Beatrice Di Girolamo: “Nunca arriba del pony”

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Beatrice Di Girolamo: “Nunca arriba del pony”

Por ximena torres cautivo / retratos nicolás abalo / maquillaje yani urbina

Su intensidad ‘digirolamística’ -es hija de Vittorio- se nota en el gesto, la entonación y la obra, pero nunca en la actitud; nada le carga más que los que se creen la muerte. Por eso ni siquiera se considera artista, pese a que en octubre una emblemática estación de la Línea 1 del metro se engalanará con cuatro monumentales esculturas suyas con sendos y profundos mensajes sociales.

Batalla con su volcán interior usando la humildad. Así morigera su intensidad de origen italiano, porque “desde aquí soy puro digirolamomismo”, explica, emmarcando con sus manos chicas y sus ojos grandes. Su “franja cultural”, como llama a ese tramo de su rostro, absolutamente Di Girolamo, que lo es hasta la última célula de su menudo cuerpo.

Beatrice Di Girolamo (49), hija de Vittorio, sobrina de Claudio, prima de Claudia, tía de Rafaella, usa el pelo negro retinto, ala de cuervo, negro azulado, azabache profundo, desde joven, cuando estudiaba diseño en la Universidad Católica y decidió teñírselo.
Fueron tiempos en que le hizo el quite a su vocación claramente artística, dedicándose con éxito al diseño y la publicidad. Fue además pionera en aplicar lo digital al arte. “Fui directora de arte de Apple Chile, trabajé con Alfonso Gómez en Virtualia y le hice la chinita como logo. Me especialicé en Photoshop y Paint, convirtiéndome en una suerte de intermediaria entre los artistas y el computador”, dice en su taller de calle Cueto, en el barrio Yungay, donde está instalada desde hace cuatro años.

Es un espacio espectacular, con piso de baldosas blanco y negro tipo tablero de ajedrez, amplio y alto, parte de la centenaria fábrica Caffarena, cuya tienda de descuentos aún funciona en la esquina de Cueto con Compañía. Donde estaban los antiguos telares, hoy hay una gran ruma de duelas de roble que le donó una viña. Se nota que las tablas semicurvas armaron cubas donde envejeció el vino; no solo por el color burdeos que las tiñe, sino por el olor propio de las bodegas. Ellas son material importante de las obras abstractas y muchas veces monumentales de Beatrice. Roble, alerce, secuoya, mañío, maderas diversas, siempre recicladas, que dan vida a sus esculturas e instalaciones de gran formato.

Ahora, en un mesón ubicado en el centro del taller, hay una maqueta de la estación del metro Padre Hurtado, cuya renovación incluye cuatro grandes piezas de Beatrice financiadas por la empresa privada, acogidas a la Ley de Donaciones Culturales e inspiradas en sendos pensamientos del fundador del Hogar de Cristo. Desde la conocida frase “La caridad empieza donde termina la justicia”, hasta el texto de su carta póstuma: “Este es mi último anhelo: que se haga una cruzada de amor y respeto al pobre, porque el pobre es Cristo. No descansen mientras haya un dolor que mitigar”, pasando por “Una nación, más que la tierra, es una misión que cumplir” y por la que más conmueve a Beatrice: “La juventud es la edad del heroísmo. Si tú no vienes, una obra que tú, sólo tú, puedes realizar quedará sin hacerse”.

 

Este cuarteto escultórico marcado por estos poderosos mensajes sociales se instalará a fin de año en los andenes de esta estación de la ya vieja Línea 1, eje estructural de la movilización capitalina, por donde circulan mensualmente 22,5 millones de personas. Una de las paradas claves del metro en Estación Central, sector capitalino antiguamente conocido como Chuchunco, palabra que en mapudungún significa ‘donde se perdió el agua’ y que en la jerga actual chilena ha trocado en la expresión ‘Chuchunco city’ para referirse a algo muy alejado y remoto, es hoy un activo y multirracial centro urbano residencial y comercial de clase trabajadora.
Un sector hecho de migrantes. Primero, chilenos que dejaban el campo para buscar un mejor futuro en la ciudad, y hoy de extranjeros que huyen de la violencia, la falta de oportunidades, la pobreza de sus países. Allí, la pequeña Beatrice, que no se dice artista, “porque les tengo mucho respeto. Soy apenas una persona que trabaja con arte”, instalará su poderosa obra, hecha en parte con madera entregada por los vecinos de Estación Central para este efecto.

