Ángeles de la basura

Reportajes y Entrevistas

Ángeles de la basura

Por Marcela Recabarren Fotografía: Pin Campaña

Tres recién nacidos han aparecido muertos en el último año en un vertedero de Puerto Montt. Pese a la burocracia legal, la socióloga Bernarda Gallardo se ha empeñado en hacerles un funeral digno. Ésta es la historia de una mujer que ha conmovido a una ciudad entera con su firme decisión de cambiar el miserable destino de las guaguas de la basura.

Bernarda Gallardo (46) tomó el diario de la mesa de centro. Era viernes, el 4 de abril del año pasado. Como todas las mañanas, a las ocho y media hacía una pausa en el Mideplan de Puerto Montt, donde trabaja como socióloga, para hojear las noticias en la sala de espera. Ese día el titular de El Llanquihue la impactó: “Botan a un recién nacido en el basural”. Leyó la noticia completa con el aliento suspendido. Bernarda no sabe cómo explicarlo racionalmente, pero de algún modo supo que la nota iba dirigida a ella. El impacto fue tan grande que podría haber salido corriendo a buscar a la guagua. Pero no lo hizo. Contuvo la emoción y siguió trabajando. En algún minuto sabría qué hacer.

Volvió a cruzarse con el titular rojo a las ocho de la noche, en su casa. El diario estaba doblado sobre el mesón de la cocina y Jaime Barría, su marido, músico y compositor, cocinaba con el delantal puesto. Sus dos hijos adoptivos, de dos y tres años, a esa hora estaban durmiendo.

“¿Qué harán con la guagüita muerta que encontraron en la basura?”, le preguntó Bernarda a Jaime, mientras él picaba zanahorias, zapallos italianos, espinacas y posta para la sopa de los niños. “La van a poner en una fosa común o la van a incinerar”, le contestó él. Bernarda empezó a ordenar las mochilas de sus hijos. “¿Y si le hacemos un funeral?”, propuso ella, de pronto. Jaime asintió. Ése era todo el impulso que necesitaba Bernarda para iniciar los trámites.

A las once de la mañana del lunes, Bernarda Gallardo conoció el Primer Juzgado del Crimen de Puerto Montt. Pidió hablar con el juez Francisco Javier del Campo, pero el magistrado no llegaría hasta la una. Bernarda esperó en un sillón desvencijado hasta que el juez la recibió. Se acercó a él, le dio la mano y le anunció: “Vengo a pedir autorización para sepultar a la guagua que apareció en la basura”. Y le puso el diario en las narices.

“¿A qué viene?”, preguntó el magistrado, sin entender realmente qué le estaba pidiendo la mujer que tenía delante. Había recibido peticiones raras en su vida, pero nunca una como ésta. Bernarda pasó por alto el desconcierto del juez y se concentró en lo suyo. No sabía si el hombre formal y canoso que tenía al frente era católico o no, así es que no estaba segura si decirle que quería darle a la guagua “cristiana” o “humana” sepultura.

–Quiero darle humana sepultura –dijo por fin. El juez la miró todavía más sorprendido. –Quiero autorización para
darle cristiana sepultura–, se corrigió Bernarda.

–¿Y por qué?
Bernarda no sabía qué responder. Creía que no necesitaba un por qué. –Porque es un ser humano, como usted o yo, y no puede quedar en la basura–, comenzó su explicación.

El juez jamás se había encontrado con una persona particular –así habla él– que le pidiera permiso para sepultar un NN y le pareció sospechoso. No pudo evitar pensar que Bernarda Gallardo estaba actuando como si fuera la madre arrepentida de la guagua muerta.

Cuando el cuerpo apareció en el vertedero de Lagunitas, el matrimonio Barría Gallardo estaba a punto de iniciar los trámites para adoptar a su tercer hijo. “Jaime y yo somos padres adoptivos de dos niños. La guagua que encontraron muerta en el basural podría haber sido el tercero”, explicó Bernarda al juez.

El magistrado no se quedó tranquilo e insistió en preguntarle sus motivos. Con 14 años de carrera, sabía que podía estar ante un caso de tráfico de órganos. “No puedo darle autorización ahora. Tengo que solicitar algunos trámites en el Servicio Médico Legal. Más exámenes de autopsia”, dijo. Todavía tenía que investigar el crimen. “Vuelva al juzgado la próxima semana”, añadió finalmente. A estas alturas, Del Campo ya creía en las buenas intenciones de la empecinada mujer.

