“En la casa penaban. Aparte de mi mamá, mi papá, mi hermano y yo, vivía Benjamín. Yo le puse así”. La casa en que crecí de Constanza Muñoz

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“En la casa penaban. Aparte de mi mamá, mi papá, mi hermano y yo, vivía Benjamín. Yo le puse así”. La casa en que crecí de Constanza Muñoz

Por Constanza Gutiérrez

“La casa en que crecí estaba en Puipuyén, en la séptima región, cerca de Linares: quince kilómetros a la cordillera está Yerbas Buenas y cuatro kilómetros más allá está Puipuyén. No está ni en el mapa, es una sola calle sin locales comerciales, que se llama como mi abuelo, Reinaldo Muñoz Pinochet, que fue un agricultor conocido allá y fue quien hizo las gestiones para que llegara la luz eléctrica a la zona. Mi casa estaba en un callejón de esa calle.

La casa era de estilo patronal en forma de U, muy antigua, tenía más o menos doscientos años. Sus techos eran altos, de seis metros, y estaba hecha de adobe. Era muy, muy grande. Tenía el living, comedor y una cocina y un baño gigantes. Yo jugaba fútbol en ese baño. Cuando era niña toda la casa era como un pasillo largo: por fuera tenía un corredor y por dentro ibas pasando por cada pieza para llegar a la otra, pero después se fue organizando un poco más. Cuando tenía unos 8 o 10 años, achicamos el baño y dividimos la pieza que yo compartía con mi hermano mayor, porque empezamos a crecer y cada uno quería su espacio. También se hizo un pasillo para no tener que pasar por la pieza de mis papás para llegar a las nuestras.

Entré al colegio a los 5 años, nunca fui al jardín, y estuve todo ese tiempo molestando en mi casa. Para que no me aburriera, porque era un azote, mi mamá invitaba niñitas, pero yo en realidad ni me aburría, porque tenía mucho espacio para jugar. Me pasaba el día subiéndome a los árboles, o jugando con mi perro Campeón, mi hermano y Gonzalo, el hijo de mi nana. Teníamos juegos peligrosos, como saltar de una viga a otra en la bodega. También me subía al techo vestida con ropa de mi mamá, y hacía que mi hermano me tomara fotos. A veces acompañaba a mi papá, que era agricultor y se iba al campo caminado todos los días, cuatro kilómetros hacia adentro, y miraba cómo trabajaba, cómo se cosechaba el trigo y las remolachas. Y más grande, en verano, iba a sacar moras y frambuesas y me paraba en el camino, afuera de la casa, a venderlas. Todos los días pasaban unas camionetas comprando fruta.

Cuando entré al colegio, en Linares, me iba todos los días en un colectivo con otros seis niños de Puipuyén. El conductor se llamaba Carlos y, no sé por qué, todos le decíamos “Carlos Mundial”. Mi primo, que vivía al fondo del callejón, iba a mi casa todas las mañanas para irse con nosotros, y en la tarde Carlos Mundial nos esperaba en una Copec que estaba justo al lado del colegio. Pero había días que no podíamos llegar por la lluvia, porque la calle que es Puipiyén no estaba pavimentada. Además de quedarnos aislados, se cortaba la luz, pero eso me gustaba, porque esos días mi familia, que durante el día andaba dispersa, se reunía por las noches junto a la chimenea.

En la casa penaban. Aparte de mi mamá, mi papá, mi hermano, el Campeón y mi gata Kissyfur, en la casa vivía Benjamín. Yo le puse así. La primera que lo vio fue mi mamá: dijo que era un niñito como de 10 años. Después todos lo sentíamos, porque siempre estaba haciendo algo. Nada malo: apagaba y prendía la luz o encendía la radio. Una vez mi nana estaba enferma y mi papá le dijo “recuéstate” y la tapó con una frazada. Benjamín la destapó. Teníamos un piano y de repente empezaba a sonar. Mi mamá decía “Benjamín está tocando el piano”, y mi papá decía “Nah, debe ser un ratón”. También nos perdía cosas: yo dejaba algo sobre la mesa, me daba vuelta y volvía a mirar y no estaba. Y le decía “Ya pos, Benja, devuélvelo”. Era como nuestro hermano, hablábamos con él. Yo siempre le pedía que me diera los números del loto.

Para el terremoto se quebraron muchas partes de la casa, y los cinco días siguientes dormimos en el auto. Después fueron arquitectos y constructores a ver si se podía salvar la construcción, pero nos dijeron que si volvía a haber un terremoto se iba a caer, así que mi mamá tomó la decisión de botarla. Eso costó un mundo, porque las paredes eran muy, muy gruesas. Yo no quise ir el día que la botaron. Aunque hicimos otra casa, más chica, en el mismo lugar, yo todavía sueño con mi casa que ya no está”.

Constanza Muñoz tiene 38 años y tiene una consultora de reclutamiento y selección de personal.

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