Ascanio Cavallo: Escéptico

Reportajes y Entrevistas

Ascanio Cavallo: Escéptico

Por Rita Cox / Fotografía: Alejandro Araya / Producción: Francisca Lacalle

El periodista, analista político y crítico de cine sorprendió al publicar, hace un mes, un libro que tiene que ver con secretos de su familia: La historia de mi madre muerta. Dice que escribirlo no fue una catarsis y que lo que le interesó fue desmontar la fantasía de que la coherencia rija las vidas de la gente. “Puede que sea un ideal, pero no ocurre ni en lo personal ni en la política”, resume.

Paula 1119. Sábado 31 de agosto 2013.

Con 15 libros publicados, entre ellos La Historia Oculta del Régimen Militar y Golpe, el periodista Ascanio Cavallo sorprendió hace unas semanas con el lanzamiento de La Historia de mi Madre Muerta (Uqbar). Esta vez, el columnista de la actualidad política de La Tercera, que jamás había expuesto ni atisbos de su biografía, da un paso más allá y, sin perder su sello –investigación rigurosa y pluma al grano–, narra lo que durante años fue un secreto familiar: el pasado de su propia madre.

Esta crónica periodística –que desde su publicación a fines de julio, y al cierre de esta edición, figuraba entre los diez libros más vendidos en la categoría no ficción–, arranca con una escena de alto impacto: a fines de los 70, en un café, su madre, Ánjela Custodia, le cuenta angustiada que antes de que él naciera y creciera como hijo único, tuvo un marido y tres hijos que le fueron arrebataros tras la separación. Igual de sorprendente es la reacción de Cavallo quien no dijo ni preguntó nada. El tema quedó enterrado en el silencio hasta que en 2011ella murió y él se lanzó a reportear y a escribir.

“El poder en Chile se ha feminizado un poquito. En todas las huelgas hoy se pide reconocimiento, lo que uno podría atribuirle al típico rol de la mamá en una familia: el rol de acoger. Esa pega no la hacen los hombres”.

Ánjela Custodia tuvo, según el análisis de su hijo, también un complejo comportamiento político. Apoyó a tres candidatos disímiles –Ibáñez, Alessandri y Frei Montalva–, y aunque se movió principalmente en la escena doméstica, durante el gobierno de Frei participó en las audiencias ciudadanas y los centros de madres. Y, a pesar de que celebró el Golpe de Estado, fue detenida por la DINA en Tejas Verdes.

¿Es el perdón un motor del libro?
El perdón aquí no tiene nada que ver. El perdón está en una esfera demasiado espiritual para mí. Tampoco viví un conflicto abierto con mi madre. Yo, más bien, tuve una culpa política respecto de lo que significaba que una mujer dejara a sus hijos, una conducta no solo impropia y sancionada, sino sobre todo injusta con esos hijos. La mía fue y es una visión más política que sentimental.

Qué respuesta tan racional.
Puede ser, estoy formado en una escuela muy severa en eso. Soy de la antigua Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile que siempre tuvo el slogan de que allí se formaban los mejores reporteros, no los que escribían más bonito. Es lo que aprendí: ir a los datos, la escritura precisa, que el periodista debe retirarse del primer plano.

Pero esto es personal. Nunca antes te habías expuesto así.
Ni tanto. Esta es una historia pública con componentes privados, contada desde la parcialidad del que conoce una parte de esa historia. De ninguna manera diría que es un libro íntimo. Tal vez es más personal, pero no es que entre en mis zonas oscuras.

¿Por qué quisiste publicar la historia de tu madre?
En este libro no hay secretos, aunque durante un tiempo hubo algunas cosas que fueron secretas para mí. Lo que quise plantear, y lo que creo atraviesa todos mis libros, es el problema de la coherencia, que es finalmente lo que me interesa de la política. Es decir, la ilusión de que se puede ser coherente, de que se puede llevar una vida íntegra, donde todo calza. La ilusión de que lo que hiciste a los 19 años prefigura lo que serás a los 40. La idea del libro es desmontar esa fantasía. Mi madre es el desmontaje perfecto y completo con su conducta personal y política.

Impresiona que jamás abordaste el tema con ella.
Probablemente una mujer hubiese tenido más empatía en aproximarse a una situación que suena mucho a sufrimiento como la que describo. Puede que mi parada haya sido machista y masculina, pero es lo que soy, no puedo ser otra cosa. Frente a alguien, como le ocurrió a mi madre, que tiene un episodio que le duele tanto, que la hace llorar a mares, mi reacción es que siento que es algo que no debo tocar. Es mi ausencia de lado femenino. Estoy seguro de que una hija hubiese sido infinitamente más curiosa y catártica.

“Me causa sospecha el lenguaje penca que usamos para nuestros afectos. Me enerva eso de ‘enamorarse’. Todas esas palabras me ponen muy nervioso”.

Al escribir el libro, ¿qué emociones se te movilizaron?
La pregunta que más me han hecho es cuánto cambié al escribirlo. No creo haber cambiado en nada ni haber tenido grandes catarsis. O tal vez entramos en una zona que simplemente no soy capaz de medir.

