Ayudé a mi marido a salir del clóset

Reportajes y Entrevistas

Ayudé a mi marido a salir del clóset

Por Paola Álvarez / Ilustración Gertrudis Shaw

Hace un año que pasó todo. Pablo, mi ex marido, es gay y yo nunca lo quise reconocer. Nos conocimos en el colegio, a mis 13 años, y éramos como esos típicos mejores amigos inseparables. Teníamos muchas cosas en común. Fuimos compañeros de curso y siempre hubo rumores sobre su sexualidad. Él no se juntaba con los hombres, no jugaba a la pelota, no le gustaba hablar de mujeres o ver porno en el baño con los demás. Me daba mucha rabia que el resto pensara que era homosexual porque sus conductas no eran ‘heteronormadas’. Sin embargo, a mí nunca me importó eso, y a dos años de nuestra amistad, me di cuenta que estaba enamorándome de él. Fue súper triste, ya que cuando me declaré me dijo que no quería tener nada con nadie. Quedé destruida, además, tenía que verlo todos los días. Tiempo después conocí a otra persona, pololee un año, hasta que Pablo reconoció que yo también le gustaba. Le di una oportunidad y empezamos a salir.

Estaba enamoradísima. Él era súper tierno, de muchos detalles, y sexualmente saltaban fuegos artificiales. Teníamos mucha química y pasión en la cama. Pololeamos tercero y cuarto medio, y después yo entré a estudiar recursos humanos y él diseño de vestuario. Obviamente todos mis amigos me decían que eso era una señal, pero lo defendí porque fui yo la que lo incentivó a tomar la decisión. Él tenía mucho talento, y yo no iba a permitir que no se desarrollara en esa área por miedo a lo que pensaran los demás. Era mi pareja y quería verlo feliz. Terminamos el primer año de estudios, y quedé embarazada. Cuando nos dimos cuenta, ya tenía 4 meses, así que no quedaba otra que apechugar. Teníamos 21 años y decidimos casarnos. Nos fuimos a vivir con mi mamá, con la promesa de construir nuestro propio hogar más adelante.

Antes de cumplir un año de matrimonio, tuvimos una crisis. Yo estaba muy desilusionada porque sentía que Pablo era muy dejado, que no le interesaba nuestra relación. Seguíamos viviendo donde mi mamá y lo veía tan cómodo, que colapsé. Nos separamos unos meses, pero éramos tan amigos, tan cómplices, que nos volvimos a juntar. Ahí tuvimos a nuestro segundo hijo. Él decidió renunciar en su empresa y tomar un trabajo part time para estar más en la casa. Eso marcó un cambio. Pasamos a estar todo el día juntos y empecé a sentir que nuestra amistad crecía un montón, pero que estábamos dejando de ser pareja. Ya no nos saludábamos de beso, no teníamos gestos de amor hacia el otro. Éramos como dos amigos que vivían juntos y se llevaban increíble, que les encantaba ‘copuchar’, pelar a la gente muertos de la risa y hablar de moda. Reconozco que en ese periodo empezaron a aparecer mis primeras dudas sobre sus intereses amorosos, sin embargo, habían cosas que no me calzaban ya que nuestra vida sexual era súper activa. Teníamos relaciones al menos 5 veces por semana.

En esa época, lo ayudé a abrir su propia tienda de ropa. Hice todo. Me desviví porque cumpliera su sueño y me pasé un año entero haciendo trámites para lograrlo. Cuando ya estaba todo listo, a él le entraron las dudas. La verdad es que nunca lo vi tan motivado con la idea. Siento que Pablo no estaba motivado con la vida en general, y a mí me costó mucho entenderlo. Ahora me imagino todo lo que estaba sufriendo por dentro. La primera señal que me llegó fue cuando tuvo una capacitación de la empresa en la que trabajaba. Era de dos días en un campo y volvió muy extraño a la casa. Sabía que algo había pasado, y lo encaré. Me confesó que uno de sus compañeros había intentado besarlo y tocarlo, pero que él se había alejado. Le pregunté por qué lo evitó y me contestó que fue porque tenía un compromiso conmigo. Algo me pasó con su respuesta, y me di cuenta de que Pablo no estaba conmigo por amor, sino que porque sentía que me debía fidelidad. Me costó procesarlo. En mi desesperación, le propuse que tuviésemos una relación abierta por unos meses. En el fondo quería saber qué iba a hacer él si tenía se sentía libre. En esta época empecé a vivir mi duelo. Mis amigas me apoyaron un montón, y siempre tuvieron el valor para decirme que él era gay, pese a que yo no lo quisiera aceptar.

