Carmen Frei: de héroes y tumbas

Reportajes y Entrevistas

Carmen Frei: de héroes y tumbas

Por Ximena Torres Cautivo / Fotografía Nicolás Abalo / Maquillaje Yani Urbina

La exsenadora fue el motor tras la investigación que culminó en febrero con el fallo del juez Alejandro Madrid que sometió a proceso a 6 personas por homicidio simple del expresidente Eduardo Frei Montalva. Después de estar un mes en Algarrobo, donde hubo cuestionamientos públicos al rigor jurídico del fallo, ella habla de sus muertos más queridos: su papá, su mamá y, sobre todo, de ‘Orteguita’, su marido.

“Si alguien que no te conoce te pidiera que te describieras físicamente, ¿cómo lo harías?”, le preguntó hace 30 años en esta misma revista el periodista Luis Alberto Ganderats a Carmen Frei Ruiz-Tagle.
“Rubia, alta y de ojos azules”, le respondió ella, sin arrugarse, dando cuenta de su humor mordaz y de su autoconciencia. La segunda hija del expresidente Eduardo Frei Montalva, la hermana del expresidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, la exsenadora por Antofagasta durante dos periodos, la actual vicepresidenta del alicaído Partido Demócrata Cristiano, la autora de Magnicidio, la historia del crimen de mi padre, dice que el humor es lo que la define y lo que siempre salva. “Soy chacotera, tallera, y eso lo heredé de mi madre. En los peores momentos, tirar la talla alivia, relaja, suelta”, comenta con su característica voz fatigosa y engañadora, lo mismo que su físico. Siempre ha lucido adusta y austera, sensación que se acentúa por ese tono monocorde con que habla, pero efectivamente en su caso las apariencias no reflejan para nada la realidad.

Femenina y coqueta, divertida y rápida, se resiste a confesar su edad.
-Pero aparece en Wikipedia -la embromamos.
-Pero no la diré. Búscala tú.

Lo hacemos; en junio cumplirá 81 años, que no aparenta. Luce ágil, firme y vital. Viste un vestido azul rey, muy simple, que ilumina con un pañuelo de seda con flores; no usa maquillaje, su piel luce tersa y no se le ve una sola cana, aunque ella insiste en mostrarnos que “tiene la cabeza llena. Mira”. Son hilos de plata intercalados en su melena corta y oscura, casi imperceptibles. Reconoce: “Es una suerte; mi mamá tampoco tuvo canas”.

Desde 2000, Carmen y su marido, el exdiputado Eugenio Ortega, y sus tres hijos, se embarcaron públicamente en un proceso judicial para esclarecer las crecientes sospechas de envenenamiento que rodeaban la muerte de Eduardo Frei Montalva, producida en la Clínica Santa María, en enero de 1982, en plena dictadura. Algunos de sus hermanos, por dolor, por política, por lo que fuera, adoptaron una posición que podría resumirse en la frase “dejemos tranquilos a los muertos”, como escribe Carmen en Magnicidio. Al término del gobierno de su hermano Eduardo, los Ortega Frei decidieron hacer público todo lo que sabían y presentar una querella formal por homicidio. Carmen lo explicó así: “No lo hicimos (antes) porque Eduardo quiso evitar que lo acusaran de usar el poder como Presidente para investigar la muerte de nuestro padre”.

A comienzos de febrero, en fallo de primera instancia, el juez Alejandro Madrid condenó por el homicidio simple de Eduardo Frei Montalva a seis personas, tres como autores, uno como cómplice y dos como encubridores. ¿Cómo recibes ese fallo condenatorio?
Ha sido un proceso durísimo con un tremendo resultado. Es una sentencia de 800 páginas, bien fundada, que explica todas las cosas extrañas que rodearon la muerte de mi padre, desde antes de que se internara para operarse una hernia al hiato, algo sencillísimo. El trabajo del juez Madrid es impresionante, larguísimo. Cuando hablé en el Senado en 2000, y con Eugenio, mi marido, empezamos con la querella, se nos sumó el abogado Álvaro Varela, quien trabajó arduamente sin cobrar un peso, y empezaron a aparecer muchas más personas que nos quisieron ayudar. Nuestros tres hijos, María Paz, Eugenio y Francisca, se involucraron a fondo. María Paz, por ejemplo, asistió a todas las audiencias públicas del caso del químico de la DINA Eugenio Berríos, asesinado en Montevideo.

