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26 enero, 2017
orla

Amores Imposibles

Hay ciertas reglas tácitas que dicen que no deberías enamorarte de tu jefe, de tu profesor o de una persona con cáncer porque podrías salir herido. Pero a estas personas, incluida la autora de este reportaje, el amor les pegó fuerte, y no dudaron en saltarse esos mandatos para estar juntos.

Por Claudia Godoy / Producción periodística: Sophie Berthet / Fotografía: Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner


Paula 1218. Sábado 28 de enero de 2017.

Un hombre 12 años menor
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“No tenemos fechas. No nos acordamos de meses o años, solo sabemos lo que ocurrió y cómo ocurrió. Los hechos son los relevantes y no los años, ni cuánto tenía yo, ni cuánto él. Solo una pregunta que surgió en algún momento, en alguna comida. ‘¿Tú aún puedes tener hijos?’, me preguntó inquieto Eduardo (Ravanal), quien estaba a punto de entrar en la década de los 30. Le contesté muy segura: ‘no creo que pueda tener a esta edad’. Yo había pasado la barrera de los 40. Así era, teníamos 12 años de diferencia. Pero no nos importó”, relata la periodista Claudia Godoy.

Y sigue: “A Eduardo lo había visto por primera vez al abrir la puerta de una de las editoras –donde se montan los programas– de Contacto. La verdad casi no lo vi, era un joven con el que tenía que realizar mi nuevo reportaje. Pero para él, según confesó después, ese momento cambió su vida. ¿Qué tenía yo? ¿Qué tengo para él? Todavía no encuentro una respuesta”.

“Recuerdo ese reportaje con cariño, no solo porque le ganamos a La esclava Isaura, que arrasaba por ese tiempo, sino porque me permitió durante un mes estar por casi 12 horas diarias sentada al lado de él. Conversábamos de la vida, de la sociedad, del periodismo, del montaje, de los buenos y los malos. Nuestras vidas habían sido muy distintas. Yo me había separado y tenía dos hijos. Él llevaba pololeando casi 4 años y se sentía cómodo en la relación. ¿Para qué involucrarse con alguien mayor, separada y con hijos? Sin duda, era más fácil seguir su camino y, como el resto de sus amigos, comenzar con alguien de su edad. Pero él optó por la ruta más complicada”.

“Hablábamos a diario. Llegábamos a quedarnos dormidos con el celular en la oreja. Pero seguíamos siendo amigos y lo veíamos así por la diferencia de edad. Pero al final uno juega, se involucra, se extraña, deja que la vida lo lleve y sin consultarle a la razón, nos dimos cuenta de que estábamos enamorados. Así me pasó. Un día simplemente quería darle un beso”.

“Para él fue un año muy complicado. No le confesaba a nadie lo que estaba sintiendo. Ni al él mismo. Terminó varias veces con su polola y sin saber qué hacer se fue de viaje a Europa. Allí lograría resolver su camino y sus miedos. Lo esperé sin apuros, pero en el fondo sabía que si no estaba con él lo pasaría mal. Y así fue. Regresó y no me llamó. Lloré mucho. Sufrí un abandono que no existía. El no era mío, no tenía nada que reclamar. Sus miedos eran tan claros y lógicos. Años después me confesó que pensó: ‘¿Cómo me banco a esta mujer, con vida hecha, profesión realizada, hijos que criar? ¿Dónde entro yo?’”.

“Pasaron los meses. Nos seguíamos encontrando, pero evitábamos hablar. Hasta que un día volvimos a tomar café, y después vino un almuerzo escondido, un regalo. A esa altura todos se habían dado cuenta de esta relación, menos nosotros, que la vivíamos cual quinceañeros felices. Hasta mis pequeños hijos se habían percatado que existía alguien importante con quien hablaba por teléfono a diario. Lo conocerían años después”.

“Como siempre decimos cuando hablamos de nuestra historia: ‘Lo hicimos por goteo, para que nadie lo pasara mal’. Nos convertimos en pareja. Las primeras que nos apañaron fueron mis amigas del alma. Me preguntaron si estaba segura, si no era muy chico. Mi respuesta era la de una persona enamorada: a todo decía que sí. Pero no iba a ser tan fácil”.

