Aprender a vivir de nuevo

Reportajes y Entrevistas

Aprender a vivir de nuevo

Por Manuel José Villalón Bravo / Ilustración: Edith Isabel

Estaba casado y mis dos hijos mayores ya habían nacido cuando con mi familia nos fuimos a vivir a Seattle. El plan era irnos dos años, tiempo que duraba la beca que había recibido de la OMS, pero al terminar hice un magister y después un doctorado en bioingeniería en la universidad de Washington. Finalmente nos quedamos diez años y mi tercera hija, la Solcito, nació allá.

Durante esa experiencia yo estaba bien a cargo de los niños: los llevaba al doctor, los inscribí en el colegio, iba a las reuniones de padres y apoderados, organizaba las salidas que hacíamos los fines de semana porque nos gustaba ir de excursión y de camping. Ellos allá tenían un mundo bastante autónomo; se iban solos al colegio en la micro escolar y cuando volvían en las tardes a la casa entraban y se preparaban cosas para comer. No eran niños grandes, el mayor tenía ocho años, pero crecieron en un entorno que genera un espacio de bastante independencia, pero seguro. Vivíamos en las casas que la universidad tiene para estudiantes con familias como nosotros. A pesar de eso, siempre, por mi manera de ser y por cómo fui criado, estuve muy involucrado. Obviamente los niños necesitan cariño, pero necesitan también seguridades. Necesitan una comida rica, salir de paseo, hacer cosas entretenidas. Sentir una dinámica familiar que esté ubicada en contextos en los que los papás aportan, y ellos también participan.

Pienso que darme cuenta de que en Estados Unidos las familias viven un quiebre importante propio de su cultura cuando a los 18 años los niños se van de la casa para estudiar, fue algo que me hizo evaluar seriamente el hecho de volver a Chile. Para mí esta separación no era tan positiva, algo que allá es natural. Podían estar preparados desde el punto de vista práctico, pero no sé si tanto desde el punto de vista emocional y los lazos afectivos propios de nuestra tradición latina. Así es que cuando se me dio la posibilidad de volver a trabajar, nos vinimos. Era principios de 1991 y mi entonces mujer se quedó allá terminando sus estudios. Con los tres niños llegamos a la casa de mis papás y empezamos a conectarnos con las redes que habíamos dejado. Con mis hermanos, con los amigos, con la familia. Tiempo después, nos instalamos en una casa que habíamos comprado tiempo antes y a la que iba una persona a ayudarme. Yo iba a buscar y a dejar a los niños al colegio, a las reuniones de apoderado. Creo que siempre reconocieron que yo era importante para ellos, no solo en lo afectivo, sino que también era alguien que generaba un contexto de apoyo para que pudieran desarrollarse y ser tan diversos como eran. Cuando mi mujer volvió, en junio, estuvimos un tiempo juntos y después nos separamos. Ella decidió irse a vivir al sur porque se había especializado en acuicultura y allá iba a tener mejores oportunidades laborales, así que se fue con los niños. Estuvieron en Chiloé, Castro, Ensenada y en Puerto Varas, ciudad donde vivían al momento del accidente en que murieron el 7 de mayo de 1995.

Ese día fueron a ver a la hermana de mi ex mujer, que tenía una casa camino a Ensenada. Llovía torrencialmente, y la lluvia hizo que el exceso de agua del Estero Minte se llevara un puente y el camino desapareció. Quedó un socavón tremendo en el que cayeron los autos que iban pasando, y luego cayó un camión enorme encima de todo. En la camioneta iba mi ex mujer, su cuñado, mis tres hijos, un amigo de mi hijo mayor y una prima de los niños. El accidente fue de noche.

Al día siguiente, mi ex suegra me llamó para contarme lo que había pasado. Que se habían muerto todos. No me acuerdo mucho de esa conversación, pero recuerdo que llamé desesperadamente a una persona cercana que trabajaba en una agencia de viajes para decirle que necesitaba volar a Puerto Montt lo antes posible. Me acuerdo también que alguien me contactó para decirme que su hermano que vivía en Puerto Varas me iba a ir a buscar al aeropuerto, y una amiga me consiguió alojamiento allá. No tengo muy claro lo que hice esa noche. Sé que al día siguiente fui al Registro Civil y a la morgue a reconocer a los niños. Se veían bien, pero a Manuel Francisco no lo habían encontrado todavía. Él salió de la camioneta para tratar de salvarse, y eso es una cosa que me amargó, el hecho de imaginarme que estuvo solo. Creo que eso es lo más difícil que me ha tocado. Supongo que las niñitas también estuvieron vivas tratando de salir de la camioneta hasta que el camión cayó encima. Imaginarme ese minuto, me desarma. Pensar en qué habrán sentido. Con lo de Manuel Francisco entendí lo que significa tener a alguien que se perdió y que no lo pueden encontrar, porque no puedes hacer el cierre. Yo sabía que estaba muerto, pero siempre está la mínima esperanza. Eso es duro. Como escribió un sobrino en parte de una poesía dedicada a sus primos “Sólo nosotros quedamos aquí, en esta tierra opaca, deshojados, despojados, entre el dolor de la ausencia y la esperanza de la resurrección”. Para mi suerte, después de unos días lo encontraron. Tengo un buen recuerdo del funeral que fue en el sur. Primero hubo una misa y luego nos fuimos caminando al cementerio de Puerto Varas. Poder caminar con el silencio y la tranquilidad de un día nublado con llovizna, te ayuda a ir despidiéndote en paz, sin desesperación.

