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20 abril, 2017
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Armando familia tras la tragedia de Juan Fernández

El 2 de septiembre de 2011 la historia de Consuelo Murillo tuvo un vuelco dramático. Su hijo Sebastián Correa y su nuera, Catalina Vela, perdieron la vida en el accidente del CASA 212 que volaba al archipiélago. De inmediato ella y su marido decidieron hacerse cargo de los tres pequeños hijos de la pareja. Esta es la historia de una abuela que eligió echarse su pena en la espalda y volver a criar..

Por Pilar Rodríguez B. / Fotografía: Carolina Vargas


Paula 1224. Sábado 22 de abril de 2017. Especial Madres.

El llamado los despertó a las 4 de la mañana. Estaban muy lejos, de viaje por Tallin, en Estonia. Al otro lado de la línea, Cristián Goldberg, gerente de Desafío Levantemos Chile, los fulminaba con cuatro palabras: el avión está desaparecido. Consuelo Murillo recuerda ese momento como si fuera ayer, aunque ya han pasado casi seis años desde ese 2 de septiembre de 2011, cuando el Casa 212 de la Fuerza Aérea se estrelló en el mar con 21 pasajeros. En ese avión viajaban su hijo Sebastián Correa y su nuera, Catalina Vela, rumbo a Juan Fernández. “Al principio crees que es un sueño, no puede ser verdad“, comenta con su voz entrecortada.

Las horas siguientes fueron eternas para Consuelo y su marido, Eugenio Correa. Sus hijos les pedían que no encendieran la televisión, que no vieran noticias, mientras ellos hacían esfuerzos desesperados por conseguir pasajes de regreso a Chile.

¿Qué le decía su intuición de madre en esas horas de incertidumbre?
Yo solo pensaba: mi negro es seco para nadar, es un deportista, de todas maneras debe haber podido salir del avión y está nadando. Van a aparecer en cualquier momento. Pero llegamos a Madrid, haciendo escala y de repente escucho a una señora hablando por celular que dice: “murieron todos, murieron todos”. Me acerco y le pregunto qué pasó. “¿Y usted no supo del accidente de Juan Fernández?” me dice. Ahí sentí que era verdad, tienes la sensación de que se te muere la mitad de tu cuerpo, que te vas a desvanecer… y nos abrazamos con Eugenio largamente.

En Santiago, la esperaba otro momento desgarrador. En casa de su hija Consuelo estaban sus tres nietos, los hijos de Sebastián y Catalina: Laura, Sebastián y Leonor, que apenas comprendían lo que pasaba, con sus cortos 11, 9 y 5 años, respectivamente.
–Cuando vi a esas tres cabecitas y los abracé con fuerza, tuve esa certeza profunda de que íbamos a cuidarlos para siempre. Eugenio me dijo que nos hacíamos cargo nosotros y no dudé en ningún momento de que tenía que ser así. Si tú tienes un hijo que quieres tanto y que sabes como quiere a sus hijos, no hay espacio a la duda. Ese día nos tomamos todos de la mano y comenzamos este nuevo camino.
Ese día transformó para siempre la vida de Consuelo Murillo y de toda su familia. Hoy, a sus 71 años, ejerce con Eugenio (74 años) el pleno cuidado de sus tres nietos, ante la ley. Recién ahora se siente preparada para hablar públicamente del tema y lo hace desde el nuevo hogar que formó junto a los nietos Correa Vela. Una foto sonriente de la pareja preside la entrada, en las paredes solo cuelgan cuadros pintados por Catalina y las habitaciones de los niños están repletas de dibujos y recuerdos de momentos compartidos. Con sus expresivos ojos azules, Consuelo dice que “ni se me ocurrió pensar en que tenía que hacer loncheras en la mañana, que iba a madrugar todos los días, solo amor, amor, que fue lo que ellos dejaron y es lo único que necesitan los niños”.
Si sintió que la mitad de su cuerpo había muerto con la partida de Sebastián y Catalina, hoy los niños han llenado de vida cada espacio de su casa. El dolor y la pena, claro, nunca van a desaparecer.