Cuando ya llevábamos un tiempo separados, una de ellas me recomendó que me bajara Tinder para conocer a alguien. Fue un desastre. Me fue pésimo. Le conté a Pablo lo que estaba haciendo y lo motivé a que hiciera lo mismo. Puede sonar extraño, pero pese a todo, seguíamos siendo dos amigos que vivían juntos. Mi pena era despedirme de Pablo como pareja, pero sabía que no lo iba a perder como amigo. Me acuerdo que cuando le propuse bajarse la aplicación, descargó Grinder, la versión gay, porque según él la otra no le funcionaba.

Esa fue la primera vez que me atreví a hablarle del tema. Le pedí que no me mintiera, que por favor me contara qué estaba pasando por su cabeza. Me reconoció que quería experimentar con hombres, que no sabía la verdadera razón, pero que tenía las ganas de hacerlo. Y así, empezó a tener citas. Obviamente yo me arrepentí y le pedí volver. Me daba miedo que le quedaran gustando más los hombres que las mujeres. Sin embargo, él no quiso. Me dijo que había sido mi propuesta y que respetara los tiempos acordados. Yo ya estaba resignada, deprimida, me sentía tonta. Todo porque, al final, era algo que sabía que iba a pasar. Siempre tuve miedo de que lo asumiera. Mi drama no era que fuese bisexual, porque no tengo problema con eso, me atormentaba que fuese homosexual porque una vez que estuviese con un hombre, sabía que no iba a haber vuelta atrás.

Y tenía razón. Él empezó a salir con mucha gente y yo no conocía a nadie. Eso hasta que, justo el día que decidí eliminar la aplicación, me habló un tal Alejandro. Él apareció en mi vida en el momento preciso y fue la mejor compañía. Empezamos a salir y ahí me di cuenta de todas las carencias que había tenido. Me sentí deseada, amada, mirada con otros ojos. Sobre todo en la cama. Era otra dinámica, hacíamos el amor de verdad. Con Pablo era muy distinto, no había previa, lo hacíamos rápido. Era como que se masturbaba con otro cuerpo. Yo siempre traté de guiarlo, pero no podía hacerlo de otra manera. Ahí me di cuenta que lo nuestro estaba muerto, y que siempre lo había estado. Que no tenía sentido.

Todo fue muy paulatino. No es que Pablo me haya confesado todo de una. Me imagino que nunca se atrevió porque le daba miedo hacerme daño. Tenía que sacarle las palabras de a poco. Él siempre iba a tomar once con los niños y nos quedábamos hablando durante horas. Un día me abrazó y se puso a llorar a mares. Esa tarde tuvimos una buena conversación. Traté de despejar mis dudas y le pregunté por qué me había hecho todo esto; por qué había esperado a que tuviésemos una familia. Me comentó que sí se había enamorado de mí, pero que era un amor distinto y que con el tiempo empezaron a surgir las dudas. Que al principio le costó entender y asumir lo que estaba sintiendo, sin embargo, cuando decidió probar con hombres, había conocido la verdadera felicidad. Y lo entendí. Algo muy similar me había pasado a mí con Alejandro.

Después de ese día, decidí ayudarlo. Le dije que íbamos a contar las razones sobre nuestra separación, pero que iba a acompañarlo en todo el proceso porque quise dejar de culparlo. Me di cuenta de que él había vivido una pesadilla. No me imagino que exista nada más terrible que no saber quién eres. Él es el papá de mis hijos, es muy buena persona y se merece lo mejor. Creo que logré asumirlo porque lo nuestro estaba muy desgastado, y haberlo tomado con calma y optimismo me ayudó a no hundirme pensando que era el fin del mundo. No es que lo haya pillado con un hombre en la cama y me haya sido infiel. Estoy segura que Pablo siempre veló por nuestro bien como familia y pareja, y que actuó como el mejor amigo que podría tener, y que sigue siendo hasta hoy.

Paola Álvarez tiene 28 años y trabaja en una peluquería.

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