agarre otro poder porque modifique el rol que ocupa en la jerarquía de la iglesia, sino que aparece el poder del pensamiento individual y crítico.

¿Qué tiene de ti este personaje?
Ella está inquieta. Está desajustada. A mí me pasa que cuando algo me incomoda, lo miro y me hago preguntas.

¿Y qué tiene ella que tú no tienes?
Me parece muy raro y violento creer que está bien que exista una estructura donde las mujeres ocupan un lugar inamovible.

¿Eres creyente?
Creía porque mi mamá creía, pero en algún momento empecé a encontrar nociva la religión.

¿Viviste una crisis como la de tu personaje?
Cuando niña iba a misa y me preguntaba por qué la Iglesia enseñaba la caridad y no la indignación. La solución a los problemas era rezar y la fe me empezó a hacer ruido. ¿Por qué las cosas no podían cambiar? Juan Radrigán alguna vez dijo que la religión le parecía especialmente peligrosa para los marginados porque promete algo para después, el ahora no importa, todo queda aplazado para más adelante. Me di cuenta que la religión y la Iglesia permiten que las cosas sigan igual.

¿Y el teatro enseña a indignarse?
Me hago esa pregunta, pero quizás los que tienen que hablar de eso no somos los actores. El teatro lo que hace es poner en relación cosas distintas y trabajar a través de los afectos. No hablo de los cariños, sino que de cómo una cosa afecta a la otra y la moviliza. De alguna forma el teatro también es un acto de creer, es un contrato momentáneo donde uno entra en un rito, parecido a una misa, en el que hay un acuerdo tácito de entrar en eso y creer la ficción.

¿Qué te gustaría que le pasara a alguien que viera esta obra?
Me interesa excitar la capacidad de un espectador por leer algo. Ahora, lo que esa persona lea en esta obra, me da lo mismo. Me gusta que en el escenario haya fricciones que planteen preguntas y la capacidad de hacer relaciones. Desde los materiales hasta las palabras.

¿Y a ti qué cosas te afectan y te movilizan?
Me siento impotente por ejemplo para luchar por cosas como la injusticia. Creo que no tengo las herramientas. Pero algo extraño me deja pensando. No puedo comprender cómo las cosas siguen así, y empiezan a parecernos normales.

¿La normalización de qué, por ejemplo?
De todo, prácticamente. Pienso en las cárceles, por decirte algo. Si las miramos con un poco de distancia son jaulas. ¿Por qué hay seres humanos enjaulados? El lenguaje nos dice que son cárceles, esa es la palabra, pero ¿por qué están en una jaula? No digo que yo tenga una solución para las cárceles ni para el sistema penal, pero es algo que me extraña, me inquieta.

¿El teatro tiene la posibilidad de cambiar las cosas?
Siento que cuando el teatro trata de decir cómo cambiar el mundo, de dar soluciones, de dar mensajes, es paternalista. Eso supone que hay alguien sobre el escenario que sabe y otro, el espectador, que no sabe. A mí me gusta pensar que mi público serán personas a quienes admiro y por lo tanto van a hacer relaciones que ni siquiera me puedo imaginar. No sé cuándo los actores y actrices se convirtieron en líderes de opinión. Puede haber algunos, claro que sí. Pero no como gremio. Eso lo encuentro súper raro. Pareciera ser que son adalides de una causa y no contribuyen a la complejidad de la discusión. Yo quiero escuchar a Diamela Eltit, no a la actriz de la teleserie. La normalización del actor como líder de opinión no la entiendo.

¿Te convocaron a la marcha del aborto libre?
En términos genéricos sí. En particular, no.

¿Fuiste?
No. Siento que hay una especie de farandulización. Esto lo digo sin juicio, sin juzgar a los que lo hacen.

¿Entonces cuándo te gusta aparecer como actriz?
Doy entrevistas para las obras, pero sólo eso.

El año 2000 Alexandra y Alexis Moreno fundaron la Compañía La María, uno de los grupos teatrales más relevantes en la escena nacional. “Fe de ratas” es su vigésima obra, se estrena esta semana en el GAM y que estará en cartelera del 27 de septiembre al 20 de octubre, y promete ser uno de los títulos fuertes de la temporada. Ahora la compañía viene llegando del Festival International Neue Dramatik (FIND), en Berlín, organizado por la Schaubühne, donde presentaron la obra “El hotel”, dirigida en conjunto por Moreno y Alexandra.

Durante esa gira, compartieron con compañías cuyos actores ensayaban de nueve de la mañana a seis de la tarde, “no como acá, que uno ensaya después del trabajo”, cuenta la actriz. “Me da lata hablar de la típica queja, pero en Chile hay un tema de financiamiento. El tope del imaginario es la plata. En Berlín uno puede sentarse en un teatro y ver un camello en el escenario. Y un camello en el escenario, por más que uno intente con ingenio replicarlo, es un camello en el escenario. Acá eso no puede pasar. Para mí el teatro es hacer aparecer algo, como en un sueño, y si no hay financiamiento, es difícil”, explica.

Alexandra es pausada para exponer sus ideas, gesticula sólo cuando quiere resaltar algo. Antes de responder cualquier pregunta parte diciendo “Yo creo”, y es consciente de eso. Asegura que no se trata de una muletilla. Cuenta que en las clases que hace a los alumnos de actuación en la Universidad Católica, donde enseña la poética de Brecht, lo hace desde su propio punto de vista, por eso cuando les explica algo, siempre les dice “Esta es mi opinión de las cosas, esto es lo que yo creo”.

¿Y en qué crees tú?
Paradójicamente creo en creer. Creo en los saltos de fe, aunque no tenga un sistema de fe central. Creer o no creer en Dios da un poco lo mismo. Creo en lo que estoy haciendo ahora, que es esta obra. Y la verdad es que no sé qué vendrá después.

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