Ana María Stuven: Chile, el país de las mujeres solas

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Ana María Stuven: Chile, el país de las mujeres solas

Por Catalina Mena / Fotografía: Sebastián Utreras / Producción: Álvaro Renner / Maquillaje y pelo: María José León para Dior

Doctora en Historia de la Universidad de Stanford, Ana María Stuven (61) ha escudriñado el lugar de las chilenas en la historia. Desde su mirada académica, pero también desde su propia experiencia como madre y jefa de hogar, advierte que un sector relevante de las chilenas siempre ha estado postergado: ya desde 1850 las mujeres solas que sostenían a su familia eran un 40% que vivía en los alrededores de Santiago. Exactamente la misma cifra que arrojó la última encuesta Casen.

Paula 1103. Sábado 1 de septiembre de 2012.

“Somos un país de mujeres solas”, admite Ana María Stuven con el tono tranquilo y nada desafiante de quien no está dando una opinión sino, simplemente, constatando una realidad histórica. Profesora del Instituto de Historia de la Universidad Católica y directora del Programa de Historia de las Ideas Políticas de la Universidad Diego Portales, en el libro que publicó junto a Joaquín Fermandois, Historia de las mujeres en Chile (Aguilar, 2010), desfilan indígenas, negras, mulatas y señoras de sociedad. Todas, desde su lugar, defendiendo los intereses de sus hijos y la libertad de educarlos según sus principios y creencias. Así, por ejemplo, aparecen mujeres de la elite aguerridas y voluntariosas, que apoyan activamente a la Iglesia en conflicto con el Estado. Pero lo sorprendente es la gran cantidad de mujeres solas que pueblan el Chile tradicional: solteras que nunca se casaron aunque algunas tuvieran hijos (alrededor de 30% entre 1850 y 1900), muchas mujeres viudas y una gran cantidad de féminas abandonadas por maridos y parejas. El libro señala que en las últimas décadas del siglo XIX el porcentaje de hogares con jefatura femenina en los alrededores de Santiago alcanzaba 40% y que para estas mujeres fue muy difícil lidiar con la subsistencia: no solo eran mal vistas y rechazadas socialmente, sino que tampoco tenían acceso al trabajo. La historia se repite: exactamente la misma cifra que arrojó la última encuesta Casen sobre la situación de las jefas de hogar en Chile y que ha despertado un gran debate, porque estas mujeres encabezan 55% de las familias que están en extrema pobreza.

Ana María es sensible al tema. Aunque admite que proviene de una familia de la elite y que ha tenido muchas oportunidades, para ella el problema más dramático de las mujeres chilenas se encuentra en las clases populares. En su vida le tocó romper esquemas y mirar mucho más allá de sus narices. “Eso me liberó de muchas tonteras, pero, por otra parte, me hizo sufrir, porque quedé muy fuera de lugar”, reflexiona ahora sobre su propia biografía. Ella estudió Periodismo y después Historia, se casó joven, a los 28 años estaba separada con dos niños chicos y fue una de las primeras mujeres de su generación que sacó un doctorado fuera –en la Universidad de Stanford– mientras criaba a sus hijos, compitiendo de igual a igual con hombres que solo dedicaban su tiempo al estudio. Más allá de su destacada carrera académica, es también una jefa de hogar que trabaja sin parar y para quien lo más importante en la vida son sus hijos.

La fragilidad de las mujeres populares, advierte Ana María, se vuelve aún más dramática cuando se observa en lugares específicos, como en la cárcel. Allí es donde ahora la historiadora ha puesto su mirada: mujeres que, además de ser pobres y solas, dejan niños abandonados de los que nadie se hace cargo. Por eso, fundó hace más de 10 años la Corporación Abriendo Puertas, que capacita y acompaña a las mujeres del Centro Penitenciario Femenino. Dice que un día, mirando por la ventana de su oficina en la sede San Joaquín, vio algo que le pareció un parque antiguo. Y, luego, descubrió que era la principal cárcel de mujeres de Chile. “Lo sentí como un llamado”, confiesa. “Y empecé a meterme en ese mundo. Me di cuenta de que es imposible que una mujer presa sea concebida de la misma manera que un hombre, porque su situación es completamente distinta”, acusa. “Hay aproximadamente 5 mil mujeres presas, de las cuales 3 mil tienen hijos menores y, de esas, 80% están solas y sostienen la familia. Cuando el hombre se va a la cárcel la mujer se hace cargo de los hijos, pero cuando la mujer se va a la cárcel los hijos quedan abandonados. Además, ellas mismas quedan muy solas. En la cárcel de Colina las mujeres acampan alrededor para estar cerca de sus hombres. Pero cuando una mujer entra a la cárcel, normalmente el hombre no la visita”.

