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14 Julio, 2017
orla

Un año sabático en familia

Loreto Novoa y Michel Tiara tomaron una decisión: renunciar a sus trabajos, sacar a los niños del colegio y vender la casa para viajar en familia por Europa y Estados Unidos durante un año. “Como los ricos y famosos, pero en nuestro caso, que somos profesionales, fue puro atrevimiento”, dice Loreto. Aquí, ella comparte lo vivido y recorrido.

Texto y fotos: Loreto Novoa


Paula.cl

Esta historia parte así: un día dejamos nuestra vida tal y como la conocíamos y, al otro, partimos a recorrer el mundo. Nos lanzamos como lo hacen esas parejas que salen saltando al vacío en las típicas fotos de redes sociales. Pero, en vez de ser dos, fuimos cuatro: una familia completa partiendo a la aventura. La idea surgió de algo muy trivial. Leí una entrevista al periodista Matías del Río donde contaba del año sabático que pasó en Estados Unidos con toda su familia. Algo me resonó y ese día le estuve dando vueltas: me resultaba tan inspirador y motivante imaginarnos en algo así.

Con Michel, mi marido, siempre fuimos buenos para viajar. Cuando no teníamos hijos, éramos capaces de no comprarnos ni calcetines durante un año con tal de ir a Madrid. O a veces coincidíamos con mi mamá –otra gran compañera de viajes– y nos largábamos más lejos, a El Cairo o a Estambul. Pero eran viajes acotados a las tres semanas legales de vacaciones que tiene todo el mundo.

Cuando Michel llegó del trabajo le hablé de esa entrevista y le dije: “podríamos hacer lo mismo”. Michel tenía entonces 44 y trabajaba como subgerente de una entidad financiera; yo, 45 y era periodista freelance. Nuestra vida estaba centrada en el trabajo, los amigos, la familia y nuestros dos hijos, Federico y Sofía, de 10 y 6 años. Ellos, por su lado, también tenían sus propias fotos sonriendo en playas con palmeras, paisajes boscosos o alguna costanera del litoral central, pero no más. Llegar con ellos hasta la Torre Eiffel era algo que soñábamos hacer alguna vez, pero en un futuro lejano.

“¿Y si lo hiciéramos ahora?”, le dije a Michel. Ahora parecía el momento correcto: los niños aún eran chicos y nosotros todavía estábamos en una edad donde las maletas se llenan con ropa y no con remedios. Pero Michel le puso realismo al asunto: “Un año sabático es caro. Y Matías del Río debe ganar varios millones más que tú, que eres periodista freelance”, me dijo. Tenía razón. Así es que me callé y archivé la idea. Pero, para mi sorpresa, Michel no lo olvidó. Tres días después me dijo: “Ya sé cómo podríamos hacerlo: vendamos la casa”. Sonreímos, nos abrazamos y nos aplicamos para entrar rápido en modo avión.

año sabático en familia

Tres requisitos

Antes de lanzarnos a vivir este sueño, nos impusimos cumplir tres tareas. Uno, guardamos parte del dinero de la venta de la casa como reserva para nuestro regreso. Dos, renunciamos a todo –trabajos y colegio–, con excepción de la isapre que continuamos pagando, además del seguro de salud familiar con cobertura en el extranjero. Tres, pedimos al colegio de nuestros hijos que guardara sus matrículas porque en Chile no es cosa de inscribir a los niños estando en otro país, salvo si eres diplomático o quizás famoso. Y nosotros estamos lejos de calificar en esos ámbitos. De paso, obtuvimos cartas del director, escritas en inglés, explicando que Fede y Sofi eran alumnos regulares, en caso de que alguna policía internacional quisiera velar por el derecho a educación de este par de niños.

