El amor en tiempos de migración

Reportajes y Entrevistas

El amor en tiempos de migración

Por patricia morales / fotografías alejandra gonzález, alejandro araya y nicolás abalo

La esperanza de una vida mejor es lo que lleva a muchas personas en el mundo a cambiarse de país y eso compromete también a sus parejas y familias. Ya sea formando nuevas relaciones o trayendo las suyas desde lejos, el proceso migratorio está lleno de historias. En ellas son protagonistas el amor y el desamor, el sacrificio y la distancia, pero también las ganas de partir de cero y estas cuatro historias son una muestra de aquello.

“¿Por qué hay gente que se cambia de país? ¿Qué la empuja a desarraigarse y dejar todo lo que ha conocido por un desconocido más allá del horizonte? ¿Qué le hace estar dispuesta a escalar semejante Everest de formalidades que le hace sentirse como un mendigo? ¿Por qué de repente se atreve a entrar en una jungla foránea donde todo es nuevo, extraño y complicado? La respuesta es la misma en todo el mundo: la gente se cambia de país con la esperanza de encontrar una vida mejor”, escribió en su novela La vida de Pi, el español Yann Martel. La misma respuesta que encontramos en las cuatro familias que forman parte de este reportaje y seguramente en los miles de extranjeros que decidieron probar suerte en este país.

El último Censo, realizado en 2017, precisó que hasta esa fecha residían en Chile 746.465 personas extranjeras, equivalente al 4,35% de la población total. De ellos, hombres y mujeres en porcentajes muy similares (por cada 100 mujeres migrantes hay 97,38 hombres) y, si bien no hay datos sobre la ‘situación sentimental’ con la que ingresan al país, un alto porcentaje viene con la intención de quedarse por un largo tiempo, razón por la que, o se traen también a sus parejas a vivir con ellos o encuentran en Chile.
Entre los años 2009 y 2018 se han realizado 22.375 uniones entre cónyuges chilenos y extranjeros, según datos del Registro Civil e Identificación. Se les llama matrimonios mixtos y en la última década han aumentado su participación de 2,4% del total de uniones en 2008, a 4,5% en 2017. Para el director nacional del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM), José Tomás Vicuña, en el proceso de integración y aumento de extranjeros es natural que se establezcan relaciones de pareja y cuando ello ocurre se llega al punto más alto de inclusión.

“Cuando se generan relaciones entre chilenos y migrantes, el concepto de inmigración se transforma en una persona, el miedo se transforma en amor y el rechazo se transforma en una historia juntos. ¿Qué pasó ahí? Se dieron la oportunidad de conocerse y desde ahí puede nacer un sueño conjunto. Un proyecto de vida”, dice.

Ese proyecto involucra también formar familia. Según datos de la última encuesta Casen, el 41% de los extranjeros reconoce tener hijos chilenos. Y hasta noviembre de 2017, 12.311 niños, niñas y adolescentes inmigrantes habían regularizado su situación migratoria en Chile, números que deberían aumentar con la puesta en marcha, en julio de 2018, de la visa humanitaria de reunificación familiar para haitianos que tiene como objetivo que los inmigrantes de ese país puedan estar junto a sus cónyuges, convivientes civiles y/o hijos en Chile.

Ya sea formando una nueva familia aquí, o trayendo a la suya desde lejos, el proceso migratorio está lleno de historias. En ellas son protagonistas el amor y el desamor, el sacrificio y la distancia, pero también las ganas de partir de cero. A continuación, cuatro ejemplos de aquello.

Roseline y Laurent

Hace un par de semanas Roseline cumplió un año viviendo en Chile. Se vino el 7 de enero de 2018 desde Puerto Príncipe, Haití, junto a su esposo y sus cuatro hijos, los dos mayores de una relación anterior. La idea de migrar fue de ella, soñaba con un mejor futuro para sus hijos. Allá tenían un garaje en casa, su esposo trabajaba como mecánico. Lograron juntar algo de dinero para el viaje. Primero partió él, el 9 de octubre de 2017. En esos tres meses separados él consiguió trabajo como chofer de un camión repartidor de gas y arrendó una pequeña casa en Maipú.

Roseline nunca se había separado de su esposo por tanto tiempo. Los meses de espera fueron difíciles. La angustiaba pensar que ella había tomado la decisión, pero seguía convencida de que sería lo mejor. A veces lo sentía distante, pero entendía que era por las circunstancias. El día de su viaje estaba feliz, comenzarían una nueva vida.