Dolor a puertas cerradas
Sebastián y Catalina, ambos de 39 años, eran tan apegados a sus tres hijos que jamás habían viajado sin ellos. El arquitecto estaba muy comprometido con la causa de Felipe Cubillos en Desafío Levantemos Chile para apoyar la reconstrucción de Juan Fernández, uno de los lugares más azotados por el terremoto de 2010.
Ese año había viajado en siete oportunidades a la isla, para supervisar la construcción de unos locales comerciales. Esta vez, le pidió a Catalina que lo acompañara para inaugurar los jardines infantiles que ella había decorado. Por eso, accedió a dejar a sus hijos un fin de semana al cuidado de la familia. Antes de viajar, Sebastián le escribió un correo a Consuelo:
–Me decía que estaban felices porque se iban a ir de pololeo, los dos solos. Siempre recuerdo que cuando se iban a casar, Sebastián me dijo muy seguro: la Cata va a estar conmigo al lado para el resto de la vida, vamos a estar siempre juntos… y así fue.
La noche del accidente, los hermanos de Sebastián corrieron a la casa donde estaban viviendo los niños. Cristóbal Vigil, marido de su hija Consuelo, se encargó de contarles lo que había sucedido, en un lenguaje que pudieran comprender a su edad: “como iban en un avión los papás sacaron sus alitas y en vez de ir a otro lugar, se fueron directo al cielo”, –Consuelo se emociona con el relato– y se lo dijo con todo el amor del mundo. Les preguntaron qué querían hacer y dijeron que venirse con ellos. Pescaron un poco de su ropa, a los dos perros y se vinieron para acá. Y desde ese momento nunca más salieron de aquí.
A pesar de lo aprensivos que eran con sus niños, Sebastián y Catalina no dejaron nada por escrito o alguna instrucción verbal, por si algo ocurría. Tenían todo preparado para mudarse a su regreso del viaje a la casa nueva que recién habían construido en Peñalolén, con un amplio terreno para cultivar una vida más sana, como era su estilo de vida.
Los planes cambiaron drásticamente. Los abuelos paternos, Consuelo y Eugenio, vivían en un departamento y lo dejaron para armar una suerte de condominio familiar, arrendando dos casas contiguas a la de su hija Consuelo, que además están conectadas internamente. Los abuelos y los tres niños se instalaron en una, y su hija Soledad –que se vino con sus dos hijos de Isla de Pascua para estar más cerca– en la tercera.
–Nosotros habíamos arreglado el departamento recién, preparándonos para vivir otra etapa –cuenta Consuelo–. Estábamos listos para empezar a viajar, no parar más y darnos la buena vida, que era lo que nos tocaba, habiendo criado a nuestros cuatro hijos.

¿Qué pasó con la casa donde estaban viviendo los Correa Vela?
Nunca más volví a esa casa, no me sentía capaz. Mis hijos hicieron la mudanza, trasladaron todo para acá. Nosotros no trajimos nada de lo nuestro, porque tratamos de mantenerles tal cual era su ambiente, para que no fuera tan violento el cambio de vida sin sus papás.

¿Cómo vivieron esos primeros días, para contener a los niños, si, además, todos estaban atravesados por el dolor?
Fue muy duro, recuerdo que estuvimos una semana encerrados sin salir, dedicados a los niños. En eso, la ayuda de mis hijos fue fundamental. Todos los días nos amanecíamos entre todos abrazando a uno, acompañando y consolando al otro. Mi hija Consuelo decidió cerrar las puertas de la casa para que no entrara nadie que no fuera del círculo familiar más directo y a los niños los alejamos de todo lo que se publicaba en la prensa.
A poco andar, Consuelo y Eugenio obtuvieron ante un juez el cuidado total de los nietos. Un proceso del que prefiere no entregar mayores detalles, por cuidar a los tres niños involucrados.