Partimos estos trámites en julio de 2014 y en octubre de ese año pusimos en venta la casa. Tardamos tres meses en cumplir con esto, por lo que dejamos enero y febrero para guardar nuestros muebles y prepararnos para el viaje. Todo bien, salvo por un detalle: nuestros hijos no querían viajar. Menos, pensar que tendrían que volver un año después a un curso más abajo. Y qué decir de perder sus amigos y su casa. Es que vivíamos en un bello condominio sobrepoblado de niños de su edad, cerca de su colegio, del Metro (yo no manejo) y del lugar de trabajo de Michel. Además, en nuestro jardín crecía un magnolio de flores rosadas que habría querido guardar también en la bodega que arrendamos. En resumen: teníamos una vida plácida que decidimos cambiar por mirar el mundo.

Madrid, París, Nueva York

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“Nuestros hijos no querían viajar. Menos pensar que tendrían que volver un año después a un curso más abajo. Perder los amigos, su casa. Es que vivíamos en un bello condominio sobrepoblado de niños de su edad que, además, estaba cerca de su colegio”.

Partimos el 8 de abril de 2015. Nos quedamos tres días en Buenos Aires y luego seguimos a Madrid, donde permanecimos un mes y medio. Arrendamos un departamento grande, decorado con adornos blancos y dorados, ubicado a dos cuadras de la Gran Vía. Fue el momento de acomodarnos a no tener rutinas, a pasear por la ciudad, a darnos tiempo para ir al supermercado y a cocinar en casa. Yo, que no distinguía el cilantro del perejil, tuve que aprender a desenvolverme en la cocina, partiendo por lo elemental: hacer arroz y cocer papas.

Desde Madrid, visitamos, por el día, Toledo, Segovia, Salamanca, Guadalajara y El Escorial. Luego nos quedamos en Barcelona, en un departamento pequeño pero ubicado en un barrio lleno de cafeterías, verdulerías y esa gran basílica que todavía se construye. Era primavera, época rica para caminar.

A los dos meses de iniciado el viaje, nos trasladamos a Francia. No sé cómo describir la placidez de despertar, salir del departamento, caminar una cuadra y encontrarse como si nada con el río Sena, con los techos grises de los edificios. Increíble. También visitamos Carcassonne, Arles y Saint Rémy. Nos quedamos una semana en la ciudad amurallada de Avignon. Y seguimos con Versalles, Disneyland Paris, Ámsterdam y Praga.

A los tres meses, cuando se cumplía el plazo de la visa de turista, viajamos a Estados Unidos, donde vivimos un mes y medio en Harlem, Nueva York. Los arriendos son más caros que en París, pero conseguimos por internet un lugar a seis cuadras del Central Park: un departamento pequeño, con poca ventilación, que en todo caso no fue tema para los niños, que estaban felices porque ahí había Netflix.

En Harlem había latinos que se levantan a las seis de la mañana para sacar adelante sus lavanderías o sus carros de comida. Allí conocimos a Dereck; siempre estaba sentado en su silla de ruedas en la vereda, a la salida del departamento. No entendía qué estábamos haciendo ahí. Con Michel –cuando salía a fumar– hablaban de las estrellas y de que en Harlem no se ve ni se oye nada. Un día dejamos de verlo. A Michel le dijeron que estaba enfermo y que había muerto. Nunca lo pudimos comprobar, pero hasta el último día salíamos del departamento mirando para todos lados, a ver si aparecía.

Permanecimos 90 días entre Nueva York, Filadelfia, Boston, Salem, Washington, Orlando, Miami y Fort Lauderdale. El día que expiraba la autorización de Visa Waiver, tomamos un avión y nos fuimos por tres meses a vivir a una casa que arrendamos en Londres, entre el otoño y la Navidad. Hacía frío y oscurecía a las cuatro de la tarde, pero me atrevo a decir que de este lugar son los recuerdos más impactantes. Quizás por la belleza de todos sus rincones (allá, hasta las bolsas de los supermercados son hermosas) o quizás también porque fue el lugar donde permanecimos viviendo por más tiempo. ¡Qué placer caminar por esa ciudad limpia y con sistema de transporte expedito y puntual! Además, con muchos sitios para visitar en tren. Gracias a que tuvimos visitas ilustres –como mi hermana, mi suegra, mi cuñado y mi mamá– recorrimos lugares como Oxford, York, Windsor, Cambridge, Canterbury, Edimburgo y Dublín.