Una vez en Santiago, las cosas no fueron como lo soñó. El idioma fue fundamental, no podía comunicarse bien. A eso se le sumó que su marido ya no trabajaba desde la casa, entonces solo se veían en las mañanas y en las noches. La relación se empezó a afectar. Roseline decidió hacer otras cosas, estudiar español, salir más de la casa. Pero cuando estaba en eso, se enteró que estaba embarazada. Venía su quinto hijo en camino.

Era agosto de 2018 y su marido le contó que tenía un seminario. Estaría casi una semana fuera de casa. Roseline ya estaba en el quinto mes de embarazo. Fueron días muy angustiantes, sabía que algo le ocultaba. Le pidió a una amiga que averiguara más, dónde estaría y con quién. No fue muy difícil, las huellas estaban por todos lados. Hacía varios meses él había comenzado una relación a distancia con una haitiana que vivía en Miami. Se conocieron hace años y mantuvieron contacto por Facebook. El seminario nunca existió. La “polola” de su esposo, como la describe Roseline, llegó el 30 de agosto a Santiago a buscarlo. Él voló de vuelta a Haití el 14 de octubre, cuando ella tenía casi siete meses de embarazo.

Desde entonces no sabe nada de él. A los pocos días un amigo le fue a dejar un sobre con 100 mil pesos, es lo único que le dejó. Roseline siempre fue una mujer de risa fácil. Hoy su sonrisa es esquiva. Aún le caen lágrimas cuando lo recuerda, pero no quiere saber de él. Tampoco quiere volver a Haití. Vivir un abandono lejos de la familia es difícil, pero ella es fuerte y primero piensa en sus hijos. Los tres más grandes van al colegio, manejan perfecto el español y han hecho buenos amigos acá.

Por ahora está dedicada a su guagua de un mes y medio, por eso aún no puede trabajar. Algunos días va a una fundación donde comparte con otros haitianos y aprende un poco de español. Allí la han ayudado mucho. Se ha refugiado en sus hijos, dice que están bien porque están juntos. Cuando se siente triste conversa con ellos y se tranquiliza, pero la pena sigue ahí, tan latente como sus ganas de salir adelante.

 

 

Milarica y Jonas

Era agosto de 2011. Milarica tenía 17 años y trabajaba junto a su madre repartiendo remedios en una feria en Los Cayos, al sur de Haití. Esa mañana fueron como todos los días. Casi al terminar la jornada, Mila, como la llamaban sus cercanos, vio pasar a un auto que le llamó la atención. En él, había un hombre que no le sacó los ojos de encima, tanto que se puso nerviosa y desvió la mirada. Siguió concentrada en sus asuntos, hasta que una voz la sacó de su inercia. -¿Cómo te llamas?, -le dijo. Mila se dio vuelta y se encontró de frente con el hombre del auto. Era Jonas, un joven en ese entonces de 26 años. Mila se puso tan nerviosa que se le cayeron un par de remedios de las manos. -¿Necesitas medicina?, -le preguntó. Fue lo único que se le ocurrió en ese momento. Pero Jonas no estaba enfermo ni necesitaba remedios. Se había enamorado perdidamente de su sonrisa y sus expresivos ojos negros. Se dieron los números de teléfono y empezaron a salir. Al comienzo todo andaba bien. Él la visitaba en su casa y compartía con su familia, hasta que un día una amiga de la madre de Mila le contó que él tenía dos hijas.

Jonas creció en una familia acomodada. Vivía en el hotel de una tía, donde trabajaba como administrador; tenía auto propio y estudiaba Derecho en la universidad. Fue padre muy joven, de unas gemelas que, cuando conoció a Mila, tenían 3 años. En un comienzo no quisieron contarle de su paternidad a la familia de Mila, porque ellos eran muy conservadores y tenían miedo de su reacción. Y con justa razón. Cuando la madre se enteró, les prohibió verse. Cual Romeo y Julieta comenzaron a vivir su amor de manera clandestina. Se encontraban en plazas e inventaban miles de historias para encontrarse. Así pasaron siete años.

Un día, mientras Mila se arreglaba para salir, dejó su teléfono encima de la mesa. Su madre lo tomó sin permiso y descubrió sus fotos junto a Jonas. No la dejó salir y estuvo dos días sin siquiera mirarla. Cuando volvió a dirigirle la palabra fue para contarle que le había comprado un pasaje a Chile, para dos días más. El plan de sus padres era emparejarla con el hijo de una conocida que se había venido a Santiago hacía ocho años. Pero Mila es de aquellas personas que no se dejan vencer fácilmente. Le escribió un mail a una amiga que también se había venido a vivir a Chile. Cuando pisó el aeropuerto de Santiago se juntó con ella. Antes de que la familia con la que supuestamente alojaría la encontrara, partieron rumbo a Chillán. Mientras, Jonas, sin contarle nada a su familia, decidió partir. No sabía nada de este país, y sentía incertidumbre por dejar sus comodidades, pero no se resignaba a perderla. Retomaron la comunicación a distancia y durante tres meses acordaron el encuentro. La chilena que alojaba a Mila por esos días fue a buscar a Jonas al aeropuerto.

