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9 noviembre, 2016
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Bárbara Silva: la gestora invisible

Sicóloga de profesión, el 2013, con 30 años, se convirtió en la primera mujer chilena en estudiar en Singularity University –la universidad de la NASA– en Silicon Valley, California, cuna de la innovación que hoy dirige en Latinoamérica. Aquí, cómo forjó su camino a la innovación y su cruzada por potenciar la participación femenina en un mundo que, asegura, fue pensado por y para hombres. “Mi trabajo ha sido como el de un virus, casi imperceptible”, dice.

Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: Alejandro Araya.


Paula Digital.

En 2009, con el alma aventurera de los 26 años, la sicóloga de la UAI Bárbara Silva (33) compró pasajes a Dinamarca. Quería conocer los países nórdicos, porque, cuenta: “Cuando chica le había escuchado a la mamá de una amiga que las personas dejaban a las guaguas en los coches y que no pasaba nada, al parecer todo era una maravilla”. Y concuerda. Al bajarse del avión vio a su derecha una decena de molinos de viento generadores de energía eólica, uno al lado del otro. Luego entró al metro, donde advirtió cómo los pasajeros aproximaban su celular al torniquete para pagar su pasaje. Al llegar al hostal, notó que funcionaba con energía solar, que el piso era solo de cerámicas planas para evitar ser un impedimento para discapacitados, y que toda el agua que se utilizaba era reciclada dentro del mismo edificio. En la noche, cuando por primera vez probó comida orgánica, pensó: “esto es el paraíso”. Compró una bicicleta usada, que la obligó a usar ciclo vías en las que también transitaban motos y sillas de ruedas, y se fue a vivir con una familia danesa.

Allí surgió una pregunta incómoda: “¿dónde me veo en los próximos 50 años?”. Sintió que no era feliz. Los días siguientes se despertaba a las 7 de la mañana, tomaba su mochila y se instalaba en la biblioteca de Copenhague a pensar, angustiada, en algo que le garantizara “despertar todos los días con ganas”. Inspirada en el estilo de vida de Dinamarca y luego de cabecearse con decenas de libros, se iluminó. “Fue muy intuitivo, era algo así como querer diseñar futuro. Leí mucho de innovación, pero no tenía idea que se podía estudiar”, recuerda. Al día siguiente postuló a tres master de Innovación en universidades de Dinamarca, Suecia y España. Quedó en las tres. Con cartas de aceptación en mano postuló a Becas Chile para financiar esos estudios. “Valoramos su interés de postular. Sin embargo, su profesión de sicóloga no calza con el perfil del programa”, le respondieron. “Fue súper frustrante, estaba atada de manos solo porque no tenía un cartón que acreditara que era ingeniero”, recuerda.

Regresó a Chile y postuló al máster de Gestión en Innovación en la UAI, en Viña del Mar, donde nació y fue criada. En una clase un profesor daba cátedra de una tal Singularity University. “Sentí que mi corazón iba a explotar”, cuenta Bárbara, quien en ese entonces había comenzado a trabajar en la municipalidad de esa ciudad, donde estaba a cargo de desarrollar una plataforma tecnológica para ayudar a personas de bajos recursos a conseguir empleo. Coincidentemente, entre pasillos, se enteró que la alcaldesa Virginia Reginato viajaría a Sausalito, California –cuna de la innovación–, para ratificar un acuerdo de “ciudades hermanas” que hace 50 años había firmado la ciudad norteamericana con Viña del Mar. “Me empecé a obsesionar. Pensaba cómo podía llegar a California junto a la alcaldesa”, recuerda. Entonces desarrolló un proyecto de turismo para transferir buenas prácticas de Sausalito a la ciudad del mar. Trató de contactarse con el presidente de la Cámara de Comercio, con redes influyentes de la ciudad y con varios asesores de la alcaldesa, sin éxito alguno. Entonces decidió hacer un pase más directo: contactarse con alguno de los asesores del alcalde de Sausalito. Solicitó una copia del acuerdo, lo enmarcó y se lo llevó de regalo a la alcaldesa el día de su cumpleaños. “Esto es para usted, para que cuando vaya a Sausalito en su misión se acuerde de mí”, le dijo.

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Cuando Bárbara supo la fecha exacta en la que la delegación de la alcaldesa partiría a California, compró pasajes para el mismo vuelo. Sobre el avión, al fondo en una esquina, Virginia Reginato la vio y gritó su nombre.

– Qué coincidencia, Barbarita. ¿Qué estás haciendo aquí?–, le preguntó.
– Alcaldesa, quiero ser parte de su agenda diplomática, me interesa mucho conectarme con California–, le confesó.

