Cambié de religión por amor

Reportajes y Entrevistas

Cambié de religión por amor

Por Andrea Lyon / Ilustración Gertrudis Shaw

Mi historia de amor con Rodrigo es muy fuerte. Nos conocimos en la universidad, cuando los dos hacíamos un MBA, y nos hicimos muy amigos. Cada uno tenía a su pareja de largos años y, por esas cosas del destino, terminamos en la misma época. Mientras estábamos solteros, algo hizo click entre nosotros y comenzamos a gustarnos. Desde el primer día que empezamos a salir, nos hicimos inseparables. A los cuatro meses de pololeo me pidió matrimonio y a los tres ya nos estábamos casando por el civil. Fue todo bastante rápido.

Toda la vida fui criada en un ambiente católico. Mis papás lo son, mi colegio lo era (porque ya no existe) y mi hermana también. Ella está casada por la Iglesia y tienes a sus tres hijas en un colegio del Opus Dei. Soy bautizada, hice mi primera comunión y me confirmé. La verdad es que seguía esa religión por un tema familiar y de tradición, sin embargo, siempre tuve mis diferencias con la Iglesia, pese a que iba todos los domingos. Me costaba entender por qué eso era visto como una obligación, cuando yo sentía que mi relación con Dios era otra, la consideraba como una muy directa. Empecé a distanciarme de la institución y eso me trajo varios problemas con mis papás, porque ellos juraban que yo era atea. Pero después les di a entender mi postura, y me aceptaron.

Rodrigo es judío. Cuando empezamos a salir me encantó como él y su familia me acogieron e integraron a sus tradiciones religiosas, sin importarles que no perteneciera a la misma.  Él es muy abierto, cariñoso con todos, buen amigo, y creo que eso se debe en gran parte a su religión. Fue en la fiesta del perdón, llamada Yom Kipur, donde uno hace una reflexión sobre el año y ve cómo no cometer los mismos errores, que sentí una conexión especial con él. En ese periodo estábamos pololeando y lo acompañé todo ese día, e inconscientemente terminé ayunando también. Fue un estado muy lindo entre los dos, en el que sentimos mucha química y complicidad.

Cuando estábamos a días de casarnos por el civil, y luego de haberle dado unas vueltas, le comenté que quería hablar con el rabino para saber cómo era el proceso de conversión. Yo quería ser judía. Él no lo podía creer. Nunca me lo pidió, sin embargo, yo sabía que para él era muy importante que sus hijos lo fuesen, y solo pueden serlo si la madre lo es. Se hereda a través de la sangre. Era un deseo silencioso que jamás me iba a contar para no presionarme. Además, me sentía muy identificada con la ideología. Es una religión llena de humildad, de símbolos y reflexiones. Uno de sus grandes legados es dejar un granito de arena para que el mundo sea mejor. También quedé fascinada con la enorme comunidad que la rodea. Muy linda, fuerte y acogedora.

Estuve durante todo un año preparándome para formar parte. Eso nos unió mucho con Rodrigo, porque me acompañó todo el tiempo. Los dos fuimos aprendiendo juntos. El proceso consistió en asistir una vez a la semana a un curso, y hacer un examen escrito y otro oral frente a un tribunal rabínico. Fue muy sacrificado, pero es para demostrar que me estaba convirtiendo por convicción y no por factores externos. Mi familia nunca se opuso. Y cuando le conté a mi papá él me dijo algo muy lindo que siempre voy a recordar: “mira Andrea, lo más importante es que tomaste una decisión. Y da lo mismo la religión que sea, pero que la que elijas, lo hagas desde el corazón. Si vas a ser una judía, se una buena judía”.

Luego de que aprobara y me aceptasen en la comunidad, nos casamos por la ceremonia religiosa. Yo sé que él soñaba con vivir ese momento y para mí ni había acto de amor más grande que regalárselo y compartir esa intimidad. Rodrigo es el hombre con quien voy a pasar toda la vida, mi mejor amigo, y estoy segura de la decisión que tomé. Además, se ha dado una dinámica muy linda entre nosotros, llena de momentos para reflexionar y compartir, y hemos sabido llevar muy bien nuestras tradiciones con las de mi familia para no generar una división. Todo el proceso ha sido muy natural y ahora tenemos dos hijas maravillosas que, gracias a mi sangre, también son judías.

Andrea Lyon tiene 38 años y es arquitecta.

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