“Por su lado, pasaron muchos años para conocer a sus amigos. Le costaba presentar a esta mujer mayor con hijos y una vida resuelta. Después supimos que todos estaban enterados gracias al pequeño mundo de la televisión que ocupaba muchos minutos en hablar de nosotros; jamás nos importó”.

“Pasaron los años. No vivíamos juntos, no queríamos sentir que violentábamos el mundo de los niños. Hasta que un día de julio (lo recuerdo porque estaba en cama enferma) él decidió que esto no podía seguir. Estaba ahogado. Mi mundo se derrumbó y quienes me afirmaron fueron mis hijos. Ellos, ya casi adultos, me dijeron que tenía que luchar por ese amor y lo tenía que invitar a vivir con nosotros. Me dieron el permiso para que fuera parte de nuestra familia”.

“Eran los últimos estertores de una serie de dudas. ‘Me tengo que hacer cargo de esta familia, de estos hijos y renunciar a los propios’, le daba vueltas en la cabeza. Volvió a viajar a Barcelona, en busca de la lucidez que le da su hermano que vive allá”.

“Pasaron tres meses y volvimos a estar juntos. Al poco tiempo ya estábamos ordenando el clóset para que cupiera su ropa. Desarmó su departamento y comenzó nuestra vida de pareja”.

“Nuestros padres nunca nos miraron raro y sus amigos comenzaron a conocerme. Eduardo creció. Ya no era el treintañero que dudaba, era la pareja que se hacía cargo de mi familia, el que recibía a mis padres con cariño, el que trasladaba a mis hijos a sus fiestas. Llenó mi vida y la de mis hijos, con su ternura, sus reglas y a veces su mal genio (nadie es perfecto)”.

“Hace 3 años nos casamos, le pidió permiso primero a los niños y a mi me llevó a un restorán donde por primera vez recibí un anillo de compromiso. El 21 de marzo de 2014, la única fecha que nos acordamos, entré del brazo de mis hijos, vestida de blanco junto a todos mis amigos y familiares a una nueva vida. Esta vida que nos separa por 12 años, que hace que se ría de mí cuando hablo series de TV de los 70, que para las primeras protestas yo estaba en la universidad y él entrando a kínder, que jamás yo haya jugado play station y él sea experto. Sé que mi energía se irá acabando antes, que me acuesto más temprano cuando tenemos visitas, que me verá envejecer poco a poco. Pero la verdad iremos envejeciendo juntos porque nos prometimos no mirar las fechas sino que observar nuestra alma”.

El profesor y la alumna
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Han pasado 10 años, pero Camila Orellana (28) recuerda perfectamente cuando en primer año de Periodismo entró a una de sus clases en la Universidad Finnis Terrae y vio por primera vez a Pedro Anguita (48), un abogado que dictaba la cátedra Teoría del Derecho. “Lo encontré mino. Pero solo eso. Él ni se enteró de mi existencia. Era una alumna más”.

Pasaron dos años y la alumna tomó otro ramo, Derecho de la Información con el profesor Anguita. Ya estaba en tercero, tenía 20 años y él 40. “A mí en ese tiempo me aburrían los hombres de mi edad, me gustaba la conversación tranquila, más profunda”. Y volvió a mirar al profesor pero esta vez con otros ojos. Estaba soltera y no descartó empezar la conquista. En ese entonces Camila ya había sido observada por Pedro gracias a que en el curso habían menos alumnos. “Sabía, al menos que existía”, comenta Camila.

Pero fue el destino o la suerte o las divinidades las que le dieron el empujón para llegar a su profesor. Terminando las clases se fue de vacaciones a Playa del Carmen y de pronto caminando se lo encontró. “Esta es la mía, me dije”, recuerda riendo. “Lo malo es que Pedro me saludó muy de profesor. Yo le dije: ‘¡hola profe!’ Y él, muy serio”. A pesar de las barreras que Pedro trataba de ponerle, Camila lo invitó a salir un día en la noche. “Estaba súper urgido. Yo fui la artífice de esto”, ríe a carcajadas y después seriamente agrega “una amiga me dijo, este es realmente el primer hombre que tú eliges. Yo quería estar ahí, con él”. Esa noche en México, salieron a comer y después a caminar por la playa. “Y nos dimos nuestro primer beso. Pedro no lo creía”. El profesor sentía una atracción enorme por esa veinteañera que, sin pensarlo dos veces, lo estaba llevando por un rumbo que jamás pensó caminar. Por lo que al regresar a Santiago no la llamó.