Mientras tanto ella se maquilló, se puso su vestido más lindo y preparó una cena para su amor que, al fin, estaba a unos pocos kilómetros de distancia. Se paseaba de un lado al otro de la habitación hasta que sintió el ruido del auto. Salió corriendo y apenas él se bajó se fundieron en un abrazo que nunca olvidarán.

Hoy Jonas es el yerno preferido de su suegra, y cómo no, recorrió medio continente para estar con su hija. Además, hace un año y dos meses la hicieron abuela de Valeria, la pequeña chilena que les roba el corazón cada vez que hacen una videollamada.

Actualmente viven en Santiago. Decidieron quedarse en Chile porque creen que aquí pueden darle una mejor vida a ‘la Vale’. Se han tenido que mudar varias veces buscando oportunidades laborales. No ha sido fácil, pero tienen fe de que con el tiempo estarán cada vez mejor. Para ellos su familia es lo más importante y, como lo hicieron una vez, están dispuestos a todo, para seguir juntos para siempre.

 

María y Darwin

Su vida era perfecta. Ella trabajaba cocinando en un jardín infantil y él en una empresa de lácteos en Venezuela. Ambos tenían hijos de sus relaciones anteriores. Ella tres hombres y él una niña, pero los cuatro son sus hijos, los aman sin diferencias. Jamás pensaron hacer una vida fuera de su país, pero la situación política y económica comenzó a afectarlos. Al comienzo se las arreglaban con algunos ingresos extra, pero llegó un momento en que lo que ganaban ya que no les alcanzaba ni siquiera para el transporte.

La crisis económica también afectó su relación. Darwin se fue unos días a la casa de su mamá y estando allí, tomó la decisión de buscar oportunidades fuera. Así comenzó el periplo. Salió de Venezuela el 9 de febrero de 2018. Viajó por tierra durante nueve días, comiendo lo mínimo y durmiendo donde lo pillara la noche, hasta que llegó a Santiago. Apenas dejó su bolso salió a recorrer las calles para conseguir un trabajo. Pasó por varios, todos precarios e inestables. Uno de ellos fue en un restorán, donde tenía que pelar y picar papas desde las 3 PM hasta las 1 AM sin descanso. Con eso juntó la plata suficiente para asegurar un par de arriendos en una pieza en el centro.

Así conoció a una pareja de colombianos que tenían algunos carros donde vendían arepas en la calle. Le ofrecieron hacerse cargo de uno. Fue una excelente oportunidad, pero un día, mientras estaba en la esquina de Santo Domingo con Chacabuco, una señora venía conduciendo en sentido poniente y un auto se pasó una luz roja y la arrastró a la vereda donde estaba el carrito de Darwin. El resultado fue una grave fractura en su pierna derecha. Lo llevaron a la Posta Central donde lo operaron y estuvo hospitalizado algunos días.

Cuando despertó de la operación llamó a María. No sabía cómo contarle sin que ella sufriera. Pero era inevitable. La distancia complica las cosas. Ella se desesperó. Había dejado de fumar y lo primero que hizo fue comprarse una cajetilla de cigarros y no paró hasta terminarla. Ese día decidió venirse. Llevaban seis meses separados. Siempre estuvo en los planes que ella y los niños viajaran, pero el accidente apuró todo. A los dos días partió.

También por tierra, el de ella fue un viaje horrible. Cuando llegó a la frontera de Colombia con Venezuela tuvo que vender su pelo porque la plata no le alcanzaba para continuar. Tenía el cabello largo y colorín. Siguió avanzando y llegó a la frontera de Ecuador justo los días en que se vivió una crisis humanitaria por la cantidad de migrantes que querían salir. A ella le tocó el número 13 mil para timbrar el pasaporte. Estuvo tres días durmiendo en el piso, mojada, con hambre. Dos niños murieron de hipotermia en ese mismo centro. Pensó en rendirse, pero no podía dejar solo a su amor.

Mientras Darwin estaba en la posta recibió la visita de su amigo colombiano. Venía con todas sus cosas. Se las había pasado la señora que le arrendaba la pieza. Como no iba a poder trabajar, tampoco podría pagarle, así que lo echó. Sus mismos amigos colombianos fueron los que lo acogieron en su casa.