Aprovechándonos que el Reino Unido no es parte del espacio Schengen (acuerdo suscrito por algunos países de la Unión Europea que permite el libre tránsito por 90 días) pudimos continuar viviendo los últimos dos meses en Europa, esta vez arrendando en Italia (que sí es Schengen), justo al lado del Vaticano. Desde Roma visitamos Ostia, Florencia, Siena, Pisa, Nápoles, Pompeya y Venecia, además de regresar a Ámsterdam y París.

¡Tanta belleza en nuestros ojos! Tanto ocio bien vivido.

Más Simpsons que Flanders

Año sabático 2

Debo confesar que si hay algo que ayuda bastante a viajar por un año es tener personalidades relajadas y poco estructuradas. Con Michel somos más Simpsons que Flanders aunque, claro, sin tanta desidia. No nos importó ir con maletas livianas (tres jeans, dos faldas, dos suéteres, cinco poleras, tres camisetas, una parka, dos pares de zapatillas, sandalias y ropa interior), ni usar ropa arrugada ni dejar de comer sagradamente las cuatro comidas del día. Para nuestros hijos, eso sí, nunca faltó la dosis de zanahorias ni kiwis.

Pero no dejábamos al azar la programación viajera. Aquí éramos disciplinados. Gracias a internet, compramos pasajes y arrendamos casas y departamentos con bastante antelación. No solo pudimos ahorrar dinero, sino que también nos ayudó para hacer cada travesía de manera casi relajada. Nunca levantándonos apurados. Nunca tuve que gritar “¡Kevin!”, como la madre de Mi Pobre Angelito que arriba del avión se da cuenta de  que olvidó a un hijo en casa. Ni Fede ni Sofi vivieron el estrés del viaje. Solo la obligación de levantarse temprano, de vez en cuando, para cargar sus mochilas o maletas con ruedas, tomar el metro y llegar a la estación de trenes.

Estando en Europa, me di cuenta de que en Chile subestimamos mucho a los niños. Está el mito –o miedo– que se aburran en los viajes, pero eso puede revertirse. Lo usual era que camináramos un promedio de 10 kilómetros diarios y casi no era tema para ellos. Tampoco las largas distancias. El secreto: conciliar gustos y respetar ritmos. Si un día viajábamos muchas horas, al siguiente dormíamos hasta el mediodía. Si una mañana la dedicábamos a ver cuadros, a la tarde nos tocaba navegar en alguna laguna de un gran parque. Si comenzaban a aburrirse arriba del tren, inventábamos cuentos o jugábamos a las mentes pensales, un juego, bautizado así por Sofi, que consistía en adivinar qué estaba pensando el otro.

Por cierto, nada de esto fue automático. Pasaron meses desde el no querer viajar hasta el llegar a caminar por horas sin reclamar. Un proceso paulatino donde ayudó bastante el hecho de que Fede y Sofi se involucraran más con el viaje, escogiendo destinos y departamentos que arrendar.

Fue también en esos primeros meses cuando leí blogs de familias viajeras donde explicaban sus fórmulas para ocuparse del aprendizaje de los hijos. Unos, optan por someterlos a exámenes libres (una vez que llegan a su país) y otros, por la educación en movimiento, es decir, sacar a los niños de colegio (como nosotros) y aprovechar los distintos escenarios visitados para enseñar in situ historia, arte o geografía.

Si en algún minuto pensamos con Michel en la idea de que dieran exámenes libres, el impulso duró poco porque no podíamos cargar peso con textos escolares y porque la perfección de un año salvájico –como bautizamos a nuestro viaje– no es compatible con estar estudiando diariamente. De manera que viajamos con el Silabario para Sofi, unas fotocopias de comprensión lectora (cuyas hojas íbamos arrancando a medida que Fede leía) y su libro de matemáticas. “¡Pero si estoy en vacaciones y no tengo que estudiar!”, protestaba enérgicamente mi hijo al comienzo del viaje.

