Andrés Velasco, el hombre de la casa

Reportajes y Entrevistas

Andrés Velasco, el hombre de la casa

Por Delia Vergara / Fotografía: Alexandra Edwards

El ministro Velasco habla de su infancia en EEUU, su trabajo y su matrimonio.

El ministro de Hacienda no canta rancheras como su antecesor, pero escribe novelas. La última, publicada por Planeta en 2003, se llama Lugares comunes, una sátira negra cuyos personajes son el colmo de la mediocridad y la estupidez. El ministro dice conocer ese mundo, pero ciertamente no lo habita.

Tras años viviendo en EE.UU. y, luego de llegar al tope de la carrera académica en Harvard, una de las mejores universidades del mundo, volvió a Chile para trabajar en la campaña de Michelle Bachelet. Antes de hacerse cargo del Ministerio de Hacienda fue el creador y líder de Expansiva, un espacio sin militancia partidista que reúne a sus iguales: profesionales jóvenes con sólidos estudios y carreras en el extranjero, unidos con el propósito común de pensar creativa y seriamente cómo innovar en la gestión del Estado chileno. Está casado con la periodista Consuelo Saavedra, de TVN, con quien tiene dos hijas chicas, Rosa y Ema, la última nacida hace un mes.

Le pregunto por su signo astrológico y lo conoce. Es Virgo, el signo de los inteligentes aterrizados, los más ordenados e incorruptibles de todo el zodíaco. La constelación más apropiada para un ministro de Hacienda.

–Vienes de lo más alto de la academia internacional y llegaste a la administración pública chilena, al Ministerio de mayor poder. ¿Cómo te sientes con ese poder?
–Uno le va tomando el gusto. Cuando te das cuenta de que hay cosas que tú querrías hacer y que no son una abstracción, sino algo concreto que se puede lograr si uno se pone las pilas o logras que otros se pongan las pilas, el poder es un gran estimulante.

–O sea, logras que las cosas salgan. ¿Cómo lo haces?
–Soy perseverante, porfiado. No hay una medida de efectividad, pero una forma de mirarlo es ver que nos ha ido bien en el Congreso. Vamos en el séptimo u octavo proyecto de ley y creo que no hemos perdido un artículo todavía. Hemos sacado dos o tres proyectos grandes; la gente me decía: “Eso no va a salir jamás”. Sacamos la Ley de Responsabilidad Fiscal prácticamente sin votos en contra. En la reunión del Banco Mundial nos decían: “¿Qué clase de país es Chile? Son capaces de ponerse de acuerdo en una ley para ahorrar miles de millones de dólares para el tiempo de las vacas flacas, y eso se aprueba en la Cámara de Diputados casi sin votos en contra”. Eso habla de que este país está políticamente maduro, lo que también ayuda.

–A mí me da la sensación de que eres el ministro de Hacienda de todos, que los distintos sectores políticos no tienen grandes contradicciones con tu quehacer.
–No faltan cosas que levantan críticas pero, en lo grueso, hay bastante coincidencia porque todos estamos pensando en que Chile crezca. Una frase que me gusta, y que dije yo cuando presenté el presupuesto de la nación en cadena televisiva, es que estamos al final del túnel del subdesarrollo. Eso lo creo profundamente. Acerca de cómo salimos del túnel hay bastante coincidencias, que no se reflejan en el debate cotidiano, porque en éste se enfatizan las diferencias, no las coincidencias.

–Será que estamos llegando al final de ese otro túnel que era “no gobernamos para todos los chilenos”.
–Yo creo que ese paso lo dimos en los noventa. Yo trabajé en ese primer gobierno de la Concertación y ahí mostramos que la Concertación podía gobernar para todos y que eso era legítimo. Me acuerdo de una reunión con inversionistas: éramos cuatro asesores de Foxley y, en un café, uno de los inversionistas me dijo: “¡Todos tienen barba!”. Y eso era sospechoso. En esas cosas se fijaba la gente en el 90 y hoy parecen ridículas.

–Que te haya tocado hacerte cargo del Ministerio de Hacienda pareciera tener que ver con que eres independiente. Define independiente.
–La definición técnica es obvia: no milito en un partido. Aun así, siempre he trabajado para gobiernos de la Concertación.

