Tubab

Reportajes y Entrevistas

Tubab

Por Claudia Donoso / Fotografía: Pin Campaña

Inagotables elogios ha recibido Tubab, la primera novela de este médico que no ejerce en hospitales ni consultas. Autobiográfico, este libro retrata el viaje de Beltrán Mena por África, en una singular persecución de Tombuctú.

Once años le tomó a Beltrán Mena terminar su libro, una novela en la que recoge unos viajes que hizo por África a fines de los ochenta. Un periplo anterior a internet, de un sujeto permeable y no glorioso que avanza a través de un territorio inseguro por donde transitan escasísimos blancos.

Médico de profesión, a Beltrán Mena (49 años, casado, dos hijos) cuando estudiante le gustaban la Posta, por dramática, y la psiquiatría, por intelectual y frondosa. A la rutina del hospital y la consulta le hizo el quite y trabaja en la Universidad Católica donde se dedica, entre otras cosas, a enseñar a hacer clases a los médicos que deben hacerlo. También desarrolló un examen teórico que acaba de hacerse obligatorio por ley y que persigue medir la calidad de los egresados de todas las escuelas de medicina del país. Pero lo que más ha hecho Mena es ser lector. Esto, desde que a los tres años aprendió a leer luego de que un vecino un poco mayor que él, Pedro, le mostró un libro lleno de ilustraciones titulado Historia de la Humanidad. No podía creer el niño Beltrán que el hombre se hubiera parecido a los monos y que su amigo Pedro le contara todo lo que le estaba contando con sólo mirar unas líneas negras hechas de pequeños signos. Así empezó para Mena la deriva que más tarde lo llevó a la legendaria Tombuctú.

¿Cuánto de cine y literatura hay detrás de tu fantasía africana?
Mucho, como en toda novela, pero no sólo cosas serias como Conrad, Bowles o historia colonial; el Mampato, la televisión y las películas de Tarzán también deben haber influido. Yo creo que todos esos tambores deben haber quedado retumbando en algún lugar de mi cabeza.

Sin embargo, no elegiste el África de los safaris…
No, porque me dan lata los animales y el turismo aventura. Me aburre la pura naturaleza. Me interesa la presencia humana en los paisajes. Como en la Patagonia, donde luego de días a caballo, de repente, al fondo de un valle, se ve una choza con una chimenea humeando. Eso es lo que me atrae, no la pura catarata. Me encanta llegar ahí después de haber recorrido una distancia, de haber sentido el frío, y refugiarme en la cabaña de un viejo que vive todos los días en esa lejanía.

¿Fuiste a Tombuctú con la intención de escribir un libro?
Bueno, al final está el libro, pero no es que haya dicho “voy a viajar para que me pasen cosas y poder escribir un libro”, “voy a pasarlo mal para escribir una novela sufrida”. No.

El viaje autobiográfico

Tu recorrido es lo contrario de un tour porque hay altas cuotas de incertidumbre. ¿Es necesario el riesgo para que haya viaje?
Uno hace todos los esfuerzos por capear las dificultades y las que enfrenté fueron las que quedaron después de haber intentado eliminarlas todas. Trataba de conseguir siempre el mejor camión y el camino más seguro. Pero si eliminas todo riesgo no hay viaje. No digo que debas correr el riesgo de tu vida, basta con llegar a una ciudad sin haber reservado un hotel, el riesgo de perder un tren o de contagiarte una diarrea, pero tiene que haber cierta fragilidad para que haya viaje.

Andabas solo y con mochila.
Solo, y no con mochila, me cargan; usaba un bolso.

¿Te irritan los mochileros?
No, no me irritan, simplemente me aburren. Tienen muy presente el lado práctico, el conseguir dos por uno, juntarse entre ellos y averiguar cómo sigue el recorrido, qué cosas visitar, cómo llegar.

¿Cómo recuperaste la memoria emocional después de diez años o más?
Me pasó una cosa rara: cuando empecé la novela dejé de viajar, se me quitaron las ganas. Iba por supuesto a viajes de trabajo, como congresos o cursos, pero no hice viajes grandes. Entonces, más que recuperar la emoción, lo que hice fue protegerla. Lo difícil fue producir los silencios para escribir.

¿Qué solución encontraste?
Al comienzo me arrancaba unos días al mes a una cabaña en el Cajón del Maipo, después arrendé un boliche en un caracol medio rasca, pero lo que me sirvió fue ir apretando el tiempo de todos los días. Tampoco sabía escribir, pero he ido aprendiendo. Ahora ya no necesito entrar en un cierto estado mental. Tomo el cuaderno y escribo al tiro.

