Buenos días Carolina

Reportajes y Entrevistas

Buenos días Carolina

Por Bárbara Riedemann / Fotografía: Alejandro Araya/ Producción: Paloma Salas y Daniel Pacheco/ Maquillaje y pelo: Marcelo Bhanu para Dior / Agradecimientos: Falabella, Paula Cahen D ’Anvers y Rapsodia

Pareciera que las tiene todas. Pero en el competitivo mundo de la tele nada es suficiente. Y Carolina de Moras (30) lo sabe. Por eso, ha trabajado duro para demostrar que, a pesar de su inexperiencia, se la puede como conductora del matinal más popular de Chile. Por algo fue campeona de atletismo: allí aprendió a tener resistencia en carreras de largo aliento.

Es un cuarto para las seis de la mañana y el despertador suena impenitente. Ella se levanta rauda, enciende el televisor para ver las noticias y, por 15 minutos, revisa en su iPad la prensa nacional. Así comienza el día de Carolina de Moras. Después elige qué ponerse.

Para no repetirse en las tenidas lleva un registro mental. “Si antes de ayer me puse falda y ayer vestido, hoy me toca jeans”. Es ella quien se compra los kilos de ropa que atiborran su clóset. Alcanza a tomar un jugo de naranjas y, a las siete, con la cara deslavada y el pelo mojado, llega a Televisión Nacional, después de haber escuchado las noticias de Cooperativa durante el viaje. Una hora más tarde aparece bella, radiante, perfectamente maquillada y con los rulos listos en el set del Buenos días a todos. Se prenden las luces y empieza la transmisión. Carolina se conmueve con la noticia de una niña a la que su mamá dejó encerrada en el auto; se indigna con la historia de un conductor ebrio que atropelló a un transeúnte y no lo piensa dos veces antes de abalanzarse sobre una empanada de pino que llevó una señora al estudio. Lee, opina, comenta y pregunta con esa destreza que ha ganado después de meses de clases de dicción, para impostar la voz y no errar en los acentos.

“¿Aló, buenos días a todos?”, pregunta expectante, mientras se escucha el tono del teléfono marcando al ganador de diez millones de pesos del concurso La ruleta millonaria. “¡El matinal de Chile!”, responde una voz femenina que no da crédito a su buena suerte. “¡Felicitaciones!”, dice Carolina dando gritos y saltos de alegría. La ganadora remata: “Un saludo a Felipe Camiroaga y otro para esa chica nueva, que no sé cómo se llama”. El comentario pasa olímpico. A Carolina no se le borra la sonrisa de la cara: sabe que a nueve meses desde que debutara como animadora en el matinal de TVN tiene que ganarse su lugar en la pantalla Unos minutos antes de las 12 lee en un papelógrafo un aviso comercial y despide el programa. Se apagan las luces y sigue con su envidiable sonrisa. Se toma fotos con algunos espectadores, conversa con los camarógrafos y se va a su camarín. Sale tal cual: bella, radiante y animosa. Como siempre.

Lolita en las pasarelas

Carolina es la menor de tres hermanos y cuando nació, en Osorno, el 24 de febrero del 81, todos dijeron: “Ah, nació la lolita”. Desde entonces que quedó con ese apodo, con el que hasta hoy la llaman sus familiares y amigos cercanos. Desde muy chica soñó con ser atleta de alto redimiento. Con sus larguísimas piernas –mide 1,78m–, ganó varios torneos. Y sigue corriendo y entrenando en el gimnasio. Como si fuera poco, cuatro veces por semana suda la gota gorda con Los Pitbulls, grupo mayoritariamente masculino, con quienes realiza un entrenamiento de tipo militar.

En el parque de Monseñor Escrivá de Balaguer hace abdominales, piques, zancadillas y estocadas. “Es un entrenamiento de alto rendimiento, tanto, que nos tratan como a un perro”, dice. Pero el destino le tenía reservada otra profesión. Cuando tenía 14 años sus padres decidieron venirse a Santiago con toda la familia y Carolina entró a primero medio en el colegio San Patricio, de Las Condes. A los 15 años acompañó a una amiga a un casting en una escuela de modelaje. Fueron a escondidas de sus papás y justo allí había un fotógrafo español que quiso tomarle fotos.