De a poco, los niños se fueron adaptando. Repasaban materias cuando permanecíamos varias semanas en un mismo lugar, además de estar todo el tiempo sometidos a esta educación en movimiento, bastante más dinámica y entretenida. “¿Y por qué acá oscurece a las cuatro de la tarde? ¿Cómo se llama ese esqueleto de animal prehistórico que fue sacado de Chile para instalarlo en este museo?”. Y así, todos los días. Por nuestra parte, nosotros los padres, aprovechamos de mejorar nuestro inglés de manera on line.

Menos aprensivos

Ahora que pienso sobre el viaje, reconozco cosas que aprendimos y recuerdo algunos episodios. Estando en España, al inicio del viaje, más de una vez nos topamos con papás que llevaban a sus niños en la parte trasera de sus motos. La primera vez que lo vi, juzgué la maniobra como imprudente, algo que también causó la impresión de mis hijos. Pero, con el paso de los días, nos dimos cuenta de que eran muchas las familias que hacían esto y no vimos a ningún niño soltándose o haciendo equilibrio. ¡Sabían comportarse! Escenas que presenciamos mientras enseñábamos a nuestros hijos a no subirse a las esculturas de las calles, a no hablar fuerte dentro de los museos ni a gritar en los departamentos después de las 10 de la noche.

Estando en París, también recordé lo que una vez me había dicho una francesa y es que allá los niños desde pequeños comen caviar y foie gras. No existe la papa frita y el nugget en los menús infantiles de los restoranes, sino la misma comida de adultos, pero en porciones pequeñas.

En Londres, por su parte, los niños desde chicos se van solos a comprar, al colegio y ¿qué sucede? Los autos se detienen y los vendedores de las tiendas los escuchan y les entregan el vuelto correcto. Nunca vimos mallas protectoras de ventanas.  “O sea, mamá acá los adultos confían en los niños”, me dijo mi hija Sofía. Y tenía razón.

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Sin duda, este viaje nos enseñó a ser algo menos aprensivos. Nosotros, en nuestra casa en Santiago, teníamos mallas protectoras para las ventanas del segundo piso. Ahora lo digo y me río, pero antes no concebía la vida de otra manera. Es decir, nunca se nos ocurrió que podíamos enseñarles a los niños a no tirarse por la ventana, en vez de enrejar todo.

Volver

Al llegar a Chile, el 1 de marzo de 2016, los niños volvieron a su colegio de inmediato: a lo bruto. No hubo tiempo para adaptarse. Nos instalamos el primer mes en el departamento de mis papás mientras buscábamos algo que arrendar. Nosotros, por otro lado, sabíamos que teníamos que reinventarnos. En este país, los viajes se aplauden socialmente, pero no a nivel laboral. Michel abrió un negocio de minimarket y, además, recientemente entró a trabajar en un banco, en tanto yo volví a colaborar con algunos medios escritos.

No fue fácil. Se han escrito libros sobre lo difícil que es regresar después de un largo viaje. Más si fue ocio puro como lo fue nuestra experiencia. Lo cierto es que fuimos acomodándonos y supimos rescatar los grandes momentos. Me gustó aprender con Michel formas de reciclar la basura y de educar a los niños de manera más libre. Me gustó también lo que la experiencia dejó en los niños que ahora se cuestionan todo, se volvieron buenos para caminar y más dispuestos a disfrutar la ciudad. En el viaje aprendieron a mirar. Fede, por ejemplo, le tomó el gusto a sacar fotos de paisajes y detalles. Y Sofi de pronto empezó a dibujar y cada vez que entrábamos a alguna iglesia gótica y algo le llamaba la atención, sacaba su libretita y su lápiz; conservo cada uno de esos dibujos como piezas únicas.

 

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