A Camila no le importó que él no diera el primer paso, al contrario, tomó el celular y marcó su número. “A mí me daba lo mismo si no me contestaba, lo volví a llamar”. Hasta que finalmente Pedro la invitó a salir. Pero estaba llegando marzo y había que volver a clases. El profesor decidió dejar la universidad, ya que lo que estaba ocurriendo podría traerle problemas a ambos. “A mí ningún profesor me dijo nada, pero era el comidillo de la universidad y era lógico. Si a mí me hubiesen llegado con esta copucha, igual hubiese hablado el tema. Era sabrosa”, relata Camila con la tranquilidad de haber actuado siguiendo sus deseos y entendiendo cómo los miraba el resto de la comunidad. “Me decían ‘andas con Anguita, no puede ser real’. Y yo andaba normal por la vida”. Pero faltaba un paso, quizás el más difícil.

Cuando llevaban saliendo un par de meses, “nunca me pidió pololeo”, recalca Camila, debió presentárselo a sus papás. “Le dije a mi papá que estaba pololeando. ‘Ya’, me dijo él. Pero te tengo que decir que tiene 20 años más que yo”. Su padre se opuso señalando que “ese hombre debe ser casado y te está engatusando”, Camila vuelve a carcajear y agrega “no sabía que era yo la que lo había conquistado”. Como buena hija le pidió que le diera una oportunidad. Lo invitaron a almorzar y Pedro llegó con chocolates para la suegra y un vino para el desconfiado padre. Al conocerlo se disiparon todos los miedos.

Ahora venía el otro lado. Conocer a la suegra y la familia de Pedro. “Creo que ella pensó que esto era una aventurilla de su hijo. Y mi cuñada me recalcaba que era muy difícil la diferencia de edad y que después me iba a dar cuenta. Le dije que no tenía problemas”.

A pesar de todos los pronósticos, Pedro y Camila llevaban un año pololeando cuando sentados en un restorán comenzaron a hablar de matrimonio. La petición llegó a los pocos meses en Londres. “He pensado mucho que si no me hubiese casado con Pedro, nunca me habría casado. Lo miro y me enamoro cada día”, reflexiona Camila. El 20 de enero están de aniversario de matrimonio. Llevan 5 años por las dos leyes y la familia cuenta, además, con Santiago de 3 años y Victoria de 3 meses. De vez en cuando Pedro le recuerda que fue su profesor: “Hace algunos años me tenías más respeto y ahora me mandas a arreglar las cosas de la casa”, le reclama su marido y le agrega “tienes que decirme ‘don profesor’”.

En la salud y en la enfermedad
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No fue amor a primera vista. Cuando Pamela Martínez (35) y Yanara Yáñez (30) se conocieron –gracias a quien hoy es su mejor amigo– solo hubo buena onda. Intercambiaron celulares, hablaron por Whatsapp, pero simplemente fueron amigas. “No estábamos preparadas aún para enamorarnos”, dice Yanara. Ella había superado un cáncer a través de fuertes tratamientos, estaba en una relación y disfrutaba la vida sin hacerle caso a la enfermedad que la había atacado. Salía adelante con fortaleza.

Pero la zancadilla del cáncer volvió a botarla 2 años después, y por una extraña razón nuevamente el mejor amigo de ambas le comentó a Pamela que Yanara había recaído. “Me preocupé de inmediato, me conseguí su nuevo celular y la llamé. No sé por qué”, recuerda Pamela. No se veían hacía dos años. “Cuando escuché la voz de Pamela me pasaron cosas en el estómago, lo que no había sentido la vez anterior. Tampoco tengo explicación”, dice Yanara.

Después de un tiempo se encontraron en la casa del gran amigo. “Ahí fue amor a segunda vista”, ríen ambas al traer ese encuentro al presente. Se sentaron juntas a ver una película. Ambas estaban nerviosas, la trama de lo que veían pasó a segundo plano. Yanara puso uno de sus dedos sobre la mano de Pamela y ella de inmediato le tomó la mano completa. Terminaron de ver la película abrazadas.