Tuvo que pedir permiso y su mamá la acompañó a su primera sesión que fue en Viña del Mar. “A mi papá le parecía terrible. Decía: ‘Ese es un mundo de señoritas que yo no crié’. Pero hablaba sin saber y no le quedó otra que aceptarlo no más”.

En ese tiempo la conoció Yerthy Montes, quien también era modelo, y que sigue siendo una amiga entrañable. “A la Lola la conocí cuando ella recién llegó a Santiago. Hablaba con ese típico acento del sur y usaba vestidos largos de feria artesanal. Una vez la fui a buscar y quería salir a comprar a pata pelada. Yo no lo podía creer, pero ella no estaba dispuesta a cambiar su forma de ser por vivir en Santiago”, cuenta. Al poco tiempo Carolina ya estaba trabajando como modelo y era portada de todas las revistas nacionales. A los 16 años la fichó la agencia Elite, a cargo de la productora Magdalena Jiménez. “Me di cuenta de inmediato que
iba a ser una gran modelo. Era muy linda y medía 1,78 m, una altura difícil de ver en Chile. Carolina formó parte de la primera generación de Elite y se destacó por matea. Tenía claro que quería ser
modelo profesional y se dedicó ciento por ciento a lograrlo”.

Apenas cumplió 18, Carolina se compró un Volkswagen Golf usado e invitaba a sus amigas a pasear. Justo en ese tiempo decidió partir al extranjero para internacionalizar su carrera. Cinco años estuvo fuera de Chile. Vivió en Miami, Milán, Madrid y Munich. Posó para Vogue Italia, Glamour y desfiló para marcas de lujo en las pasarelas más importantes de Europa. Estando lejos perfeccionó su inglés, aprendió italiano y alemán.

¿Tan fortuita fue tu llegada al mundo del modelaje?
Claro. Nunca lo pensé, jamás me proyecté como modelo.

¿Y se te subió el ego?
No tanto, lo tomé como una pega. Yo hacía mi trabajo y volvía a ponerme mi uniforme de colegio y me iba en micro para la casa. Nunca fue como “aquí llega la estrella”, jamás. Es cierto que ganaba plata, a diferencia de mis compañeros, pero jamás me creí superior.

Y cuando te fuiste de Chile, ¿cómo fue estar tan lejos siendo tan chica?
Fue un aprendizaje enorme. Tuve que ser autosustentable. Me hice cargo de mí desde lo emocional hasta lo económico. Tuve la oportunidad de desarrollarme interiormente, de conocerme y eso me ha permitido tener una estructura súper clara: sé lo que soy y lo que no soy, lo que puedo y no puedo dar. Conozco mis falencias y mis fortalezas.

¿Y por qué volviste si te iba tan bien en Europa?
¡Es que fueron cinco años! En uno de mis viajes a Chile conocí al padre de mi hija y me enamoré. Llevaba mucho tiempo viviendo sola. Aunque tenía amigos y mi departamento en Munich, sentí que era el momento de retornar al nido. Necesitaba afecto. El costo de estar sola no valía tanto la pena. Extrañaba ese olor a humo que tiene Santiago. “Ese olor me produce nostalgia, porque me recuerda cuando llegué del sur. Es un olor denso, indescriptible, que me encanta”.

Soleado con nubosidad parcial

Después de 15 años en el modelaje Carolina de Moras aterrizó en la tele y, en los nueve meses que lleva, ha tenido que lidiar con la tremenda exposición que significa estar cinco días de la semana, por cuatro horas seguidas, conduciendo uno de los programas más populares de la televisión chilena. Su llegada a este mundo tuvo más bajos que altos. No porque la gente no la aceptara, sino porque estuvo repleto de suculentas polémicas y críticas. Se dijo de todo. Que le aserruchó el piso a la ex conductora del programa, Katherine Salosny; que no sabía ni leer un diario y que le quería copiar a la Tonka Tomicic, entre otras cosas.

