Araneda en la previa

Reportajes y Entrevistas

Araneda en la previa

Por Ximena Torres Cautivo / Fotografía: Rodrigo Chodil / Producción: Álvaro Renner / Agradecimientos: Sergio Arias, ópticas GMO.

Entró y salió de la carrera de Derecho, trabajó en pubs y en turismo para tener plata para gastos extras y cuando hizo su práctica profesional en La Red ni siquiera sabía si la tele era lo suyo. Pero ya no tiene vuelta atrás. En menos de dos décadas, el periodista Rafael Araneda convirtió su natural talento histriónico en un sello de animador de masas que en Latinoamérica le pisa los talones a Don Francisco, aunque él esquive la comparación. Cuerda tiene para rato: Chilevisión lo confirmó a la cabeza del Festival de Viña hasta 2018.

Paula 1167. Sábado 14 de febrero de 2015.

“En la mañana me costaba un mundo levantarme de la cama. Eran unos dolores horribles”, cuenta el periodista y animador de televisión Rafael Araneda (45). Histriónico, recrea los esfuerzos que hacía para ponerse de pie a fines de 2013, cuando tenía prácticamente desgarrados los dos talones de Aquiles. Un tratamiento con plaquetas consiguió reparar sus tendones y recién ahora vuelve a correr y jugar fútbol en la liga de siempre. Con medida, claro. Porque la energía que lo impulsaba a correr “20 K” –como quien da una vuelta a la manzana– y a trabajar en Chile, México y Brasil tiende a jugarle en contra. No es primera vez que el cuerpo se la cobra.

Desde que conduce el Festival, que este año empieza el 22 de febrero, Araneda se concentra un mes antes con su familia en la casa que tiene en Lo Curro. El resto del año se divide entre México y Brasil, donde graba para Nat Geo.

Hace más de una década, Araneda empezó a sentirse desganado. “Suegro, le juro que no me puedo el traste”, le comentaba al doctor Vacarezza, médico hematólogo, padre de Marcela, su mujer. “De verdad, no tenía ánimo para nada. Me sentía tan bajoneado que pensé que era depresión y aunque la Marcela me decía que fuera al psicólogo, yo me resistía. Un día partí donde Luis Maya, médico y nutriólogo del Colo-Colo, y le conté lo mal que estaba. Con un ojo clínico notable, me dijo: ‘Me tinca que tienes el mal de Hashimoto’. Tal cual, me hice exámenes y eso era”. Ahora es experto en esa afección autoinmune a la tiroides, que afecta el ánimo pero que se controla con una simple pastilla: “Eutirox, el medicamento más vendido en Chile”, dice.

¿No serás medio hipocondríaco?
La Marcela dice lo mismo; yo no encuentro.

Con más de dos décadas como animador de primera línea en Chile, Araneda es además, desde 2008, conductor de estelares en TV Azteca, México, donde gigantescas audiencias de hasta 55 millones de televidentes lo ven animando desde reality shows, como La Academia, hasta adaptaciones súper exitosas de formatos prime como México Baila. Este trabajo es el que lo ha tenido yendo y viniendo desde Santiago al DF los últimos cinco años y al que se sumó, en 2014, un contrato con Nat Geo para el programa Súper Cerebros, que se graba en Sao Paulo, Brasil. Por eso, entre tanto ir y venir, hace tiempo que venía planeando un anhelado proyecto personal: instalarse con su familia donde nadie lo conociera y de allí moverse sólo lo necesario. En agosto del año pasado al fin lo pudo concretar y recién nomás, en enero, los Araneda-Vacarezza están de vuelta después de un semestre en la asoleada St. Petersburg, la tercera ciudad de Florida, que Araneda eligió por su ubicación estratégica en relación a sus internacionales lugares de trabajo. Junto a la psicóloga y conductora de TV Marcela Vacarezza y a sus tres hijos –Martina (13), Florencia (11) y Vicente (8)– arrendaron una casa amarilla de un solo piso, sin reja ni alarma, con lancha y muelle en el patio trasero, vecina a un parque nacional y a 15 minutos de la playa. “Veíamos delfines desde la ventana”, dice. Entremedio, a fines del año pasado, se les unieron la madre del animador y su hermana Carola, que se quedaron con ellos después de celebrar el Año Nuevo en un crucero por Las Bahamas y el cumpleaños número 87 de Laura Maturana, “la vieja”, como llama a su mamá. Desde la muerte de su padre, hace 13 años, ambas viven con ellos en Santiago, en una enorme casa de Lo Curro, donde ahora Araneda se prepara para conducir por quinta vez, y hasta 2018 –CHV ganó la licitación por ese período, con él a la cabeza–, el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar.