La fuerza de Aurora

“Perfecto”, respondió Bernarda. “Voy a esperar nueve meses. Es el tiempo que una mujer embarazada espera a su hija. Después de eso mi paciencia se acaba”, le advirtió. El lunes siguiente, Bernarda fue al juzgado a preguntar si ya tenía permiso para sepultar a la guagua, a la que llamó Aurora. Le dijeron que no. Volvió a la semana siguiente, y todos los lunes, durante seis meses, recibió la misma respuesta del actuario: “No hay novedades en la causa”. Después de 25 visitas al juzgado, consiguió lo que quería.

El dueño de la imprenta América, en Osorno, no cobró por las mil invitaciones que Bernarda mandó a hacer para el funeral. Tampoco lo hizo la agencia Publisur, que diseñó las tarjetas, y la Funeraria Nazareth donó la urna, la cruz y la carroza donde irían los restos de Aurora.

A las once de la mañana del 24 de octubre del año pasado, dos filas de autos, una en cada costado del camino, llenaron la subida al cementerio. Bernarda y Jaime no esperaban que fuera tanta gente al entierro. Las primeras en llegar fueron las señoras de la población Las Camelias, que habían escuchado la noticia en la radio Reloncaví. Entre todas rodearon con velas y rosas blancas el lugar donde iría la urna. En la entrada del cementerio, Alejandra Cantín y Alejandra Álvarez, compañeras de trabajo de Bernarda, prendían una cinta blanca en la solapa de los asistentes. Ivonne Barrientos y Ana Cárdenas, alumnas de Servicio Social de Inacap, entregaban ramitos de flores moradas. Nubes negras cubrían los volcanes Calbuco y Osorno. Estaba a punto de ponerse a llover sobre las 300 personas que habían llegado al funeral.

Al levantar el ataúd blanco donde iban los restos de Aurora, Bernarda y Jaime palparon la fragilidad de la niñita del vertedero. Después de seis meses en los congeladores del Servicio Médico Legal, los cuerpos empiezan a desintegrarse. Aurora estaba desapareciendo. Al tomar la urna, el matrimonio hizo demasiada fuerza y se les fue hacia arriba. Pesaba poco más de un kilo.

El ataúd entró al cementerio en medio de un silencio profundo. Jaime había recuperado una antigua canción chilota para la ceremonia. “Permiso señores/ voy a retirarme/ quiero despedirme/ de mi triste madre”, sonaba una radio a pilas. Las señoras de Las Camelias se sabían la letra y la cantaban de pie, tras la cruz blanca de la tumba.

En cuanto llegó el momento de hablar, el cura le dio la palabra a Bernarda. “La familia primero”, le mandó a decir. Ella sacó un papel del bolsillo de su impermeable negro y comenzó a leer: “Naciste para ser abandonada en un contenedor de basura –eso duele y mucho–, pero también para dejar grabado en nuestros corazones tu recuerdo de hija de esta ciudad, ciudad que en tu nombre y por tu amor se compromete a acoger a cada vida nueva que en ella se geste”.

Un grupo de niñitas de una escuela básica, formadas ordenadamente, interpretó canciones de iglesia. Luego, Catherine Hall, una estadounidense que toca en el grupo Bordemar, que dirige Jaime, sacó su flauta traversa y entonó una melodía irlandesa. De un bus escolar bajó una delegación de alumnos del colegio Puerto Montt. Vestidos con sus uniformes morados, los adolescentes, hombres y mujeres, se acercaron respetuosamente a la urna.

Alguien le tocó el hombro a Bernarda. Era un periodista de la radio Reloncaví. Llorando, le pedía unas palabras en vivo. “Siento pena, pero es una pena dulce. Todo está bien”, le dijo Bernarda, como para consolarlo. Un señor de Calbuco llamó a la radio. Estaba afligido. Era padre de familia y no entendía cómo alguien podía botar a su guagua a la basura. “Abrace a sus hijos, béselos y quiéralos”, le dijo Bernarda al aire.

Lejos de la tumba, con una cinta en la solapa y un ramo de flores moradas en la mano, el joven director del Servicio Médico Legal de la región, el doctor Konstantin Ziolkowski (31), miraba en silencio. No le gustan los funerales, pero esta vez había hecho una excepción. “El caso de Aurora me dejó marcado. En el servicio estoy acostumbrado a que nadie, ni siquiera los familiares, se interese en retirar los cuerpos, que pasan meses en los congeladores. Cuando Bernarda y su marido fueron a buscar los restos del bebé sentí que todavía quedaba humanidad en la gente”. El doctor tuvo una esperanza. Una que se vino abajo dos días más tarde.

Se llama Manuel

Después del funeral, el doctor Ziolkowski tuvo un fin desemana ocupado. El domingo 26 de octubre llegó al Servicio Médico Legal otro recién nacido que apareció en la basura. La autopsia determinó que había muerto asfixiado en la bolsa negra donde lo encontraron los recolectores del vertedero. Estaba en el mismo lugar donde había aparecido Aurora.

