Caminar para adelgazar la pena

Reportajes y Entrevistas

Caminar para adelgazar la pena

Por Josefa Acuña / Ilustración Gertrudis Shaw

Con Gabriel, mi ex pareja, estuvimos cuatro años juntos. Nos conocimos en la universidad mientras cursábamos nuestro segundo año de trabajo social. Fue una relación súper linda, que recuerdo con mucho cariño, pero que al terminar me costó superar.

Él fue el valiente que tomó la decisión. Lo digo así porque yo llevaba bastantes meses tratando de hacerlo, pero cada vez que llegaba el minuto, no me atrevía. Había mucho amor entre los dos, éramos como familia, sin embargo, con el paso del tiempo, nos fuimos dando cuenta que cada uno tenía ambiciones y proyectos diferentes. Él era un alma viajera que soñaba con conocer muchos lugares, y yo era mucho más aterrizada. Quería crecer profesionalmente, independizarme de mis padres, comprarme un auto, tener familia. En eso, que creo que es importantísimo, nunca coincidimos, y solo nos llevó a tener discusiones. El 2015 fuimos a Uruguay y fue un desastre. Busqué la pelea todo el tiempo, ya que necesitaba que él se diera cuenta que esto no estaba bien. A la vuelta, se armó de valor y le puso fin a lo nuestro. Gabriel también sabía que el camino que habíamos formado juntos había tomado diferentes rumbos.

Obviamente quedé destrozada. Fue como un balde de agua fría porque jamás pensé que alguno de los dos se iba a atrever a hacerlo. Y lo que más me dolió de todo fue verlo tan decidido. Sentí que para él no había sido difícil. O que quizás llevaba, al igual que yo, mucho tiempo con las ganas de dar el paso. Además, me desesperó saber que ya no tenía el control, que no había vuelta atrás. Sufrí por un largo periodo. Todo me recordaba a él, lo extrañaba. Jamás le quise comentar a alguien la pena que sentía, por el contrario, me preocupé de proyectar una imagen muy positiva de mí. No me sentía preparada para hablarlo, no tenía la energía para hacerlo. Ni siquiera fui capaz de contarle a mi mamá, a quien suelo decirle todo, ni a mis amigos y colegas hasta mucho tiempo después. Y sin buscarlo, apareció algo que me ayudó a superar mi primera pena importante de amor: caminar.

En esa época estaba trabajando en el municipio y mi casa quedaba muy cerca, así que en las tardes, empecé a devolverme a pie. En total eran treinta minutos. Me acuerdo que al principio, me ponía los audífonos y las lágrimas corrían por mi rostro. No me importaba que la gente me viera. Era un momento tan íntimo conmigo misma, que me dejaba llevar por mis emociones. Me dolía el corazón porque sabía que tenía aprender a dejar ir a una persona muy importante. Lo extrañaba, aunque más que a él, echaba de menos sentir lo que sentía cuando estábamos en una relación. Como todo fue súper sano, los recuerdos era muy positivos, y eso me partía el alma. Pensaba que me había farreado a una buena persona. Estaba tan sesgada, que había olvidado la razón por la que terminamos. En general, me gusta pasar los momentos difíciles conmigo misma. Reflexionar y aclarar mis pensamientos. Por lo que esas caminatas terminaron transformándose en mi momento del día. Y después del recorrido, llegaba un poco más aliviada a la casa.

Empezó como algo muy natural, pero después me fui dando cuenta de lo bien que me hacía. Sentía que la única forma de salir adelante era enfrentando la situación, analizándola. Que si no lo hacía a tiempo, después iba a tener una recaída. Y así caminar terminó convirtiéndose en una especie de terapia para mí. Tener mi espacio de soledad me permitió darme cuenta qué era lo que realmente quería. Con el paso de las semanas, la angustia se fue calmando. Me sentía más positiva, o al menos sin ganas de desaparecer del mundo cuando veía a una pareja feliz en la calle. Ya no se me hacía un nudo en la garganta cada vez que pasaba por algún lugar en el que habíamos estado juntos, al contrario, sonreía. Lo recordaba con cariño. Era una nostalgia agradable de sentir. Caminar me sirvió para rearmarme, pero sobre todo, para botar la carga extra que llevaba conmigo. Fue una técnica muy sanadora. Me ayudó a repetir la película una y otra vez, y a interiorizar lo que había pasado. A entender que uno nunca puede forzar a las personas a ser algo con lo que no se sienten cómodos. Que si hay diferencias que alguno de los dos no puede tolerar, es mejor soltar. Hoy le agradezco todos los años entregados y las enseñanzas que dejó en mí.

Entiendo que cada persona tenga sus procesos. Algunos prefieren distraerse, juntarse con amigos, contar lo que les pasa. Todo depende de la personalidad, pero yo elegí reflexionar primero, encontrarme conmigo, y no aplazarlo más. Abrazar la pena. Y me encantaría decirle a la gente que si siente que su cuerpo se está enfermando de dolor, se haga el espacio para pensar, ya sea caminando, meditando, trotando, etcétera. Ahora, que resolví ese tema en su momento, puedo decir que estoy felizmente casada con la persona que amo.

Josefa Acuña tiene 30 años y es de Concepción.

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