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27 julio, 2017
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Amor sin prejuicios

Paulina Dressel tenía 22 años cuando conoció a Francisco Undurraga, ex dueño del Emporio La Rosa y actual presidente de Evópoli, quien tiene una discapacidad importante: nació sin sus piernas, usa prótesis, y también le falta un brazo. Hace 23 años están casados, tienen tres hijos y son muy partners. Acá, ella reflexiona sobre cómo ha sido elegir a un hombre diferente, con tanta potencia interna que su discapacidad no es tema. .

Por Carla Alonso / Fotografía: Alejandro Araya


Paula 1231. Sábado 29 de julio de 2017.

Esa noche, Paulina Dressel (47) había ido con unas amigas a la discotheque Oz de Bellavista, a distraerse un rato: en ese tiempo tenía un pololo que “no era muy bien portado” y andaba media deprimida, cuenta hoy en el living de su casa en Las Condes, mientras toma un café de grano que ha preparado.

Corría el año 1992, ella tenía 22 años y estudiaba Derecho. Esa noche se acercó a la barra y reconoció entre la gente a Francisco Undurraga, quien nació sin sus piernas y sin un brazo, producto de que a su madre, tras un accidente, la pasaron por rayos X cuando estaba recién embarazada y no sabía. Francisco –quien entonces tenía 27, trabajaba de publicista y usaba unas prótesis en las piernas– estaba con unos amigos y la sensación que tuvo Paulina fue la misma que cuando lo divisó por primera vez en la televisión, en una actividad relacionada con la Teletón. “Lo vi en la tele, me encantó y se lo comenté a mi hermana. Le dije: ‘oye, ¿viste a este gallo?’. Lo encontré buenmozo, choro. Encontré que tenía ene personalidad”, dice Paulina.

Francisco hoy tiene 51, es publicista y uno de los ex dueños del Emporio La Rosa (que vendieron el año pasado). Recién fue elegido presidente de Evópoli y probablemente será candidato a diputado por el distrito 11. Ha dado varias veces su testimonio en la Teletón –una de las cuales vio Paulina– y trabaja por la inclusión en las empresas. La primera vez que lo entrevistó Don Francisco fue en la Teletón de 1981. Él tenía 16 y dijo: “Todas las personas somos lisiados. Unos llevamos los defectos afuera como nosotros  y otros los llevan más escondidos”. El teatro –se ve en el video de Youtube– se vino abajo aplaudiendo.

“Me estás leseando”

En la sala de la casa de Paulina hay cuatro cuadros de la artista chilena Roser Bru. Uno de ellos, una sandía, fue parte del regalo que hicieron los artistas del Taller 99 de Nemesio Antúnez –al que perteneció su suegra, la artista Teresa Gazitúa– el día de su matrimonio. Otro de los cuadros de Bru que exhibe la pared reza: “El sueño compartido”.

Paulina se acomoda en el sofá y sonríe al continuar recordando su historia. Cuenta que esa noche de jueves en la Oz, Francisco primero sacó a bailar a su amiga Mónica –muy buenamoza– pero que ella le dijo que no, por lealtad, y fue entonces cuando él la miró y dijo: “¿Quieres bailar?”. Paulina aceptó y se movieron al ritmo de la música noventera toda la noche. “Me encantó. Me hubiera ido feliz con él, pero mis amigas no me dejaron”, recuerda hoy, mientras se cubre el rostro con las manos, un tanto avergonzada. Él nuevamente fue a la Oz y se volvieron a encontrar “y no nos separamos nunca más”, resume. “Estaba fascinada. Una amiga de una de mis amigas me dijo así como ‘¿me estás leseando que te gustó el manco?’”.  Sí, le había gustado mucho.

Miradas invasivas

Paulina es la tercera generación de una familia de inmigrantes alemanes que llegaron a Valparaíso. Su padre, Dieter Dressel, y su madre, Laura Roa –chilena, oriunda de Concepción–, vivieron en Santiago y se mudaron a vivir a Puerto Montt cuando los hermanos de Paulina eran pequeños. Ahí el padre, quien era óptico, comenzó a desarrollar el negocio familiar, que luego expandió a Osorno, ciudad a donde llegó Paulina junto a sus hermanos Christian, Rosemarie y María Elena. Ella es la tercera de los cuatro.