Pero hoy su desempeño está bien evaluado. “La Carola ha hecho un aporte tremendo de energía. Es muy propositiva y en este tiempo ha demostrado que es muy profesional. Para ella, obvio que ha sido difícil. Entró a jugar en primera división de inmediato y rápidamente logró ponerse a tono, por eso admiro mucho su trabajo”, afirma Felipe Camiroaga, animador del programa. Y Juan Carlos Díaz, editor periodístico del Buenos días a todos, agrega: “El gran aporte de Carolina es su soltura y capacidad de sonreír desde las 8 de la mañana hasta las 12 del día. Ha sabido manejar muy bien los enlaces, las entrevistas, cosa que a cualquiera lo tensiona”.

Carolina siempre supo que no iba a ser fácil, pero se sentía preparada. “Todo el mundo me advirtió que iba a tener que lidiar con las críticas, pero nunca pensé que iba a ser para tanto. Lo bueno es que después de la tormenta siempre sale el sol y para mí nunca estuvo nublado, sino soleado con nubosidad parcial. Es el precio por ser la nueva, por entrar tan rápido a un trabajo con tanta responsabilidad sin haber recorrido el camino formal. Uno no logra la perfección de un día para otro”, dice convencida.

Con esa misma determinación, y en medio de la batahola, Carolina sobrellevó la dura muerte de su padre en enero, quien padecía de un cáncer. “No me termina de sorprender su entereza. Pensé que la muerte de su padre la dejaría sin fuerzas. El día que murió estábamos juntas y fue una pérdida terrible e inesperada, un quiebre en su vida. Estaba sin consuelo, nunca antes la vi así, pensé que se agotaría su energía, que quedaría sin ganas de seguir en televisión aguantando tanto, ya que las críticas eran duras en ese momento”, dice su amiga Yerthy Montes. Sin embargo, Carolina tardó solo unos días en regresar a la conducción del matinal y ya estaba sonriendo nuevamente. Pero no reprime ninguna lágrima cuando habla de él. Todavía no puede borrar su número de teléfono de su celular.

Llama la atención que tardaste solo unos días en volver al matinal después de la muerte de tu padre.
Mi padre era un hombre derecho, responsable. A él no le hubiese gustado que yo me quedara en casa llorando con mucha pena, aunque ganas no me faltaban. Enfocarme en el trabajo me mantenía la cabeza ocupada, me ayudaba, por lo menos por cuatro horas al día, a desconectarme de mi pena.

Esta semana se comentaba en el matinal sobre la vida después de la muerte, ¿encuentras consuelo en ese tema?
Cuando murió mi papá empecé a buscar explicaciones. Pasaba horas navegando en internet, leyendo papers: que el alma dura siete meses en la tierra, que las primeras tres semanas seguía al lado tuyo… mil cosas. Estudié la teoría del átomo, que nosotros somos un átomo y que dentro hay un centro que se llama twister, que es la energía, y que esa energía no desaparece, aunque sea ceniza, igual está ahí.

¿Llegaste a alguna conclusión?
Lo que quería era entender adónde se había ido mi viejo y si es que se había ido a algún lugar. Hoy, no he llegado a ninguna conclusión. Pero me entregué al hecho de que todos sabemos cuál es nuestro destino final y a vivirlo agradeciendo los recuerdos. Por ejemplo, muchas veces cuando me acuesto en la noche digo “hoy voy a soñar con mi papá”.

¿Y sueñas con él?
Algunas veces. Lo único que sé es que el sol hoy sale de nuevo para mí.