La noticia de la nueva guagua botada apareció esta vez enlas páginas interiores de El Llanquihue. “Sentí rabia. La muerte de Aurora le había importado un comino a la gente. Se reían de ella, de su dolor, la habían vuelto a matar”, recuer da Bernarda, llena de lágrimas.

Con la misma decisión con la que acudió al rescate de Aurora, Bernarda se hizo cargo del nuevo niño. Lo llamó Manuel.

En noviembre salió a las calles del centro de Puerto Montt a pegar carteles en los contenedores de basura, los mismos donde habían tirado a Aurora y a Manuel. “Ya van 2 guaguas en 6 meses” y “No botar guaguas a la basura”, decían los afiches. El 22 de diciembre se armó de valor y fue al Servicio Médico Legal a preguntarle al doctor Ziolkowski sobre Manuel. Así se enteró de que pesó tres kilos, midió 49 centímetros y lloró con desesperación antes de morir asfixiado en una bolsa de basura. “Nunca supe cuánto sufrió Aurora, pero con Manuel tuve certeza. Su muerte fue cruel”, dice Bernarda. El informe de la autopsia fue un golpe duro para ella. Le llegó hasta adentro. Como a una madre que ha parido.

A los 16 años, cuando estaba en cuarto medio, Bernarda tuvo un embarazo forzado. Aunque le faltó el apoyo de su familia, jamás pensó en abortar a esa guagua. Al contrario, se aferró a ella y la convirtió en su razón de vivir. El parto – una cesárea de emergencia– la dejó infértil. A los 17 años, se fue de la casa con su hija Francisca en brazos. Las acogieron en un departamento donde un grupo de universitarios vivía en comunidad. Bernarda estudiaba sociología y pasaba hambre, pero Francisca era su fortaleza. Todavía lo es. Hablan por teléfono una vez a la semana y se comunican por mail. Francisca estudió cine, se casó con un francés y vive en París. A los 40 años, Bernarda conoció a Jaime y juntos adoptaron a Alejandra y a José. “Mis hijos son mis florcitas. Una vez vi una foto que resume mi forma de ver la vida: de una bosta de vaca salía la flor más bonita. De lo más feo puede nacer lo más hermoso. Lo que hago con estas guaguas muertas es una reparación a la vida”.

Bernarda volvió al Primer Juzgado del Crimen a pedirle al juez que le diera autorización para enterrar, esta vez, a Manuel. Sabía que tendría que ir todas las semanas a averiguar el estado de la causa, pero estaba dispuesta a hacerlo. Hecha la petición, comenzó una nueva campaña: pasó todo el verano escribiendo cartas a los diarios, a los canales de televisión, la presidencia del Senado, al gabinete de la Primera Dama y a la Dirección Nacional del Sename. Quería que las autoridades detuvieran los homicidios de recién nacidos, que dieran una señal pública de que estos seres importaban. Nadie, hasta ese momento, se había querellado por los niños muertos.

El 28 de abril Bernarda fue, como todas las semanas, al juzgado. “Hay novedades”, le dijo el actuario. “El Sename se querelló en los casos de los niños que han encontrado en la basura”.

“¿En serio?” La pregunta de Bernarda resonó como una exclamación
en la sala de espera.

Con la querella, la posibilidad de encontrar a los responsables de los crímenes aumenta. El juez sólo había podido investigar a las madres que alguna vez controlaron sus embarazos. Pero ahora, un equipo de abogados del Sename ideó una sistema para rastrear a las mujeres que jamás acudieron a un consultorio. Las nuevas diligencias ya comenzaron.

Por fin Bernarda tiene un respiro. Ahora que hay más gente preocupada en serio del tema, ella y su marido iniciarán los trámites de adopción de su tercer hijo. Y tendrán tiempo para organizar el funeral de Manuel como si fuera una fiesta de cumpleaños. “Quiero darle colores, compañía, calor, para que sepa que la vida es buena, que vale la pena. Soltaremos globos que lo van a acompañar en su viaje al cielo. Él es un angelito”, dice Bernarda. De su cartera saca un papel escrito en computador. Es el borrador de la invitación al funeral de Manuel. El juez le adelantó que le entregará el cuerpo en junio. Pero allí no acabará su tarea. El 8 de abril apareció otro recién nacido muerto en el mismo vertedero. Bernarda se hará cargo de él también. “Espero que no haya más, pero si llegan, tengo que sepultarlos”, dice. “No puedo dejarlos solos”.

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