–Me interesa saber cómo es tu sentir independiente.
–Para los profesionales de mi generación a los que les interesa la cosa pública, ser independiente es cada día más común. Mucha gente que celebró la vuelta a la democracia, que celebra lo que ha pasado en Chile en estos años, no milita ni participa de la cultura partidista. Yo soy uno de ellos.

–¿Deseabas el Ministerio de Hacienda?
–Yo trabajé en el Ministerio de Hacienda, pero había pedido un año sabático en la Universidad de Harvard y me gustaba la idea de volver. Hasta que la Presidenta me invitó a tomar desayuno, me ofreció la pega y acepté.

–Llegaste ahí como quien se calza un zapato viejo.
–En Hacienda, a diferencia de otros ministerios, la gente lleva años trabajando ahí. Y es gente muy buena. Yo no podría hacer ni la mitad de la pega que hago si no tuviera ese equipo de lujo. En el puro piso en que yo trabajo, hay por lo menos media docena de doctores en Economía de las mejores universidades del mundo que llegan a las nueve de la mañana y que muchas veces se van a las nueve de la noche, seis días a la semana. Es un Ministerio donde hay una cultura de excelencia.

–¿Tus padres viven?
–Mi viejo murió en el año 2001 y mi vieja todavía vive.

–¿Ellos tuvieron una buena vida?
–Tuvieron sus peleas y se separaron de viejos, cuando regresaron a Chile, después del exilio. Yo ya estaba grande.

–¿Tu mamá trabajaba?
–Mi mamá trabajó por tiempos sí, por tiempos no. Ella es una abogada muy abogada, le gustan las leyes y la justicia.

–¿Cómo recuerdas a tu papá?
–Como exigente. Muchas veces yo me sacaba las mejores notas del curso, pero eso no era razón para halagos.

–¿A qué edad te fuiste exiliado a Estados Unidos?
–A los 16 años. A mi papá un día lo agarraron en un
ascensor, le pegaron unos combos, lo subieron a un avión y
lo mandaron a Buenos Aires. Fue el 6 de agosto de 1976.

–Conociste el terror.
–Me dio terror, porque por un par de días no supimos dónde estaba el viejo. Lo arrestaron y lo sacaron de Chile, pero el Gobierno mintió y dijo que lo habían mandado a Perú. Y a Perú no llegó esa noche ni al día siguiente. La verdad es que lo habían mandado a Buenos Aires. Esto ocurrió pocos meses después del golpe en Argentina, entonces no era un lugar muy seguro. Dándose cuenta de eso, mi padre se asiló en la Embajada de Venezuela. Al cabo de un mes, mi mamá, mi hermana Ximena y yo nos juntamos con él en la casa de mi hermana mayor, que vivía en Los Angeles.

Buen alumno

–Estados Unidos les abrió las puertas.
–Sí. Mi viejo, cuando fue decano de Derecho de la Universidad de Chile, hizo un intercambio con la Universidad de California y tenía conocidos allá. Ellos le dieron un cargo.

–¿Cuáles fueron los momentos más difíciles?
–Los primeros seis meses que estuve en Los Angeles con mi familia fueron tiempos bien negros. Negros por el desconcierto total de estar en un lugar que no conocía y porque fui a un colegio público donde nadie me dio la hora. No me pegaron, pero sí me ignoraron. Era un colegio socialmente muy dividido. Había un contingente de cabros latinos que traían en bus de los barrios pobres y, por otra parte, estaban los cabros blancos ricos de los barrios más pudientes. Yo no encajaba ni en un grupo ni en otro.

–Después llegaste a Groton, un colegio de elite, carísimo. ¿Cómo lo hiciste, estando exiliado, siendo latino y todo lo demás?
–Se lo debo al rector de The Grange, mi colegio en Chile. Cuando él supo lo que le había pasado a mi viejo, me llamó a su oficina y me dijo que si me iba a Estados Unidos tenía que terminar mis estudios en un buen colegio. “Te voy a dar un dato”, me dijo, “hay un colegio privado cerca de Boston que tiene una beca para un alumno de Chile o de Argentina”. Antes de irme de Chile postulé. Fue una cosa muy apurada y en Estados Unidos me olvidé del episodio hasta que un buen día llegó el cartero con una carta que decía: “Ha sido admitido en Groton con todos los gastos pagados”.