¿No pensaron en que la responsabilidad la asumieran sus hijos, que tienen niños de edades similares?
Consuelo y Soledad al tiro dijeron que se hacían cargo, todos fueron muy generosos, pero las dos estaban esperando guagua cuando fue el accidente. Mi hijo mayor, Eugenio, se casaba en pocos días más, entonces era lógico que nosotros tomáramos esa opción. Estoy segura de que los niños (Sebastián y Catalina) nos mandaron estas casas para que pudiéramos vivir todos al lado y así apoyarnos en el día a día.

“Yo soy la abuela a la que le tocó el regalo de quedarse con ellos. Jamás intentaría –ni podría– reemplazar a la Cata y a Sebastián”.

¿Y cómo conciliaron su decisión con la familia materna, que también estarían dispuestos a recibirlos?
Para ellos era más difícil hacerse cargo de los niños, por diferentes razones y la ley es muy exigente con los requisitos para entregarte a los niños. Lo que nos jugaba en contra a nosotros era la edad, que somos mayores. Pero frente a ese argumento, respondimos que la Cata y Sebastián eran muy jóvenes y que, por lo mismo, nadie puede asegurar nada. Fue maravilloso que nos dieran la oportunidad.

¿Siente que cambió su rol de abuela por el de mamá?
Por ningún motivo, yo soy la abuela a la que le  tocó el regalo de quedarse con ellos. Jamás intentaría –ni podría– reemplazar a la Cata y a Sebastián. Ellos son irremplazables y, además, los dos fueron maravillosos con sus hijos, lo dieron todo por ellos.

¿Qué tan cercana era su relación con los tres niños antes? Porque es bien distinto ver a la abuela cada tanto que vivir con ella.
Yo tenía una relación bien estrecha con mi hijo, con la Cata y con los niños. Siempre veraneaba con ellos en el sur. A mi marido no le gusta acampar, así es que yo me tomaba el bus y partía con mi carpa, porque me encanta esa vida al aire libre, ese ambiente familiar. En la semana, mantenía mucho contacto con ellos. A veces también me dejaban a los niños en la noche. Eran muy regalones, así es que rogaba que no despertaran porque, como extrañaban, no paraban de llorar.
Con los tres hijos de Sebastián en la casa, Didí –como la apodan cariñosamente sus 10 nietos– tuvo que echar mano a su ingenio para conciliar su estilo de vida con la educación de los Correa Vela: iban a un colegio tipo Waldorf, que desarrolla un sistema pedagógico alternativo; su mamá cocinaba todo muy natural y depurado y hasta les cosía o tejía la ropa con sus propias manos. “Al principio no sabía qué cocinarles, porque comían cosas bien distintas, además que la mayor es vegetariana, entonces armar el menú no era sencillo. Un día cociné budín de coliflor y una sopa de choritos y me quedaron mirando con cara de horror“, suelta una carcajada Consuelo.
En la casa de Sebastián y Catalina, tampoco había televisión, porque sus padres estrujaban al máximo la creatividad de los niños.
–Al comienzo ellos la apagaban, porque sentían que estaban traicionando la educación que les habían dado sus papás, muy sana y limpia. Poco a poco se fueron acostumbrando y saben dosificar, no se contaminan con lo que no necesitan.
Los cambiaron de colegio, para que estuvieran con sus primos Correa, y poco a poco fueron adaptándose –si cabe una palabra así– a esta nueva vida que intentaba sanar a punta de cariño ese tremendo vacío que habían dejado sus padres.