La alcaldesa se rio. “Llegaste tan lejos, ¿cómo te voy a decir que no?”, le dijo. En Sausalito se codeó con funcionarios públicos y diplomáticos. Y, de curiosa, escuchó del proyecto madre entre ambas ciudades: un programa de intercambio para niños viñamarinos. Bárbara, entrometida, propuso hacerlo con mujeres para enseñarles desde cómo operan las cámaras de comercio hasta modelos de atención al cliente para mejorar sus propias empresas y emprendimientos. “Logré gestionar las conversaciones para que esto sucediera. Ahí me di cuenta de mi capacidad de articulación”, dice. Ahí también le presentaron a Rob Nail, CEO de Singularity University. Bárbara le comentó de un proyecto que estaba liderando junto a la municipalidad para desarrollar un sistema de protección del agua, cuando él la interrumpió. “¿Postularás a Singularity?”, le preguntó. Ella sonrió.

De regreso a Chile, y luego de ingeniárselas para reunir todas sus habilidades blandas en un formato lo menos parecido al curriculum vitae, postuló y quedó: una pasantía de dos meses y medio de 35 mil dólares en la escuela de genios de la NASA, que no tenía cómo pagar. “Allá me las arreglo, no puedo perder esta oportunidad solo porque no tengo plata”, pensó. Dicho y hecho. Luego de algunos días en Silicon Valley, la administración de la universidad la mando a llamar por su deuda impaga. “Señores de Singularity, si yo me hubiese focalizado estos últimos 6 meses en levantar financiamiento no hubiese sido capaz de levantar lo que puedo traer en un futuro. Los invito a invertir en mí”, les dijo. Ellos estuvieron de acuerdo. Estudió gratis.

“Mujeres, hablemos de innovación”
Luego de su estadía en Silicon Valley, Bárbara aterrizó en Chile y durante días se sentó por horas al lado del teléfono a llamar a una larga lista de mujeres chilenas en posiciones de liderazgo. “Al principio varias me dijeron que no, que no estaban interesadas”, recuerda. Una de las excepciones fue la empresaria Alejandra Mustakis, quien le ofreció organizar una comida en su propia casa para discutir su visión de cómo la mujer puede buscar nuevos caminos en los próximos años. Esa noche acudieron 25 mujeres. Luego de eso, vino una seguidilla de eventos: Woman @ the frontier, De lo global a lo local, Innovación y tendencias, One Billion Impact e Innovación está de moda. Varios de ellos patrocinados por la SOFOFA, el concurso de emprendedores globales Start-up Chile y Endeavor, organización enfocada en promover emprendedores en economías emergentes.

Fue como una bola de nieve. Cual tejedora de redes, ideó un programa al extranjero que incluyera talleres de networking, crowdfounding, start-ups, design thinking, aceleración de emprendimientos y fondos de inversión; visitas a las sedes en Silicon Valley de Google, Facebook y Twitter; y charlas con referentes de la innovación como la directora ejecutiva de Hewlett-Packard, la directora de marketing de IDEO y el fundador de Draper University, de Silicon Valley. Todo gestionado, en ese entonces, solo por Bárbara. Participaron 18 mujeres en posiciones de liderazgo: gerencias, directorios, marketing. El programa tuvo más de 350 publicaciones en la prensa. Blogs, medios locales y nacionales norteamericanos y europeos, y cadenas internacionales como FOX. “Era exótico al parecer. Nadie podía creer que una chilena estuviese movilizando a grupos de empresarias norteamericanas gratis y con ganas de traspasar conocimientos, que por lo general nunca daban entrevistas o hablaban con la prensa. Encontraban que era una hazaña”, recuerda Bárbara.

También creó Her Global Impact, una beca que premia cada año a una mujer chilena que desarrolle una solución tecnológica que tenga un impacto en la educación o en los modelos ciudadanos. “Es un pay-back a Singularity por haberme dado la oportunidad. Es un círculo y la idea es que ellas también incidan en otras jóvenes”, dice Bárbara. Luego vinieron los programas para ejecutivos líderes a Silicon Valley, dirigidos por una red de mentores, y los talleres de ciencia y robótica para niños en situaciones vulnerables. Conferencias en los cuarteles generales de Google a mujeres latinas, programas segmentados para la industria financiera y vinícola, el primer Singularity Summit –que trajo a Chile en abril de este año a 14 expertos de clase mundial en energía, gestión corporativa, informática, medio ambiente y robótica- y un sinfín de viajes para presentar el caso de éxito de Her Global Impact en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa, motivo por el cual decidió arrendar un departamento en Las Condes, donde vive de paso, calcula, 4 meses del año.