–Partiste bien.
–Groton es un colegio tradicional de la elite. Es el colegio de los Presidentes. Hay un gran salón con paredes de madera en los que están inscritos los nombres de todos los ex alumnos por año de graduación, desde mil ochocientos y tanto hasta la fecha. En la clase de 1900 está Franklin Delano Roosevelt, Presidente de Estados Unidos, y así. Pero, a diferencia de los colegios de elite chilenos, en los de Estados Unidos hay becas, hacen un esfuerzo para que el estudiantado sea diverso en cuanto a clases sociales y para que sea cosmopolita. Y era mixto.

–¿Cómo lo pasaste entre tanto joven millonario?
–Como era un internado chico, no quedaba otra que integrarse. Más que rechazo por los extranjeros, la gente sentía curiosidad. Es un colegio americano con influencia inglesa y la austeridad es muy importante. Aunque había hijos de familias muy ricas, todos vivíamos en el mismo tipo de pieza, teníamos turnos de limpieza y pasábamos la aspiradora. Al hijo del presidente del banco y al cabro con beca una vez a la semana les tocaba una vez a la semana limpiar el wáter.

–La única entretención que quedaba eran las chicas…
–Sí, pero había un código muy estricto para verlas. Dormíamos en edificios aparte y las visitas en los dormitorios estaban reguladas: la puerta tenía que estar entreabierta, la luz prendida y los pies en el suelo. Un inspector abría la puerta para cerciorarse de que todo se cumpliera.

–¿Te sorprendieron?
–Alguna vez me tocó lavar platos un fin de semana por haber levantado una pata del suelo.

–Después de Groton, ¿cómo te fuiste a las universidades más prestigiosas?
–Había un señor en Groton que asesoraba las postulaciones y yo, patudamente, fui a verlo cuando me faltaba más de un año para postular. Le dije que quería ir a Yale, Harvard, Princeton, Stanford o Berkeley, las más famosas. No lo dije tanto por patudez sino porque no conocía las otras. Me miró con cara de escepticismo y me dijo: “¿Está seguro?, ¿cómo va a pagar?”. “Yo no tengo un peso”, le dije, “si me aceptan me tendrán que dar plata”. “Es arriesgado”, me dijo, “pero hagamos la prueba”. Me aceptaron en varias y en Yale me ofrecieron un paquete para financiar mis estudios, que era en parte beca, en parte trabajo y en parte préstamo. En Yale trabajé y estudié y estuve como diez años pagando.

Enamorado

–¿Por qué te casaste tan tarde?
–Porque no me ofrecieron matrimonio antes (se ríe).

–Había que ofrecerte matrimonio.
–Bueno, no hay que ponerse demasiado leguleyo en esto. Tuve un par de relaciones largas, sólo que me casé con libreta a los 40. No anduve por la vida preguntándome por qué no me he casado todavía. Hubo veces en que me enamoré y pensé que podía ir hacia allá, pero no lo hice.

–¿Tu experiencia es que dejabas o te dejaban?
–Las dos.

–¿Cuánto te dolía que te dejaran?
–Mucho.

–¿Y entendías por qué te dejaban?
–Con el paso de los años fui entendiendo. En el momento quedaba mal.

–¿Qué entendiste?
–No sé si tengo algo inteligente que decir sobre eso. Han pasado muchos años.

–¿La Consuelo te ofreció matrimonio?
–No, yo le ofrecí matrimonio a ella en Estambul, una noche de luna llena, frente al mar. En la más romántica. Si uno va a pedir matrimonio, era un buen lugar para hacerlo. Llevaba un anillo, una flor y una botella de champaña. De ahí nos vinimos a Chile y nos casamos.

–¿Cómo eres como papá? ¿Te conectas con tus hijas?
–Bueno, son las dos bien chicas. La Rosa tiene dos años y la Ema unas cuantas semanas, pero lo paso muy bien con ellas. Me alegro de haber sido papá viejo. Creo que de haber sido papá joven no me habría dado el tiempo, no tendría la calma para tirarme de guata al suelo y jugar con ellas.

–¿No llegas a la casa con los problemas del Gobierno en la cabeza?
–No es fácil desconectarme, pero cuando uno está de guata en el suelo jugando se olvida de todo.