“Mis papás son entretenidos. Se han movido mucho de ciudad. Vivieron en Ibiza, donde administraban un hotel”, relata Paulina. “En mi casa en Osorno siempre había gente de otras partes del mundo. Era una casa abierta y cosmopolita”.

Ese ambiente le hizo entender desde pequeña que había muchas posibilidades. “Siempre tuvimos la idea de que existía el mundo, a pesar de vivir en una sociedad chiquitita, que era Osorno, que era provincia y lejos”.

Estudió en el Colegio Alemán de Osorno, en el Andrés Bello y terminó en el Osorno College. Con 18 años, se vino a Santiago a estudiar Derecho. Quería entrar a la Chile o la Católica, pero no le alcanzó el puntaje y se matriculó en la Andrés Bello.

En segundo año de carrera, sus padres se mudaron a Ibiza. El plan de ella era seguirlos pero ya estaba en tercero de universidad y decidió quedarse en Chile. El tiempo le daría la razón.

En 1992, cuando ya estaba en cuarto año y conoció a Francisco, tenía planificado un viaje a España para visitar a sus padres. Y rayó la cancha: “Le dije ‘Pancho, salgamos, pasémoslo bien, pero no quiero que conozcas a mi familia, ni quiero conocer a la tuya, ni a tus amigos, ni nada. Veamos cómo se da, porque me voy un mes ahora”. Como iba saliendo de una mala experiencia amorosa, fue clara y directa al decirle que no quería pololear con él. ‘Cuando vuelva vemos si todavía nos gustamos’. Y la verdad es que ya estaba perdida, relata”.

Francisco trabajaba en una agencia de publicidad y el día que partió, él le envió un ramo de flores con una tarjeta que decía “te quiero”. 23 años después, Paulina aún conserva el cartón en su billetera. “La tengo siempre conmigo, para que no se le olvide”, lanza entre risas. Mientras estuvo de viaje él la llamó sistemáticamente y ella le enviaba postales.

Paulina recuerda que cuando aterrizó en Ibiza, lo primero que hizo fue contarle a su madre que estaba saliendo con Pancho y que él tenía algunas dificultades físicas. “Le dije ‘mamá, estoy enamorada. Me encanta este gallo, se llama Francisco Undurraga y le faltan las piernas’. Partí contándole lo de las piernas”, dice. Y sigue: “Después le conté lo del brazo”. Ese día, se sentó con sus padres en la terraza a tomar un trago y conversar el tema. “Cada vez que Pancho llamaba y yo no estaba, a mi papá le daba ataque. Me decía ‘ese pobre niño se está gastando el sueldo en llamarte y tú no estás’. Altiro le tuvo buena onda, a pesar de que no lo conocía”.

Confiesa que no sentía temor, pero sí la inquietaba la reacción de la gente. “No de mis papás. Tampoco de mis hermanos, porque lo vieron y lo quisieron altiro. Pero en la universidad me acuerdo de haber escuchado comentarios del tipo ‘¿cómo te gustó el cojo?’ o ‘te pegaste en la cabeza’”.

Terminó de estudiar Derecho en 1994 (ejerció por poco tiempo de procuradora, cambió de rubro y hoy es dueña de la cadena de peluquerías Lice Team junto a una socia) y en abril de ese año se casó con Francisco. Al comienzo, ella notaba con extrañeza que algunas personas que no conocían a Francisco lo miraban o preguntaban ciertas cosas. “Cuando se sacaba las prótesis en la playa, por ejemplo, mientras estábamos de luna de miel en República Dominicana, la gente se daba vuelta a mirarlo”. También le sucedió en Chile y le pasa a veces hasta hoy. “Soy poco pública, entonces como que esto era un poco invasivo de repente. Y te opinan, y sobre todo la gente que no lo conoce”.

Cuenta que cuando se casó recibió unas cartas de una señora de Osorno que decía: “‘nunca pensamos que una niña tan frívola como tú pudiera casarse con un hombre como ese’. Como si estuvieras haciendo un sacrificio, una cosa muy loca”. También le hacían preguntas. “Creo que la gente se imaginaba que andaba en una camilla. Porque la discapacidad de Pancho es bien grande, porque son tres de cuatro extremidades. Pero la gente que no lo conocía no se imaginaba la situación”.