¿Qué tal resultó el semestre en Miami?
Era algo pendiente, que les debía a los niños y a la Marcela. Durante años, sacrifiqué sábados y domingos. Viví con la sensación de estar dentro de una rueda que me gustaba, pero con altos costos afectivos que debía saldar. Es agradable estar en un lugar donde no te conoce nadie. Ellos estuvieron seis meses, yo tres de corrido. Fue una gran experiencia como familia que repetiría con gusto.

“Cuando me salí de Derecho, mi viejo no me habló en un mes. Y cuando estaba empezando a hacerlo, le conté que entraría a Periodismo. Le cargó que eligiera ‘una carrera de puros huevones copuchentos y comunistas’. Eso dijo”.

Hoy se te reconoce como el conductor del festival, pero el resto del año se te ve poco. ¿Has sacrificado pantalla por familia? 
El año pasado hice un programa para el Mundial con Javiera Contador y Bombo Fica. Y fuimos las primeras víctimas de Onur y Sherezade. Sacábamos once puntos de rating, lo que hoy sería un triunfo. Sobre mi poca pantalla, pienso que a veces hay que hacer menos cosas, tener menos figuración, no hacer todo lo que te gusta. A veces hay que retroceder para avanzar.

Rafael Araneda Maturana, “Rafita”, como lo llamaba su papá, es el menor de cinco hermanos. Tiene más de 15 años de diferencia con Jorge, el mayor, dueño de una empresa constructora. Dice que de niños eran como Félix y Martín, los hermanos protagonistas de la serie Los 80, de Canal 13. “Compartíamos pieza y yo dormía abajo en el camarote”. Luego están sus hermanas, todas profesionales. “Mi padre fue extraordinario. Tuvo que salir a trabajar a los 16 años. Mi abuela tenía diez hijos y como quedó viuda, el viejo trabajó en camiones, como peoneta, chofer, lo que fuera. No estudió, pero nos dio una muy buena vida y educación con muy poco. Éramos una familia de clase media de mucho esfuerzo. Los Araneda Maturana somos producto de dos súper personas, aperradas al máximo, y creo que ahí está la clave de todo”.

Por todo esto, Jorge Araneda, el padre, estaba orgullosísimo cuando su hijo le comunicó que quería estudiar Derecho. Y aunque la Universidad Finis Terrae le salía cara, firmó de buena gana los pagarés.

¿Por qué no fuiste abogado?
Cuando llevaba un año y medio de carrera, Milton Juica, gran profesor de Derecho Procesal, nos llevó a los tribunales. Ahí confirmé que yo no servía para eso, que era igual al cementerio para mí. Y me salí. Mi viejo no me habló en un mes. Y cuando estaba empezando a hacerlo, le conté que entraría a Periodismo. Le cargó que eligiera “una carrera de puros huevones copuchentos y comunistas”. Eso dijo.

Por esos años, además, era barman en el Geo Pub y se dedicaba a bajar gente en balsa por los ríos para Altué Expediciones. Entre noviembre y marzo, se iba a Pucón a trabajar, “así solventaba los extras”. “Tenía una vitalidad increíble: estudiaba, trabajaba, salía, pololeaba. Ahora no sé por qué, pero siento que no me cunde tanto el tiempo”.