–¿Qué te conecta con la Consuelo?
–Te voy a decir algo como un ejemplo: al fin del día hablamos de todo y lo pasamos muy bien hablando de todo.

–¿En qué circunstancias realmente descansas?
–Patas arriba, debajo de un árbol, mirando el mar, con una buena novela.

El escritor

–Has escrito dos libros de Economía y dos novelas. En buenas cuentas estoy ante un novelista.
–¿Los hojeaste?

–Leí Lugares comunes.
–¿Qué te pareció?

–¡Me sorprendió!
–Es un buen comienzo… ¿Qué te sorprendió?

–Que fuera una novela negra. ¿Por qué elegiste esos personajes tan mediocres que hacen puras torpezas?–Es deliberado, es una novela satírica. ¿Quién dijo que los protagonistas de una novela tienen que ser héroes? También pueden ser antihéroes. En literatura son mucho más interesantes las pequeñas derrotas que las grandes. Uno escribe para explorar las cosas que le interesan. A mí me interesa la pretensión intelectual y la novela explora eso. Uno escribe también sobre mundos que conoce.

–¿Conoces esas viejas millonarias de Nueva York que tratan de tirarse al pobretón de tu protagonista?
–No hay personaje que uno narre que no tenga asidero en la realidad. Pero no me pidas nombres ni fechas.

–Eres uno de los 100 hombres elegidos por la revista Time como los forjadores del nuevo milenio. Quiero saber cómo enfrentas problemas que parecen insolubles: un sistema global de mercado que no produce equidad.
–¿Quién dijo?

–¿A ti no te parece así?
–No comparto el punto de partida implícito en lo que acabas de decir. Que este sistema globalizado sólo produce desigualdades crecientes no es lo que dicen los hechos. En la última década ha pasado algo tremendamente positivo. Los dos países más grandes del mundo han tenido un despegue fenomenal. Y, de la mano de ese despegue, cientos de millones de personas han salido de la pobreza. Quedan muchos pobres en China y en India, pero no se nos olvide que las noticias sobre esos países eran cosas como: “Llegó la hambruna y murieron millones”. La desigualdad internacional no se ha producido, con una gran excepción: África.

–¿Qué pasa con los recursos naturales del planeta si a todo el mundo le das casa, auto y alimentación?
–Es un desafío, pero de ningún modo es insoluble. De hecho, las predicciones más negras de hace 25 años sobre el agotamiento de los recursos naturales a los precios exorbitantes de la energía, no se cumplieron. La energía es más cara hoy, pero no hay cataclismo.

–¿El planeta va a resistir tanto desarrollo?
–Las cosas se pueden hacer bien o se pueden hacer mal. Si se hacen mal, implica descuidar problemas potenciales tremendos, como el calentamiento global. Algo muy distinto es creer en un catastrofismo inevitable. Y yo no creo en eso. La combinación de un mundo que se integra y se globaliza, con el aliciente de las fuerzas del mercado, mientras se instalan estructuras legales y políticas sociales para asegurarse de que los que queden atrás reciban apoyo, ha sido muy potente. En el siglo XX aparecieron por primera vez en la historia de la humanidad sociedades en que la mayoría de la gente tiene una vida digna. Ésa es una aspiración para toda la humanidad y hoy ya no es una ilusión.

–Lo que sí parece poder destruirnos es la violencia. ¿Te parece posible detenerla?
–No me pidas recetas. Creo que hay algo que no entendemos muy bien y es la persistencia de la violencia en un mundo en que las causas mas obvias de violencia, como la pobreza, se aminoran. No tengo respuesta para eso.

–¿No?
–En la próxima entrevista te la tengo. (Ríe a carcajadas.)

–¿Estás de acuerdo con que la salida de las mujeres a trabajar echó por tierra la sociedad como la conocíamos y que el matrimonio y la familia pasan por una gran crisis?
–Absolutamente. Es quizás el cambio social mas importante que ha ocurrido en el mundo y en Chile en las últimas décadas.

–¿Cómo te enfrentas a estas nuevas mujeres?
–Son colegas. Yo crecí en una casa con una madre abogada que discutía con un padre abogado ¡sobre abogacía! Así me crié.

–Esas mujeres te encienden.
–Me casé con una profesional muy profesional. Creo que eso contesta tu pregunta.

Seguir leyendo