Alimentar a un prematuro

Reportajes y Entrevistas

Alimentar a un prematuro

Por Karina Salinas / Ilustración Gertrudis Shaw

Mi hijo venía con restricción de crecimiento intrauterino. Al nacer, pesó 1,36 kilos y midió 39 centímetros. Por eso, desde su parto junto a mi marido tuvimos que readecuar todas nuestras ideas y expectativas. Entender y aceptar que nuestra guagua entraría a neonatología, un lugar hostil según nuestro punto de vista, alejado del hábitat natural que creíamos necesario para un recién nacido. Sabíamos que estando ahí, íbamos a quedar supeditados a lo que dijera un médico y que tendríamos que luchar para ser escuchados y que se cumplieran algunos de nuestros ideales. El primer mes teníamos una meta bien clara: lograr que mi hijo llegara a pesar dos kilos. Mientras, en mi cabeza pensaba: “ojalá me lo pasaran. En una semana a libre demanda sin dudas salimos adelante”. Pero no, teníamos que ser pacientes y esperar.

No quiero decir que la Neo fue lo peor, porque al contrario, después de vivirla nos sorprendió la tremenda entrega del equipo que ahí trabaja. Mi hijo fue un regalón y se notaba que lo querían harto. Pero para poder apreciarlo así, tuvimos que soltar, rendirnos y aceptar que no podíamos tomar y abrazar a nuestra guagua. Entender el no poder tocarlo sin antes pedir permiso, no poder olerlo, no poder darle pecho, aceptar que le dieran cualquier cosa, cualquier medicamento.

Mientras él seguía en la Neo, por suerte tenía a mi hija de 2 años y 3 meses en la casa, que estaba fascinada con su mamá que era un torrente de leche. Así fue como ella me ayudó con la extracción y colaboró para que no se me congestionaran los pechos. Obvio que viví transformaciones, que tuve por ahí alguna glándula más grande que se escapaba por algún lugar que no debía, pero por suerte con la lactancia soy relajada y estaba consciente de que cualquier problema se solucionaba con la succión, así que ahí tenía a la hermana mayor ayudando al cien por ciento.

A mi hijo en la Neo lo alimentaban con mi leche en mamadera, lo que me hizo estar un mes entero extrayéndome, con uno eléctrico en la clínica y con uno manual en mi casa. Usar el extractor es difícil, sobre todo cuando recién estás partiendo este proceso, y más aún si no tienes el estímulo directo de la boca del bebé que ayuda a desencadenar todo un cóctel hormonal para que baje la leche, pero estaba tan impulsada por las ganas de querer sacarlo luego de ahí, que logré armar un banco de leche tremendo que me permitía alimentar incluso a más guaguas. Así me veía el mundo en esos días: sacándome leche mientras lo acompañábamos en su incubadora, en el auto, en la casa y dándole también a mi hija, lo que me daba tranquilidad y orgullo por verme capaz de dar leche de sobra para mis dos niños.

Cuando me permitieron darle pecho a mi recién nacido fue maravilloso, pero su boca era tan pequeñita que no había un buen acople. Y aunque intentaron ayudarme, me era incómodo no tener el control y escuchar a mi instinto. De nuevo, mordiéndome la lengua, dejé que todo pasara rápido para poder irnos pronto a la casa y poder decidir cómo y cuándo alimentarlo. Cuando llegó a pesar dos kilos habiendo cumplido un mes en la Neo, nos fuimos a la casa y le advertimos a mi hijo que era hora de despedirse de la mamadera. Ahora no habría otra cosa más que mi pechuga a libre demanda. Y fue tal, que desde entonces nunca más aceptó tomar una mamadera cuando la hemos necesitado. Estando en la casa mejoramos el acople, y probamos distintas posiciones para darle lo mejor y de la mejor manera posible. Y así pude, por fin, entregarme en un cien por ciento a alimentarlo.

Con esto aprendí lo importante que es entregarse, dejarse llevar, confiar en uno y en la cría. Probar, equivocarse y volver a intentarlo. La leche materna para mí es el mejor alimento, el más completo, el más vivo. Ningún otro se adapta a las necesidades específicas de cada niño. Y por eso, al menos en mi caso, valió la pena intentarlo.

Karina (33 años) tiene dos hijos y es asesora de lactancia y bloguera.

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