Amor de biblioteca

Reportajes y Entrevistas

Amor de biblioteca

Por Constanza Barra / Ilustración Gertrudis Shaw

Siempre he sido una fanática de los libros. Me encanta sumergirme en cada uno de ellos y olvidar, aunque sea por unos minutos, lo que está pasando a mi alrededor. Se podría decir que soy la típica ‘ñoña’ que prefiere pasar su tiempo libre leyendo más que sociabilizando. De hecho, para esto último no soy muy buena y, por consecuencia, tampoco era buena para tener pareja. Me describo como una mujer súper tímida, que le cuesta bastante abrirse al resto. Sin embargo, hace un año que el amor tocó a mi puerta. Aunque más que a la mía, a la de la biblioteca pública a la que asisto. Fue gracias a ese lugar que conocí al hombre que logró despegar mi mirada de los libros.

Mi abuela es la gran responsable de mi pasión por las letras. Ella es analfabeta y apenas aprendí a leer, agarré el diario y comencé a compartirle cada una de las noticias que aparecían impresas. En vez de llegar a mi casa después del colegio a ver televisión, me instalaba su lado y le leía durante horas para que se entretuviera. Esas lecturas terminaron por convertirse en cuentos y novelas. Algunos que contaba en voz alta y otros que prefería guardar solo para mí, los que me ayudaban a construir una realidad paralela y refugiarme en ella.

Cuando entré a la universidad, hace cuatro años, me inscribí en una biblioteca pública para estudiar y leer en mi tiempo libre. Me encantaba estar en ese lugar porque sentía que era uno de los pocos donde no iban a juzgarme. Estaba yo, pero también otra decena de personas que compartían mi mismo hobby. A ese grupo, llegó Sebastián, un hombre delgado, de estatura mediana, moreno y con anteojos. Me pareció interesante apenas lo vi, sin embargo, era mucho mayor que yo así que jamás pensé que podía fijarse en mí.

Aunque intentaba no ser descarada, reconozco que me costaba concentrarme en mis libros. Tendía a alzar la mirada todo el tiempo para saber en qué estaba y cuál era la lectura que lo tenía atrapado esa semana. Y muchas veces esas miradas coincidían con las de él, acto que me ponía bastante nerviosa. Una de las cosas que más me atraía era su fascinación por las historias de guerra, ya que esa es mi temática favorita. Recuerdo que el año 2008 leí mi primer libro sobre eso, llamado ‘El niño con el pijama de rayas’, y no me detuve más. Con Sebastián no calzábamos en todos los horarios, pero cuando aparecía, sabía que mi tarde iba a ser más entretenida.

Cada uno se sentaba en diferentes extremos, sin embargo, él de a poco fue a acercándose más. Ese gesto lo agradezco, porque mi timidez jamás me hubiese permitido dar algún paso. Eso me hizo sospechar sobre su interés. ¿Acaso la atracción era recíproca? Como sabía que ahora podía observarme de cerca, empecé a arreglarme mucho más. Siempre me he preocupado de mi presentación, pero era entretenido forzarlo.

Una tarde, mientras leía la biografía de Anna Frank, Sebastián se acercó para pedirme prestado el diario que estaba sobre mi mesa. Sin querer interactuar tanto se lo entregué, él dio media vuelta y cuando estaba listo para volver a su puesto se detuvo, volvió hacia mí, y me preguntó si quería salir a tomarme un café con él. Aunque por dentro me estaba muriendo, acepté y nos fuimos juntos.

Ha pasado casi un año desde ese día y no nos hemos vuelto a separar. Con Sebastián nos dimos cuenta que, además de los libros, teníamos muchas otras cosas en común: gustos musicales, fútbol y nuestra forma de ver la vida. Sin embargo, la pasión por la lectura es lo que más nos hizo congeniar, lo que hizo que dos personas que cargaban historias totalmente diferentes coincidieran en un mismo espacio.

Todavía sigo siendo una amante de los libros y pienso que siempre lo seré. Y aunque ahora quiera compartir mi tiempo, los dos sabemos respetar ese espacio que tanto necesitamos. Es que creo que para que las cosas resulten, uno jamás debe renunciar a lo que lo hace feliz. Y para nuestra buena suerte, nos tocó compartir el mismo hobby. Uno que podemos hacer estando juntos físicamente, pero que también nos permite perdernos en nuestro mundo interior. Ahora seguimos asistiendo a la misma biblioteca, llegamos por separado, pero siempre terminamos sentados al lado.

Constanza Barra tiene 24 años y está estudiando administración de empresas. 

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