“Metro Arte me eligió a mí porque trabajo con madera y en gran formato. Mi obra tiene una gran energía, es medio volcánica. Y aunque me defino como diseñadora, mis propios compañeros siempre me dijeron que yo hacía ‘land art’ sin ser consciente de que lo hacía. Lo mío es muy telúrico y abstracto. No voy a representar al padre Hurtado y su obra social con un chuzo, una camioneta verde o con los niños abandonados bajo el puente en la década del 40. Mi mensaje va en la materialidad: habrá tablas, palos, restos de planchas de zinc, neumáticos, que son vestigios de tomas, de viviendas sociales, de incendios, de sedes comunales, de la vida de los vecinos. Restos de objetos significativos que representan dolor y felicidad, para que sean una especie de jardín de la memoria, un registro hecho con la comunidad, para que nadie diga y quién es esta niña Di Girolamo, por qué hizo esto, de dónde salió, y todos sepan que lo hice con ellos y ellos se vean en las piezas”.

¿Qué es lo que quieres que suceda con tus obras y la comunidad?
Lo que no quiero es que se las vaya a entender como un diario mural parroquial. Quiero que de una manera sutil muestren la importancia del trabajo social, involucrando a todos, sin paternalismo, como hizo en su tiempo el padre Hurtado, al que tildaron de “cura rojo”. Quiero que se fundan el dolor, el esfuerzo, el trabajo, la felicidad, en esas maderas. Que haya un resto de ventana que vio trabajar al padre Hurtado, un palo quemado de un incendio del cité donde vivían hacinados migrantes, una fonola, la vieja madera de un nogal que fue parte del bosque que da el nombre a la emblemática población Los Nogales…

¿Eres católica?
Fui muy católica, pero ya no por todo lo que está pasando con la Iglesia. Mi familia es de mucha fe, en especial mi mamá, quien tuvo una institutriz católica, que era judía conversa. Creo, eso sí, que Jesús fue un tipazo al que le cargaban los fariseos. Hoy estaría indignado con todo lo que está pasando.

HOMBRES GUAPOS DE BEATLE

Beatrice (pronúnciese Beatriche) se llama así en su partida de bautizo y Beatriz en su inscripción en el Registro Civil. A ella le gusta que la llamen en italiano, como lo hace Vittorio Di Girolamo, su padre, quien la mentó de esa manera en honor a la Beatrice de Dante, una de sus voces más admiradas. “Beatriz significa beatitud. Yo no quiero transmitir beatitud, pero sí felicidad”, comenta, risueña. Ella es el concho, la sexta de seis hermanos, con 7 años de diferencia con el que la antecede. Su mamá, Marta Armanet, “mina, regia, ultrafemenina”, enamoró a Vittorio a fines de la década del 40, y hoy, él con 93, “la edad de Mickey Mouse”, y ella con cinco años menos, siguen juntos y activos. “Ella fue siempre la que abría el capó cuando el auto quedaba en pana, la que manejaba con guantes de cuero y los guardaba en la guantera, la que buscaba la tuerca precisa que requería mi padre y destapaba el sifón y arreglaba el cálifont, sin perder ni una gota de femineidad”.

Cuenta Beatrice: “Mi nonno Giulio Di Girolamo era un artista romano conocido, pero en la posguerra decidió emigrar. Se había hecho famoso entre los chilenos por un retrato al óleo que le hizo a la mujer del embajador de Chile en Italia y que, por lo impresionante que era, el diplomático colgó a la entrada de la embajada. Así fue como el dramaturgo Fernando Debesa lo conoció e invitó a Chile. En 1940, mi mamá, que no estudiaba pero era una dibujante notable, supo que unos italianos -mi nonno y sus hijos Pablo, Claudio y Vittorio- habían abierto la Academia Di Girolamo”.

Intensa y gesticulando, cuenta que los Di Girolamo eran altos y llamativos. “Entonces nadie usaba chalas, beatle negro ni andaba bronceado ni tenía ese acento. Todas las chicas se volvían locas con ellos. Mi tío Claudio, guapísimo y de personalidad exuberante, siempre me ha dicho que mi papá era el que más mataba, porque era más misterioso. Hasta ahora tiene una tremenda presencia escénica; donde llega, llena los espacios, seduce, no pasa inadvertido”.

Tú saliste bajita y flaca, en eso no eres Di Girolamo.

En eso soy como mi mamá, Marta Armanet, que es aun más bajita que yo, pero es un cañón, una tremenda mujer. Yo soy digirolamística, cuando hablo y gesticulo, y aquí, en esta parte, a la altura de los ojos.