Dos años más tarde tuvo a su primer hijo, Juan Francisco. Cuando se casaron, su suegra le ofreció hablar con un doctor para despejar cualquier duda que Paulina pudiera tener. Ella recuerda no haber tenido ninguna durante su embarazo, pero su marido en la primera ecografía le dijo al doctor: “Muéstreme todos los dedos, las patas, muéstreme todo”. Y, claro, ahí entendí que él, a pesar de que sabía que no era hereditario ni nada, igual tenía susto”.

¿Cómo lidias con el tema de vivir con un hombre que se levanta y tiene que hacerse por completo, en el sentido de…
Armarse.

Claro. ¿Cómo lidias con eso?
Pancho hace todo muy simple. Su discapacidad no es un tema para mí, ni para los niños. Como que no existe. En ciertos minutos te das cuenta, porque hay cosas que no puede hacer, como amarrarse los zapatos, pero son cosas muy chicas. O a lo mejor son súper grandes, pero no las tengo internalizadas como una dificultad tremenda. Es más, se me olvida a veces. Pancho tiene una forma que hace que a todo el mundo se le olvide;  sus cercanos no ven la discapacidad.

Aún así, la inclusión es una conversación recurrente en la sobremesa familiar porque a sus hijos les tocó convivir con el tema desde chicos. Cuenta que cuando su hijo mayor, Juan Francisco, empezó a ir a pre-kínder y su marido lo dejaba en la sala, los niños se reían. Un día la profesora lo invitó a hablar de la Teletón, para que los compañeros lo conocieran. Francisco habló ese día en el Colegio San Ignacio y luego hizo lo mismo en La Maisonnette, donde estudiaba Laura. “De ahí en adelante nunca más ha sido un tema”.

¿Tuviste alguna conversación respecto del papá, de las cosas que no podía hacer  y  asumías tú?
No. Te diría que ahora, de más grandes, me ayudan mucho más, porque soy más vieja y también están pendientes de ayudarle a Pancho si no estoy.  Pero no es que haya habido una conversación. Creo que me ven a mí hacerlo y lo asumen. Hace tres años fuimos todos a un viaje y caminamos muchísimo y llegó a un punto que a Pancho se le hicieron unas heridas en las piernas. Esa fue la primera vez que los niños se enfrentaron a su discapacidad de manera importante. Se dieron cuenta del sacrificio que estaba haciendo.

Vieron que había limite.
Obvio. Porque él no parece que tuviera límite.

¿Y te ha tocado en algunas cosas ser “el hombre de la casa”?
No, me siento súper protegida con Pancho. Sí soy el hombre de la casa a veces porque soy maestra, pero es porque mi papá es muy maestro, y cuando me vine a estudiar a Santiago me hizo una caja de herramientas. Tengo taladro, pongo los cuadros. Lo único que no sé es cambiar lámparas y enchufes, pero el resto lo hago todo.

Paulina Dressel y Francisco Undurraga con sus tres hijos este verano en Máncora.

En el día de su matrimonio en 1994 en la Iglesia de San Ignacio.

Minoría invisible

Hace poco, para una de las actividades en las que participa su marido en fomento de la inclusión, ella lo alentó a que contara un episodio de discriminación que él no recordaba, que tenía bloqueado. “Cuando estábamos recién casados postuló a una pega de publicidad y llegó muy triste a la casa, como con rabia contenida, porque le dijeron que no calificaba porque físicamente él no estaba apto. Esta agencia tenía mucha escalera y en el fondo no clasificaba nomás. Entonces, él quedo súper enrabiado, porque tenía la experiencia y el currículum, pero físicamente no era apto, según el personaje que lo entrevistó”.

Francisco ha trabajado el tema de la inclusión desde la Sofofa, y también colabora con la Teletón cuando se realiza y lo convocan. “Le decía cuenta eso, porque hoy nadie te va a decir ‘no, no puedes entrar’. Te van a dar otro argumento, porque hoy no te pueden decir “no estás físicamente apto”.