Sin ningún interés por el periodismo, hizo la práctica en La Red. Y aunque no era un mal reportero, fue el rol que jugó para el Mundial de Corea junto a Ángel Carcavilla, lo que le hizo vislumbrar que el entretenimiento lo seducía.

O sea, ¿no tuviste una vocación clara desde el principio?
Por eso entiendo a tanto cabro desorientado. Uno en la vida va tocando lo que mejor le suena. Además, fui parte de un experimento del cura Montes en el San Ignacio, que le resultó tan mal, que no lo hizo más. Fue la idea del polivalente, que consistía en meter juntos a todos los que no sabían qué les gustaba. Hoy en mi curso hay de todo, desde los que venden queso hasta los que construyen casas.

Cuando estaba todavía tanteando su carrera de animador en La Red, Revolviéndola fue el programa que lo hizo convencerse de que estaba en lo suyo. “Terminó por convencerme que la tele no era sólo cool, sino que se le podía dar un sentido y profesionalizarla”. Además, el programa lo hizo conocido y cuando La Red fue comprada por TV Azteca, le ofrecieron trabajar en México. Eso fue hace más de 15 años.

¿Por qué no aceptaste?
Tuve un momento de honestidad conmigo mismo. Una de las cosas que he hecho bien en mi carrera fue haber dicho no en ese momento. Haberme dado cuenta de que no estaba preparado para un mercado distinto, en un país que no conocía, enorme, con otro tamaño de estudios, audiencias, presupuestos. Tuve que desarmar un contrato firmado y dije que no, que me sentía chico para algo muy grande y que, además, me quería casar y vivir en Chile.


“Me carga hablar de plata. La veo como un medio, no como un fin. Trato de ser generoso, porque me ha ido extraordinariamente bien y soy afortunado. Por eso intento ser una buena persona”.

Al final te casaste con la rubia y te resultó lo de trabajar en México.
Sí, con la Marcela ya vamos para los 15 años de matrimonio y tengo la meta de que sea para toda la vida. Sobre México, no pensé nunca que iba a darse de nuevo la oportunidad, pero pasó y ahora sí me sentía preparado, aunque debutar allá en vivo ha sido uno de mis grandes estrés. Fue en 2008. Transpiraba. Mi gran temor era la pronunciación. Ahora hablo más neutro, porque si uno quiere abrir sus posibilidades e internacionalizarse, hay que ponerle neutralidad al acento. Esa fue una de las razones por las que me contrató Nat Geo.

Tu mujer es animadora, pero no tan famosa como tú. ¿Eso no ha sido motivo de envidia o conflicto?
Para nada. Yo tengo en ella a mi mejor coach; me impulsa a seguir adelante, a tomar decisiones. Me ha dado demostraciones claras de desprendimiento respecto de su trabajo y de convicción en lo que yo hago. Si ella tiene pega, bien; si no, bien también. Y le ha ido genial cuando ha estado en televisión, aunque a veces se achaca y echa de menos el estar con sus pollos, porque ella es una súper mamá y dueña de casa. Mira nada más cómo tiene esto. Ama la perfección y los detalles.

¿Crees que es feliz contigo?
Por lo que dice, sí. Preguntémosle –bromea–. Yo, por mi parte, soy feliz con ella y le estoy tremendamente agradecido.

¿Qué les pasa a sus niños al tener papás famosos?
-Creo que con la Marcela hemos logrado que vean nuestros trabajos como los de cualquier otro papá y mamá de sus amigos.

¿Cómo evitas que tu fama y éxito  los distorsionen?
La Marcela y yo venimos de familias normales. En mi caso, de una clase media de mucho esfuerzo, donde cada uno tenía que trabajar para pagar sus extras. Nuestros hijos saben que son privilegiados y han aprendido que las cosas tienen su valor y no hay que despilfarrarlas. Ayuda también el colegio, que intenta mostrarles las diversas realidades que hay en Chile. Aunque yo no soy religioso y me considero más bien liberal en lo valórico, me gusta la formación católica, la misma que yo recibí en el San Ignacio. Los niños van mejor enrielados en un ambiente más conservador. Ser liberal es sólo para los adultos.