Manuel Francisco era el más par conmigo. Era el más grande y quizá por la identidad masculina éramos más cercanos. Jugábamos béisbol y teníamos conversaciones. Creo que sentía que, si yo estaba cerca, las cosas funcionaban. Teníamos diálogos prácticos, de cómo asegurarnos que él tuviera claridad para asumir las reglas. La María Luisa era muy cariñosa, muy niñita, tradicional. Me acuerdo una vez que estaba preparando algo y se cortó con un cuchillo. Su primera reacción fue “no te preocupes papá, yo creo que voy a estar bien”. Siempre estaba preocupada de que no fueran a pensar que ella no estaba contribuyendo a facilitar las cosas. Era muy preocupada de escribirme, de que estuviéramos bien. Y la Solcito era mucho más independiente. Ella nació en un entorno en el que las cosas se daban naturalmente. Si había sol, estaba bien; si estaba nublado, nos ponemos un abrigo y seguimos estando bien.

Después de todo lo que pasó, vinieron períodos en los que notaba que a la gente le daba no sé qué preguntarme del tema. Creo que no existen recetas de cómo reaccionar, pero si lo haces con cariño y delicadeza, nunca puedes equivocarte. Si lo haces pensando en la otra persona y no en ti, también está bien. A veces uno se acerca al dolor de otros desde la propia incertidumbre, desde el qué me pasaría a mí si me tocara vivir algo así. Hay que hacerlo con delicadeza, con sencillez en las palabras.

Han pasado más de veinte años desde el accidente y siento que el tiempo ayuda, pero evidentemente hablar de esto me emociona. Como ahora estoy más viejo, me cuesta más contener mis emociones. Hay una carga afectiva y de historia importante. Estoy convencido de que mi mamá se enfermó por esto y mi papá también lo pasó mal. Me tocó cuidarlos por muchos años intensamente, y eso también fue sanador.

Desde chico me enseñaron a cuidarme y a establecer redes con la gente de mi entorno para pedir ayuda. No sé si lloré tanto con alguien en particular, pero cuando lo hablo, siempre lloro. Eso para mí está bien, lo hago sin aspavientos. He asumido que algo así produce un dolor que empieza a ser parte de tu esencia. Este dolor siempre lo voy a tener que cargar conmigo, pero en parte agradezco ya que me duele porque mi vida con ellos fue tan buena, que su ausencia me pone triste. Si no me importaran, no me dolería. Duele porque fueron importantes, porque me hicieron feliz, porque enriquecieron mi vida y tuvieron impacto en quién soy. Con esto me di cuenta que no tengo que superar el dolor y ser otra persona. Lo que tuve que hacer, y tengo que hacer constantemente, es aprender a vivir con esta experiencia, que es parte de mi identidad y mi historia. Porque el dolor es inseparable a las alegrías que me dieron y la vida que vivimos juntos.

Unos años después que pasó todo esto, me volví a casar. A la Carmen Luz la conocía desde chico y nos empezamos a acompañar naturalmente. De a poco empecé a participar en su vida e incluso le hacía los turnos de sus niños al colegio, porque estaba acostumbrado a eso. El 5 de septiembre de 1998 nos casamos por el civil y un jesuita nos bendijo las argollas, gesto importante para nosotros. Hicimos una celebración en la casa de una amiga con 50 invitados. Cocinamos nosotros y cada uno declaró de qué manera les parecía que lo que nosotros estábamos haciendo les hacía sentido. Después nos fuimos de luna de miel con sus tres niños, a quienes yo conocía desde mucho antes, a Playa del Carmen. Algunos años después nos casamos en la parroquia cerca de donde vivimos actualmente.

Los niños siempre estuvieron primero y creo que eso fue muy importante porque nos preocupamos de avanzar según nuestros tiempos, y los de ellos también. Eso hizo que reconocieran que mi llegada a su vida había sido un aporte a la familia. Me dicen Nolo, y siempre he sentido que ese apodo deja constancia desde el principio de que tenemos una suerte de complicidad. Siento que me quieren y me consideran una persona muy importante en sus vidas, que tenemos una relación basada en los afectos. Con ellos hemos vivido una historia en la que ha habido amor, cariño, respeto y cuidado. Yo los quiero porque nos hemos dado la oportunidad de querernos y construir juntos la historia de nuestra familia.

Las mujeres cargan a los hijos dentro en su organismo, cosa que un papá jamás va a poder conocer desde el punto de la relación biológica, pero los hombres sí podemos ser parte importante de la crianza. Y los papás tenemos que trabajar por eso. Yo fui un padre preocupado de tener una historia de afectos que determinaran que mis hijos se relacionaran de cierta manera conmigo, y en el caso de los hijos de la Carmen Luz también, porque me gusta cuidar y me gusta que las personas aprendan a sentirse seguras y preparadas para la vida.

Creo que todos tenemos la capacidad de recuperarnos porque nuestra vida es nuestra, y nadie la puede hacer de otra manera. Soy bastante convencido de que los ciegos son los que no quieren ver, y es por eso que me parece muy importante la forma en que uno se hace cargo de la vida que quiere tener. La relación que generé con los niños que tuve y los que tengo es muy importante respecto a quién soy. Es parte de la vida que elegí, dentro de mis posibilidades. Obviamente hay cosas que nos pasan que nos tiran para abajo, pero la misma vida que te tira para abajo te entrega las oportunidades para ser mejor. Y para mí, esta familia fue una oportunidad de serlo.

Manuel tiene 66 años y es profesor titular en la Facultad de Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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