Hay un aspecto no menor y es el tema económico, porque asumen tres niños en edad escolar con todo lo que implica.
Gracias a Dios lo tenemos arreglado. Sin duda los gastos aumentaron, pero menos mal  que mi marido pudo seguir trabajando en la oficina de arquitectos que formó con sus dos hijos. Por ahora, Correa no se jubila–, acota sonriendo.
Vitalidad y energía le sobran. De lunes a viernes, Consuelo se levanta a las 6:30 de la mañana para despertar a los tres niños que hoy tienen 16 (Laura), 14 (Sebastián) y 10 (Leonor). Les prepara su lonchera y repasa los turnos de la semana que le asignaron para recogerlos en el colegio. No se pierde ninguna reunión de apoderados aunque “cuando se alargan, tengo la excusa de que soy viejita y me tengo que ir”, acota con el buen humor que no ha perdido. A las ocho de la noche, comen todos juntos y se ponen al día con los abuelos. En la logística escolar participan no solo sus hijos. También amigos de Sebastián y Catalina colaboran en lo que se pueda: unos cruzan la ciudad para llevarlos al colegio en la mañana, otros aterrizan con una bandeja de brownies caseros una vez a la semana, o alguien inventa un paseo que aliviane un poco esos días más bajos.
–Por donde pisas, encuentras huellas de amor que dejaron estos dos seres maravillosos. Sus amigos plantaron dos árboles en su recuerdo y les hicieron un homenaje precioso; las amigas de la Cata organizan dos veces al año subidas al cerro San Cristóbal con los niños y lanzan globos de helio con mensajes que suben al cielo. En nuestra casa hacemos dos o tres veces al año una misa en su recuerdo y siempre se llena de sus amigos, que siguen recordándolos con enorme cariño.

“En algún momento me dio por pensar qué iba a pasar con los niños si faltaba yo o mi marido (…). A veces me afligía pensando y le pedía al de arriba que me mandara más tiempo porque todavía tengo mucha pega por delante”.

¿Y cómo se las arregla con las crisis de los niños, que las habrán tenido?
En eso ha sido fundamental el apoyo de mis hijos, porque cuando veo que no puedo ayudarlos a calmar su pena, vienen ellos y conversan, porque naturalmente son más cercanos en edad a sus papás. Yo les doy un abrazo, un beso, dan ganas de decirles que esto va a pasar, que es normal que estén tristes, pero a mí me cuesta, porque a veces yo también estoy mal.
Los tres niños han tenido apoyo sicológico para ayudarlos a expresar su pena y de este modo puedan atravesar un puente que a ratos tambalea y se quiebra en su interior.

¿Los temas propios de la adolescencia con quién los conversan? Porque si con los papás es difícil, más con la abuela.
¡Por supuesto! Muchas veces los veo salir a la casa de mis hijos, calladitos, a conversar sus cosas. Por ejemplo, en temas de sexualidad, para mí es más difícil porque en mi época ni se hablaba del tema, poco sabíamos. Mi hijo Eugenio, que no vive tan cerca, también está muy pendiente con Sebastián hijo. Esta casa es de todos, muy abierta, pero cada uno tiene su espacio y eso se respeta.

¿Es una abuela conservadora o de mente más abierta para los permisos, las decisiones en general?
Nosotros cambiamos mucho nuestra manera de pensar a medida que fueron ocurriendo situaciones al interior de nuestra familia, como la separación de dos de nuestros hijos. Uno va evolucionando, no te puedes quedar pegada en lo que para ti era conveniente en tu tiempo. En lo práctico soy bien despelotada, nada rígida. Trato de estar en sintonía con mis nietos, tengo una relación especial con cada uno de ellos.

¿Y le complica su edad para esta labor de tan largo aliento?
(Se detiene a pensar). En algún momento me dio por pensar qué iba a pasar con los niños si faltaba yo o mi marido, porque no podría hacerlos sufrir de nuevo una pérdida; y sé que a ellos les preocupaba ese tema. A veces me afligía pensando y le pedía al de arriba que me mandara más tiempo porque todavía tengo mucha pega por delante. Por eso me mantengo activa, me preocupo de estar bien, ocupar la mente en lo positivo y olvidarme de esos pensamientos.

Visita en sueños
En la vida diaria, se habla a cada rato de Sebastián y Catalina, no es un tema tabú. Consuelo es creyente y cuenta que mantiene “línea directa“ con los niños –como ella se refiere a la pareja–:
–Les hablo muy seguido. Cuando veo que hay algo que no anda bien, o alguno de los niños está más triste, les pido que me manden buenas vibras; o si tengo dudas de qué camino tomar les pido que me inspiren, que me ayuden. O si la estoy embarrando, que me manden alguna señal para que me dé cuenta y rectifique. Una vez, Sebastián me vino a visitar en un sueño y lo vi muy nítidamente. Fue muy lindo –su voz se quiebra– había pasado poco tiempo de su partida y me dijo: vieja, quédate tranquila que todo va a salir bien, nosotros estamos bien.