¿Escribes a mano, en cuadernos?
A mano, sí, por buenas razones. Soy muy maniático y con el computador la posibilidad de corregir es infinita. Te pones a trasladar párrafos de arriba para abajo, a ajustar detalles, tratar de que la cosa quede impecable. Escribir a mano me ayuda a mantener a raya la obsesión; el lápiz me obliga a seguir escribiendo y dejar las correcciones para después.

Sin embargo, la obsesión te ayudó a viajar.
Sí, claro, porque cuando dices a tus amigos que vas a ir a Tombuctú, no puedes recular. Y es fácil conseguir excusas para recular, aunque soy malo para eso, soy malo para el fracaso, soy malo para reconocer que algo no me resultó, soy malo para aceptar las fallas.

Ahí entramos en el tema del carácter que desarrollas en tu novela, donde postulas que el carácter de un hombre es su destino.
Ésa es una frase de Heráclito que me parece muy potente. El carácter es tu biografía porque está detrás de todos los pasos que das. Creo que nos iría mucho mejor si confiáramos en nuestro carácter y no lo forzáramos tanto. Siempre te están diciendo “por qué eres tan exagerado”, “no seas tan melancólico”. Bueno, es que soy “tan” y soy así nomás.

En cualquier caso, no pareces melancólico.
Es que me energizo al hablar, me pongo medio eufórico y eso engaña, pero la verdad es que soy más bien melancólico. No nostálgico, y hagamos la distinción porque es interesante. El nostálgico echa de menos el pasado y sufre por eso; en cambio, el melancólico es un tipo que simplemente ve el presente como pasado.

¿Perdón?
Claro, yo estoy aquí contigo, pero esta conversación que estamos teniendo la veo como yo viejo acordándome de esta misma conversación. No le creo mucho al presente, no lo siento sólido. Lo siento fluir y escapar.

Se dice también que una persona tiene buen o mal carácter.
Pero no es así. Lo que hay son carácteres y contextos. Por ejemplo Hernán Cortés o Lope de Aguirre fueron unos locos sanguinarios, abusadores y todo lo que quieras; sin embargo, en su contexto fueron las personas correctas. Claro que cuando cambió el contexto y se siguieron arrancando con los tarros se transformaron en un cacho para la corona española.

 

 

Tombuctú

Volviendo a África, es misteriosa la palabra Tombuctú.
La palabra es bonita, pero es la palabra y su historia; es el sonido y el oro que prometía, es el sonido y la cantidad de gente que murió tratando de llegar, no es la pura palabra. Si se hubiera llamado San Javier o San Pelayo, la ciudad no se hubiera vuelto un mito.

En el tiempo en que anduviste por allá todo era más difícil porque no había mail ni internet…
No había, no podías averiguarlo todo, como ahora. Siento que alcancé a vivir el último estertor de esos viajes en que realmente no tenías posibilidad de contacto. Ahora es imposible desconectarse. Vi un aviso de celulares en que salían unos estudiantes de vacaciones en el puente del Indio, en Coihaique, llamando por celular a la casa. La frase publicitaria decía algo así como “No pierdas contacto con tus seres queridos”, cuando el viaje consiste precisamente en perder contacto con los seres queridos.

Pero usas celular.
No, me carga el celular, casi tanto como las mochilas. Me inquieta ver a la gente parar en una luz roja y mirar ansiosamente el celular para ver si tiene llamadas perdidas. O aprovechar el taco para llamar a los amigos, porque no se puede soportar la pausa. El celular nos tiene a todos detenidos, esperando la gran llamada perdida.

¿No tiene que ver eso con la velocidad a que se anda?
La velocidad está bien, lo grave es que nos quita la pausa. El viaje que cuento en mi libro son puras detenciones; había que esperar uno o dos días a que llegara un camión que se quedaba en pana cada cinco kilómetros. Todo se demoraba y era insoportable, pero esas detenciones, que no sabes cuánto van a durar, te obligan a mirarte a ti mismo. Después de un par de horas ya no lo encuentras tan terrible, te empiezas a entretener y dejas de angustiarte.

¿Por qué optaste por el punto de vista del tubab, que es la palabra que usan allá para llamar a los extranjeros?
Simplemente me fui encariñando con esa palabra que retumba y de repente me di cuenta de que era la gran metáfora del libro, de que somos extranjeros siempre. Somos tubabs en nuestra propia casa, somos tubabs en la plaza Ñuñoa y somos tubabs para los demás.