Yanara andaba con un pañuelo en la cabeza producto de la quimioterapia que arrastraba hacía meses y Pamela le pidió que se lo sacara: quería verla tal cual. “No quería que me viera pelada. ¿Quién se fija en una mujer pelada y con cáncer?”, recuerda que pensó. Pero Pamela insistió: “Quería sacarle el pañuelo, tocarle su cabeza, hacerle cariño”. Se sacó junto con el pañuelo sus prejuicios de enferma, porque después de ese momento Pamela la besó.

No solo continuaron las quimioterapias, después vendría un trasplante de médula. Yanara estuvo un mes aislada y Pamela no faltó un solo día para verla detrás de un vidrio y vestirse como astronauta para poder tomarle la mano. “Sin ella no habría soportado todo este proceso”, dice Yanara.

La familia de Pamela se preocupó porque entraba en una relación donde podría sufrir y se lo hicieron ver. Pero ella jamás abandonó el hospital ni a Yanara en sus radioterapias post operatorias, ni en cada control que debe hacerse todos los meses hasta hoy. “Nunca pienso que lo voy a pasar mal; vivo la vida cada día y disfruto con la energía de Yanara”, afirma Pamela.

Hace un mes decidieron comenzar una vida juntas en su propio departamento y el próximo año contraerán el acuerdo de unión civil. “No hubo roca, ni nada. No nos gusta el tema del anillo, solo nos importa estar juntas”, dicen al mismo tiempo.

Renunció por mí
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Andrea Echeverría (36) había terminado una relación y estaba dolida. Era un periodo en que lo único que podía salvarla era el trabajo intenso. Por eso aceptó un reemplazo de verano en Santa Cruz. “Me fui a meter a un pueblo para olvidar”, dice. Alfonso Monteros (38), vivía en Curicó y estaba a cargo de las VI y VII regiones en su empresa. Se había separado y su hijo Benjamín llenaba sus días. Enamorarse no pasaba por su cabeza, hasta que recibió, en febrero de 2013, el primer llamado de la reemplazante de Santa Cruz.

“Lo llamé para decirle que estaba todo listo y andando. Él me encontró sobrada porque era eficiente y yo pensé que hablaba con un viejo”, relata Andrea. El segundo llamado fue distinto: los dos se encontraron simpáticos y Alfonso se preocupó porque Andrea le contó había dejado a su hijo Vicente de 5 años en Santiago. “Pensaba que era un señor de edad que amablemente se preocupaba por su subalterna”, dice Andrea. Al tercer llamado Alfonso cruzó la línea de la oficialidad y le preguntó: “¿Qué haces en Santa Cruz? ¿Por qué aceptaste un reemplazo si podías estar en Santiago con tu hijo?”. Fue el comienzo de largas conversaciones telefónicas. Él en Curicó y ella en Santa Cruz. “Le conté mi desilusión, que venía para olvidar”. Sus compañeros de oficina sospecharon que algo sucedía. “Es solo un amigo”, decía ella.

Pasaron las semanas y, aunque Alfonso tenía la autoridad para viajar a Santa Cruz a conocer a Andrea, nunca lo hizo. “No procedía que existiera algo entre nosotros. Además, Alfonso es muy tímido”, explica Andrea. Ella terminó el reemplazo y volvió a Santiago. Él se quedó con una foto que le había enviado: “La encontré muy bonita”, recuerda. Acordaron conocerse. El encuentro fue fijado en un centro comercial. “Lo vi bajando la escalera y supe que era él. Me acerqué, nos abrazamos y nos tomamos de la mano. No necesitamos palabras”, dice Andrea.

Reconocerse es la palabra que ambos tienen instalada como la razón de estar juntos. Estaban en las nubes caminando de la mano, nada importaba hasta que llegó el momento del beso. A pesar de la emoción les bajaron los miedos. “La jefatura, el susto a que no funcionara”, eran para Alfonso los grandes obstáculos. “Pero nos tiramos al río juntos”, sentencia Andrea.

Alfonso pidió en la oficina viajar algunos días a Santiago para hacer mejor sus labores. Se quedaba en casa de Andrea y una cuadra antes de llegar al trabajo se despedían y entraban separados. “En las tardes era lo mismo. Salíamos separados y a las dos cuadras nos agarrábamos a besos”, ríe coqueta Andrea.