¿Cuál es tu relación con la plata?
Me carga hablar de plata. La veo como un medio, no como un fin. Trato de ser generoso, porque me ha ido extraordinariamente bien y soy afortunado. Por eso intento ser una buena persona.

¿En qué inviertes? ¿Qué haces con lo que ganas?
En propiedades, todo bien convencional y poco audaz. La única vez que me metí en acciones, salí para atrás. No arriesgo, porque para hacer negocios hay que saber y dedicarse, y yo no sé ni tengo tiempo para hacerlo.

LA CRISIS DE LA TV

“Me molesta ahora, durante el gobierno de Bachelet, tanto como me molestó en el de Piñera, que la gente celebre las bajas de popularidad presidencial como si fueran algo positivo para el país. Cuando cada uno rema para su lado, arriesgamos que el bote se hunda”.

¿Qué has aprendido de los mexicanos trabajando allá?
Que tenemos muchas similitudes: el amor a la madre, la pasión por el fútbol y esa cosa del compadre, que allá se llama “el carnal”. Esos códigos transversales hacen simple la vida y son el punto de partida de una buena relación personal. Pero las diferencias de tamaño geográfico y número de habitantes, riqueza y vecindad con el país más poderoso del mundo, hacen difícil compararnos. Pero sí hay algo muy interesante que tenemos que aprender de ellos y es que viven el día a día y que no temen al qué dirán. Eso es algo que me tocó ver en 2009, para la crisis subprime, cuando todos los canales recortaron sus plantas de personal en un 18 por ciento.

Hablemos de Chile con la perspectiva que te da mirar desde afuera…
Veo todo crispado, como se dice hoy. Así como en una época nos dividíamos entre fachos y comunachos, ahora está en uso el cuicos y flaites para separar a los chilenos. Me gustó la época en que prescindimos de los adjetivos descalificativos, porque este país caminó mejor. Fue cuando volvimos a la democracia y, por un tiempo, se acabaron los rótulos. Ahora estamos de nuevo en un clima de confrontación. Me molesta ahora, durante el gobierno de Bachelet, tanto como me molestó en el de Piñera, que la gente celebre las bajas de popularidad presidencial como si fueran algo positivo para el país. Cuando cada uno rema para su lado, arriesgamos que el bote se hunda.

Ya que estamos en los diagnósticos, ¿cómo ves a la televisión chilena, a TVN en particular, donde trabajaste tantos años?
No le hace bien a nadie que Televisión Nacional no camine. Tiene que tirar para arriba. Yo trabajé 14 años ahí y le tengo mucho cariño, por eso me duele tanto ver a TVN bailando con la fea. A todos los canales les ha tocado hacerlo, pero ahora estamos en un momento de cambio total de la industria. Es una crisis mediática general, no sólo de la televisión abierta. La audiencia está cambiando, lo mismo que la forma de consumir los medios. Hay que saber adaptarse.

¿Cómo te insertas en esta revolución mediática?
Soy un gallo que se crió y formó en el medio de comunicación de masas por excelencia, que es la televisión, y lo seguiré siendo, pero hay que probarse en los nuevos formatos, en las multiplataformas. Habrá que experimentar, reinventarse.

¿Estás trabajando en esa reinvención para estos tiempos de múltiples plataformas?
Tengo que dar una respuesta que es una lata: no te puedo decir nada, porque espero formar parte de un proyecto revolucionario que tiene que ver con esto, en el que me involucré bajo compromiso de confidencialidad. Ya lo verás.

Sé que no te gusta la comparación, pero es inevitable: Don Francisco y tú han logrado trascender fronteras. ¿Eres su sucesor, como se dice siempre?
El guatón es de otro planeta. Insuperable. Yo le tengo mucho cariño, admiración, no hay otro referente como él, así es que, por favor, mantengamos las proporciones.·

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