Aquí trabajo yo: Rosa Iglesias, recicladora

Reportajes y Entrevistas

Aquí trabajo yo: Rosa Iglesias, recicladora

Por Alejandra Olguín / fotografías Mila Belén

Me casé hace 40 años, cuando tenía 20. Miguel, mi marido, trabajaba comprando y revendiendo todo tipo de botellas de vidrio. Lo empecé a ayudar en esa época y desde ahí que nos dedicamos a esto. Él salía en su camioneta a recolectar las botellas de restaurantes y yo me encargaba de administrar el lugar. Teníamos un local donde ahora está el Metro Santa Isabel, aquí a unas pocas cuadras. Nos tuvimos que mover para acá cuando comenzó su construcción. Este galpón antes era mucho más grande, pero luego ensancharon la calle y quedó reducido a la mitad. Mis hijos son fabricados y criados aquí, así que hemos visto a través de los años cómo va cambiando el barrio, antes era Avenida Italia y ahora es el Barrio Italia. Todas las casas particulares de nuestros amigos que vivían por aquí se transformaron en tiendas y galerías. Pero está bien, hay que darle espacio a la modernidad.

Antes las viñas recuperaban todas sus botellas, pero ahora ya no pueden rellenarlas. Así que cuando el negocio de las botellas empezó a desaparecer, tuvimos que reinventarnos y nos pusimos a recuperar todo lo que es fierros, metales, latas y cartones, para después venderlo. Por costumbre igual sigo comprando botellas, hasta el día de hoy. Vendo unas pocas porque a veces vienen los canales de televisión a comprar para los sets de las teleseries.

Recibimos cosas de particulares y de recolectores, los triciclos, como se les dice. Hace 20 años habían muchos, que nos traían cosas todos lo días, pero por culpa de la droga ya no queda casi nadie. Muchos se metieron en la pasta base y nunca más los vimos. Perdimos como 5 o 6 por culpa de eso, a otros los mataron y otros se dedicaron a traficar. El único recolector que sigue en el barrio es Don Osvaldo, que trae de todo, desde antigüedades, a diarios y latas. Un día asomó la cabeza con un saco gigante de esos de papas lleno de cosas para vender y desde esa vez, hace más de 30 años, nunca más se fue. Viene todos los días, hasta los domingos.

 

Tenemos que separar cada cosa metálica: el aluminio duro del blando, el cobra, el hierro. Al principio preguntaba todo, porque soy muy preguntona y me gusta aprender. Pero ahora ya puedo identificar cuál es cual de solo mirarlos. Ahora me compré un Ipad y se me abrió el mundo, porque puedo buscar lo que sea.

Las ollas las hemos ido juntando a través del tiempo y son parte de la decoración. Los libros llegan en el papel que reciclamos. Todo el papel que llega en bolsas grandes lo tenemos que ordenar y cuando encuentro algún libro que está buenos los saco, porque me da no se qué tirarlos al reciclaje. Los vendo, bien poco, pero se venden. Esta planta que tengo en la entrada está aquí hace 30 años. La encontré en un basurero y era una plantita chica. La recogí y la puse en un macetero grande en el segundo piso y no paró nunca de crecer. La tengo que ir recortando de vez en cuando. No tengo idea qué planta es, pero da unas flores blancas. El árbol que tenemos en el patio, al fondo, se llama Pepito. Era una cosa chica también cuando llegamos y ahora es ese árbol grandote.

Nuestro mayor miedo es que alguna vez esto se incendie, porque con tantos papeles y cosas sería una fogata. Siempre decíamos de broma “¡Se está quemando!” y hace unos cuatro años se incendió el local de al lado, que era una vulcanización. Miguel vino a avisarnos mientras tomábamos once en el patio de atrás. Sentimos el olor y vimos unas lenguas de fuego por encima de la pared. Por suerte es de ladrillo y no pasó nada.

 

Han pasado muchísimas cosas aquí, porque hemos estado toda la vida en esto. Una vez nos asaltaron, por ejemplo. Otra vez fuimos a buscar unas cajas que nos pidieron que nos lleváramos, en una chocolatería. Estaban llenas de chocolates buenos y podridos, nos trajimos una camioneta llena de cajas de chocolates. Los niños estaban vueltos locos. Mis tres hijos crecieron aquí, ayudaban siempre hasta que se fueron de la casa. Ahora está viniendo mi hija a ayudarme porque tengo un problema en la columna, después de tanto trabajar haciendo fuerza, ya no puedo levantar mucho peso ahora. Pero espero seguir hasta el día que me muera.

Hemos estado 40 años ayudando al medio ambiente, antes de que se pusiera de moda. Cuando recién empezamos este negocio con Miguel, se me ocurrió genialmente poner un aviso en el diario. Escribí “reciclo botellas, papeles y cartones”. No me respondió nadie, no llamó nadie, porque no entendían lo que significaba reciclar. Lo tuve que cambiar por “compro” y todo el mundo llegó. Me acuerdo patente. Existían los hueseros y los roperos, previo a la ropa americana, pero la palabra reciclaje no se conocía.

Espero que el nuevo boom del reciclaje haga que la gente empiece a traer más cosas. Es una buena alternativa, no se van a hacer millonarios por vendernos, pero se van a llevar algo de plata a cambio de cosas que si no, hubiesen tirado a la basura. Un desperdicio que más encima contamina. Recibimos todo, desde una camioneta llena de papeles y latas hasta la bolsa con el reciclaje del mes. Vivimos de la gotera, de los particulares que traen cosas. ¿Tienes una hoja de diario? La puedes traer. Tenemos, por ejemplo, gente que vive en la calle y nos trae todas las semanas.

Yo sufro con la tierra. Le pido perdón todos los días por el daño que hacemos, por cada bolsa en la que vienen envuelto los papeles que reciclo. Por la cantidad infinita de colillas que barro afuera del negocio todos los días. Sufro porque veo cómo estamos destruyendo el planeta. Pero finalmente somos nosotros los que vamos a desaparecer y el planeta se va a reciclar a sí mismo. Yo ya tengo 60 años y estoy viendo la punta del iceberg recién, pero ¿qué va a pasar con los jóvenes, con los niños?

En mi casa reciclamos todo, por supuesto. Es parte de nuestra rutina familiar, mis hijos desde chico aprendieron. Cuando salíamos a caminar, llevábamos bolsas para recoger las latas. Mi hija si ve a alguien botando basura, sale detrás de ellos a decirles que se les cayó algo y que lo recojas. El reciclaje lo llevamos dentro. Estos puntos verdes ya no se tratan de algo opcional y de decirle a la gente que se deberían preocupar, sino que debería ser una obligación. Esta es una pequeña ayuda, mínima, pero podría ser mucho más grande si la gente tomara consciencia. No cuesta nada juntar las latas de bebidas que te tomas durante la semana, los diarios, las cajas, y de esa basura sacar algo bueno.

Rosa Iglesias (60) compra y recicla todo tipo de papeles, cartones, latas y fierros. Su local queda en Santa Isabel 0390, esquina con Avenida Condell. 

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