En el edificio aledaño está su oficina. Es de dos ambientes y una pequeña sala de estar con coloridas alfombras y banquetas. Ahí funciona BeSTinnovation. Una organización conformada por un equipo de cinco personas de rostros casi indistinguibles a través de dos ventanales de vidrio que se divisan al entrar, rayados desde la cornisa hasta ras de piso con ideas y conceptos escritos en plumón negro. “Somos herramientas de trabajo facilitadoras, pero silenciosas. Esa es la gracia, que no es una cuestión de ego ni reconocimiento, sino que hay un fin mayor”, explica Bárbara. En el muro a su derecha, una línea de tiempo con seis hitos, hecha con fotos y cartulinas, de los logros más destacados de la organización, creada en 2013. Una incubadora y aceleradora de innovación de tres patas: consultoría a empresas y organizaciones privadas y públicas para crear sus propias unidades o soluciones de innovación; programas para ejecutivos líderes que incluye talleres, charlas y seminarios con visitas al Centro de Investigación Ames de la NASA y reuniones con importantes referentes de la innovación en el mundo; y, lo que a Bárbara más le hace sentido: las causas sociales sin fines de lucro que buscan incluir a mujeres y niños en el mundo de la ciencia, la tecnología y la innovación.

¿Cómo se logra financiar inicialmente un proyecto así, sin ayuda de empresarios ni redes de contacto?
Al principio hubo mucha inversión en horas hombre que no eran remuneradas. Me daba lo mismo qué tan pronto o tarde fuera el retorno, porque sabía que iba a funcionar. Y cuando funcionara, iba a monetizar. Pero había que posicionarnos y empezar a generar relaciones de confianza para desarrollar proyectos que tuvieran un valor intangible a largo plazo. Es una transformación. Un insight que te permite tomar una decisión que cambia completamente el rumbo de tu vida.

¿Por qué enfocarse en las mujeres? ¿Somos excluidas en temas como la ciencia y la innovación?
Principalmente porque somos el 50% de la población y si queremos una conversación balanceada tenemos que ser parte de ella. Cuando llegué a Singularity solo un 20% de los 80 alumnos que había correspondía a mujeres y había un movimiento súper fuerte en torno a incluir a las mujeres en estas conversaciones de diseñar futuro. Tenemos que dejar de quejarnos y empezar a crear nosotras nuestras propias empresas, reglas y salarios, que hoy día se rigen por pautas pensadas por y para los hombres.

¿Por qué crees que se ha segregado a la mujer en estas discusiones? ¿Es un tema cultural?
Es que no lo teníamos como opción, nunca se nos dijo que nosotras también podíamos y que éramos capaces. Pero en la medida que las mujeres lo han ido percibiendo, las cosas han ido cambiando. Un niño vulnerable nunca se va a plantear ser astronauta si no hay qué o quién lo inspire. Es un camino de exploración, de incorporarse a estos ciclos de influencia. Integrar mundos, y empezar a plantear un futuro mucho más potente y de largo plazo que la gratificación inmediata.

El poder femenino…
Más que el poder femenino o cierto feminismo, es dejar de quejarnos y actuar. Crear y entender como un valor que participemos de estas discusiones. En los años que llevo trabajando en esto los que más me abrieron las puertas fueron hombres, no mujeres. Nos falta ser más generosas, estar más conectadas. Mientras más conversamos, más podemos ayudarnos.

¿Qué tan lejos estamos de ser un país innovador?
Depende. Chile tiene un tremendo potencial en las energías renovables, el litio y la astronomía, pero para innovar se tiene que invertir en talentos e infraestructura y no sé cuánto del PIB se está yendo en desarrollar estas industrias. Es todo un desafío. Es mi sueño ver una Latinoamérica desarrollada, integrada a los circuitos de innovación global. Pero para eso tienen que haber cambios. Por ejemplo, los grandes empresarios tienen que empezar a introducir dentro de su cadena de conocimientos a la gente más joven.

¿En qué nos estamos quedando?
Mindset. La mentalidad. He tenido la oportunidad de hacer clases de innovación a altos ejecutivos y todos están de acuerdo en que la innovación es relevante y estratégica para sus empresas. Cuánto invierten en talentos, cero. Cuánto invierten en infraestructura, cero. No están dispuestos a ponerle lucas y la innovación implica inversión, riesgo, tiempo y dedicación.

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