Pero sus hermanos no estaban. Incluso ahora cuando reaccionaron al fallo, no estuvieron juntos. Eduardo Frei habló en su fundación y tú en la sede de la DC. ¿Es efectivo que todo esto los tiene muy distanciados?
No, no estamos distanciados. Todos los hermanos estamos convencidos de que a mi papá lo asesinaron. Hay algunos a los que les costó más asumir el horror detrás de lo que había pasado. Conocer el vejamen cometido con el cuerpo de mi papá y todo lo sucedido en la clínica resulta más duro para un hijo varón, me parece a mí. Más violento y terrible. Creo que hay personas interesadas en hacernos parecer distantes entre nosotros, pero no hay nada de eso. Somos adultos y podemos pensar diferente en algunas cuestiones, pero en lo que estamos todos de acuerdo es en la convicción de que a mi papá lo envenenaron.

Tú tuviste esa convicción antes que todos, Eduardo incluido.
Al comienzo estábamos todos en shock. Andábamos como sonámbulos. Fue muy impresionante cuando empezaron a advertirnos que a mi papá lo estaban envenenando. A cualquiera le cuesta mucho asimilar algo así. Que haya seres humanos que puedan cometer tamañas atrocidades. Fue un proceso lento, de descubrir antecedentes, de releer situaciones que entonces nos llamaron la atención pero no comprendimos. La escalera que apareció en el baño de su pieza en la clínica, por ejemplo, donde lo colgaron para vaciarle las vísceras, que yo vi y que el juez Madrid logró requisar años después.

El respetado columnista Ascanio Cavallo fue muy duro para analizar el fallo del juez Madrid. Lo consideró muy por debajo de los estándares jurídicos y que no era “reflejo fidedigno de la verdad verdadera”. ¿Qué te pareció ese análisis?
No me pareció serio. Que un fallo de más de 800 páginas y 20 años de investigación se descalifique así, me resulta digno de opinología. En ese sentido, aplaudo la columna escrita por Genaro Arriagada, que sí se leyó las 811 hojas del veredicto, y las estudió a conciencia.

 

 

No mostremos los puzzles

La muerte de su padre, un hombre sano y que a sus 70 y pocos años asustaba al poderoso Augusto Pinochet, fue un golpe violento y esclarecedor de las oscuridades de la dictadura; la de su madre, Maruja Ruiz-Tagle, un final lógico y natural, dada su edad; la del sociólogo Eugenio Ortega, su marido durante medio siglo, un episodio del que “todavía no me puedo reponer”, dice, apesadumbrada.
Murió en 2013, de repente. “El mismo 2013 cumplimos 50 años de matrimonio. Tuvimos una celebración preciosa, en familia, con todos, los hijos, yernos, nuera y nuestros seis nietos. Nos fuimos un fin de semana a unas termas. Lo pasamos fabuloso. Días después Eugenio murió. Había estado andando a caballo el fin de semana. Estaba bueno y sano y en la noche se le produjo un aneurisma. Tenía 73 años”.
Esa misma noche, María Paz, su hija mayor, llegó a dormir con ella. “Ella y su familia viven conmigo aquí desde entonces”, dice Carmen, que es una abuela dedicada. Mientras hablamos, la llama en dos oportunidades ‘Miguelito’, uno de sus nietos. “El menor, ‘Panchito’, que tiene 12 años, es un niño amoroso, pero tiene un autismo muy severo”, cuenta, mostrándonos fotos de todos, que la acompañan cuando arma puzzles de mil y hasta dos mil piezas. Tiene un tablón iluminado en un pequeño escritorio, donde se instala.

Podríamos hacerte un retrato aquí -le proponemos, buscando mostrar su mundo privado.
Estás loca, para que luego digan: “Miren a la Carmen Frei, qué vieja más ociosa haciendo puzzles”.

No tiene nada de ociosa. Como primera vicepresidenta nacional de la Democracia Cristiana viaja y trabaja mucho.

Mucho habrá que hacer dado lo venido a menos que está el partido.
No te creas. Estamos visiblemente mejor que el año pasado -responde, optimista-. Yo misma he formalizado 4 mil nuevas inscripciones, de las cuales el 60 por ciento es de gente joven. Estamos trabajando a full en formación de dirigentes. Y aunque ha sido muy duro, tengo fe porque me ha tocado ir a todas las regiones y he percibido la necesidad de las personas de creer en algo, construido a partir de valores. La gente necesita profundidad, autenticidad, coherencia. Nosotros tenemos que modernizarnos, poner nuestras ideas a tono con el momento actual, pero perseverar porque, de fondo, nuestros valores tienen esos atributos. En los últimos seis meses hemos sacado la mayor puntuación en transparencia entre todos los partidos.