Beatrice dice que aprendió arte desde niña, mirando hacer, escuchando a su padre. Cuenta y muestra un trabajo con perfiles de fierro, sombra y dibujos, que surgió de sus recuerdos de infancia. “Vivíamos en la casa de Pedro de Valdivia, una construcción blanca, preciosa; cuando mi papá compró estas esculturas de fierro del artista rosarino Claudio Girola, que ahora me inspiran estos trabajos en que la luz es crucial. Yo era chica y veía a mi mamá indignada. ‘¿Cómo gastas plata en esto, cuando hay tantas necesidades?’, le decía. Y él respondía: ‘El arte es prioridad, es el verdadero alimento’. Tengo muchos footprints así en mi memoria. Es superdifícil vivir del arte, pero creo, como mi papá, que salva y alimenta”.

A ella la salvó cuando sintió que el trabajo de las agencias y el diseño la estaban ahogando. Sus tres hijos ya no eran chicos. La menor ya estaba criada y los primeros, los mellizos que nacieron prematuros, ya podían prescindir de la madre siempre presente que fue. “Mi proceso fue como el de un dimmer, de a poquito. Hice la gráfica del pabellón de Chile en la Expo Lisboa, pero en 2004 decidí que no más. Mi exmarido me apoyó siempre y me lancé”.

Hoy están separados, y ella es pareja desde hace dos años del conocido artista Norton Maza, con quien comparte el taller de la calle Cueto. Pero de lo privado no habla. “Es importante el autocuidado, no exponerse, no mostrar lo familiar, lo personal, en los medios o en las redes sociales, donde es imposible darles la correcta entonación a los mensajes. Por eso, creo, se inventaron los emoticones”.

ARTISTA Y MADRE, ¿IMPOSIBLE?

¿Por qué eres tan reticente a llamarte artista?
No tengo formación en arte. Soy muy ignorante. Me falta mucho y lo reconozco, además la gente que se cree la muerte es insoportable. Yo vivo bajándome del pony, pero sé lo que valgo y muchos de mis pares me valoran. Tengo un planteamiento teórico, académico, soy estudiosa y mi obra tiene una cosa energética, muy de guata, porque trabajo mucho con las emociones.

Cuenta que estaba con Amanda, su hija, hoy de 16, cuando en una exposición se le acercó un escultor muy conocido que le espetó: “Tu trabajo no me gusta para nada, para nada”. Aunque su hija quedó impresionada con la intensidad y la mala onda, Beatrice se sintió feliz: “Me di cuenta de que mi obra le movía algo, que le provocaba algo poderoso. Una vez mi papá me explicó el verdadero significado de la palabra terrible. Tiene que ver con lo inalcanzable, lo inexplicable, lo inabarcable. Con lo que te deja cautivo, porque no lo puedes comprender. Para mí, el arte debe provocar eso”.

Sus obras impresionan por su peso, materialidad, dimensiones. Preparando el trabajo de la estación San Alberto Hurtado hizo una escultura impresionante en un edificio residencial en Las Condes, que convenció a todos de que era la indicada para la tarea en el metro. Es el lomo de un dragón de 26 metros de largo, curvo, que se cuelga de una altísima pared y de noche se ilumina por dentro. Tremenda obra en la que trabajó como china, como enana, como loca, variando, cambiando, improvisando e involucrando a una cuadrilla de trabajadores que obedecían su voz de mando, porque les daba voto. “Con la creación artística, pasa eso: no importa si eres hombre, mujer, intelectual, analfabeto, migrante, local, obrero, profesional, rico, pobre, te toca e involucra a todos por igual”. Pese a su tendencia a bajarse del pony o a no subirse en él, reconoce que hoy se siente empoderada, segura de lo que hace.

“No es fácil ser artista, más siendo mujer. Chile y el mundo son machistas. Aunque no comparto todas las consignas del movimiento feminista, me pareció superimportante ir a la marcha y caminar junto a una viejita en silla de ruedas que llevaba un letrero que decía: “Estoy aquí para que ustedes logren lo que yo no tuve”. Antes se decía sin pudor que cuando una artista se convertía en madre, perdía valor, porque el arte te consume y exige dedicación exclusiva. Matilde Pérez se fue a vivir fuera de Chile y dejó a su hijo acá, un tremendo sacrificio que le permitió grandes logros. Muchas artistazas tienen esas renuncias, porque ser madre y criar es fuerte. Quita mucha energía. Eso es indiscutible, pero maternidad y arte no son excluyentes”.

Ahora Beatrice hace arte, trabaja en ello y se ensucia y no se arregla cuando corta, pule y ensambla maderas en su taller. Por eso, cuando sale, se emperifolla como hacía su madre, y su hija le dice: “No pareces escultora, sino secretaria ejecutiva”, cuenta, con la fuerza del gesto y la voz, riéndose de sí misma y soñando con ver su obra montada en la estación San Alberto Hurtado el próximo octubre, con material aportado por los vecinos de ‘Chunchunco city’, los mismos que espera reconozcan en sus cuatro esculturas el jardín de sus memorias.

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