¿Los niños también tienen ese vínculo más espiritual con ellos?
Recién ocurrido el accidente, Sebastián hijo comentó que la noche anterior había venido a verlo su papá. Le dijimos “¿cómo no avisaste?” y él respondió: “por miedo a que se fuera”.

Se la ve con una enorme fortaleza para contener a sus nietos, pero ¿dónde está el espacio para vivir su propio duelo?
No sé cómo explicarlo, te vuelcas en ellos con la certeza de que son lo único que importa. Alguien me recordaba que en los aviones te dicen siempre que en una emergencia te pongas primero tú la mascarilla antes de ayudar a otros. Yo, la verdad, nunca hice eso. Pensé que no necesitaba mascarilla y que los que realmente necesitaban contención eran los niños. Mi únicos siquiatras son el golf y el pilates. Ni un solo día dejé de esperarlos en la puerta cuando llegaban del colegio, para que no se sintieran solos. Aunque cada uno se fuera a su pieza o a hacer otra cosa, yo estaba para lo que fuese necesario. No soy de mucho abrazar –mi marido sí– pero con estos gestos les demuestro mi cariño. Recién ahora me he podido relajar un poco más porque los veo mejor. Me estoy poniendo yo la mascarilla, en un sentido figurado.

“Yo les doy un abrazo, un beso, dan ganas de decirles que esto va a pasar, que es normal que estén tristes, pero a mí me cuesta, porque a veces yo también estoy mal”.

¿Y con qué se ha encontrado al ponerse la mascarilla?
Mi hija me mandó al siquiatra y el médico me recetó pastillas para salir de la depresión. Y yo le dije que no tengo depresión, tengo pena y eso no lo voy a tapar ni esconder con pastillas. Menos aun cuando estoy a cargo de tres niños. ¡Imagínate que me quede dormida y no sienta en la noche si necesitan algo! En cambio, sí solté mucho en unas sesiones que tuve con imanes. Descubrí que físicamente el dolor estaba como adherido en el corazón. En el momento que me ayudaron a sacarlo fui capaz de ver todo como en una película: el accidente, a Sebastián y la Cata, todo… Lloré mucho, mucho, y recién después tuve la sensación de haber soltado lo que tenía tan guardado en ese lugar. Fue muy impactante. No me había dado cuenta que me apretaba tanto. Pero, en el fondo, el duelo es para siempre, para toda la vida. Yo, al menos, no puedo decir que ya lo viví, que ya lo saqué afuera. Pero creo que me ha ayudado mucho ser muy positiva.

¿Le está pasando la cuenta el cansancio físico con este ritmo que lleva?
Todavía no lo siento –dice riendo–. Mi meta es que la Laurita (la mayor) cumpla 21 años. Quizás entonces quiera viajar a estudiar fuera, porque en eso mi marido es muy abierto y los estimula a que viajen. Para mí, ese sería un momento para decir misión cumplida y descansar un poco, ellos van a poder volar más solos y no tendré que cargarles la mano a mis hijos.
Para esa fecha, restan cinco años. Consuelo no afloja.
Se nutre de sus amigas más jóvenes del golf, del corazón de su familia y de la energía que los mismos niños le aportan a diario. “Estoy segura que Sebastián y la Cata están felices de que estén con nosotros. Me siento orgullosa de lo que he hecho. Hemos construido la familia como ellos habrían querido, viviendo todos cerca. Y si no tienes fuerzas, tendrás que sacarla de alguna parte. Lo que sí, tengo una conversación pendiente con el caballero de arriba. Necesito que me explique por qué les mandó esto tan duro a los tres niños, cuál es el sentido de todo esto… quizás hay algo escrito en su destino que yo ni siquiera alcance a ver”.

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