A los 3 meses, Alfonso no aguantó más andar escondido y renunció a la empresa. Se vino definitivamente a Santiago; estuvo más de un año sin trabajo, pero al lado de Andrea. “Ese es amor”, dice ella, que lo apoyó sin reparos hasta que encontró un trabajo. Hoy viven juntos con Vicente, el hijo de Andrea, y cada 15 días viajan a ver a Benjamín, el hijo de Alfonso que está en Curicó. De este amor de jefe y subalterna nació hace 9 meses Diego. “Todos juntos formamos una familia”, dicen.

Cartas de amor en el siglo XXI
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Cuando Melissa Lineros (27) y Pablo Vega (27) se contactaron por primera vez ya existían los celulares, el mail, y un mundo digital que les podría haber permitido comunicarse fácilmente. Pero ellos –como es tradición entre el Instituto Nacional y el Liceo 1 de niñas– decidieron conocerse a través de cartas. Un amigo de Pablo hizo una lista con sobrenombres de alumnos del primero medio C del Instituto Nacional. “Me inscribí como Irvine, un misterioso personaje de juego de video”, recuerda Pablo, hoy egresado de Ingeniería.

Melissa también entró en la lista del Liceo 1 como Britpop. “Quería que mi sobrenombre sonara a independencia e inteligencia. Yo era feminista e independiente”, dice Melissa, hoy abogada. Y se eligieron uno al otro. Pablo pensó que Britpop era algo místico y Melissa que Irvine sonaba normal. Ella escribió primero. “Cuando recibí la carta estaba fascinado, que te llegue la carta de una niña cuando tienes 15 años es increíble. Pero lo que más te impacta es el ser elegido”, ríe Pablo. Cuando él contestó, Melissa encontró que su letra era horrible, cuadrada, pero el contenido la atrapó. “Era tan caballero, culto y romántico para escribir”, dice. Se contaban cosas profundas: sus credos, sus libros de cabecera. Se ayudaban, se consolaban. Pero no se atrevían a conocerse en persona. “Me daba miedo verlo. Yo era gordita e insegura. Y pensé que si lo veía podía no gustarme”, dice ella. Hasta que un día Pablo la llamó por teléfono y le dijo que la amaba; Melissa había comenzado una relación con otro joven. “Cuando me lo dijo, no pude evitar decirle que yo también lo amaba. Pero no sabía cómo terminar con mi pololo”, recuerda Melissa con un dejo de tristeza porque en ese momento Pablo dejó de enviar cartas, después de tres años de correspondencia. Estaban terminando tercero medio.

Con el cese de las cartas, ambos quedaron enojados. Botaron las misivas y trataron de olvidar ese amor de papel. Un año después, cuando cursaban cuarto medio, se cruzaron por primera vez en una fiesta por el día del alumno. Pablo vio llegar a una fiesta a dos jovencitas del Liceo 1. De inmediato se dio cuenta de que una de ellas era Melissa. Nunca la había visto, pero supo que se trataba de Britpop. “Le digo: ‘¡Melissa!’ y ella me mira y me dice simplemente ‘hola’”. En ese momento Irvine solo pensó: “tanto esperar para que fuera así de frío”. El esperado encuentro los dejó a ambos desilusionados.

Al año siguiente mientras aún no encontraban su camino profesional (ambos estudiaron 2 semestres de Derecho en la Universidad Alberto Hurtado y Medicina en la Andrés Bello) Melissa decidió conectarse a Messenger. “¿Y ese milagro?”, le dijo Pablo. Sabían que tenían algo pendiente. “Tenemos que juntarnos”, le dijo ella. Quedaron de verse en el Barrio República. Pablo llegó con un chocolate y Melissa lo encontró guapo. “Me pareció muy mino y yo estaba más flaca”, recuerda. Caminaron. Los personajes de las cartas ya habían desaparecido, ahora eran Pablo y Melissa de 18 años, universitarios, dueños de sus cuerpos y personalidad. Por primera vez se hablaban en persona, se miraban, se observaban mientras compartían lo que habían vivido el último año separados. Pablo temblaba porque jamás había besado a nadie antes, hasta que llegaron a un paradero de micro de Pajaritos. Ahí se dieron el primer beso y nunca más se separaron. Hoy llevan 8 años juntos y de vez en cuando aparece un papel debajo de la almohada y cada cumpleaños Pablo y Melissa (Irvine y Britpop) vuelven a disfrutar del encanto que los unió: se escriben a mano una carta de amor.

 

 

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