¿Tampoco revistaste tu posición de hijo único?
No. Ya tengo más de 50 años y ya viví de hijo único. La experiencia central del hijo único, y a eso sí que le he dado varias vueltas, aunque no necesariamente por el libro, no es ni lo mimado, ni lo difícil, sino el momento –que se da en la adolescencia– en que te toca romper con los padres. Eso es, lejos, lo más difícil para un hijo único, porque descubres que ellos dependen más de ti que tú de ellos en términos emocionales, y ahí hay un desgarro.

Las mujeres son centrales en tu libro. ¿Cómo te relacionas con ellas?
Lo que he llegado a pensar después de que salió el libro es que mi relación conflictiva con las mujeres, que lo es, tiene que ver con una percepción que tenía desde niño de que las mujeres eran más fuertes que uno, que tenían una inteligencia mayor y capacidad de entender cosas más profundas, tal vez de forma más intuitiva, aunque la diferencia entre intuitivo y racional me repugna un poquito. Creo que lo que a mi generación más le ha costado no es aceptar el reclamo de las mujeres por igualdad, sino lo contrario: aceptar la diferencia entre hombres y mujeres. Que no tenemos las mismas necesidades ni las mismas limitaciones. Que somos muy distintos.

¿Implica eso la aceptación de una cierta soledad?
Sí, incluso en la pareja. A mí me causa sospecha el lenguaje penca que usamos para nuestros afectos. Me enerva eso de “enamorarse”. En realidad todas esas palabras me ponen muy nervioso.

¿Por qué?
Son muy imprecisas. Hay un lenguaje asociado a los afectos que no describe correctamente las situaciones de la vida en pareja y que tiende a darles un valor de permanencia, cuando la experiencia nos viene mostrando hace siglos que no es así. Esas palabras imprecisas tienen que ver con la dificultad de aceptar la diferencia y buscan lo contrario: eliminarla, que tu enamoramiento sea igual al mío.

Pero tus padres, según cuentas, estuvieron juntos hasta la muerte.
Esa imposibilidad o distancia en la pareja se agota cuando llega la vejez. Ya no hay autonomía sentimental, ya nadie puede irse con otro, ya nadie puede arrancarse.

¿Eres un escéptico del amor?
Soy un escéptico. Especialmente del amor.

LA FEMINIZACIÓN DEL PODER
¿Es tu libro, también, un homenaje a las mujeres del siglo XX?
Yo creo que es más eso que otra cosa. Una reivindicación de las mujeres no desde la perspectiva de las líderes, sino de las que estaban en la cocina. Esa figura me parece fascinante. Es igual de interesante que el fenómeno de las minas de punta como la Elena Caffarena o la Adriana Olguín. Creo que esa historia queda incompleta si no consideras a las que, desde la esfera del hogar, fueron influyentes. Y ese mundo doméstico es también más complejo: un movimiento menos planificado que el feminista, menos metido en las organizaciones políticas diseñadas por los hombres con comidas nocturnas, sin fines de semana, sin tiempo para la familia. Ahora, no estoy seguro de que sea posible hacer política en otro formato, pero lo que sabemos es que ese formato es óptimo para los hombres.

¿Han aportado las mujeres una forma distinta de hacer política?
No creo que hayan aportado tanto ni tan poco.

¿Se ha feminizado el poder?
Yo creo que un poquito. Desde Bachelet el tipo de exigencias que se les han hecho al Estado y a los representantes de la política son más “blandas”, son más de comprensión, de acogida. Aquí los pliegos de peticiones ya no son tan duros: no son “quiero el 4 por ciento de crecimiento”, sino del tipo “quiero más cariño”. Estas huelgas que hay ahora son muy simbólicas porque van desde Correos hasta el Alma, que es lo más sofisticado que tenemos en Chile. En todas se pide reconocimiento, lo que uno podría atribuirle al típico rol de la mamá en una familia: el rol de acoger. Esa pega no la hacen los hombres. Para mí el hecho más significativo no es que haya dos candidatas a la presidencia, sino que la derecha haya nombrado a una mujer.

¿Ese es para ti un cambio cultural?
Pucha, esa es una ruptura con veinte siglos de historia de la política de la derecha. Cuando se intentó levantar el nombre de Evelyn Matthei en 1992, fue decapitada. La famosa grabación de la Kioto, lo que tenía de sustantivo es que el candidato –Piñera– le decía al periodista que la dejara como “tontita” y como “histérica”. Ese era el modelo intelectual para tratar a las mujeres. A nadie se le hubiese ocurrido pedir que a un tipo lo dejaran como tonto.

¿Qué es lo que te interesa de la política?
Entré a la política por la puerta de atrás, por el cine. Mi formación, antes que ideológica es estética y, por lo tanto, lo que me interesa de la política es su calidad de espectáculo, la calidad de espectáculo de las condición humana. Todo eso lo dice Shakespeare, no hay nada nuevo que encontrar. Pero cada día es entretenido ver qué vuelve a pasar. Con el libro, mi objetivo es proponer que la integridad en política será un ideal, pero no es en ningún caso lo que ocurre en la realidad.

Nuevamente el escepticismo.
Sí pues, es que sin eso estaríamos jodidos, como diría Raúl Ruiz.

O, al revés: sin idealismo estaríamos jodidos.
Yo creo que estamos más jodidos con el idealismo.

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