María seguía avanzando. Cuando llegó a Lima se sintió esperanzada. Quedaba menos. Preguntó por los pasajes a Santiago y todos costaban cerca de 140 dólares. Ella solo tenía 100. En eso un señor se le acercó. Seguramente la angustia se le notaba en la cara. La acompañó a distintas agencias de viaje por si encontraban un pasaje más barato. La mejor oferta era 130 mil. Se desanimó, lloró y volvió a fumar. Pero el destino le tenía un buen final. El mismo hombre que la acompañó, compró el pasaje, lo puso en las manos de María y le dijo que fuera a reencontrarse con su esposo. Así comenzó el último tramo. 36 horas la separaban de Darwin. Durante todo ese tiempo ella no tendría señal, así que se despidieron por teléfono en Lima y rezaron para que todo saliera bien.

El reencuentro fue maravilloso. Todo lo que les había tocado vivir los hizo valorarse más el uno al otro. Los previos al viaje no habían sido buenos meses, incluso en algún momento habían decidido terminar. Estar lejos era difícil, costaba mantener vivo el romance. Pero todo lo que pasaron fue una inyección de amor. Hoy esa misma angustia que sintieron al separarse la viven por sus hijos. María cuando habla de ellos llora. Ve noticias de su país y se angustia. También se siente culpable por haberlos dejado, pero se consuela pensando que en algún momento logrará traerlos. Sabe que acá tendrán una vida mejor y anhela el momento en que vuelvan a estar juntos en familia.

 

Adriana y Andrés

Se conocieron en una discoteca. Adriana es colombiana y trabajaba en una empresa internacional en Bogotá. En octubre del 2013 le hicieron una oferta para venir a Chile por un par de años. Su fanatismo por el vino y el salmón fueron grandes alicientes. Los primeros meses no fueron fáciles. La mayoría de la gente de su edad, 36 años, ya tenía pareja o familia. A diferencia de las experiencias que había tenido en otros países, en Chile era más difícil conocer gente. Comentó esto a sus compañeros de trabajo y uno de ellos le contó que pertenecía a un grupo internacional de expatriados. Funciona en todo el mundo y básicamente sirve para que las personas que están viviendo en otro país se conozcan y hagan redes. Adriana empezó a asistir a esos eventos.

Era abril de 2014 y su amigo la llamó para invitarla a una fiesta organizada por este mismo grupo. No tenía muchas ganas, pero él la convenció. Una vez allí, mientras estaba sentada conversando con un grupo de personas se acercó una mujer y un hombre. Reconoció el tono chileno. Era Andrés.

Sin mucho preámbulo, él la invitó a bailar. Después de un rato salieron a la terraza a conversar. No se dieron cuenta cuando ya habían pasado dos horas. Para ambos esa fue la señal de que esto iba a ser algo importante. Se dieron los números de teléfono y empezaron a salir. A él le gustaba su simpatía y a ella que él fuera muy cercano a su familia, porque en Colombia eso es muy importante.

Así lo confirmó Andrés cuando viajó por primera vez a conocerlos. Ella le advirtió que sus padres eran muy católicos y conservadores, así que a pesar de estar cercanos a cumplir los 40, él tuvo que alojar en la pieza de los invitados sin posibilidad de ‘gateos’ nocturnos. Hoy se ríen de esos primeros encuentros. Igual que cuando llegaron en un vuelo de madrugada y el padre de Adriana antes de saludar a Andrés le ofreció un ‘tintico’. -Me habrá encontrado cara de borracho -pensó. Después le aclararon que se trataba de un café bien cargado.

El choque de culturas se evidencia en el lenguaje y anécdotas como las del ‘tintico’ tienen cientos. Como cada vez que ella le propone algo y él contesta ‘ya’. Nunca sabe si quiere decir ahora o bueno. Ellos se ríen. Lo que no le causó tanta gracia a Adriana en un comienzo fue lo ‘avanzado’ que estaba Andrés. En Colombia estaba acostumbrada desde que le abrieran la puerta del auto hasta que le pagaran la cuenta, pero acá tuvo que aprender a dividirla y que eso no tenía nada de malo. Eso sí, le costó un par de enojos.

Si hoy hacen un balance, les encanta haber conocido a una pareja de otra nacionalidad. Dicen que es entretenido, que se generan situaciones distintas, y que aporta con otra visión de las cosas. Además, tuvieron doble matrimonio; en Chile y en Colombia. Por el momento no piensan moverse. Tienen una hija de dos años y ya están en planes de buscar colegio. Así, el par de años que Adriana viviría en Chile, se transformó en un cambio radical de vida.

 

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