Una chica normal

Todos los días, después de conducir el matinal, Carolina de Moras tiene reunión de pauta hasta las 13:30 y sale del canal para irse a su departamento en Las Condes. En el trayecto prende un cigarrillo electrónico con sabor a menta para relajarse. En casa la espera Mila, su hija de dos años, al cuidado de una nana puertas adentro. También está Sophia Loren, su gata persa de cuatro meses. No importa cuánto se demore en llegar, pero siempre almuerza en casa. El menú es igual que en muchos hogares: lentejas, tallarines, pastel de choclo o charquicán, uno de sus favoritos.

Pero a veces se atrasa mucho, por eso, para matar el hambre, en su auto anda trayendo un paquete de almendras y galletitas de avena. Dice que todos los domingos va al supermercado a surtir su despensa. Y que los huevos no pueden faltar. Compra una bandeja de treinta unidades que le dura una semana.

Si no tiene alguna comida con amigos –máximo hasta la medianoche–, a las once ya está durmiendo. Antes de apagar la luz lee la revista Living, de Martha Stewart en su iPad. Así, como la norteamericana experta en diseño y estilo de vida, ella tiene una gran afición por la decoración. De hecho, cuando volvió a Chile no encontraba trabajo como modelo y se metió a estudiar Diseño de Interiores en el Incacea. “En Chile no te puedes dedicar solo a ser modelo. Como es una carrera corta, tienes que tener un colchón asegurado. Además, acá la gente te pregunta ‘¿Y tu qué haces?’, y uno dice ‘Soy modelo’, y te quedan mirando con cara de ‘¿Y qué más?’”. Al mismo tiempo que se matriculaba, encontró trabajo en una empresa textil. “De las buenas pegas que he tenido en mi vida”, asegura. Le pasaban una tarjeta de crédito ilimitada y tenía que viajar a Europa a comprar muestras de ropa y telas, que según su criterio iban a ser tendencia en la temporada.

Con tanto viaje no alcanzó a terminar la carrera, solo llegó al tercer año. Justo en ese tiempo volvía a brillar en las pasarelas chilenas, pero no duró mucho. “Tenía 27 años y ya no me sentía tan cómoda trabajando como modelo. No quería tener 30 años y que la gente ya quisiera que cuelgue el colaless. Necesitaba otro camino”, cuenta.

El otro camino se abrió rápidamente. Un año después se embarazó de su hija Mila. Tenía meses de gestación cuando terminó su relación de nueve años con un empresario del rubro de la arquitectura y del diseño con quien tenía planes de matrimonio.

¿Fue muy difícil enfrentar tu embarazo sola?
Son circunstancias de la vida. Obvio que no son las condiciones que yo aspiraba, pero es mi realidad y la asumo. Mila me cambió la vida. El primer año tuve un apego intenso, lo dejé todo por estar con ella. Hoy, todavía me cuesta salir y dejarla. Somos un núcleo muy fuerte.

¿Te sientes madre soltera?
Es que el padre de mi hija es súper presente, por eso no siento que llevo la vida de una madre soltera. Simplemente, mi proyecto de familia no funcionó.

¿Y cómo es tu proyecto ahora?
Se mantiene. Yo me proyecto en familia. Me gusta pensar en una casa con perro, gato, con niños porque soy tal vez más conservadora en ese sentido y veo mi futuro a mediano plazo –no a corto plazo–, con una casa más llena. A fin de cuentas, soy solo una chica normal, tratando de hacer lo mejor posible con las circunstancias que me han tocado.

Pero los peatones del Paseo Ahumada no la encuentran tan normal. “¡Qué linda!, ¡Se ve más flaca y alta en persona!, ¡Cacha, es la De Moras, la del matinal!”, exclaman con asombro. Para esta sesión de fotos, Carolina tiene que esperar que el semáforo se ponga en verde y cruzar la calle. Al otro extremo está el fotógrafo aguardando con su cámara. La misión se hace difícil. Un enjambre de personas la rodea. Carolina se ríe, conversa, lo pasa bien. Toma en brazos a seis niños, uno tras otro, mientras los padres les sacan fotos con sus celulares. “Me gusta que la gente se exprese. Tal vez yo no los conozco, pero ellos sí me conocen a mí. Me meto en sus casas todas las mañanas”.

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