La estructura de la desigualdad

Interesada en la historia de las ideas, dice que ella no buscó intencionalmente hablar de las mujeres, sino que durante sus estudios se le fue apareciendo el protagonismo femenino. “Mi pregunta fue: ¿cómo es que ellas están tan presentes y yo no las había visto?”. Su investigación se ha centrado en poner el ojo y valorar la influencia de las mujeres en la historia de Chile, ya sea desde su esfera familiar como desde el espacio público. Esta perspectiva se enriela en las corrientes académicas de la historiografía, que desde los 70 comienza a preocuparse de las minorías invisibilizadas, de los sujetos que no aparecen en la historia oficial y, entre ellos, de las mujeres. Estas corrientes se identifican con lo que ella llama “feminismo académico” (su referente es la autora Karen Offen) cuyo principio es elemental: reconocer la igualdad de derechos entre los géneros y buscar, en la historia, los espacios donde se ejerce cualquier tipo de discriminación contra las mujeres. “Se trata de entender la dinámica de relaciones entre los sexos y no de buscar revanchas frente al mundo masculino”, dice. “El feminismo que me parece serio es de derechos: es siempre promujer, pero nunca es antihombre”. Y aclara que está lejos de esa imagen de mujeres que lanzaban los sostenes al viento en los 60, le parece válido las mujeres que trabajan como las que deciden estar en su casa pero que, objetivamente, si uno mira la historia de Chile se encuentra con una “estructura de la desigualdad” que ha perjudicado a las mujeres. “El hecho de que 40% de las mujeres sea jefa de hogar implica una discriminación de base, porque esas mujeres están solas. No es que el marido gane menos: el marido no existe”.

La encuesta Casen demuestra también que en los sectores más pobres 2 de cada 10 mujeres trabajan, mientras que en los más ricos son 6 de 10.
Claro, las mujeres que más lo necesitan, no pueden acceder al trabajo porque tienen que cuidar a sus hijos. En cambio eso está resuelto en los sectores más acomodados. Para mí el problema de las mujeres en Chile se ubica, claramente, en los sectores pobres por la desigualdad de opciones.

“Hay aproximadamente cinco mil mujeres presas, de las cuales tres mil tienen hijos menores y, de esas, 80% están solas y sostienen la familia. Cuando el hombre se va a la cárcel la mujer se hace cargo de los hijos, pero cuando la mujer se va a la cárcel los hijos quedan abandonados”.

Las neoconservadoras

Más allá de la situación de las más pobres, Stuven advierte que las mujeres chilenas, de todas las clases, están atravesando un momento complicado: “aunque por un lado hemos avanzado en conseguir derechos, por otro lado nos estamos topando con un sector de la elite cada vez más conservador que impide el proceso de cambio”. Y va más lejos: “Sin cambio cultural, la ley no sirve de nada”, afirma.

En tus textos muestras mujeres de la elite aristocrática que tuvieron mucho liderazgo, tanto en defensa de la Iglesia como en su rol como educadoras. ¿Dónde están esas mujeres ahora?
Lo que pasa es que esas mujeres de elite influían desde sus hogares, mientras que ahora aprovechan las instancias que ofrece el mundo laboral. La Evelyn Matthei hace 100 años habría sido la organizadora del Congreso Mariano, pero hoy es ministra del Trabajo. En ese sentido no hay duda de que la ampliación de las oportunidades permite que las mujeres se inserten en lugares de poder reconocido.

¿Pero la Evelyn Matthei no viene de la clase aristocrática?
No lo sé, pero el tema no es solo de clases sino de acceso a las oportunidades. Además, no se puede hablar de una aristocracia, sino de una elite que va cambiando. La sociedad chilena permite mucha movilidad.

Dicen que no.
Es que una cosa es que sea una sociedad desigual y otra es que exista movilidad social al interior de la sociedad. A eso me refiero. Hoy día las familias influyentes son de inmigrantes árabes, palestinos, croatas. No son, necesariamente, las familias tradicionales castellano-vascas.

¿Las mujeres somos más conservadoras que los hombres?
Yo creo que sí y que muchos de estos valores conservadores que nos perjudican, son reproducidos y alimentados por nosotras mismas, sobre todo en la clase dirigente. Esto se agudizó mucho desde el régimen militar para delante.

¿Por qué la ola conservadora del régimen militar tuvo a las mujeres como público cautivo?
Antes que eso, las mujeres fueron fundamentales en la campaña en contra de Allende. ¿Por qué? Porque es muy fácil gatillar en ellas un sentimiento conservador. Un gobierno que planteaba los peligros del comunismo explotó muy bien el temor de las mujeres que protegen a su prole. Me acuerdo de los discursos de la señora Lucía Hiriart. Para una Navidad salió ella al lado de una estatua de Cupido hablando de que las mujeres estábamos destinadas al amor y a la casa.

“Aunque por un lado hemos avanzado en conseguir derechos, por otro lado nos estamos topando con un sector de la elite cada vez más conservador que impide el proceso de cambio”. Y va más lejos: “Sin cambio cultural, la ley no sirve de nada”, afirma.