Está fea la política.
Estar en política es remar absolutamente contra la corriente, es estar en una de las instituciones más desprestigiadas dentro de muchas otras muy desprestigiadas. Yo persisto porque hay mucha gente que quiere que la política sea otra cosa. No hay que perder jamás el ideal de luchar por una sociedad más justa, equilibrada e igualitaria. A mí siempre me ha movido la política, desde niña. A Eugenio lo conocí cuando él estaba en la FEUC y yo en la FECh, y ese interés político me acercaba mucho a mi papá. Durante la dictadura me metía en todo. Una vez en una reunión ampliada interrumpí a mi papá y le espeté: “No acepto lo que estás diciendo; lo haces porque sabes que nadie se atreve a llevarte la contra”. A él la gente le tenía un respeto único. Y mi papá me dijo: “No puedo creer que sea mi propia hija la que me acuchilla por la espalda”. Y todos nos reímos.

Nada gracioso, en cambio, resultaba el machismo de los mundos del poder. “En mi época de senadora éramos apenas tres mujeres. Por eso, como un símbolo y porque los hombres tenían barbería en el Congreso, impulsé la instalación de una peluquería abierta a las senadoras, diputadas y a todo el personal femenino, porque en el Congreso una vive enclaustrada. Después los senadores empezaron a pedir hora para hacerse las uñas, pero yo instauré que las mujeres tenían preferencia… para fregar”. También comenta otra conducta típica de “los honorables”. “Como yo solía ser la única mujer en las reuniones, suponían que les serviría el café. Eso era un clásico”. Y lo peor: “Cuando fui senadora, lo hice por el Norte Grande, por Antofagasta, donde mis padres vivieron recién casados y siempre dijeron que había sido la mejor época de sus vidas. Como mujer sentí que humanizaría el tema minero. Incluso decidí que siempre andaría con polleras, pese a la comodidad que dan los pantalones. Fue una señal de que una mujer podía andar en esas faenas mineras sin perder femineidad. Estoy hablando de los años 90. En una reunión con el presidente de la Sociedad Nacional de Minería y gente del más alto nivel, un prócer se levanta y dice: ‘A la Carmencita la queremos mucho, pero la pobre no entiende nada de minería’. Yo me paré indignada y antes de irme les grité: ‘Qué se imaginan. Ustedes no entienden nada, por eso la alegría no va a llegar nunca a este país’, y me retiré enfurecida. Eso, sin embargo, creo que es parte del pasado”.

Hoy Carmen vive en Huechuraba, en la misma cuadra que su hija Francisca y en el mismo condominio que el exintendente de Santiago Claudio Orrego. Su casa es amplia, de ladrillos, estilo georgian. Buena, pero no estridente. Llena de arte. Un gran óleo de Roberto Matta preside uno de los salones, donde abunda pintura chilena impresionista. “Son paisajes maulinos, porque Eugenio era nacido y criado en Constitución. Todo lo que hay aquí son paisajes de Maule y de Talca, salvo ese que es de Algarrobo”, comenta, aludiendo al otro lugar clásico de los Frei, el balneario del litoral central donde los siete hermanos heredaron la casa que compró su padre en 1955 y que han ido ampliando. El otro centro decorativo lo dan los fanales, las figuras religiosas coloniales y sobre todo los huacos peruanos. “A Eugenio le fascinaban”, dice, volviendo a recordar “al Ortega”, como llama a su muerto entrañable, del que solo logra olvidarse cuando arma sus puzzles, ve series de Netflix o lee novelas negras nórdicas. Ya casi no va a la iglesia. Dice que le cuesta mucho ir a misa y que le espanta lo que está sucediendo con la Iglesia.

Carmen, ¿qué frivolidad estás dispuesta a comentar públicamente?
Tantas, pero si Eugenio estuviera vivo, creo que me habría sacado estas -dice indicando las bolsas bajo los ojos. Y agrega-: Pero como él no está, me da lo mismo. No sabes cómo lo extraño. Era un gran cocinero, hacía unos pescados increíbles y unas crepes suzettes deliciosas, mientras yo soy negada. Solo sé lavar los platos.
Al despedirnos, le celebramos lo bien que quedó maquillada.

Podrías llamar a ‘un Ruperto’ para salir a comer.
Estás loca; como Orteguita no hay -dice sobre su muerto más vivo.

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