En el texto incluiste flash backs en que evocas a tus amigos, a las personas que influyeron en ti y a la chica de la que estás enamorado.
Es que el viajero viene de alguna parte, tiene una biografía y eso para mí es fundamental. Tubab es un libro de viajes, pero también es una novela y el viajero adolescente es casi siempre un viajero enamorado.

¿Cómo trenzaste la realidad, la ficción y el libro de viajes autobiográfico con la novela?
El problema de un escritor suele ser darle verosimilitud a su libro, que no parezca novela; el mío fue al revés: cómo volver novela una crónica real. Afortunadamente, la realidad deja un gran espacio para la ficción. Desde operaciones odontológicas, como ponerle un diente de oro a un personaje al que le faltaba un diente, hasta entrarle directamente con tijera a la realidad, como un montajista, cambiando la manera en que ocurrieron las cosas. Se puede cambiar la realidad, con la condición de que el resultado sea más realidad.

Claro, no intentas ser objetivo ni centrarte en la descripción, como en la mayoría de los libros de viaje.
Ésa es generalmente la línea en la tradición anglosajona, sobre todo la del siglo XIX, que es la que más pesa, y lo irritante de los viajeros ingleses es que no vienen de ninguna parte. En un viaje andas en una situación de fragilidad, muchas veces con susto y los escritores de viaje quedan como unos héroes impermeables. Además uno tiene una opinión y creo que hay que darla, te tilden de lo que te tilden.

Despotricas harto contra los locales.
¿Por qué vas a decir que todos los negros son geniales y simpáticos? Sería como decir que todos los blancos son buenos y honrados. Si me toca un negro antipático lo digo y si al día siguiente conozco uno admirable también lo digo. No vas a andar protegiendo a la gente por el color de su piel, porque sería tan insultante como despreciarla por lo mismo.

¿Las dificultades del viaje sirven para conocerse a uno mismo?
Bueno, en el desierto están la incomodidad, el calor, el miedo a que te roben o a perderte. El desierto es un espejo que puede ayudar a conocerte a ti mismo. Pero también puedes hacerlo en un calabozo o en un centro comercial, hay mil maneras de conocerse a sí mismo, y el viaje es, sin duda, una de ellas.

Peor es nada

Ahora ya no hay desconocido absoluto como lo hubo para los españoles que llegaron a América.
Pero queda más de lo que se cree. Es cierto que ya no hay ciudades perdidas, nadie espera encontrar El Dorado y ese brillo se perdió. Pero ahí tienes a los piratas somalíes, hay piratas en cada lugar donde haya muchos barcos, poca ley y mucha pobreza. Si te atreves a desembarcar en la costa de Somalía, vas a encontrar bares de piratas. El escenario está intacto.

¿No habría algo más cerquita?
En todas partes. Uno va por la Panamericana y a cada rato hay letreros que dicen A Villa Alegre o a Peor es Nada. Uno no toma esos caminos, porque está apurado por llegar a Pucón. Pero te alejas dos kilómetros de la carretera y encuentras pueblos sorprendentes, no es que en ellos el tiempo se haya detenido, pero van más lento y son tan exóticos como Tombuctú.

En tu libro cuentas que siempre te sentiste incómodo estudiando Medicina. ¿Qué te pasaba?
No tengo nada contra la medicina, le debo mucho, lo que pasa es que me siento incómodo en todas partes y si hubiera estudiado Leyes hubiera sido lo mismo. Todas las decisiones que he tomado han sido por aburrimiento con lo que estoy haciendo. Me aburro y no sé si es clínico, pero he descubierto que tengo déficit atencional. Mi tendencia es centrífuga, me voy a los bordes y avanzo lento.

No se te nota.
Yo lo noto, y creo que tengo déficit atencional porque presto atención a todas las conversaciones que hay a mi alrededor, o porque cada dos frases que leo se me dispara la cabeza y dejo de leer… Eso me gusta, podría medir el placer que me da la lectura por la cantidad de veces que el autor me hace cerrar el libro y marcar la página con el dedo porque me lanzó a pensar en otra cosa.

Al mismo tiempo eres súper metódico.
Para manejar la dispersión; por eso me esfuerzo, anoto y hago esquemas para centrarme. Pero me doy cuenta de que no es un defecto y de que esa dispersión forma parte de mi carácter y me hace ser lo que soy.

¿Te ves a ti mismo como escritor de aquí para adelante?
Me veo como escritor y estoy seguro que habrá más libros, pero a la velocidad mía: despacio.

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