¿Crees que las jóvenes de la elite, de hace 40 años, eran más liberales que las actuales?
Eso creo, aunque no se puede generalizar. A mí me tocó vivir la década de los 60. Nosotros vivíamos en un mundo en donde el horizonte era la liberación. Por otro lado, la misma guerra fría, con el peligro que se acabara el mundo, de que apretaran el botón rojo y explotara todo, nos puso en una situación de vértigo. Un cataclismo cultural como el que vivió el mundo en esos años, naturalmente que tiene influencia sobre la mujer. Tengo compañeras de curso, del Villa María, que fueron exiliadas, que militaron en partidos políticos de izquierda y, por lo tanto, tuvieron que cambiar su realidad.

Y el golpe militar es otro cataclismo…
Y hace surgir una generación con otros valores. El horizonte es el control, la autoridad y la búsqueda de bienes materiales. No es coincidencia que en esa época se hayan fundado todos estos colegios más conservadores y, curiosamente, un montón de mujeres de elite que enviaban a sus hijas en los años 60 al Villa María, un colegio gringo, más liberal, hoy en día los mandan adonde Los Legionarios.

¿Progreso o retroceso?

Has afirmado que las mujeres populares se han empobrecido, algunas de la elite se han vuelto más conservadoras, y la gran mayoría, además de trabajar y sacarse la mugre, sigue a cargo del cuidado de los hijos. ¿Hemos ganado en algo las mujeres?
En términos legales las mujeres hemos ganado lugares importantes: el derecho a voto, acceso a la universidad, al trabajo, derecho a divorciarnos, a tomar la píldora del día después, a administrar su patrimonio, a que todos los hijos sean iguales ante la ley. Pero esos logros se insertan en un contexto de desigualdad social y conservadurismo cultural. Ese es el tema importante. La ciudadanía está restringida en términos de derechos sociales; es lo que reclaman los estudiantes, la gente de provincia. Los derechos sociales son el acceso a la salud, a la educación, a la igualdad de género, y las mujeres más pobres han obtenido esos derechos, pero la pregunta es si pueden disfrutar de ellos.

Es decir, la tina se llena por un lado y se vacía por el otro…
Lo que pasa es que estamos en una transición. Hay avances, pero también hay estructuras culturales que son muy lentas de cambiar. El paso siguiente es que los hombres entiendan que esta incorporación de las mujeres es todavía a costa de las propias mujeres. Todo salto hacia la libertad tiene un costo. A Olimpia de Gouges, que fue la primera que durante la Revolución Francesa proclamó los derechos de la mujer, le cortaron la cabeza. Hoy día, por supuesto que no te van a guillotinar por eso, pero hay otras guillotinas que la sociedad te impone. Por una parte yo digo “quiero trabajar”, pero hay maridos que todavía creen que la que tiene que llegar a la casa a cocinar, la que tiene que llegar a cambiar los pañales es la mujer. Entonces estamos en esta transición en donde gozamos de ciertos beneficios pero también de obstáculos.

¿Y crees que la cosa va para mejor?
Todavía en el país ejercen peso sectores muy tradicionalistas que temen al cambio. Si yo no quiero educar a mis hijos en los colegios del Estado y los pongo en el colegio de Los Legionarios, estoy frenando la posibilidad real de cambio. Veo mujeres jóvenes de la elite, que estudiaron en la universidad, pero en su casa no tienen ni un libro. Contra eso las leyes no pueden hacer nada. “El poder de las leyes es ninguno sin las costumbres”, escribió Andrés Bello en 1830. La ley responde a la cultura y no viceversa. ¿Cuándo se debate la ley de divorcio? ¿Cuándo se habla de las posibilidades de igualdad sexual? Cuando la sociedad está en condiciones de aceptarlo.

¿Y cómo se puede operar un cambio hacia una cultura más equitativa?
Tú puedes producir cambio cultural a través de los distintos medios en una sociedad de masas. Por eso es tan nocivo que la televisión siga repitiendo estereotipos como que para las mujeres el cuerpo es su principal arma y otros por el estilo, porque eso impide un cambio cultural que dignifique y valore los nuevos roles femeninos. Lo mismo sucede con los colegios. La educación tiene que enseñar a establecer relaciones sanas entre los sexos e inculcar valores de igualdad de género.

¿Qué puedes adelantarnos del libro que vas a sacar ahora sobre las mujeres en el siglo XX?
Lo más importante es que en el siglo XX es más fácil encontrar a las mujeres desempeñándose en distintos ámbitos. No solo en la vida pública, también en trabajos profesionales y emprendimientos sociales. Una de las cosas interesantes es el rol que tuvieron las mujeres en asumir el hogar a raíz de la cantidad de personas que fueron detenidas por el gobierno militar ¿Te fijas? La imagen es siempre la de una mujer que lucha bastante sola por sostener a su familia.

Por último ¿Qué chilenas crees pasarán a la historia?
La Bachelet, sin duda, como la primera mujer presidenta. La Isabel Allende como la mujer que vendió más libros. Las mujeres que se han desempeñado en el ámbito público, en el parlamento y en los gobiernos. También puede pasar a la historia la pastora aymará que fue condenada a prisión, una mujer que fue víctima de su cultura. Incluso podrán pasar mujeres que fueron condenadas por crímenes bullados. A la historia van a pasar todas las mujeres que han destacado, para bien o para mal.

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