¿Qué te provoca que el tema de la inclusión esté tan verde en Chile? No hay ni rampa para silla de ruedas, por ejemplo.
No hay rampa. No hay nada. Es súper difícil. Me pasa que veo que jugamos a ser solidarios en la Teletón, que es una súper buena obra, pero nos falta muchísimo. Si hay un estacionamiento de discapacitados, es porque a la persona le cuesta más llegar a la entrada que a ti, entonces ¿por qué te estacionas ahí? Tenemos un problema grave y las empresas no sé si están capacitadas para contratar gente con discapacidad.

¿Ves en el interés por la Teletón una suerte de hipocresía?
Es que se genera ese interés durante dos días y después se olvida. No existe una política pública para la inclusión o está en pañales. Pero también no existen políticas públicas para un montón de cosas. Además, pedir la inclusión en este tema, que es una minoría, que no sale a protestar a la calle, que no se ve…

¿Es una minoría invisible?
Lo es: cada uno se rasca con sus propias uñas. Y cada papá que tiene un niño con una discapacidad trata que vaya a la Teletón, de sacarlo adelante, no de salir a marchar y que lo miren.

¿Te da miedo la exposición política que vivirá Francisco?
Sí, siempre da miedo. Pancho siempre ha sido súper político, acá se habla harto de política, a pesar de que nadie había sido nunca militante, pero obviamente estás mucho más expuesto a todo, a críticas que no estoy acostumbrada.

¿Sientes que es la primera vez que no lo vas a poder proteger?
Sí, claro (risas). Aunque él me protege mucho más a mí que yo a él. Siempre me he sentido muy protegida. Pero no me gustaría que le tiren unos tuiteos espantosos o que salga un titular en el diario horrible, ese tipo de cosas, que le van a pasar igual, y que a él seguramente no le van a importar y me van a importar más a mí.

¿Te sientes identificada con las ideas de Evópoli?
Sí. Me gusta mucho porque son liberales. Porque son de derecha con una mentalidad mucho más moderna. Nuestra generación, nosotros, estamos tan marcados con el Sí y el No, la dictadura y la visión de la gente, en general, de Evópoli, es totalmente distinta, es un paso más adelante.

¿Qué sello crees que le puede dar Francisco?
Pancho tiene un punto de vista muy especial, porque todo lo construyó él. Desde el colegio tuvo que reinventarse, reinventar los amigos cada vez que tuvo algún tipo de bullying, decir: “no importa, vamos a salir adelante”. Estudió, formó su empresa y ha sido exitoso. Lo admiro muchísimo.

¿Cómo te ha cambiado la mentalidad a lo largo de todos estos años desde que conociste a Francisco?
Me cambió la cabeza totalmente y me hizo madurar, ver la vida de otra manera, respetar la diversidad en todo sentido. No es que antes hubiera sido prejuiciosa, pero te cambia el concepto. Me ha hecho menos complicada. Hoy hay ciertas cosas a las que no lesdoy ni una importancia.

Aprendiste a ponderar.
Claro, a lo mejor me ha hecho menos frívola, como dijo la señora esa que me mandó la carta cuando me casé (risas).

¿Y qué había en ti que permitió este cambio?
Quizás la apertura que traía de mi casa tuvo mucho que ver. El hecho de haber sido de provincia es totalmente distinto. Vengo con otro switch mental que la gente de Santiago y, aunque mis niños se rían, es cierto. Y la forma en la que se vivía en mi casa, eso me ayudó mucho.

¿La libertad?
La libertad de todo tipo. Cultural, religiosa, sexual. Era muy open mind. Yo creo que eso me permitió enamorarme de Pancho altiro, y después el tema que tenemos nosotros es que somos súper pareja, súper cómplices. Llevamos 23 años juntos y siento que tenemos un buen matrimonio, que somos súper amigos, que lo pasamos bien.

¿Te da miedo proyectar cómo puede ser la vejez de Pancho?
No. No me da miedo. La tenemos bien asumida los dos, en el sentido de preparar un lugar físico que sea lo más fácil. Estamos siempre pensando, bueno, si estamos viejos nos vamos a un departamento que no tenga tina, que tenga el pasillo ancho por si tiene que usar silla de ruedas. Quizás tendremos que contratar a alguien que nos cuide a los dos, porque no tengo idea cómo va a ser mi vejez tampoco. A lo mejor voy a estar peor que él.

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